The Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by
Manuel Fernández Y González

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Title: El cocinero de su majestad
       Memorias del tiempo de Felipe III

Author: Manuel Fernández Y González

Release Date: July 27, 2010 [EBook #33275]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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title page

EL COCINERO

DE

SU MAJESTAD

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)
 

POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

logo

MADRID
LIBRERÍA DE F. FE
PUERTA DEL SOL, 15
1907

ES PROPIEDAD.
Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.—Teléfono 1.977.

[La ortografía del original no fue corregida ni actualizada. (Nota del transcriptor.]

INDICE

TOMO PRIMERO
IDe lo que aconteció á un sobrino por no encontrar á tiempo á su tío
IIInterioridades reales
IIIEn que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en los palacios reales
IVEnredo sobre maraña
V¡Sin dinero y sin camisas!
VIPor qué el tío daba de comer de aquella manera al sobrino
VIILos negocios del cocinero del rey.—De cómo la condesa de Lemos había acertado hasta cierto punto al calumniar á la reina
VIIIDe cómo al señor Francisco le pareció su sobrino un gigante
IXLo que hablaron Lerma y Quevedo
XDe cómo don Francisco de Quevedo encontró en una nueva aventura, el hilo de un enredo endiablado
XIEn que se sabe quién era la dama misteriosa
XIILo que hablaron la reina y su menina favorita
XIIIEl rey y la reina
XIVDel encuentro que tuvo en el alcázar don Francisco de Quevedo, y de lo que averiguó por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con otros particulares
XVDe lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufón del rey
XVIEl confesor del rey
XVIIEn que empieza el segundo acto de nuestro drama
XVIIIDe cómo entre unos y otros no dejaron parar en toda la mañana al cocinero de su majestad
XIXEl tío Manolillo
XXDe cómo el tío Manolillo hizo que doña Clara Soldevilla pensase mucho y acabase por tener celos
XXIEn que continúan los trabajos del cocinero mayor
XXIIDe cómo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los conventos de monjas
XXIIIEn la hostería del Ciervo Azul, y luego en la calle
XXIVDe lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo y de lo que hizo al fin
XXVDe cómo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al inquisidor general
XXVIDe lo que oyó el tío Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor del rey
XXVIIEn que se ve que el cocinero mayor no había acabado aún su faena en aquel día
XXVIIIDe los conocimientos que hizo Juan Montiño, acompañando á la Dorotea
XXIXDe cómo Juan Montiño, con mucho susto de la Dorotea, se dió á conocer entre los cómicos
XXXDe cómo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan Montiño
XXXIDe cómo engañó á Dorotea para llevarla á palacio el tío Manolillo
XXXIIContinúan los antecedentes
XXXIIIEl suplicio de Tántalo
TOMO SEGUNDO
XXXIVEn que se explicará algo de lo obscuro del capítulo anterior, y se verá cómo doña Clara encontró un pretexto para favorecer el amor de Juan Montiño, á pesar de todos los pesares
XXXVDe cómo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le había dicho mucho
XXXVIDe cómo el padre Aliaga puso de nuevo su corazón y la virtud á prueba
XXXVIIDe cómo el diablo iba enredando cada vez más los sucesos
XXXVIIIDe lo que vió y de lo que no vió el tío Manolillo siguiendo á los que seguían al cocinero mayor
XXXIXDe cómo Quevedo conoció prácticamente la verdad del refrán: el que espera desespera
XLDe cómo el noble bastardo se creyó presa de un sueño
XLIDe cómo Quevedo se quedó á su vez sin entender al rey
XLIIDe cómo don Juan Téllez Girón se encontró más vivo que nunca cuando más pensaba en morir
XLIIIContinúan los trabajos del cocinero mayor
XLIVLo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero
XLVEn que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un nuevo personaje
XLVIDe cómo la Providencia empezaba á castigar á los bribones
XLVIIDe lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas ocasiones
XLVIIIDe cómo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque sus vestigios sean patentes
XLIXDe cómo la duquesa de Gandía tuvo un susto mucho mayor del que le habían dado Los miedos de San Antón
LDe cómo don Francisco de Quevedo quiso dar punto á uno de sus asuntos
LIEn que encontramos de nuevo al héroe de nuestro cuento
LIIDe cómo empezó á ser otro el cocinero mayor
LIIIEn que se deja ver en claro el bufón del rey
LIVCómo saben mentir las mujeres
LVQuevedo visto por uno de sus lados
LVIEn que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes
LVIIAmor de madre
LVIIILas audiencias particulares del duque de Lerma
LIXDe cómo Dorotea era más para con el duque, que el duque para con el rey
LXLo que hace por su amor una mujer
LXIDe cómo le salió á Quevedo al revés de lo que pensaba
LXIIDe cómo el duque de Lerma se encontró más desorientado que nunca
LXIIIDe cómo el duque de Lerma vió al bufón de su majestad extenderse, crear, tocar las nubes, etc.
LXIVDe cómo Quevedo buscó en vano la causa de su prisión, y de cómo cuando se lo dijeron se creyó más preso que nunca
LXVDe cómo el tío Manolillo no había dado su obra por concluida
LXVIEl padre y el hijo
LXVIIDe cómo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez más el proverbio que dice: no es tan fiero el león como la pintan, y de cómo todas las pulgas se van al perro flaco,
LXVIIIDe cómo se agravó la demencia del cocinero mayor, y acabó por creerse asesino del sargento mayor
LXIXEn que continúan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la fatalidad le había tomado por su instrumento
LXXEn que se ennegrece gravemente al carácter del tío Manolillo
LXXIDe cómo Quevedo dejó de ser preso por la justicia para ser preso por el amor
LXXIIDe cómo el duque de Lerma encontró á tiempo un amigo
LXXIIIEn que el duque de Lerma continúa representando su papel de esclavo
LXXIVLo que hizo Dorotea por don Juan
LXXVEl sol tras la tormenta
LXXVIDe cómo el cocinero mayor conoció con despecho que no se habían acabado para él las angustias
LXXVIIEn que se ennegrece á su vez el carácter de Dorotea
LXXVIIIEn que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de esta verídica historia
LXXIXDel medio extraño de que se valió Quevedo para soltarse de la prisión en que la había puesto el amor de la condesa de Lemos
LXXXDe cómo el interés ajeno influyó en la situación de Quevedo
LXXXIDe cómo Quevedo se asusta más de saber que don Juan está en libertad, que si hubiera sabido que estaba preso
LXXXIIEn que el tío Manolillo sigue sirviendo de una negra manera á Dorotea
LXXXIIIEn que se ve que el bufón y Dorotea habían acabado de perder el juicio
LXXXIVEn lo que vinieron á parar los amores de Dorotea y de don Juan
LXXXVEl autor declara que ha concluído, y ata algunos cabos para que no queden sueltos

CAPÍTULO PRIMERO

DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO

A












punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de la capa.

El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través impulsada por un fuerte viento Norte.

Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad, estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la entrada y á la salida del puente.

Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por el temporal, una de las entradas más concurridas de la corte en otras ocasiones, y decimos á salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado más de una y más de tres desvergonzadas pullas á la gente non sancta, concurrente cotidiana de aquellos lugares.

Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle), una especie de colosal armazón de huesos que se dejaban apreciar y contar bajo una piel raída en partes, encallecida en otras, de color indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo y árido el cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de figura de martillo, y en la que se descubría á tiro de ballesta la expresión dolorosa de la vejez resignada al infortunio.

Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud, componiendo un pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendréis una idea muy aproximada de nuestro bucéfalo que allá en sus tiempos, veinte años antes, debió ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras cualidades fisiológicas que á duras penas podían deducirse por lo que quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie de espectro, á aquella víctima de la tiranía humana que así explota la existencia y los elementos productores de los seres á quienes domina.

Desesperábase el jinete con la lenta marcha... Desesperábase el jinete con la lenta marcha...

Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la punta, se paraba, se estremecía, lanzaba como protesta un gemido lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendía una especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba algunos pasos, viniendo á parar en la marcha lenta y difícil de antes, y en el acompasado y marcadísimo cojeo.

No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballo que llevaba aquel jinete ó al jinete que era llevado por tal caballo.

El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia, poco más ó menos, semejante al que presenta hoy, no era lo más á propósito para dar una idea de la extensión y de la importancia de la corte de las Españas; veíanse únicamente dos colinas orladas por unos viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos muros, á la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; á la izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas el arrabal y la calle y puerta de Segovia, viéndose además hacia la izquierda y debajo del alcázar el portillo y la puerta de la Vega.

Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigual del espacio comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo aquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorable que debió causar la vista de Madrid en el viajero, que á todas luces iba por primera vez á la corte, en vista de la irresolución de que dió marcadas muestras acerca de la dirección que debía seguir para entrar en la villa, cuando ya fuera del puente, se encontró cerca de los muros.

Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luego en la puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda, y acometió la ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria cuesta.

Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el paso.

—Y dígame ucé, señor soldado—dijo con impaciencia el jinete—, ¿por qué no puedo seguir adelante?

—Ser estas las capayerisas de su majestad—contestó el centinela.

—Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar?

—Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese cabayo.

—¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras entradas del alcázar?

—Mi non saperr eso.

Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco.

—¡Y á dónde diablos voy yo!—dijo hablando consigo mismo el jinete—: mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento... y ¿dónde dejo á este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el pobre Cascabel, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado!

Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á tierra.

—¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo?

—Mi non entender de eso—contestó el soldado—, volviendo á su paseo.

—Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos—dijo una voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las yeguas del rey, amigo?

Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo, con la librea de palafrenero del rey.

—Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo, bergante—dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra—, me alegraría mucho.

—¿Y por qué os alegraríais, amigo?

—¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano.

—Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo para correr liebres—dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la canalla palaciega.

—Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros dar una carrera en pelo—contestó el incógnito, que aún permanecía embozado—, y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno de los que tropezó violentamente el que huía.

El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero.

Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazador de la actitud del jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, ó por mejor decir, suspendida por su aparición, y dijo con acento severo y lleno de autoridad:

—¿Que significa esto?

—Señor, este mal hombre quería pegarme porque me he reído de su caballo—contestó el palafrenero.

—Yo no extraño que se rían de este animal—dijo el embozado—; lo que extraño es que se atrevan á insultarme, á mí, que ni soy manco ni viejo.

—En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el rostro—dijo el al parecer caballero—; en cuanto á si sois ó no manco, paréceme que si tenéis buenas las manos, tenéis manca la cortesía.

—¡Eh! ¿qué decís?

—Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo cuando yo os hablo, debéis ser mucha persona.

—De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo.

—Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey—dijo el otro caballero que hasta entonces no había hablado.

—¡Ah! Perdone vuecencia, señor—dijo el incógnito desembozándose y descubriéndose—, es la primera vez que vengo á la corte.

Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven como de veinticuatro años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomía franca y noble, á que daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros.

—¡Ah! ¿Acabáis de venir?—dijo el conde de Olivares prevenido en favor del joven—. ¿Y á qué diablos os venís á entrar con ese caballo por las caballerizas del alcázar? En sus tiempos debe de haber sido mucho...

—Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honrarían á cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los demás, yo, que le aprecio porque le apreciaba mi padre...

—¿Y quién es vuestro padre?

—Mi padre era...

—Bien; pero su nombre...

—Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de su majestad.

—Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los días; ¿no recordáis vos, Uceda?

—¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad.

—El cocinero de su majestad es mi tío.

—¡Ah! Pues entonces sois de la casa—dijo el conde—; cubríos, mozo, cubríos, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alcázar; y tú, bergante—añadió dirigiéndose al palafrenero—, toma el caballo, llévale á las caballerizas y cuídale como si fuera un bicho de punta; y debe de haberlo sido. ¡Diablo, lo que son los años!

Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los Consejos, mientras el joven pasaba el arco en dirección al alcázar, murmurando:

—¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Paréceme de buen agüero este encuentro... Ello dirá... Lo que únicamente me inquieta es el haber dejado á Cascabel entregado á aquel bergante... Pero mi tío arreglará esto y lo otro. Vamos en busca de mi tío.

El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechura al pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle, á pesar de que pertenecía al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no llamar la atención á un forastero; pero fuese que nuestro joven no se admirase por nada, fuese que le preocupase algún grave pensamiento, fuese, en fin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuando se camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio, la verdad del caso fué que se entró por las puertas del alcázar como si en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mármol del pavimento.

Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulo sostenido por arcadas, siguió una galería adelante y se encontró en el patio.

Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso á otras tantas comunicaciones del alcázar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar entre los que entraban y salían á alguno de la servidumbre interior que le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigió á un enorme lacayo que le deparó su buena suerte.

—¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo?—preguntó nuestro joven.

Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, que por tal dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcendía á la legua á hidalgo y á valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de camino.

—No os dejarán llegar á la cocina de su majestad—contestó el lacayo después de un momento de importuna observación—si no decís á quién buscáis.

—Busco—dijo el joven—al cocinero mayor.

—¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real.

Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se marchaba.

—Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de esperar á mañana y esperar fuera del alcázar?

—Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á persona viviente.

—¡Cómo!

—No recibe en su casa por dos muy buenas razones.

—¿Y cuáles son esas buenas razones?

—La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías.

—¡Bah! Pero recibirá en la cocina.

—Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey.

—No importa. Yo sé que me recibirá.

—Mucha persona debéis ser para él.

—Soy su sobrino.

Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejó su aspecto altanero y un si es no es insolente; pintóse en su semblante una expresión servicial y cambió de tono; lo que demostraba que el cocinero mayor tenía en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que este respeto se transmitía á las personas enlazadas con él por cualquier concepto.

—¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?—dijo acompañando sus palabras con una sonrisa suntuosa—; eso es distinto, vamos, y llevaré á vuesa merced hasta donde sin tropezar y en derechura pueda encaminarse á la cocina.

Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada en un ángulo, subió por una escalera de caracol y salió á una larga galería.

El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, en todas las cuales había centinelas; pero muy pronto empezaron á recorrer enormes salones desamueblados en la parte íntima, por decirlo así, del alcázar.

Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo.

—Desde aquí—dijo—nadie atajará á vuesa merced, porque sólo las gentes de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el cabo de la crujía, y el olor le guiará.

Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrino de su tío.

En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dió en las narices un olor indefinible, suculento, emanación de cien guisos, aroma especial que sólo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven siguió adelante, y muy pronto atravesó una gran puerta y se encontró en la cocina de su majestad.

Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmósfera que alimentaba; aspirábase allí una temperatura sofocante; cantaban, chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veíanse en medio de una niebla sui generis una multitud de hombres y de muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los más y pícaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se venía, se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allá limpios utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en una larga percha se veían capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones.

Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargó de que reparasen en él dirigiéndose á un oficial que traía asida por las dos manos una descomunal cuajadera.

—¿Queréis decirme—le preguntó—dónde está el cocinero mayor?

Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió al joven, limpiándose las manos en su mandil.

—¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor!—dijo con acento zumbón—. Si por ventura venís á buscar trabajo, echadle un memorial.

—No busco trabajo, le busco á él.

—No está.

—Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidle que le busca su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de su hermano el arcipreste.

Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la misma transformación que se había operado en el lacayo, pero de una manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su tío era una influencia poderosa en el alcázar, en la cocina era una omnipotencia.

—¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?-dijo el oficial completamente transformado—. ¡Qué diablo! Su merced no está.

Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopines que le miraban con las manos á las espaldas, ojos que se reían y bocas que rebosaban malicia.

Como que se trataba de un profano.

—¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge... me urge de todo punto—dijo el joven con acento impaciente.

—Yo diré á vuesa merced dónde está su tío—dijo un galopín—: el señor Francisco Montiño está prestado.

—¡Cómo prestado!—dijo el oficial.

—Prestado al señor duque de Lerma—dijo otro pinche.

—Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del duque.

—Y el duque tiene convidados.

—Por último, ¿mi tío no volverá probablemente?—dijo el joven.

—No volverá, caballero—dijo otro de los oficiales—, porque me han encargado que sirva la cena de su majestad.

—¿Y dónde vive el duque de Lerma?

—¡Toma!—exclamó un pinche como escandalizado—. En su casa; es menester venir de las Indias para no saber dónde vive el duque.

—Calle de San Pedro, caballero—dijo el oficial encargado accidentalmente de la cocina—; cualquier mozo de cuerda á quien vuesa merced pregunte le dará razón.

Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria, como que tanto le importaban, y despidiéndose de aquella turba, salió y tomó la crujía adelante; pero fué el caso que, como el alcázar era un laberinto para él desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tomó la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontró en habitaciones amuebladas, entapizadas, alfombradas é iluminadas, porque ya era casi de noche, y en las que había algunos lacayos.

Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella parte habían quedado atrás las entradas difíciles, y no circulaban más que los que estaban autorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso obstáculos, ni le dijo una palabra.

Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su distracción una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con otra detrás de una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamente las siguientes palabras:

—Me va en ello más que piensas... es preciso; preciso de todo punto... ¡oh, Dios mío!

Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubiera hecho el más hidalgo: comprendió que una casualidad le había llevado á un lugar donde dos mujeres se creían solas, que las graves palabras que había oído pertenecían sin duda á un secreto que él no debía sorprender, y se hizo atrás dirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta estaba cerrada.

Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrió y salió una dama.

El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil.

—¿Qué hace este hombre aquí?—dijo con la voz notablemente alterada.

—Perdonad, señora, pero...

—¿Pero qué?—exclamó con impaciencia la dama.

—Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he perdido.

—¿Y quién es vuestro tío?

—El cocinero mayor del rey.

—¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?—repuso la dama, cuya voz estaba alterada por una conmoción profunda—; comprendo: venís de las cocinas.

—Así es, señora—contestó el joven—, que contrariado y confuso por su torpeza, tenía la vista fija en el suelo.

—Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido en la portería de damas... ¡y esos maestresalas!... ¡estarán durmiendo!

—Yo siento, señora... yo quisiera...

—¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería?

—Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una salida.

—¿Y no habéis oído hablar á nadie?

—No, señora.

Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido.

Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular.

—La casualidad que os ha traído aquí—dijo la dama—, os pudiera costar cara.

—Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de haberos disgustado.

—Venid—dijo la dama—, cuya voz tenía todavía el acento irritado, trémulo, conmovido.

Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante, llegó á una puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, la pasó y repitió con impaciencia:

—¡Seguid! ¡Seguid!

Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada; por último, la dama tomó por una escalera obscura.

El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardiente hálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su paso.

Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de la dama que le dijo:

—Salid: id con Dios.

Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevió á contestar: salió, sintió que cerraban la puerta, y se encontró en un ámbito tenebroso, del cual no podía apreciar otra cosa sino que estaba embaldosado de mármol, por el ruido que producían sobre el pavimento sus pisadas.

Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de una pared; torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por el resplandor de una luz que se veía tras una puerta, se dirigió á ella, se encontró en una galería baja y luego en el patio.

Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una molesta pesadilla: su corazón se espació y aspiró con placer el aire frío que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo del patio.

Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun después de despertar; el joven guardaba una fuerte impresión de su aventura, pero indeterminada, vaga, como un sueño; aquella impresión partía de la dama que había visto un momento; recordaba, con no sabemos qué agitación, que era una mujer tan hermosa como no había visto otra; pero no recordaba los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecido lo que al que mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que sigue lastimando sus ojos después de haberlos cegado; estaba seguro de no conocerla si por acaso la veía otra vez, y esto le desesperaba; no se daba razón del sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar; no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir una estocada nadie por el momento se cree herido de muerte.

El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del joven no había tenido tiempo ni aun para formar el embrión de ese fantasma ardiente á quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente á nuestros sentidos; estaba aturdido y nada más.

Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por un instinto á una salida, y por efecto de su preocupación, ni vió dos hombres embozados, que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oyó este breve diálogo, que pronunciaron al pasar el joven junto á ellos:

—¿Ha salido?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace algunos minutos.

—¿En litera?

—En litera.

El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadura de una calle inmediata.

La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvia lenta, sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en el centro de la calle, y las gentes, rebujadas en sus capas ó en sus mantos, pasaban de prisa.

Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipada por el estado de la atmósfera, y por la niebla que empezaba á tenderse sobre la tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existían, se cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora, tenía mucha menos población; las casas, construídas en su mayor parte á la malicia, como se decía entonces, ó para que lo entiendan nuestros lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con que estaban gravadas las que se elevaban más, eran bajas, de pobre aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares, tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la parte contigua al alcázar, por donde marchaba nuestro joven, eran un verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se veía una sola puerta, á causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro ó cinco conventos que había en aquel barrio.

En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente, para orientarse del lugar en que se encontraba.

El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró en torno suyo en busca de una persona á quien preguntar, y se encontró solo; pero de repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sintió que se asían á su capa, y oyó una voz de mujer que le decía con precipitación:

—¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid!

Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura, de buen talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro.

—¡Seguid, seguid adelante!—dijo la dama con doble impaciencia—; y no hagáis extrañeza ninguna, que me importa. Yo os explicaré... ¡pero seguid!

Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa del joven, y se asió á su brazo y tiró de él.

—¡Yo os digo que sigáis adelante!—exclamó la incógnita con irritación—; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que no queréis favorecer á una dama!

No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó á dejarse conducir por la tapada.

—Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo!—dijo ésta con acento en que brotaba un tanto de irritación—; ¡y lo notará quien nos vea! ¿Cómo llevaríais á vuestra amante, caballero?

—¡Ah! ¡según!—dijo el joven—... si íbamos huyendo de un marido, de un padre, ó un hermano...

—No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados á quienes importan poco el frío, la lluvia y el viento.

—Sea como vos queráis—dijo el joven—; y paréceme que si yo os conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento.

—¿De dónde sois, caballero?—dijo la tapada, marchando ni más ni menos que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su elección.

—Soy... pero dispensad, señora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo adivinar el objeto de vuestra pregunta.

—Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis un tanto cortesano: me estáis enamorando á la ventura sin soltar prenda.

—Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desde esta tarde.

—¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte?

—No; y sin embargo, aunque no llega á una hora el tiempo que hace que estoy en ella, me han sucedido tales aventuras...

—¿Aventuras y en una hora?

—Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos grandes señores; me he perdido en el alcázar...

—¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventura os ha sucedido al perderos?

—¡Perderme!—exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la hermosura de la dama de la galería.

—En palacio es el perderse muy fácil—dijo la dama—, y os aconsejo que si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha acontecido más aventura después de haberos... perdido en el alcázar?

—Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin saber de dónde y que...?

—¿Y qué...?

—Podéis acabar de perderme.

—¡Yo!

—Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros metida en un gran empeño.

—Explicadme...

—Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso.

—En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres, caballero?

—¡Ah!, perdonad: yo no creía...

—Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto.

—Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba.

—Acortad el paso y bajad más la voz—dijo la dama—; nos siguen.

—Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis?

—Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy, procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme.

—¿Y vos no teméis?

—Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude; dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo en seguirme.

—¿No es vuestro esposo quien os sigue?

—Yo no soy casada.

—¿Ni vuestro padre?

—Está sirviendo al rey fuera de España.

—¿Ni vuestro hermano?

—No le tengo.

—¿Ni vuestro amante?

—Nunca le he tenido.

—¡Ah!

—¿Qué os sucede?

—Quisiera saber quién os sigue.

—No volváis la cara, que sin que la volváis os sobrará acaso tiempo de saberlo.

—Pero si no es asunto vuestro...

—¿Sabéis que sois muy curioso, caballero?

—¡Ah!, perdonad: me callaré.

—No, hablad; hablad.

—Pero si mis palabras os ofenden...

—Habladme de lo que queráis.

—¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros.

—¿Y para qué?

—Os repito que debéis ser muy hermosa.

—Mirad no os engañe vuestro deseo.

—Descubrid el rostro.

—Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso un secreto que no es mío.

—¡Cómo!

—Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando...

—Soy noble y honrado.

—No os conozco.

—Y sin embargo, os habéis amparado de mí.

—A la ventura, á la desesperada.

—¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato?

—Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran los dos grandes señores que habéis conocido.

—¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda.

—¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros?

—Terciaron en mi disputa con el palafrenero.

—¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían?

—De las caballerizas del rey.

—¡Ah!, ¡es extraño!—dijo la dama—; ¡juntos y en público Olivares y Uceda!

Y la dama guardó silencio por algunos segundos.

Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los anchos y bajos aleros de las casas los protegían.

El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con indolencia su brazo, un brazo mórbido y magnífico, á juzgar por el tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce, extremadamente simpática, y se exhalaba de ella una leve atmósfera perfumada. Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente blanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar abierto más que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente, para que pudiera vérsela ni un ojo.

La noche empezaba á cerrar densamente obscura.

El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía.

—¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando os perdísteis?

—Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme.

—Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos.

—¡Ah, señora...! ¡tengo una sospecha...!

—¿Qué?—dijo con cuidado mal encubierto la dama.

—Que acaso vos seáis la causa de que yo me haya perdido.

—¡Yo! ¡y no me conocéis!

—Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo.

—¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis recordarme?

—Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y os he visto tan hermosa que me habéis cegado...

—¿Que me habéis visto? ¿Y dónde?

—Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto.

—¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son mis ojos?

—Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto á abrir los ojos me he encontrado á obscuras.

—Nos siguen más de cerca—dijo la dama—, y mucho será de que quien nos sigue, á pesar de todo, no me conozca.

—La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles desiertas: al que estorba se le mata.

—¡Ah!—exclamó la dama y estrechó el brazo del joven.

—Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más.

—¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombre que ningún mal os ha hecho?

—Sí.

—¿Y si no fuera yo quien creéis?

—¿Quién otra pudiera ser?

—La dama de palacio.

—Es que yo no he visto en palacio ninguna dama.

—¿La habéis prometido callar?

—Os juro que á ninguna dama he visto.

—Decidme... pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéis venido á Madrid?

—A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey.

—¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algún oficio á la corte?

—Yo, señora, no pretendo nada.

—¿Sois rico?

—Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no son necesarios empeños.

—¿De modo que...?

—Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tío el arcipreste.

—¡Ah! ¿y de dónde venís...!

—De Navalcarnero.

—¿Y nunca habéis salido de esa villa?

—Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá.

—¡Ah! ¡ya decía yo!

—¿Y qué decíais vos?

—Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya!

—Y estudiante de teología.

—¿Y ordenado?

—No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo!

—No sabéis hablar más que de amor.

—Pues mirad; hasta ahora no he amado.

—¿Amáis á la dama del juramento?

—Os juro, señora...

—Si yo fuese la dama de la galería...

—¡Ah!

—Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por una escalera excusada...

—¿Vos me libertáis de mi promesa?

—Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéis en verdad: ¿es cierto que os he causado tal impresión, que no recordáis mi semblante?

—Os lo juro por mi honra.

—Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo aún: cuidad que no me volveréis á ver, cuidad que es un sueño lo que os sucede, y seguid callando como callábais.

—¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré... os amaré... aunque no os conozca... ¡os amaré siempre!... ¡sin esperanza...!

—Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos á separarnos. Parémonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he causado en vos la impresión que decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la galería?

—Sí.

—¿Qué oísteis...?

—Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra...» ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que quien pronunciaba aquellas palabras era...

La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste, aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse descompuesto el manto de la dama, la miró:

—¡Ah!—exclamó con desesperación.

—Está la noche muy obscura—dijo la dama cubriéndose de nuevo.

—¿Y no tendréis compasión de mí...?

—Escuchadme y servidme.

—Os serviré.

—Desde aquí voy á seguir sola.

—¡Sola!

—Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que ese hombre no pueda seguirme.

—No os seguirá.

—Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis un breve espacio estaré en salvo.

—¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais?

—¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad.

—¿Y qué es esto...?

—Tomadlo.

—¡Una joya!

—No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundo secreto acerca de vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habéis estado en la portería de damas, vos no habéis oído nada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis á adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido...

—¡La reina!

—Sí—dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y entrecortada—: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos.

—¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora!

—¿No os he dejado una prenda?

—Pero...

—No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós.

Y la tapada tiró una calleja adelante.

El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso.

—¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!—dijo nuestro forastero, echando al aire la daga y la espada.

El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió al joven.

—Os aconsejo que os vayáis—dijo éste, acudiendo al reparo de los golpes que le tiraba el embozado—, porque si no os vais, os va á suceder algo desagradable. ¡Hola! ¿se me os venís con estocadas? ¡perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mío.

Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del contrario, le dió un cintarazo encima del sombrero.

—Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los dientes—dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable.

El otro redobló su ataque.

—Es el caso que yo no quiero mataros—dijo el sobrino de su tío—; no por cierto: sería bautizar mi entrada en Madrid con sangre. ¡Ah! ¿os empeñáis? pues... allá voy, camarada...

Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrario á repararse con cuidado.

—¡Ah! ¡ah!—murmuró el joven—; en la corte no saben más que echar plantas; paréceme que ya le tengo para el desarme de mi tío el arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre! ¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío!

El forastero había cogido á su contrario en el momento en que tenía puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuñadura; había metido una estocada baja y diagonal por el ángulo estrecho formado por la daga y por la espada del incógnito y había hecho una especie de trenza con los tres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de su contrario.

Era un desarme completo; el enemigo no podía valerse de sus armas; entre tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hirió.

—Idos—dijo al otro—; puedo mataros, pero no quiero asustar á mi buena suerte tiñéndola de sangre la primera noche que entro en Madrid; envainad vuestros hierros y volvéos por donde habéis venido.

Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dos pasos del otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozó y tiró la calle adelante por donde había desaparecido la tapada.

El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después de haberse alejado su generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelantó un hombre, á quien seguían otros cuatro.

Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas.

CAPÍTULO II

INTERIORIDADES REALES

Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camarera mayor de la reina.

La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habían empalidecido su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos.

Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastante bello, dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la conciencia que la buena señora tenía de su nobleza, que, según los doctores del blasón, se remontaba nada menos que á los tiempos de la dominación romana.

Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba en la corte y con sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de ellas á la caridad, doña Juana de Velasco, ó sea la duquesa de Gandía, era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud.

No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una manera pasiva de su buena posición, ni que de tiempo en tiempo no la molestase algún grave disgusto.

Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como una rueda, más ó menos importante, en la máquina de intrigas obscuras que estaba continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido camarera mayor de la reina.

La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de don Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqués de Denia y secretario de Estado y del despacho.

Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándose en buenas razones, podía ser amiga del duque la virtuosa duquesa.

Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendía la duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legítimo, que nadie podía disputarle, era un rey que no era rey más que en el nombre.

Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que Felipe III era miope de inteligencia; que sólo había heredado de su abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonomía; que el cetro se convertía en sus manos en rosario; que era débil é irresoluto, accesible á cualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera volverle en su provecho, y lo menos á propósito, en fin, para regir con gloria los dilatadísimos dominios que había heredado de su padre.

La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que el rey necesitaba andadores.

La duquesa estaba también completamente convencida de que el duque de Lerma venía á ser los andadores de Felipe III.

El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal encubierta, á la gestión de los negocios públicos; su falta de instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo, en el cual ningún ministro podía apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para establecer esa sucesión ruinosa de gobernantes egoístas é interesados que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados sólo por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculo de una lucha mezquina, que acaba por empequeñecer, por degradar á la nación que sufre con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega.

El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano, que le había hecho práctico en la intriga, llegó á ser árbitro de los destinos de España como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe III, se había visto obligado, desde el principio de su privanza, á rodear al rey de hechuras suyas, á intervenir hasta en las interioridades domésticas de la familia real, y, lo que era más fatigoso y difícil, á contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que, menos nula que el rey, quería ser reina.

Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no convenía al duque de Lerma, que quería gobernar sin obstáculos de ningún género.

La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, y creyendo servir á Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto á la reina.

Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tan buena intención, ya lo hemos dicho, como que creía que todo lo que faltaba á Felipe III para ser un mediano rey, sobraba á Lerma para ser un buen ministro.

Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro del favorito, razones particulares de agradecimiento.

La duquesa era madre.

Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque de Gandía, confiriéndole encargos altamente honoríficos.

Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen su posición, que aumentan su brillo.

La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecida al duque de Lerma.

Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones á su agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por convicción y por deber.

Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia, y solía suceder que construyese sus más soberbios edificios sobre arena.

Así es que con frecuencia se equivocaba en la elección de sus instrumentos, tomando lastimosamente la adulación por afecto y el servilismo por solicitud.

El duque de Lerma se había creado sus enemigos en sus mismos instrumentos, y debía conservar el poder hasta el momento en que, robustecidos por él sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes para derrocarle.

Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lerma había sido de distinto género: ella le servía de buena fe, pero la duquesa no servía para el objeto á que la había destinado el duque.

Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los tiempos de Felipe III, los prodigios personificados habían dejado completamente de manifestarse en España; sin ser un prodigio la reina, tenía un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que se llama astucia femenil.

Desde el principio comprendió Margarita de Austria que su camarera mayor era un instrumento de Lerma, y no le rompió porque prefería un enemigo de quien podía burlarse, á arrostrar el peligro de que, más precavido el duque, ó más atinado en una segunda elección, la pusiese al lado una influencia más temible.

La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respecto al insuficiente espía que la había puesto al lado, colmando de favores y distinciones á la duquesa y demostrándola un cariño de amiga, más que de soberana.

La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más que lo que la reina quiso que viese.

Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerse á ciencia cierta respecto á la reina.

La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte por los favores del favorito, y de otra por el cariño traidor de la reina, vivía tranquila y feliz, salvo algunos disgustos inherentes á su posición, inevitables.

Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndose uno de los primeros y más importantes resortes del gobierno.

Como mujer particular, había pasado de la edad de las pasiones, gozaba del respeto y de la consideración de todo el mundo, y pasaba la parte de vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo, rezando, leyendo vidas de santos ó durmiendo.

De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivía soñando.

Y como la vida es sueño, vivía.

Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora.

Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer de una manera gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantes personajes de nuestro drama.

Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su tío las extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el capítulo anterior, y cabalmente en los momentos en que el joven sostenía su extraño diálogo con la dama encubierta, doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho sillón forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz de los dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menos enorme libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno.

Aquel libro tenía por título: Miedos y tentaciones de San Antonio Abad.

La habitación en que la duquesa se encontraba era una extensa cámara del alcázar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz.

El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, según el gusto del Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casi perdido en la sombra, que no alcanzaba á disipar la insuficiente luz del velón; acontecía lo mismo respecto á las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacían aparecer de una manera extraña y descompuesta las figuras de los cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á cierta distancia, en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantástico y siniestro á aquella silenciosa cámara, en la cual no se veía de una manera determinada más que el plano de la mesa en que estaba el velón, parte de la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en silencio y con una atención gravísima.

No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento, y el chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo, produciendo un golpe seco y desagradable.

La duquesa seguía engolfada en su lectura.

De repente se estremeció y palideció.

Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose.

Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada.

No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror.

En efecto, había sido distinta la causa.

La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir por la abertura una sombra negra.

Su sobresalto, pues, era muy natural.

Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con sus correspondientes cabellos rubios.

Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición del otro mundo.

—¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!—dijo aquel hombre poniéndose un dedo sobre los labios—; ¿no veis que vengo solo y de una manera misteriosa?

—En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto—dijo la duquesa.

—Vos no sabíais que en las habitaciones de la reina había puertas ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco.

—Pero vuestra majestad... si saben...

—Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado.

—Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conque es decir que si no hubiera sido vuestra majestad...?

—Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidas que no conocemos; de modo que si algún miserable como Ravaillac conoce estos pasadizos, estamos expuestos á morir de la muerte del rey de Francia.

—En España no hay regicidas, señor: además, vuestra majestad es un rey justo y bueno y no tiene enemigos.

—Dicen que Enrique IV era un buen rey.

—Pero hereje...

—¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manera he sabido que se puede venir de mi cámara á la de la reina sin que nadie lo sepa!

—¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien se lo ha revelado?

—Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos vea, y venid á sentaros después conmigo junto al brasero. Hace frío, sí, sí por cierto, mucho frío. Tenemos que hablar largamente.

Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas, toda admirada y toda cuidadosa, examinemos al rey, que se había sentado junto al brasero y removía el fuego aspirando su calor con un placer marcado.

Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero su palidez enfermiza y la casi demacración de su semblante le hacían parecer de más edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenían brillo, ni el conjunto de sus facciones energía; el sello de la raza austriaca, ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidad de un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo característico de su familia, no expresaba ya en él el orgullo y la firmeza: había quedado, sí, pero un tanto colgante, expresando de una manera marcada la debilidad y la cobardía del alma; aquel labio en Carlos V había representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni el dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se había degradado; no era un rasgo, sino un defecto.

Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizado con el aspecto fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un traje de terciopelo negro; añádase un cordón de seda del que cuelga sobre el pecho el toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente de un cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y al otro lado un largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, y se tendrá una idea de Felipe III, tal cual se presentó á la duquesa de Gandía.

—¿Habéis cerrado ya, doña Juana?—dijo el rey, después que hubo removido á su placer el brasero y colocádose en la posición más cómoda que pudo.

—Sí, señor.

—¿Es decir, que no puede escucharnos nadie?

—Nadie, señor.

—Sentáos.

Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia del rey.

—Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobre todo, tenemos que hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa necesitado de vos, no como rey.

—Vuestra majestad puede mandarme siempre.

—No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la vida...

—A vuestra majestad.

—Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más leal vasallo.

—Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma...

—El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana, me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me tiene casi divorciado; y la reina... está ofendida conmigo... ya lo sabéis.

La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero compromiso, porque, al fin, el rey era el rey.

La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor, desprevenida, á una entrevista particular con el rey.

La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación mejor que el silencio.

Alentado con este silencio, el rey añadió:

—Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de la reina, para impedirme mi libre trato con ella.

—Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido.

—Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen.

—Podrá suceder—respondió la duquesa con intención—, si las paredes de la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese.

Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta.

Sea como fuere—dijo el rey—, cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos.

—Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo...

—No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión de los moriscos... la reina creía que el edicto era demasiado riguroso... pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar despoblados... me indicó otros medios... estábamos solos la reina y yo... al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo... es más: extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz... Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á recibirme de todo punto.

Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó.

—¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?—dijo el rey, en el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia—; estáis como asustada...

—En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y suplico á vuestra majestad que... señor... perdonadme, pero no se me ocurre nada...

—Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía—insistió el rey con un tanto de aspereza—; preciso... yo no contaba con encontrar á nadie, porque el papel que me han dejado decía...

—¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...!

—¡Qué! ¿no os he contado...?

—Vuestra majestad me ha dicho...

—Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto. Pero... os exijo el más profundo secreto—exclamó interrumpiéndose y con una gravedad, verdaderamente regia, el rey.

—¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad!

—¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua en la noble familia de los Velascos. Y hace frío...

La duquesa removió de nuevo el brasero.

—Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que está sucediendo.

—¿Pero qué está sucediendo, señor?

—Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solas con vos.

—Lo que me honra mucho.

—Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sido honrada de este modo... vos no me habéis visto.

—Crea vuestra majestad, señor...

—Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréis discreta. Pero estamos pasando lastimosamente el tiempo.

Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondía á la recámara de la reina.

Aquella mirada hizo sudar á la duquesa.

—Sabed—dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente baja—que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde conmigo.

Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos, porque no sabía á dónde iba el rey á parar.

—Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo.

Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á abrir desmesuradamente los ojos.

—Estaba solo conmigo y encerrado—continuó el rey—, ¿entendéis bien, duquesa? solo conmigo y encerrado...

—Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad.

—Pues bien—dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de los bolsillos de sus calzas—, cuando el padre Aliaga salió, me encontré sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis, dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España».

La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando.

—Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí; ciertamente, muy grave.

Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio.

—Acercad la luz, doña Juana—dijo el rey.

Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe III, alumbrándole.

—Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza.

—Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada, señor.

—No importa, oíd.

Y el rey se puso á leer:

«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...»

Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba verdaderamente asustada.

—¡Los traidores que me rodean!—dijo el rey—¿qué decís á esto?

—Digo, señor, que no lo entiendo—contestó la duquesa.

—Ni yo tampoco—repuso el rey—; yo creo que estoy rodeado de vasallos leales.

—Alguna miserable intriga...

—Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad la reina...»

Interrumpióse de nuevo el rey.

—En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razón, y no tenéis en ello poca parte, doña Juana.

—¡Jesús, señor!—exclamó la duquesa, que á cada momento estaba más inquieta.

—Como que sois muy grande amiga de Lerma.

—Yo... señor...—contestó con precipitación la camarera mayor—cuando se trata del servicio de mis reyes...

—Seguid oyendo... «os tienen separado de la reina: es necesario que este estado de cosas concluya...»

Dejó el rey de leer.

—Y yo también lo creo así—dijo—; en cuanto á lo de no ver libremente á mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero prosigamos.

Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta:

—«...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor... ¡para hacerse respetar!»

—Eso es una insolencia, señor—dijo la duquesa—: quien escribe esto á su rey, no puede ser más que un traidor.

—Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana.

—¡Señor!—exclamó toda turbada la duquesa.

—Vais á juzgar—dijo el rey continuando la lectura—: «pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor...»

—¡Oh, Dios mío!—exclamó la duquesa—: perdóneme vuestra majestad si le interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta entre el número de los traidores.

—¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho.

—¡Un hecho!

—Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se pasa el tiempo y esta cámara es tan fría...

Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removió de nuevo el brasero.

El rey leyó:

—«...pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cámara, sin temor de ser escuchados por nadie, va á procurároslo quien, no sirviéndoos por interés alguno, sino por su lealtad, os oculta su nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un llavín de punta cuadrada; id luego al armario donde tenéis vuestros libros de devoción, y junto á la pared, por la parte que mira á vuestro lecho, encontraréis un agujero cuadrado también; meted en él el llavín, dad vuelta, y el armario se abrirá, dejándoos franco un pasadizo; seguidle en línea recta: á su fin encontraréis una puerta que abriréis con el mismo llavín, y os encontraréis en las habitaciones de... vuestra esposa.»

El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y la guardó en su bolsillo.

—¿Qué decís á esto, doña Juana?—la preguntó el rey.

La duquesa se había quedado con el velón en posición de alumbrar al rey y hecha una estatua.

—Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi. Dios me perdone, pero juraría que estábais temblando.

—¡Ah, señor!—dijo la duquesa, que había dejado el velón, volviendo y juntando las manos—; ¡cuando pienso que un traidor puede llegar hasta aquí impunemente!

—Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáos y escuchadme bien: exceptuando lo mal que os trata á Lerma y á vos, yo no sabría con qué pagar á quien me ha procurado los medios de llegar hasta aquí... de poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina.

—¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado?

—No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo de pasadizos.

—Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo primero.

—Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréis dificultades.

—¡Dificultades! ¡á qué!

—Mirad, doña Juana, yo amo á la reina.

—Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por discreta.

—La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella.

—¡Yo, señor!...

—Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey ver á su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo entendéis?

—Sí; sí, señor, pero...

—Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerá desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de asuntos de Estado...

—¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie á su majestad la reina?—dijo la duquesa levantándose.

—No, no es eso... no me habéis entendido, doña Juana; yo no os mando, os suplico...

—Señor—dijo la duquesa inclinándose profundamente.

—Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me procuréis la felicidad que tiene el último de mis vasallos: la de poder amar sin obstáculo á su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y yo... no os comprometeremos...

—Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porque vuestra majestad en sus reinos es el único señor, el único árbitro á quien todos sus vasallos tienen obligación de obedecer y de respetar.

—Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que toméis ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada en cuerpo y alma á Lerma, le teméis; le teméis más que á mí; ¿será cierto lo que dicen acerca de que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, por nuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos de España?

Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantado de su indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como en lúcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provenía.

Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, que Felipe III se vió obligado á apearse de su pasajera majestad.

—Os suplico, bella duquesa—la dijo asiéndola una mano y besándosela, como hubiera podido hacerlo un caballero particular—que seáis mi amiga.

—¿Vuestra majestad desea ver á la reina?—dijo toda azorada doña Juana.

—Deseo más.

—¿Y qué más desea vuestra majestad?

—Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.

—Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor.

—Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid á mi esposa... á la reina... que yo...

—Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad.

El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando:

—Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre Aliaga no se anda conmigo con misterios... ¿quién será?¿Quién será?

Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el rey se calló.

Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa.

—¿Qué tenéis, duquesa?—dijo el rey, que no pudo menos de notar la turbación de la camarera mayor.

—Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que no quiero obedecerle.

—¡Cómo!

—Me es imposible anunciar á vuestra majestad.

—¡Imposible!

—Sí; sí, señor, imposible de todo punto.

—Pero y ¿por qué?...

—Porque... porque su majestad no está sola.

—¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!... ¿Pero quién está con la reina?

—Está... esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quien tanto quiere, á quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi señora... esa mujer á quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad.

—¡Doña Clara Soldevilla!—dijo el rey palideciendo más de lo que estaba—; ¿será necesario...?

—Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance de palacio... es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga á muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de vuestra majestad.

—Pero en resumen... ¿el estar la reina con esa mujer impide...? ¿No es éste un refugio vuestro, doña Juana?

—Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que me es imposible, imposible de todo punto anunciar á vuestra majestad... á no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doña Clara...

—¡Ciertamente que soy muy desgraciado!...

—Juro á vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi señora quede sola... yo misma... por ese pasadizo, iré á avisar á vuestra majestad...

—¡Cuando haya vuelto Lerma...! ¡Cuando...! no, no, doña Juana, yo volveré; yo volveré... esta noche á la media noche... esperadme... y yo, yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecerá.

Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta, desapareció por ella y cerró.

La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola.

Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil, anonadada, trémula.

—¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto?—exclamó con la voz temblorosa—. ¿Dónde está la reina? ¿Dónde está su majestad?

Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en la recámara de la reina.

Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie.

La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar; al menos no estaba en las únicas habitaciones donde podía estar, porque suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un absurdo; ¿pero no podía haber salido la reina por algún pasadizo semejante á aquel por donde había aparecido el rey?

—La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devociones y se encerró en el oratorio—dijo la duquesa—; nadie ha entrado, y la reina... su majestad... no parece; ¡oh! ¿qué es esto, Dios mío?

Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina, buscando con una bujía que había tomado del oratorio, por todas partes; su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea siniestra, una tradición obscura, que reposaba como otras tantas en el seno del alcázar, vino á herir su imaginación.

—Aquí, en esta misma cámara—murmuró con miedo—, murió la reina doña Isabel de Valois.

La duquesa se detuvo.

—Dicen—continuó—que la envenenó, por celos de su hijo, el rey Felipe II.

La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empezó á encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio.

—¿Servirían estos pasadizos—dijo—para que el rey observase á su esposa?

Detúvose de nuevo la duquesa.

—Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámara cosas extraordinarias... que el alma de la reina doña Isabel...

En aquel momento la puerta que conducía al oratorio de la reina, dió un violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dejó caer la palmatoria que tenía en la mano y se quedó á obscuras.

Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andaba por el dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercaban á ella; sobrecogióla un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero á pesar de aquel terror, oyó clara y distintamente una voz alterada, de entonación fingida, que dijo muy cerca de ella:

—Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.

La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, y luego todo volvió al silencio anterior.

Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorio y de la recámara de la reina, entró en la cámara donde poco antes había estado hablando con el rey y corrió á una campanilla y la agitó con violencia.

Entró una de las doncellas de la servidumbre.

—No, vos no—dijo alentando apenas la duquesa—; decid á la señora condesa de Lemos que entre.

Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva, morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil.

A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa.

—¿Qué es esto, señora?—la dijo—; estáis pálida, mortal, tembláis... ¿qué os ha sucedido?

—Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y... hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os vayáis... no... será una manía—añadió sonriendo penosamente—, pero no quiero estar sola.

La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí mientras llegaba á la puerta de la cámara:

—¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende de esta pesadilla!

Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor:

—¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que golpean... el ruido de la lluvia... y además... antes de dormirme leía Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad.

—¡De tentaciones os ocupábais!—dijo la de Lemos—; pues mirad, señora, la noche está de tentaciones.

—¿Vos también leíais?

—No, señora, pensaba.

—¿Y pensando teníais... tentaciones?...

—Y muy fuertes, señora.

—¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba?

—El diablo de la venganza.

—¡Oiga!—exclamó la duquesa afectando una risa ligera, como para demostrar que había pasado enteramente su terror—: ¿conque queréis vengaros?

—Me han ofendido.

-¿Quién?

—Mucha gente...

—Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra venganza.

—¡Ay, Dios mío! sí, señora.

—Y ¿quién os ha ofendido?

—Primero el conde de Lemos.

—¡Vuestro esposo!

—Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.

—¿Pero y en qué?

—En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana.

—¡Ah, ah!

—Descender hasta...

—Pero eso debe ser una calumnia.

—No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á ella me ha ofendido á mí... como que hay quien dice...

—¡Calumnias!

—Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de noche, á obscuras, al cuarto del príncipe don Felipe, solo por heredar á mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al príncipe don Felipe á los brazos de una aventurera.

El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma.

—¿Pero quién se atreve á decir eso?

—Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante de todo el que puede darle algo, practica los más bajos oficios; quien no se detiene ni ante lo más alto, ni ante lo más grande; quien se atreve hasta á su majestad la reina, no contándome á mí, que soy su dama de honor, y simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón, á quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza.

—¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿qué cólera y qué malas tentaciones son esas?

—Acabo de recibir esta carta.

La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesa se estremeció involuntariamente, porque recordó la carta del rey.

—Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leer esa carta dos veces.

La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó sus antiparras, se las caló y leyó lo siguiente:

«Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé que gozáis de muy buena salud: ayer tarde pasé por debajo de vuestros miradores, y al verme, os metísteis dentro con un ademán de desprecio; anoche hicísteis arrojar agua sucia sobre los que tañían los instrumentos de la música que os daba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la portería de damas y me volvísteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque no he podido ser indiferente á vuestra hermosura y os amo infinitamente más que un esposo que os ha ofendido, degradándose. Me habéis declarado la guerra y yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que el conde de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte. Tras esto irán otras cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lo demás, contad siempre, señora, con el amor de quien únicamente ha sabido apreciaros.»

La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda de sorpresa.

—Esta carta—dijo al fin—merece...

—Merece una estocada—dijo la joven.

—No por cierto: esta carta merece una paliza.

—¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo...?

—Mostrad esa carta á vuestro padre.

—Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia.

—¡Esperad!

—¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis tentaciones.

—Pero ¿qué tentaciones han sido esas?

—Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.

—¡Cómo!

—Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe.

—¡Doña Catalina!

—Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su alteza.

—¿Y seríais capaz?...

—¿De vengarme?... ya lo creo.

—¿De vengaros deshonrándoos?

—Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe, merece que se le iguale con la generalidad de los maridos.

—Vos meditaréis.

—Ya lo creo... y porque medito me vengaré del rey, que no ha sabido tener personas dignas al lado de su hijo, mortificándole; del príncipe, enamorándole y burlándole...

—¡Ah! burlándole... es decir...

—¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me importa poco: ya lo estoy bastante sólo con estar casada con el conde de Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio.

—¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatro años y que no habéis sufrido contrariedades!

—¡Ah, sí!—dijo suspirando la condesa.

—¿Pero supongo que no cederéis á la tentación?

—Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta!

Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había devuelto la camarera mayor.

—¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero lo hace por venganza.

—¡Por venganza!

—Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe, no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón.

—Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...

—Don Rodrigo no me ama... porque...

—¿Por qué?

—Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado de...

—¿De quién?—exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada.

La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casi tocar con los labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja:

—Don Rodrigo está enamorado de su majestad.

—¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina!

—Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando en su favor el logro de su ambición; pero no he querido jugar del vocablo; no: don Rodrigo está enamorado de su majestad... la reina.

—¡Ved lo que decís!... ¡ved lo que decís, doña Carolina!—exclamó la camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelación, y creyendo encontrar en la misma una causa hipotética de la desaparición de la reina de sus habitaciones.

—A nadie lo diría más que á vos, señora—dijo con una profunda seriedad la joven ni os lo diría á vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas.

—¡Pruebas!

—Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solía yo bajar de noche, sola, á los jardines.

—¡Sola!

—En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además, para obligarme á bajar al jardín, que... en las tapias había una reja.

—¡Ah!

—Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos.

—Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada.

—¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me amaba á mí.

—Os creo, pero no comprendo...

—Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo.

—¿Pero cómo podías bajar á los jardines?

—Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba en una escalera que iba á dar en los jardines.

—¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín!

—Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.

—¡Ah! ¡sí! ¡es verdad!

—Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la puerta de aquel pasadizo y me iba... á la reja.

—Hacíais mal, muy mal.

—No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he podido tener pruebas... de los amores ó al menos de la intimidad de don Rodrigo Calderón con la reina.

—¡Amores ó intimidad!...—murmuró la duquesa—¡Dios mío! ¿pero estáis segura?

—¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que hablaban, la de un hombre y la de una mujer.

—Y eran...

—Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que el hombre era don Rodrigo Calderón.

—¡Y hablaban de amores!

—Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban.

—¡Que conspiraban!

—Contra mi padre.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

—Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro.

—Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reina y don Rodrigo contra el duque Lerma?

—La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos la reina y don Rodrigo.

—¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?...

—Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina.

—Y la reina...

—La reina le dijo: ¡esperad!

—¡Pero una esperanza!...

—Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra ¡esperad! como la pronunció la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, mañana.

—Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar hasta decir á un hombre que pudiese servirla contra el duque: ¡esperad! ¡pero bajar más abajo!

—La reina tiene corazón.

—Es casada.

—Está ofendida.

—El rey la ama.

—El rey ama á cualquiera antes que á su mujer.

—Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes.

—Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todo trance que le dejen rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera.

Quedóse profundamente pensativa la duquesa.

—Os repito—dijo recayendo de nuevo en su porfía—que no tengo la más pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor.

—Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas.

—¿Y el rey?...

—El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey?

—¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina esté ciega también?

—La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su majestad la ha mirado.

—Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéis la imaginación demasiado viva, doña Catalina.

—Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.

A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

—¡Qué decís!-exclamó.

—Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que le ayuden, se fía demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doña Juana, porque yo sé que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su excelencia comete torpezas imperdonables.

—¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y de la experiencia de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo acabaréis por confesar que dudáis de Dios.

—Creo en Dios y en mi padre.

—Se conoce—dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su impaciencia—que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os casárais, don Francisco de Quevedo.

Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven.

—¿Y en qué se conoce eso?

—En que os habéis hecho... muy sentenciosa.

—Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufón del rey; ¡y qué sentencias dice á veces el bueno del tío Manolillo! El otro día decía muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey: «Hoy en España se come lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño no le entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo, allá va un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.»[A]

[A] El autor se ve obligado, para que sus lectores comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, á transcribir la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar: Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresión de su Arte de Cocina, á la pág. 163, dice así: Platillo de las puntas de los cuernos de venado. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo.

Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos, cuernos inferi por nacer ó no acabados de nacer.

A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo procurando dar á su voz un acento conveniente:

—Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre, seréis capaz de todo.

—¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse, insultos tan groseros?

—Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar...

—Vos en mi lugar, ¿qué haríais?

—Pediría consejo.

—Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo.

—¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones.

—Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis.

Meditó de nuevo profundamente la duquesa.

—Pues bien—dijo después de algunos segundos—, voy á hacer más que aconsejaros: voy á vengaros.

—¿A vengarme, señora?

—Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos.

—Procurad lo primero y aun más si podéis—dijo con vivacidad la condesa—; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me encuentro muy bien sin él.

—Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á vuestro padre.

—¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.

—Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.

La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir, lenta, muy lentamente.

La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil escribir, sino en que pensaba más que escribía.

Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos, había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara.

La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio, aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado por la reina, hacía una completa traición al duque.

Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de aquella noche.

La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo.

El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque, pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza.

Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle una carta para el duque de Lerma.

La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á su padre, era el intermediario que necesitaba.

Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados; cerró la carta, la selló y puso sobre su nema:

«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de Gandía.—En mano propia.»

—Tomad, doña Catalina—dijo la camarera mayor—; será necesario que os encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre.

—¡Yo... misma...!—contestó con altivez la de Lemos.

—Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don Rodrigo.

—Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos negocios directamente...

—Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.

—Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa de mi padre de una manera tan misteriosa?

—El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho de vuestro padre, que al punto irá á encontraros.

—Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará...

—De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio, vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre.

—¡Iré!—dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de silencio.

—Pues si habéis de ir, que sea al punto.

—Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar que pongan una litera.

—Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan conoceros.

—¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después.

—Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á doña Beatriz de Zúñiga que entre.

—No quiere quedarse sola—murmuró la joven saliendo—; ¿qué misterio será éste?

Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras tres reía y charlaba, la dijo:

—Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.

La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta de la antecámara y desembocaba por la portería de damas.

CAPÍTULO III

EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS PALACIOS REALES

La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones.

Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en profundas cavilaciones.

—Me he visto obligada—pensaba—á inventar lo de los jardines de Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... ¡lindezas dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico... pero yo necesitaba vengarme... á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me dedicara á la intriga, sería... todo lo que quisiera ser.

Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura, soltó una alegre carcajada.

Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba.

—Ahora—dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su pensamiento—es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin que la lleve yo... ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para saber de dónde ha venido el golpe!

La joven sonrió satisfecha de su pensamiento.

—Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella, que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien—dijo dándose un golpe en la frente—: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es, adelante.

La condesa entró en una cámara solitaria y llamó.

Presentósela inmediatamente una venerable dueña.

—¿Qué me manda vuecencia?—dijo aquella ruina con tocas.

—Decid á doña Clara Soldevilla que venga.

—Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora—dijo la dueña.

—¿No está acaso de servicio?

—No, señora; está en su cuarto enferma.

—¡Ah! ¿está enferma?—exclamó la condesa con un despecho, que la dueña tomó por interés.

—Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero resfriado.

—Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto doña Clara?

—Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los Infantes; si vuecencia quiere que la guíe...

—No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís que vive...

—En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes, en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde.

—Muy bien, gracias; retiráos.

—La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola, tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza.

La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo.

La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora.

La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad.

Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área luminosa de la linterna.

El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.

La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.

El de la linterna se detuvo también.

—¿Quién va?—dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más indiferente.

—¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso! ¿Quién va?—añadió con interés la condesa.

—¡Ah!—dijo el hombre—; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca de un hombre y no le hallo.

—Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra.

Acercábanse entretanto los dos interlocutores.

—Pero hallo una mujer—dijo el de la linterna—, lo que no es poco, y me doy por bien hallado.

—Y yo—dijo la condesa con afecto—encuentro un hombre, y me doy por satisfecha.

—¡Ah! ¡doña Catalina!

—¡Ah! ¡don Francisco!

A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y de la linterna.

Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida; la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros, de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente, altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía, mirada que suspiraba, mirada pandæmonium, si se nos permite esta frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella, temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la burla de un sarcasmo doloroso.

Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador, caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la cara.

Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite, perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la mitad en sombra.

—¿Vos por aquí, don Francisco?—dijo la condesa sin disimular su alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene un buen encuentro.

—¡Ah, doña Catalina!—¡Ah, don Francisco! —¡Ah, doña Catalina!—¡Ah, don Francisco!

—San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un consorcio infame, á quien me hacía reir de... rabia.

—¡Siempre tan desesperado!—dijo con acento conmovido la joven.

—¡Y siempre vos tan buena!—dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!—pero cambiando repentinamente de tono, dijo:—¿conque el rey que os casó mal, os ha desmaridado bien?

—¡Cómo! ¿sabéis?...

—Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor.

—¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...

—Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor dicho, á enojarme.

—¡A enojaros!

—Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.

—¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.

—¡Torpe soy!

—¿Vos torpe?

—¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las cosas.

—Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el segundo no galantear en vano.

—Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie pise mi alma en su sepultura.

—Acabaréis por enfadarme, don Francisco—dijo con seriedad la condesa.

—¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco?

—¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?

—¡Alégrome de vuestra resurrección!

—Es que yo no me he muerto.

—Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame?

Conde que te has condenado,
porque pecar no has sabido:
bien casado, mal marido,
¡guárdete Dios, desterrado!

—¡Sois terrible!—exclamó riendo la condesa.

—Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa castellana.

—¿Sin jugar del vocablo?

—Lo otorgo.

—¿Ni del concepto?

—No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme tanto, que no sabe por dónde escaparse.

—Siempre que no me habléis de amor... ya sabéis donde vivo.

—Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros en éxtasis.

—Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación, que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí?

—Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré hallado.

—¿Vais á casa de mi padre?

—No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad.

—¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?

—Allí está prestado.

—¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?

—¿No sabéis que podéis mandarme?

—Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito dice.

—«Al duque de Lerma, en propia mano»—dijo Quevedo.

Y se quedó profundamente pensativo.

—¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! Pero...

—¿Me lo pagaréis?...

—Os lo... agradeceré en el alma.

—¡Iré!—dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.

—¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?

—Me importa poco.

—Podrá suceder...

—Me importa menos.

—Adiós—dijo precipitadamente la condesa.

—¿Por qué?...

—Suenan pasos, y se ven luces—dijo la de Lemos—. Si nos encontraran aquí juntos...

Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su linterna.

—¿Qué hacéis?—dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y levantada en alto.

—Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.

—Soltad, ó grito.

—Pueden conoceros por la voz.

—¡Traen luces y nos verán!

—Allí hay unas escaleras.

Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la galería.

Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á hacer el relevo de los centinelas.

Uno de ellos llevaba una linterna.

—¿Qué es esto?—dijo el sargento tropezando en un objeto—un candelero de plata con una bujía.

—Y una linterna de hierro.

—Las acaban de apagar.

—Cuando entramos había aquí una dama y un caballero.

—Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la inquisición, chitón.

Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería.

Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.

—Buscad mi candelero—dijo con la voz conmovida la de Lemos.

—Y mi linterna—contestó con un acento singular Quevedo.

—Ved que ésta es mi mano—dijo la condesa.

—No creía que estuviéseis tan cerca de mí.

—¡Ah! ya he dado con él.

—Ya he dado con ella.

—¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa.

—¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran.

—¡Adiós!

—¡Adiós!

—¡Oh, Dios mío!—murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas—, creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo?

Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba:

—Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.

Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.

CAPÍTULO IV

ENREDO SOBRE MARAÑA

Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta estaba abierta de par en par.

Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad, de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico, como representante de la época de transición llamada del Renacimiento.

Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera, sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había.

Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza.

Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados, hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el de la capilla parda, locutario del poyo.

Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares, especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia, y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele:

—¿Cómo tu aquí?

Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo.

—¡Ah! ¡es vuesa merced!

—Yo te daba ahorcado.

—Y yo á vuesa merced desterrado.

—Pues encuéntrome en mi tierra.

—Y yo sobre mis canillas.

—¡Gran milagro!

—Sirvo á buen amo.

—¿A su excelencia?...

—Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón...

—¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?...

—Medio lacayo...

—Medio requiem...

—Decís bien.

—¿Quién agoniza por aquí?

Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el poyo.

—¡Ah!—dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada—. ¿Y quién es él?

—¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á don Rodrigo y...

Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono.

—¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la afición á saberlo todo?

—Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te digo, y si quieres embuchar, desembucha.

Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo:

—El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía.

—¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?

—Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara, vomita!

—No me atrevo: don Rodrigo...

—Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que yo llevo.

—¡Pero don Francisco!

—O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi pariente?

—¿Vuestro pariente es ese mozo?

—Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.

—¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?

—Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no tratar con herejes.

Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo.

—El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo, estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la puerta de las Meninas.

—Palaciega historia tenemos.

—Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las Meninas, y se mete en una litera.

—¿Dama y tapada?

—Sí, señor.

¿Estás seguro que no era dueña?

—Andaba erguida y transcendía á hermosa.

—Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella?

—No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama.

—He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso. ¿Seguiste á la dama?

—Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.—¿Ha salido? me preguntó.—Sí, señor.—¿En litera?—Sí, señor.—¿Por dónde va?—Por aquella calleja se ha metido.—Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí metidos en una aventura. Llovía...

—Aventura completa.

—Estaba obscuro.

—Mejor aventura.

—Paró la litera, y salió la dama.

—¿Entróse dónde?

—Siguió adelante.

—¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que encanta.

—Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de un embozado.

—¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... buscona adobada y pollo que miente gallo.

—Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos; estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se trata de que me ayudes... ¡para un hombre otro hombre!

—¡Aventura con milagro!

—¿Qué milagro hay hasta ahora?

—Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene delante un enemigo.

—Don Rodrigo es valiente...

—Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo al cabo?

—Hubo que don Rodrigo me dijo—: No conozco á quien la acompaña; persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan. Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y busca una ronda, Juara.

—¿Y hubo lance?

—Lance hubo.

—¿Hubo sangre?

—Hubo un desarme...

—¿Quién mandó?

—El embozado del portal.

—¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente.

—Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy dando centinela.

—Por el cuento—dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo—; porque pierdas la memoria—y sacó del bolsillo otra moneda.

—¿La memoria de qué?—dijo Juara.

—De que me has visto en tu vida.

Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán.

Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente.

—Mucho os tapáis—le dijo.

—Hace frío—contestó el otro con mal talante.

—Quien por damas se enzaguana—dijo don Francisco—, ó es tonto ó merece serlo.

—Yo os conozco, ¡vive Dios!—dijo el de la capilla poniéndose de pie y dejando caer el embozo.

—¡Mi buen Juan!—exclamó con alegría Quevedo.

—¡Mi buen Quevedo!—exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él era.

-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!

—¡Que me place! ¡siempre el mismo!

—No tal; contempladme espectro.

—¡Vos espectro!

—Quedé pobre.

—¡Pobre vos!

—Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser pelota de tontos y pasadizo de enredos.

—Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo menos hemos estado hablando en romance.

—¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante.

—¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan sus criados!

—¡Pues mejor!

—¿Mejor? no entiendo.

—Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!...

—¡Guardad, Quevedo!

—Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón, archimanía. ¿Qué buscáis aquí?

—Pretendo...

—¿Lo véis? vos tenéis la culpa.

—¿Yo la culpa?

—Sí por cierto; me buscáis el asonante.

—¡Sois terrible!

—Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama?

—Sí; ¿quién os lo ha dicho?

—Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra aventura, «Erase una tapada...

—Tapada era.

—...alta y garrida...

—¡Sí!

—...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el suelo.»

—¿Conocéisla?

—No, ¿y vos?

—Tampoco.

—¿Pero no habéis reñido por ella?

—Sí.

—¿No habéis vencido?

—Sí.

—¿Y dónde la habéis dejado?

—Se fué sola.

—¿Y no venís aquí por ella?

—¡Ah! ¡no!

—¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?

—La tengo por principal.

—Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís?

—No lo sé aún; ¿y vos?

—Yo... vivo aquí.

—¿Acabáis de llegar?

—Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.

—Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio; llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío.

—¿Y quién es ese vuestro tío?

—El cocinero de su majestad.

—¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois!

—¡Cómo!

—¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las buenas noches.

Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde había estado hablando con Juan Montiño.

Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.

Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:

—Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.

—¿Qué decís?—le preguntó Juan Montiño.

—Digo que al entrar aquí, no somos hombres.

—¿Pues qué somos?

—Ratones.

—¿Supongo que mi tío no será el gato?

—No, porque vuestro tío es comadreja.

—¿Dónde vais, caballero?—dijo á Quevedo un criado de escalera arriba.

Quevedo no contestó, y siguió andando.

—¿No oís? ¿dónde vais?—repitió el sirviente.

—¿No lo veis? voy adelante—contestó sin volver siquiera la cabeza Quevedo.

—Perdonad—dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.

Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de lacayos.

El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos.

Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.

—¡He aquí, he aquí el sumidero de España!—murmuró entre su embozo Quevedo—; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales!

Y adelantó.

—Oíd—dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una fuente vacía.

—¿Qué me mandáis, señor?—contestó deteniéndose el lacayo.

—Llevad á este hidalgo á donde está su tío.

—Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo?

—El cocinero del rey.

—Seguidme—dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano.

—Nos veremos—contestó Quevedo.

—¿Dónde?

—Adiós.

—¿Pero dónde?

—Nos veremos.

Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo, y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara.

Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás.

—No soy dueña—dijo Quevedo.

—¿Qué queréis?—dijo el maestresala con acento destemplado.

—Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía.

Dió otro paso atrás el maestresala.

—Mirad—dijo Quevedo ganando aquel paso.

Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la de Lemos.

—Acabáramos—dijo el maestresala—; con haber dicho que teníais que entregar á su excelencia en propia mano...

—Esta carta viene sola.

Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía delante, y se entró por una puerta inmediata.

Poco después volvió y dijo á Quevedo:

—Podéis seguirme.

—Sí puedo—dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una mampara, y dijo á Quevedo:

—Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare.

Y el maestresala cerró la mampara.

—¡Perdonar! veré si perdono—dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en la habitación donde le habían dejado encerrado—; ¡esperar! sí... tal vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y vamos... sí... yo no creía... me ha puesto de buen humor esta pobre condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó mejor... ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón... ¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.

Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio.

CAPÍTULO V

¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS!

El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de vianda.

En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia, observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los puños blancos.

Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que manda á sus soldados en un día de batalla.

Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto, que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le daba todo el aspecto de un personaje sui generis.

Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla, porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.

A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á poca distancia, y le dijo:

—¡Señor Francisco Montiño!...

—¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos—dijo el señor Francisco tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo.

—Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...

—¡Mi sobrino!...—dijo el cocinero del rey—; yo no tengo sobrinos; llevad bien esa ánade, Cristóbal.

—¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?—dijo Juan Montiño adelantando.

—Sí, por cierto, que así me nombro—contestó el cocinero del rey dando á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba.

—Pues entonces—repuso el joven—sois mi tío carnal, hermano de mi padre Jerónimo Martínez Montiño.

—¿Eh? ¿qué decís?—repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á quien le hablaba.

Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada.

—¡Diablo!—murmuró de una manera ininteligible—¡y es verdad! ¡y cómo se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?—añadió volviéndose al joven.

—Digo, que acabo de llegar—dijo Juan Montiño con cierta tiesura, excitado por el carácter repulsivo de su tío.

—¿Pero de dónde acabáis de llegar?...

—De Navalcarnero.

—¡Ah! ¿y quién os envía?

El cocinero de Su Majestad. El cocinero de Su Majestad.

—Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo por conocer al hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo porque me envía mi tío Pedro Martínez Montiño, el arcipreste.

—¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez; estos pajes... ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; son de la tercera vianda, venid para acá! pero señor, ¿qué hacen esos veedores? ahora tocan las empanadas de liebre, los platillos á la tudesca y las truchas fritas.

Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpía á cada paso su diálogo con él para acudir á cualquier nimiedad; se le iba, se le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atención; pero si Juan Montiño hubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío, hubiera visto que desde el momento en que había reparado en su semblante, el cocinero del rey había necesitado de todo su aplomo, de toda su experiencia cortesana para disimular su turbación.

Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino á quien no conocía, y del cual en toda su vida sólo había tenido dos noticias dadas de una manera tal que bastaba para meter en confusiones á otro menos receloso que el cocinero del rey.

Veinticuatro años antes, cuando el señor Francisco Montiño sólo era oficial de la cocina de la infanta de Portugal doña Juana, es decir, cuando se encontraba al principio de su carrera, había recibido de su hermano Jerónimo la lacónica carta siguiente:

«Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mi mujer un hijo: te lo aviso para que sepas que tienes un criado á quien mandar.»

Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabía que su cuñada Genoveva era una cincuentona que jamás había tenido hijos y que había perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de aquel alumbramiento inverosímil, había venido de repente sin que le hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra parte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre, no podía ser más seca ni más descarnada.

Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez más reflexivo, se encogió al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta:

—¿Qué habrá aquí encerrado?

Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación, se templó al tono de la carta de su hermano:

«He recibido la noticia—le decía—de que tu mujer ha dado á luz una criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedas alegrarte.»

Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamente entre los dos hermanos, volvió á nombrarse al tal vástago, ni en las potsdatas que solía poner á las cartas de Jerónimo, Pedro, que entonces era simplemente beneficiado.

Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, Francisco Montiño, que ya había llegado á la cúspide de su carrera siendo, hacia tiempo, cocinero de Felipe III, recibió una carta de su hermano Jerónimo concebida en estos términos:

«Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si esto sucede, podrá suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á la corte. Algún día podrá convenirte el que hayas servido á ese muchacho.»

—¿Qué habrá aquí encerrado?—dijo Francisco Montiño después de haber leído tres veces esta carta, como la otra fechada hacía veintidós años en el día de San Marcos.

Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que el señor Francisco recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le presentó de repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el arcipreste; aquella carta podía ser la resolución del misterio, y como este misterio se había agravado para Montiño desde el momento en que había creído encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de semejanza con una alta persona á quien conocía demasiado, sintió una comezón aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y prudente disimuló aquella comezón, afectó la mayor indiferencia hacia su sobrino, y sólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven, después de haber dado á los pajes dos docenas de platos y seis docenas de órdenes y advertencias.

—Venid, venid acá, sobrino—dijo ya con menos tiesura, llevándole á un aposentillo situado cerca de la repostería, en el que se encerraron. He servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la tercera pasará un buen espacio. No extrañéis el que yo os haya prestado poca atención; con señores como el duque de Lerma, que gozan del favor de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un día sin cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecéis ni á vuestro padre ni á vuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos como yo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey, y mi cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tanto cuanto oronda y frescota, pero era fea y morena que no había más que pedir; vos sois muy gentil hombre, blanco y rubio, como si dijéramos, la honra de la familia, porque ya me estáis viendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre y lo que es vuestro tío Pedro.

—¡Ah!—dijo el joven, á quien desarmó completamente la insidiosa charla de su tío Francisco—; vuestro pobre hermano, señor, acaso estará en estos momentos en la presencia de Dios.

Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo que demostraba que amaba á su hermano.

—¡Cómo!—dijo—. ¿Pues tan enfermo se halla?

—Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hecho testamento, me llamó y me dijo:—Juan, es necesario que te vayas á Madrid en busca de tu tío Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta noche.—Y sacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que me entregó.

El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida, imperceptible, el cocinero del rey.

—A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo—dijo el joven con voz conmovida—, y á vos la entrego. Mi buen tío Pedro, á pesar del deplorable estado en que se encontraba, me encomendó tanto que era necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensillé á Cascabel, creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duras penas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco está tan viejo!

—¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino?

—Antes del amanecer.

—¡Diez horas para cinco leguas!

—Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vos y yo.

—¡Bah! ¡bah!—dijo Montiño guardando en los bolsillos de sus gregüescos la carta de su hermano—, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro tío Pedro ha estado dos veces á la muerte, y una de ellas oleado y con el rostro cubierto.

—Pero á la tercera va la vencida—dijo el joven.

—A la tercera...

Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía el pensamiento en la carta de su hermano.

—¿Quién sabe? ¿quién sabe?—añadió Montiño—; ya es viejo, como que nació diez años antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco. Pero ¿qué le hemos de hacer? ¿Y vos?... ¿qué sois vos?... soldado, ¿eh?

—No, señor; soy licenciado...

—¡Licenciado!... ¡no entiendo!... ¿de qué licencias habláis?...

—He estudiado teología y derecho en la Universidad de Alcalá.

—¡Ah!

—Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio... bien pudiera mi tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor.

Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey.

—Pero no he querido incomodaros—añadió el joven.

—Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado mucho no haber podido serviros.

—Sea como Dios quiera—dijo Juan Montiño.

La conversación había entrado en un terreno sumamente escabroso para el cocinero mayor.

—Sobrino—le dijo—, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, á fin de que yo pueda veros?

—En ninguna parte, señor.

—¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo?

—En las caballerizas de su majestad.

—¡Diablo!

—Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vos vivís en él.

—¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco—; ¡con una hija de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!... ¡exponerme á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada.

—Es el caso, que no he traído dinero.

-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los pueblos se creen que Madrid es las Indias.

—Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi hacienda la llevo encima.

—¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo.

—¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente permanecía en el pueblo?

—De modo, que...

—Aquí me estaré.

—¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas!

—Tío, enseñando latín se gana muy poco.

—Pero ese caballo... vendiéndolo...

—¡Cascabel! En primer lugar, que yo quiero mucho á Cascabel, porque desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente á mi padre; en segundo, que no habría nadie que diese un ducado por Cascabel, porque ni el pellejo aprovecha.

—¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo!—murmuró Francisco Montiño—; pues bien, esperadme aquí, y después... después veremos cómo podemos salir de este compromiso en que me habéis metido vos y mi hermano Pedro.

Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven.

A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidades materiales ni en el porvenir: el porvenir es de la juventud; á los veinticuatro anos sólo se tiene corazón; Juan Montiño estaba profundamente preocupado con el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le había metido en un lance de armas, que se le había escapado, y que se había dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada.

Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas, que pesaban en su bolsillo, y que representaban para él todo un mundo de esperanzas; pero cuando se encontró sólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se volvió de espaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacó aquellas joyas.

Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estaba cuajado de diamantes; su valor debía subir á muchos miles de reales; Juan Montiño se aterró.

—¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto?—dijo—; ¿qué dama es esa que tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿y dónde iba esa dama tan engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y qué pensará de mi esa dama! ¡si al echar de menos esta prenda me tomase por un ladrón!...

La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo.

—Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no lo fueran esa dama debía ser... veamos; examinemos bien esta alhaja.

Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete.

Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamente del frío á la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de un volcán. Sintió un zumbido sordo en sus oídos, y delante de sus ojos una nube turbia que los empañaba. Había visto en el centro del brazalete una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas reales de España y las imperiales de Austria.

Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía, á no dudarlo, á las alhajas de la corona.

Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asaltó la imaginación de Juan Montiño:

—¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina?

Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo, tres años antes, en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero, por cierta muerte que había causado en riña, muchas y picantes aventuras acontecidas en la corte: sabía que la corrupción de las costumbres había llegado en ella al último límite, que las damas más principales solían verse muchas veces, á consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones extraordinariamente extrañas y comprometidas; ¡pero la reina!... la lengua de Quevedo, que nada respetaba, había respetado siempre á las damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico, había guardado silencio por consideración, por afecto, por un galante respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero...

Estos peros habían hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montiño.

No podía tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que había quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente su brazo la tapada; ¿por qué la tapada llevaba aquel brazalete si no era la reina? y si era la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente otra prenda, la sortija?

El joven examinó la sortija.

Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podía ni remotamente compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina podía llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba cuajada de ellas; Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento aquella hermosa mano arreglando el manto, á la última luz del crepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entre todas sus sortijas, para dejarle una señal, la que tenía una esmeralda como en representación de una esperanza?

Juan Montiño se volvía loco.

Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar apresuradamente el brazalete y la sortija.

—¡Señor Juan Montiño!—había dicho aquella voz.

Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas por el cuello.

—¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?—dijo el paje.

—Ciertamente, yo soy.

—Pues bien, á vos vengo.

—¿Y á qué venís?

—A serviros de cenar.

—¡Ah!

—Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho: Gonzalvillo, hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgo que encontrarás en él, y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capón de leche, un besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos botellas del bueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas, téngalas; como si se tratara de mí mismo.

Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrir la mesa en silencio y con sumo respeto, quedando atrás dos pasos é inmóvil después de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma, su señor.

Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada.

—¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta de mi tío Pedro que así se ablanda de repente, y así me trata?—dijo el joven, que había comprendido lo bastante el carácter de su tío para extrañar aquel brillante exabrupto—; por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un pote cualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla! ¡estas velas de cera perfumada!... ¡estos candeleros de plata!... Vamos, mi tío tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula á costa del duque de Lerma. ¿En qué vendrá á parar tanto misterio?

Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porque á los veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito.

CAPÍTULO VI

POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO

Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano, apenas se separó de su sobrino, Francisco Montiño, cuando contra su costumbre, su vocación y su conciencia, dejó encargado el servicio de la tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos á uno de sus oficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, y se encerró en un aposentillo semejante á aquel en que había dejado esperando á su sobrino.

Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia, sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras montadas en plata, se las acomodó en las narices, acercó á sí las dos bujías, sacó la carta, rompió su nema, desdobló los tres grandes pliegos de que la carta constaba y los extendió delante de sí.

—Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como dice mi sobrino que se halla—murmuró limpiándose cuidadosamente las narices—; leamos ahora—añadió después de haber doblado y guardado su enorme pañuelo blanco.

He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres iniciales de Jesús, María y José.

«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.»

—¡Ah!—dijo Montiño—; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos.

«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas; hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra, me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia.

»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro hermano Jerónimo.»

—¡Ah!—exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor—; bien dije yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo quien era, pudo cargar con hijos de otro.

Y volvió á la lectura.

«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.»

—¡Pero señor!—dijo Montiño deteniéndose de nuevo—¿de quién es hijo este muchacho?

Y siguió leyendo:

«Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta, estás escuchando en confesión á un moribundo; porque yo voy á traspasar á ti, y con autorización suya, la confesión que me hizo nuestro hermano Jerónimo hace veinticuatro años.»

Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anterior período, el semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el color que le dan los sucesos y las circunstancias.

«Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante de mí, por una disputa impertinente maté al capitán de la compañía de que era alférez. No sé si las leyes de Dios me disculparán de aquel homicidio, pero las del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á muerte y huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio, como alférez, la bandera del rey.

«Consistió esto en que cierto señor poderosísimo había interpuesto para con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, é indultado por su majestad, volvía al goce de mi empleo, como si nada hubiera acontecido.

»El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto por mi, cuidó de mis adelantos, y en muy poco tiempo llegué á teniente, á capitán después. Una bala me había dejado cojo é inútil, y me vine al pueblo, ya con los inválidos, y seguro de que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi buena Genoveva.

»Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quien tantos beneficios me había hecho.

»Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor manera del mundo, el precio de esos beneficios.

»El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una dama muy principal; esta dama es casada, su marido está ausente y ella se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor me ha buscado también de una manera oculta. Por amor á lo que naciera, quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga que avergonzarse de su origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos, hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre legítimo al hijo de esa dama.

»Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejo como hermano mayor y como sacerdote.

»Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hasta su vida, lo debía á aquel personaje, cuyo nombre, decía, no poder revelarme; viendo que no se le pedía aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso el postizo; siendo además una grandísima obra de caridad el mejorar la suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, es más, le reduje á que se prestase á aquel engaño, con el cual á nadie perjudicaba ni ofendía; antes bien, hacía un beneficio inmenso á un desventurado.

»En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche, muy tarde y muy recatadamente, á casa de nuestro hermano, en una litera, una dama tapada, acompañada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas horas después, á obscuras, asistida por una partera, que creía asistir á Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan.

»A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, la dama salió de la misma manera misteriosa de casa de Jerónimo y desapareció.

»Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimo de nuestro hermano, y aunque todos en el pueblo extrañaban que Genoveva á sus años hubiese dado á luz un hijo, tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron.

»Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto.

»A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado; trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y además mostraba gran afición á las armas.

»Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al morir nos encargó con las lágrimas en los ojos que no le desamparásemos, y yo fenecía de placer cuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves que solían pasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban con tanto exceso cuanta era su ignorancia.»

—De modo que—dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montiño—, tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque de Lerma le gustan los mozos de provecho. ¿Quién sabe?

Y después de meditar un momento sobre esta pregunta que se había hecho el cocinero del rey, tornó á la lectura:

«El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paró delante de la puerta de nuestra casa un dómine vestido de negro, montado en una mula y acompañado de un mozo. Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo visto le dijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo de jóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dicho que nuestro hermano le había encargado de buscar una persona docta y de buenas costumbres, que acompañase á un hijo suyo, cuidase de él y le asistiese mientras hacía sus estudios en la Universidad de Alcalá, para cuyo efecto le mandaba con una carta de recomendación. Guardó silencio nuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando la carta vió que el verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le suplicaba enviase á Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadía la carta que no había que pensar en los gastos, y concluía suplicando encarecidamente á Jerónimo no se negase á aquella demanda. A aquella carta acompañaba una maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y doscientos ducados en oro.

»Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse, pero sintió grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los estudios de Juan; á los tres días abrazó llorando á nuestro rapazuelo, que partió acompañado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos ducados de que nos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nos quedaban otros tantos.

»En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, se entregaron íntegros al señor Gil Ponce.

»Juan volvió por vacaciones.

»Por lo que había aprendido, comprendía que los maestros de Alcalá eran dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al estado de educación y de buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí también que se había tenido un gran acierto en elegir para ayo de un joven al señor Gil Ponce.

»Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, y se volvió con Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevo las aulas.

»Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena de ropa y doscientos ducados. Cuando Juan cumplió los diez y ocho años, acompañaron á la maleta y al dinero una espada y una daga magníficas, aunque muy sencillas, como convenía al hijo de un hidalgo pobre.

»Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derecho civil y canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á los veintiuno licenciado; montaba á caballo como si á caballo hubiera nacido, y en cuanto á esgrimir los hierros, vencía á su padre; y aun á mí mismo, que ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar y andar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, que no es poco, y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo ó que le alcancen con una estocada.»

—¡Ah! ¡ah!—murmuró Montiño—; también le gustan á su excelencia los mozos diestros y valientes.

Y siguió leyendo:

«Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminados sus estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señor Gil Ponce, iba solo á Alcalá. Sin embargo, en esos dos años no se pervirtió, á pesar de andar entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y ésta es muy natural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.»

Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño.

—¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo—exclamó.

Y siguió la carta adelante:

«Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar á la que por inocente pudiera ser engañada.»

—¡Hum!—interrumpió el cocinero, sin dejar de leer.

«Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera á su padre, porque nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramos podido darle los estudios que se le han dado, el título que posee y que podrá servirle de mucho.

»Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña: sólo ha atendido á la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero después le ha abandonado á si mismo y á nuestra pobreza.

»La circunstancia que hay también extraña es que, siendo lo natural que para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por expresa prohibición de su padre, ha pasado junto á Madrid, dejándole á alguna distancia á la izquierda, cuando ha ido á Alcalá.

»El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y á lo poco que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latín, algunas fuera del pueblo, costándole todos los días un viaje.

»Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano—: No te he dicho todo lo que sé respecto á Juan; Dios no quiere que yo viva hasta que cumpla los veinticinco años: para entonces le espera una gran fortuna.»

—¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años, y nació el día de San Marcos del año de...! veamos: le quedan pocos meses para cumplirlos; ¡ah! ¡ah! ¡diablo! ¡una gran fortuna! no hay como ser hijo secreto de gran señor. ¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias! ¿quién sabe? ¡secretario del rey! ó lo que es mejor, secretario del secretario de Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el muchacho; ¡eh! ¡eh! veamos, veamos.

«Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo, está encerrada en un cofre que está guardado en aquel armario que no se ha abierto hace veinticuatro años—. ¿Pero qué contiene ese cofre?—pregunté á Jerónimo—. No lo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando me le entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado, algunos papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.»

Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que las letras que de allí en adelante contenía la carta eran de oro.

«Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre, y pegó sobre él, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en que constaba que yo había recibido aquel cofre cerrado el día de San Marcos de 1586.

»Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquel cofre cerrado, tal cual le había recibido, á la persona cuyo nombre constase en el recibo, ó á Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo se expresaba en él esta circunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por una cláusula de mi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedo por mí muerte.

»Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre de uno de los españoles más grandes y más nobles que han honrado á nuestra patria, nombre que no me atrevo á escribir, porque aunque Juan me inspira mucha confianza, una carta puede perderse.

»Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la corte á Juan, porque al pobre muchacho le sería muy doloroso verme morir. No te digas que tú vienes, para que no se empeñe en acompañarte.

»Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado Jerónimo durante veintidós años como un depósito sagrado, que he guardado yo después de la muerte de nuestro hermano, pase á ti después de mi muerte.

»Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre bajará conmigo á la tumba.

»Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava extraordinariamente de momento en momento, permíteme que respecto á Juan te dé algunos consejos que podrán aprovecharte.

»No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porque te conozco; has amado á tus hermanos, pero has amado más al dinero; tus hermanos han sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos sabían bien que si te pedían socorros se los hubieras enviado, pero causándote una dolorosa herida cada doblón de que te hubieras desprendido; tus hermanos no han querido hacerte sufrir; perdona á uno de ellos, moribundo, el que te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; sí únicamente justificar el consejo que voy á darte: sé generoso con Juan; sé franco: él es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser, que si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro; tienes además, hermano, un excelente corazón, pero eres receloso, desconfías de todo... y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No desconfíes de él, porque esto le resentiría, y te lo repito, el cariño de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho.

»Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy valiente, muy noble, casi sabio.

»¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres años vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don Francisco de Quevedo. Conoció á Juan, y se hicieron los más grandes amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podrá servir de mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debe éste de valer.

»Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin una camisa. Cuando llegue á esa, llegará hambriento, cansado, mojado: préstale mesa á que sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura.

»Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.—Tu hermano que desea verte un solo momento y expirar en tus brazos,

Pedro Martínez Montiño.»

Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que le había arrancado el final de la carta de su hermano, la guardó cuidadosamente en un bolsillo y se puso á pasear por la pequeña estancia, profundamente pensativo.

—Sí, sí, es preciso—dijo al fin—; me le ha endosado; prescindiendo de que llegue á ser ó no ser, yo no puedo... vamos, de ningún modo; un mozo hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del alba... no, no... es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa... mi mujer, mi hija... gracias á que las tengo seguras guardándolas y cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego no teniéndole en mi casa, échese vuesa merced el cargo de pagarle un día y otro la posada durante quince meses; no, señor; será preciso que el duque de Lerma le dé un oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que me dé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero. ¡Hola! ¡eh!—dijo abriendo la puerta y entrando en la repostería—Gonzalvillo, hijo, ven acá.

Acercóse un paje.

—Ve á aquel aposento—le dijo—y lleva un servicio de mesa, un pastel de olla podrida, un capón de leche asado, un besugo cocido, un pastel hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, á un hidalgo que se llama Juan Montiño, que es mi sobrino, hijo de mi hermano: sírvele bien, hijo, sírvele, y guárdate por el servicio las sobras, que bien podrás sacar de ellas dos reales.

Gonzalvillo se separó de la puerta, y cuando Montiño iba á cerrarla, se le presentó de repente un hombre.

—¡Eh! ¡esperad, señor Francisco, esperad! ¡pues á fe que me ha costado poco trabajo llegar aquí para que yo os suelte!

—¡Ah! ¡señor Gabriel! ¿y qué me queréis?—dijo el cocinero del rey, con mal talante—Entrad, entrad, y decidme lo que me hayáis de decir.

Entró aquel hombre, y Montiño se encerró con él.

CAPÍTULO VII

LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.—DE CÓMO LA CONDESA DE LEMOS HABÍA ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR Á LA REINA.

El hombre que acababa de entrar era un hombre característico.

Si la persona que tiene alguna semejanza típica con la fisonomía de algún animal, tiene las propensiones del animal á quien se parece, aquel hombre debía tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en sus últimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho por la fuerza.

Habiendo dicho que la fisonomía de aquel hombre se parecía á la de un lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripción más minuciosa.

Bástanos añadir que aquel hombre en su juventud, debió ser alto y robusto, que á causa de sus años, que casi rayaban en los sesenta, estaba encorvado, y que á la expresión feroz que debió brillar en sus ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando á obscuras y sin dar la cara, había sustituido una mirada hipócrita y una sonrisa fría y asquerosa que parecía haberse estereotipado en su boca rasgada.

Aquel hombre, que en otros tiempos había sido rufián y asesino (nosotros sabemos que lo fué, y basta que lo digamos á nuestros lectores sin que nos entremetamos á contarles una historia que nada nos interesa), era hacía ya algunos años ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no sabemos cuántas honradas industrias.

Conocíale Montiño, y aun le trataba íntimamente, porque el cocinero del rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de toda clase de gentes. Pero como el buen Montiño sabía demasiado que el señor Gabriel Cornejo había sido perseguido por la justicia, salpimentado más de tres veces por ella, puesto por sus méritos en exposición pública más de ciento, para ejemplo de la buena gente, y compañero íntimo de un banco y de un remo durante diez años, guardábase muy bien, sin duda por modestia, de decir á nadie que conocía á tan recomendable persona, y mucho más de que le viesen en conversación con ella.

Por esta razón, Montiño, que tenía suficiente causa para estar entristecido con la muerte próxima ó acaso consumada de su hermano, y con la venida de un sobrino putático que se le entraba por las puertas, sin dinero y sin camisas, acabó de ennegrecerse al ver que el señor Gabriel Cornejo se arrojaba á buscarle nada menos que en casa del duque de Lerma, y en medio de una legión de pajes y lacayos, gentes que á todo el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo.

—¿Qué cosa puede haber que os disculpe de haberme venido á buscar de una manera tan pública?—dijo severamente Montiño.

—¡Bah! señor Francisco: nadie tiene nada que decir de mí—contestó sonriendo de una manera sesgada Cornejo—; si en mis tiempos fuí un tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los momentos...

—¿Pero qué sucede?

—Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el tío Manolillo.

—¿Y qué me importa el bufón del rey?

—Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden oírse que valgan mucho dinero.

—Sepamos al fin de qué se trata.

—Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio; de una ganancia de ciento por ciento.

—¡Ah! ¿Y qué tiene que ver con eso el bufón del rey?

—El tío Manolillo ha ido esta tarde á mi casa, se ha encerrado conmigo ó yo me he encerrado con él, y de buenas á primeras, como hombre de ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en una conversación deben callarse, me ha dicho—: ¿Conocéis á un hombre que quiera matar á otro?

—¡Oh, oh!—exclamó Montiño, abriendo desmesuradamente los ojos.

—Yo, que también sé ahorrar de palabras cuando conozco á la persona con quien hablo, le contesté—: ¿Quién es el hombre que queréis despachar al otro mundo?—Un caballero muy rico y muy principal—. ¿Como quién? por ejemplo, le pregunté—. Así como el duque de Lerma ó el de Uceda, ó el conde de Olivares—. ¿Pero no es ninguno de los tres?—No: pero aunque no lo parece, vale más que todos ellos—. Pues entonces, si vale más... por el duque de Lerma, pediría mil doblones; por el otro mil quinientos—. Trato hecho—dijo el bufón—. ¿Cuándo ha de ser?—Cuando esté depositado en buenas manos el dinero—. ¡Qué! ¿No le tenéis?—Nada os importa eso—. Es verdad—. Adiós—. Dios os guarde.

—¡Conque el tío Manolillo!...—exclamó seriamente admirado Montiño—; esto es grave, gravísimo. ¿Y no os dijo, señor Gabriel, quién era su enemigo?

—No me lo ha dicho, pero yo lo sé.

—¡Ah! ¿Y cómo lo sabéis vos?

—¿Quién es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma el de Uceda, ó el conde de Olivares?

—¡Bah! hay muchos: el duque de Osuna.

—Está de virrey en Nápoles.

—El conde de Lemos.

—Está desterrado.

—Don Baltasar de Zúñiga.

—Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo.

—Pues no acierto.

—Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos negocios, es lo que más tenemos delante de los ojos. ¿Os habéis olvidado del secretario del duque de Lerma?

—¡Don Rodrigo Calderón!

—Ese, ese es el enemigo del tío Manolillo.

—Pero no entiendo por qué pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufón de su majestad.

—¡Bah! ya veo, señor Francisco, que vos sabéis muy poco.

—No me es fácil dar con el motivo de la ojeriza que decís tiene el tío Manolillo á don Rodrigo.

—¿Conocéis á una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una ninfa en el corral de la Pacheca?

—¡Ah! ¿una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces presa por no bailar como era conveniente?

—La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, ó querida, ó hija, no se sabe cuál de las tres cosas, del tío Manolillo.

—Me estáis maravillando, señor Gabriel. ¿Conque la Dorotea?...

—Sí, señor, la Dorotea es mucha cosa del bufón del rey. Pero no es esto todo. El duque de Lerma...

—Sí, sí, ya sé que el duque visita á la Dorotea.

—Pero no sabéis quién ha andado de por medio para concertar esas visitas.

—Sí, sí, ya sé que el medianero, el que ha llevado los primeros regalos, el que acompaña de noche al duque y le guarda las espaldas, es don Rodrigo Calderón.

—Vamos, pues de seguro no sabéis que el duque de Lerma es quien paga, y don Rodrigo Calderón quien goza.

—¿Pero quién os dice tanto?—exclamó admirado Montiño.

—Ya sabéis que yo tengo muchos oficios.

—Demasiados quizá.

—Están los tiempos tan malos, señor Francisco, que para ganar algo es necesario saber mucho. Saben que sé muchas princesas, y una de ellas, conocida de la Dorotea, la encaminó á mí para que la sirviese. Dorotea quería un bebedizo.

—¡Ah! ¡ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres!

—Son serpientes, vos no lo sabéis bien, señor Montiño: como se les ponga en la cabeza doctorar á un hombre en la universidad de Cabra, aunque el amante ó el marido las encierren en un arca y se lleven la llave en el bolsillo, le gradúan.

Movióse impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso delante su mujer, que era joven y bonita.

—Pero á serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidió el bebedizo, me dije: podrá convenirme saber quién es el hombre á quien quiere esta muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y sé que el saber, por mucho que sea, no pesa. Díjela que el bebedizo no podía producir buenos efectos si no se conocía á la persona á quien había de darse. Entonces la Dorotea, poniéndose muy colorada, me dijo—: El hombre que yo quiero que no quiera á ninguna mujer más que á mí es don Rodrigo Calderón—. Necesito saber cómo habéis conocido á don Rodrigo Calderón, la dije.—¿Necesario de todo punto?—Ya lo creo; y si fuera posible hasta el día y la hora en que le vísteis por primera vez.—¿Y si no lo digo no me daréis el bebedizo?—Os lo daré, pero si no sé de cabo á rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo Calderón, no os quejéis si el bebedizo no es eficaz.—Entonces la moza se sentó, y me confesó que había conocido á don Rodrigo cuando don Rodrigo fué á hablarla de parte del duque de Lerma; que se había enamorado de él, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Calderón, que no la paga y á quien ella ama, la engaña amando á otra.

—¡Ah!

—¡Y si supiérais quién es esa otra, señor Francisco!

—Alguna cortesana que tiene tan poca vergüenza como don Rodrigo Calderón.

—Pues os engañáis, es la primera dama de España.

—¿Por hermosa?

—No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble.

—¡La dama más noble de España! ved lo que decís: cualquiera pudiera creer...

—¿Que esa tan noble dama es la reina? ¿No es verdad?—dijo con una malicia horrible Cornejo.

—¡La reina! ¡Su majestad!—exclamó dando un salto de sobre su silla Montiño.

—La misma, Su majestad la reina de España es la querida de don Rodrigo Calderón.

—¡Imposible! ¡imposible de todo punto! ¡yo conozco á su majestad! ¡no puede ser! ¡creería primero que mi hija!...

—Vuestra hija podrá ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo que quiera también la reina.

—¡Pero la prueba! ¡la prueba de esa acusación, señor Gabriel!—dijo el cocinero del rey, á quien se había puesto la boca más amarga que si hubiera mascado acíbar—. ¡La prueba!

—He ahí, he ahí cabalmente lo que yo dije á la Dorotea: ¡la prueba!

—¿Y esa mujerzuela tenía la prueba de la deshonra de su majestad?

—La tenía.

—¿Pero qué tiene que ver esa perdida con la reina? ¿quién ha podido darla esa prueba?

—El duque de Lerma.

—Me vais á volver loco, señor Gabriel; no atino...

—No es muy fácil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme, sin asombraros, oigáis lo que oigáis, y concluiremos más pronto.

—Y me alegraré, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias tan apremiantes en toda mi vida.

—Pues al asunto. Yo, que había hecho confesar á la Dorotea quién era la dama que la causaba celos, asegurándola que si no me contaba todas las circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podría suceder que no fuese eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente—: Una noche don Rodrigo fué muy tarde á verme: al quitarse la ropilla, se le cayó de un bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogió precipitadamente. Yo me callé, pero cenando le hice beber más de lo justo, acariciándole, mostrándome con él más enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho y se durmió como un tronco. Entonces me levanté quedito, fuí á la ropilla, tomé la cartera, la abrí, y encontré en ella cartas de una mujer; de una mujer que firmaba «Margarita

—Pero eso es muy vago... muy dudoso—dijo con anhelo Montiño—; si la reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma Margarita...

—Oíd, señor Montiño, oíd, y observad que la Dorotea no es lerda.

—Cuando leí el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospeché, porque tratándose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las mujeres... sospeché que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su apellido era... Margarita de Austria.

—Pero, señor, señor—exclamó todo escandalizado y mohíno el cocinero de su majestad—; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, ¿sabe leer?

—Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles.

—¡Ah!—dijo dolorosamente Montiño, cayendo desplomado de lo alto del que creía un poderoso argumento.

—Oigamos á la Dorotea, que aún no ha concluído—: Sospeché que aquella Margarita, que citaba misteriosamente á don Rodrigo, era la reina, y como no me atrevía á quedarme con una sola de las cartas, las miré, las remiré, hasta que fijé en mi memoria la forma de las letras de aquellas cartas, de modo que estaba segura de no engañarme si veía otro escrito indudable de la reina. El duque de Lerma me dará ese escrito—dije—, ó he de poder poco. Y volví á meter las cartas en la cartera, y la cartera en el bolsillo de donde la había tomado. Cuando se fué don Rodrigo, observé que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de Lerma, le recibí con despego, le atormenté, me ofreció como siempre alhajas, y yo... yo le pedí que me trajese un escrito indudable de la reina. Asombróse el duque, me preguntó el objeto de mi deseo, insistí yo, diciendo que era un capricho, y á la noche siguiente el duque me trajo un memorial en que se pedía una limosna á la reina, y á cuyo margen se leía: «Dense á esta viuda veinte ducados por una vez», y debajo de estas palabras una rúbrica. ¡Era la misma letra, la misma rúbrica de las cartas! no podía tener duda: la reina era amante de don Rodrigo Calderón.

—Pues señor—dijo Montiño—, á pesar de todo, os digo, señor Cornejo, que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios.

—Sea lo que quiera; pero oíd y atad cabos: ya os he dicho que el tío Manolillo me preguntó cuánto dinero se necesitaba para despachar una persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el tío Manolillo no los tenía; que la Dorotea cree que don Rodrigo Calderón tiene cartas de amores de la reina... que está celosa... recordad bien esto.

—Sí, sí, lo recuerdo.

—Pues bien; esta noche una dama muy principal, á lo que parece, ha estado casa de mi comadre la señora María; la que tan honradamente vive con el escudero su marido el señor Melchor, que tan hermosa era hace veinte años, que sigue aumentando sus doblones, empeñando y prestando con una usura que da gozo: ya sabéis que cuando la señora María necesita para sus negocios un dinero, viene á mí, como yo vengo á vos.

—Bien, bien, ¿pero qué?

—Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche á casa de la señora María, ha ido encubierta también algunas otras veces á pedir dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeñado ninguna. Esta noche ha ido, toda azorada, asustada, trémula, ha pedido á la señora María mil y quinientos doblones (nunca había pedido tanto), ofreciendo dar por ellos tres mil en el término de un mes. Ya veis si es negocio.

—¡Pues hacerlo! ¡hacerlo!—dijo Montiño.

—Lo haremos á medias, ó mejor dicho á tercias, entre vos, la señora María y yo: quinientos doblones cada uno.

—¿Y para eso me habéis buscado, me habéis entretenido y me habéis mentido tanto?—dijo levantándose Montiño con visibles muestras de despedir á Cornejo.

—Esperad... esperad, que el negocio lo merece—repuso el señor Gabriel con gran calma—. Recordad; yo pido al tío Manolillo esta tarde mil y quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que sé de seguro que es don Rodrigo Calderón; don Rodrigo Calderón tiene unas cartas de la reina que la comprometen, y esta noche va á casa de la señora María á pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos, debe ser principalísima. ¿No creéis que debe meditarse esto, señor Francisco? ¿No creéis que en esto danzan las cartas, la reina y el tío Manolillo, y tal vez la reina en persona...?

—¿La reina en persona...? ¿Creéis que la reina haya podido ir á casa de la señora María de noche y sola?

—Yo ya no me admiro de nada, señor Francisco, de nada; además que la dama tapada ofreció como seguridad de los mil y quinientos doblones, mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puño y mano de la reina, firmado por ella misma.

—¿Pues qué mejor seguridad queréis? haced el negocio, y dejadme en paz á mí; no quiero mezclarme en él, y siento mucho que me hayáis dicho tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos.

—Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese negocio?

—¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones?

—La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no conocemos la letra de la reina, y vos...

—Yo no la conozco tampoco.

—Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey.

—¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio.

—O queréis hacerlo vos solo—dijo irritado por la codicia el tío Cornejo.

—Hablemos en paz, señor Gabriel—dijo el cocinero mayor—, y concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me habéis dicho, porque podríais ir á la horca.

Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han existido, existen y existirán en todas las cortes.

—En cuanto al negocio—añadió Montiño—, no me meto en él; haced lo que queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es... iros.

Vaciló todavía el señor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un ademán enérgico de Montiño, le decidieron; se despidió hipócritamente deshaciéndose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el cocinero del rey, como obedeciendo á una idea súbita, le dijo:

—Esperad.

Cornejo se volvió lleno de esperanza.

—¿Vais á ver á la señora María?

—Ciertamente necesito decirla vuestra resolución.

—Pues decidla, además, que prepare esta misma noche un aposento con lecho en su casa, y que cuando llame á su puerta uno que se nombrará sobrino mío, que le reciba, que yo respondo de los gastos.

Voló la esperanza causando una dolorosa impresión en el señor Gabriel Cornejo, que se despidió de nuevo murmurando:

—He sido un imprudente, no debía haber hablado tanto; yo confiaba en su codicia, pero está visto: su avaricia es mayor de lo que yo creía. Quiere hacer el negocio por sí solo.

Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstraído y pensativo:

—Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribón me ha dicho; yo no me fío de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos doblones de ganancia, como quien dice, de una mano á otra; pero el asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente en él... mi sobrino postizo es hombre, según dice mi hermano, capaz de meter un palmo de acero al más pintado, y don Rodrigo Calderón, está en el banquete del duque... después se encerrará en su despacho, y saldrá allá muy tarde por el postigo... ¡Ah, señor sobrino! os voy á procurar una buena ocasión... una ocasión que os hará hombre.

En aquel momento se abrió la puerta y apareció una dueña.

—¡Ah, señor Francisco! ¡Y cuánto trabajo me ha costado encontraros!—dijo la dueña—. He tenido que decir que venía de palacio, con orden de su majestad para vos.

—¿Y es cierto...? ¿Traéis orden?

—Casi, casi. Os traigo una carta.

—Dadme acá, doña Verónica, dadme acá.

La dueña entregó una carta al cocinero mayor, que éste abrió con impaciencia.

«Tenéis un sobrino—decía—que acaba de llegar á Madrid; enviadle al momento á palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de Estado; que espere junto á la puerta de las Meninas, por la parte de adentro. Pero luego, luego.»

Esta carta no tenía firma.

—¿Quién os ha dado esta carta, doña Verónica? No conozco la letra, no tiene firma. ¿Estáis de servicio?

—¡Ay! ¡sí, señor! Y yo no sé qué hay esta noche en palacio: las damas andan de acá para allá. La camarera mayor está insufrible, y la señora condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido grave á la señora condesa.

—¿Pero quién os ha dado esta carta?

—La señora condesa de Lemos.

—La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, señor—murmuró Montiño.

—Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco—dijo la dueña—. No me hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura...

—¿Os han dicho que llevéis contestación?

—No, señor.

—Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os acompañen.

—No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós.

—Dios os guarde.

La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió.

—Que me confundan si entiendo una palabra de esto—dijo Montiño—. ¿Si será verdad?... ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi sobrino?... ¡pero señor!... ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio?

Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este partido tomó también una resolución.

—Es preciso—dijo—que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la reina.

Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino.

CAPÍTULO VIII

DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE

Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo.

Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se encontraba para tomar otra más decente.

—¿Habéis comido bien, sobrino?—dijo el cocinero.

—Es la primera vez que he comido, tío—contestó el joven.

—¿Os encontráis fuerte?

—Sí por cierto.

—¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura?

Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un momento de su idea fija, volvió á ella.

—¿Conocéis á la reina, tío?—le preguntó.

—¡Pues podía no conocerla!—dijo con sorpresa el señor Francisco.

—¿Es la reina alta?

—Sí.

—¿Es la reina gruesa?... es decir... ¿buena moza?

—Sí.

—Pues tío, yo quiero conocer á la reina.

—Yo creo que estás loco, sobrino... ¿qué preguntas son esas y qué empeño?

—Empeño... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo...

El cocinero mayor estaba alarmado.

—¿Conoces tú á la reina por ventura?—dijo.

—¡Yo! ¡no, señor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que viene por primera vez á Madrid, después de comer y beber, pregunte si el rey es alto ó bajo, hermoso ó feo; lo mismo me ha acontecido á mí; sólo que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina. Nada más natural.

—Pues es muy extraño; tú me preguntas por su majestad, y yo acabo de recibir esta carta de manos de una dueña de palacio.

Tomó la carta Juan Montiño, la leyó, se puso pálido y se echó á temblar.

—¿Y de quién creéis que pueda ser esta carta?

—Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina.

—¡Aquí dice secreto de Estado!—dijo sin intención el joven.

Pero en aquellas palabras el suspicaz Montiño vió una intención marcada, más que una intención: una explicación completa; su sobrino creció para él de una manera enorme, creyóse relegado al silencio, dominado, convertido en un ser inferior á su sobrino.

—Y no, no creas—dijo—que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo bien lo que sucede... pero... te llaman á palacio; la reina es demasiado imprudente...

—¡Tío!

—¡Después de lo de las cartas!

—Pero, tío, no os comprendo.

—Escucha, Juan, escucha—dijo Montiño, que estaba atortolado y que había perdido el tino—: don Rodrigo Calderón está aquí; luego saldrá por el postigo de la casa del duque; yo te llevaré á ese postigo; debes esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que comprometen á la reina.

—¡Las cartas que comprometen á la reina!

—Sí—dijo sudando el cocinero mayor—, las cartas de la reina. Es necesario que antes de ir á palacio esperes á don Rodrigo, que le acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan... y mira, hijo mío—añadió el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y mirándole desencajado y pálido, porque cada vez se hacia para él un personaje más respetable su sobrino—: aprovecha tu buena, tu inesperada fortuna; no te pregunto cómo has podido llegar hasta donde has llegado en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres... pero sé prudente, muy prudente... no te ensorberbezcas, aprovecha las horas de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy peligrosas...

—Pero, tío...—replicó el joven, que no comprendía una sola palabra.

—Nada, nada; no hablemos más de esto; lo quiere ella... en buen hora.

Juan Montiño no se atrevió á aventurar ni una sola palabra más, por temor de cometer á ciegas una torpeza, y se encerró en una reserva absoluta, en una reserva de expectativa.

—No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves más armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo—y sacó una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven—. No es grande la cantidad, pero bien habrá diez doblones de á ocho. Tú me devolverás esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos más, ni por la casa, ni por la calle. Voy á llevarte á esconderte frente al postigo del palacio del duque.

Y se volvió hacia la puerta.

Pero de repente se detuvo.

—¡Ah! se me olvidaba—dijo limpiándose con el pañuelo el sudor que corría hilo á hilo por su frente—: por muy afortunado que seas, no puedes pasar toda la noche en palacio; allí sólo estarás un breve espacio... luego... en mi casa no quiero que estés... no sería prudente... Cuando un hombre ocupa con una alta señora el lugar que tú maravillosamente ocupas, debe evitar que esta señora sepa que vive en una casa donde hay mujeres jóvenes y bonitas. Cuando estés libre, sube á las cocinas; pregunta por el galopín Aldaba, y dile de mi parte que te lleve á casa de la señora María, la mujer del escudero Melchor... no te olvides.

—No me olvidaré.

—Allí tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo último que tengo que decirte. Conque vamos, hijo, vamos.

Juan siguió á su tío; al pasar por la repostería, éste dijo arrojando una mirada á las mesas y á los aparadores:

—Me voy á tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas noches, señores.

Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que ocupaba las habitaciones por donde pasaron, salió á la calle, siguió, torció una esquina, recorrió una tortuosa calleja, dobló otra esquina, y al comedio de otra calleja obscura se detuvo.

—Ese es el postigo de la casa del duque—dijo el cocinero mayor.

—¿Y por ahí ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que comprometen á su majestad?

—Sí, don Rodrigo Calderón; pero saldrá tarde; aunque te llaman luego á palacio, esto importa más, créeme; espera aquí, porque podrá suceder que don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podrá suceder también que salga acompañado; en ese caso... déjale, y vuelve mañana á este mismo sitio hasta que le veas solo. ¿Pero estás seguro de tu valor y de tu destreza?

—Cuando se trata de la reina, tío, no hay que pensar más que en servirla.

—Pues bien; ocúltate, que no puedan verte; aquí en este soportal. Y adiós; voy á ver ahora mismo á mi hermano Pedro.

—Quiera Dios, tío—dijo tristemente el joven—, que le encontréis vivo.

—Adiós, sobrino, adiós; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y quedarme.

—Id tranquilo, tío, que como Dios me ha sacado de otros lances, me sacará de éste.

—Dios lo quiera.

—Id, id con Dios.

El señor Francisco Montiño tiró la calleja adelante y tomó á buen paso el camino del alcázar.

Para él, á quien habían fascinado las coincidencias casuales del relato de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que Juan había tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba ó le deseaba... pero todo esto se hacía duramente inverosímil al cocinero mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, creía tener pruebas indudables: aquella carta que había venido á sus manos por conducto de una dueña de palacio y con todas las señales de provenir de la reina; las medias palabras de su sobrino; el aspecto extraño, la sobreexcitación que en él había notado, todo contribuía á hacerle creer lo que no quería creer, porque lo que repugna fuertemente á la razón, lo rechaza enérgicamente la voluntad.

Francisco Montiño no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo aquello, mas que encogerse de hombros y decir:

—¡Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa!

Y luego añadía, en una reacción de la razón y de la voluntad:

—No, no, señor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soñando ó me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Calderón. ¡Bah!¡blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto á... á olvidarse de quien es... ¡Vamos, no puede ser!

Y recordando luego cuanto había visto y oído, exclamaba:

—Pero las mujeres, con corona ó sin ella, son siempre mujeres, capaces de hacer lo que ni aun se podría pensar.

Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusión:

—Ello, al fin, no me importa tanto que me exponga á volverme loco devanándome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree su tío hace suerte... mejor, algo me alcanzará; si todo eso de la reina no es más que una equivocación, un enredo... mejor, mucho mejor, porque la reina será lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos, no pasará mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos á pasar una mala noche por ver á mi hermano, y no nos detengamos, ya que hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera á que uno despache sus negocios.

Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales.

—¡Hola, eh!—dijo desde la puerta de una cuadra—¡los palafraneros de guardia!

Acudieron dos ó tres mocetones.

—Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela, que no se duerma y que no me extravíe.

—Muy bien, señor Francisco Montiño—dijo uno de los palafreneros—; cuando vuesa merced vuelva ya estarán las bestias y el mozo dispuestos para echar á andar.

El cocinero mayor atravesó el arco de las caballerizas, la plaza de Armas, el vestíbulo y el patio del alcázar, se metió por un ángulo, por una pequeña puerta, empezó á trepar por unas escaleras de caracol, y á los cien peldaños desembocó en una galería, apenas alumbrada por algunos faroles; apenas entró, llegó á sus oídos la voz de dos mujeres que cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un villancico.

—¡Qué feliz sería yo—dijo—si no me cercasen y me rodeasen y me amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! ¡y si no, cuán felices y cuán contentas están mi mujer y mi hija!... es necesario dar un corte á esto; soy rico, á Dios gracias, y debo retirarme y descansar. Abre, Inesita, hija mía—dijo llegando á una puerta.

Cesó el canto, oyéronse unas leves pisadas, se abrió la puerta, y con una palmatoria en la mano apareció una preciosa niña de diez y seis á diez y siete años.

—¡Cuánto ha tardado vuesa merced, señor padre!—dijo sonriendo al cocinero mayor—mi señora madre y yo estábamos con mucho cuidado.

—¡Y cantábais!

—Por entretener la espera.

—Pues más voy á tardar—dijo Montiño entrando en una pequeña habitación y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia.

—¿Cómo que vas á tardar, Francisco?—dijo una joven hermosa también, y como de veinte años, que al levantarse para tomar la capa del cocinero mayor, dejó ver que estaba abultadamente encinta.

—Sí, Luisa, sí; me obliga el hacer un pequeño viaje ahora mismo, un asunto bien desagradable.

—¡Y con esta noche!...—dijo Luisa.

—Mi hermano el arcipreste—dijo tristemente el cocinero mayor—se muere, y acaso no llegue á tiempo ni aun de cerrarle los ojos.

—¡Oh! ¡qué desgracia!—dijo Luisa.

—¡Está de Dios que yo no conozca á ningún pariente mío!—añadió Inés.

—No hay que afligirse demasiado—dijo Montiño—, nacemos para morir y mi hermano era viejo.

—¿Y durará mucho tu ausencia, Francisco?—dijo Luisa.

—Mañana, á más tardar, estaré de vuelta. Saca mi loba de camino, Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreñales, siempre es bueno ir bien preparado.

Y Montiño abrió una puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y entró y cerró.

La mujer lanzó una mirada ansiosa á aquella puerta.

Montiño atravesó otra habitación, abrió otra puerta y se encerró en un pequeñísimo aposento, en el cual había un fuerte arcón, una mesa y algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que á primera vista se notaba que no se había limpiado allí en mucho tiempo.

El cocinero mayor abrió el arcón, que apareció lleno de talegos; buscó uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de adoración; desató lentamente su boca, y procurando que las monedas no chocasen, sacó como hasta una veintena de doblones de oro.

—Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio—exclamó suspirando—, el mayor de todos: dejar mi casa sola. No sé por qué el tío Manolillo tiene conmigo de algunos meses á esta parte chanzas que me inquietan. ¡Bah! ¡bah! yo recelo de todo... no hay motivo... están contentas... ella cada día más cariñosa... mi hija cada vez más empeñada en ser monja... Afuera, afuera sospechas infundadas... una sola noche... ¿qué ha de suceder en pocas horas?

Y tomando un par de pedreñales ó pistoletes que estaban colgados de la pared, los cargó, les renovó los pedernales, y cerrando cuidadosamente el arca y las dos puertas que antes había abierto, salió á la habitación donde estaban su mujer y su hija, se vistió un traje de camino, se ciñó una espada, se colgó de la cintura los pedreñales, y después de despedirse de su mujer y de su hija, salió de la habitación, luego del alcázar, y llegó á las caballerizas, donde montó en un mulo, y salió de Madrid acompañado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado en otro mulo.

No habría llegado aún Francisco Montiño al puente de Segovia, cuando su mujer, que había despedido á su hijastra para irse á dormir, se encerró en su dormitorio, se dirigió á una ventana, que parecía clavada, sacó con suma facilidad dos de los clavos, que sólo servían de una manera aparente, abrió, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvió en él un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso á cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que por aquella parte del alcázar estaba contigua á las habitaciones del cocinero mayor.

Poco después se abrió aquella ventana y dejó ver únicamente su fondo obscuro.

Luisa arrojó á aquel fondo el papel que envolvía el pan y que entró por el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse.

Inmediatamente cerró Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira una mujer impaciente y enamorada:

—Si á las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta mañana; tienen tiempo de avisarle y vendrá: ¡oh! ¡qué suerte tan infeliz la mía!

—¿Por qué cantará así mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche fuera de la casa?—decía Inés rebujándose en sus sábanas—. ¡Ay, si yo pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover de la portería de pajes.

La niña se durmió sonriendo, como sonríe una virgen á su primer amor, á su único amor puro. No sabemos si Luisa durmió también; pero lo que sí sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rápidamente al paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta Navalcarnero se acabó antes de que se acabasen sus encontrados pensamientos.

Cuando llegó al pueblo eran las doce de la noche.

Apeóse en la puerta de la casa donde había nacido, y no tuvo necesidad de llamar, porque encontró su puerta franca de par en par.

Algunas mujeres pasaban de la cocina á una sala baja muy atareadas, y entre ellas apareció una anciana.

—¿Vive mi hermano?—dijo Montiño, adelantando hacia aquella mujer.

—¡Ah! ¡señor! ¿sois vos?-dijo llorando la pobre anciana—yo no os conozco, no os he visto nunca; pero debéis ser el señor Francisco Montiño.

—El mismo soy; ¿pero vive aún mi hermano?

—Está acabando; pero entrad, entrad: desde que esta mañana fué Juan á Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos habéis de traerle la salvación de su alma.

Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, había un anciano expirante.

—¡Señor arcipreste!¡señor arcipreste!—dijo la anciana—; he aquí vuestro hermano que ha llegado.

Abrió penosamente los ojos el moribundo.

—No veo—dijo con voz apenas perceptible.

Y calló, como si aquel «no veo» le hubiese costado un inmenso esfuerzo.

—Padre—dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso—, el señor arcipreste me tenía encargado que cuando viniese su hermano, le dejásemos solo con él.

—¡Oh!¡pues cumplamos su voluntad!—dijo el fraile y salió.

El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos.

—¡Soy yo, hermano mío!¡soy yo!—dijo Montiño, estrechando las manos al arcipreste.

—¡Allí! ¡allí!—dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo de la alcoba de una manera vaga y penosa.

—Sí, sí; no te fatigues, hermano mío: allí está el cofre que encierra la fortuna de Juan.

—Sí—dijo el moribundo.

—¡Pedro! un esfuerzo—dijo Montiño acercando su semblante al de su hermano, que empezaba ya á descomponer la muerte—: ¡Pedro, el nombre de su padre!

—Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna.

—¡Ah!—exclamó Montiño—. ¿No deliras, hermano?

—¡El duque... de Osuna!—repitió el arcipreste, haciendo un violento esfuerzo, que acabó de postrarle.

—¿Y su madre...? ¿su madre...?

—La duquesa... de...

—¡Pedro! ¡Pedro! un solo esfuerzo.

El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levantó la cabeza, dejó oír un gemido gutural, y luego su cabeza cayó inerte sobre la almohada.

Había muerto.

CAPÍTULO IX

LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO

Desde que don Francisco de Quevedo se resignó á esperar, pensando, al duque de Lerma, hasta que apareció el duque, pasaron muy bien dos horas.

Era el duque uno de esos personajes que se llaman serios; su edad rayaría entre los cuarenta y los cincuenta años; respiraba prosopopeya; vestía con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas, en su actitud, había más de ridículo que de sublime, más hinchazón que majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con su privanza, que había formado de sí mismo un alto concepto, y que se creía, por lo tanto, un grande hombre.

Quevedo permaneció algún tiempo sentado, después que apareció el duque.

Esto hizo fruncir un tanto el ceño á su excelencia.

—Me han avisado—dijo con secatura—de que me esperaba aquí una persona para darme en propia mano una carta de la señora duquesa de Gandía.

Quevedo se levantó lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sacó de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de Gandía; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvió hacia una puerta que el duque había dejado franca.

—Paréceme que huís, caballero—dijo el duque.

Quevedo se detuvo, pero permaneció de espaldas.

—Y no creo que haya motivo—añadió el duque, mirándole de alto abajo y sonriendo de una manera que nos atreveremos á llamar triunfante—; no creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un encubrimiento y un silencio tan inútil, vengáis á mi casa y pretendáis salir de ella; como os habéis tapado la cruz y el rostro con el ferreruelo, debiérais haberos puesto en cada pie un talego, á fin de tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no digo esto por mortificaros, sino porque comprendáis que os he conocido, don Francisco.

Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente, dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque:

—¡Romance!

—¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me tenéis impaciente.

Guardó un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dándoles cierta canturía:

—Dióme Dios, por darme mucho,
con una suerte perversa,
cabeza dos veces grande,
y pies para sostenerla.
Vine al mundo como soy,
aunque venir no quisiera;
la culpa fué de mi madre,
que no se murió doncella.
Por los pies me ha conocido
el ingenio de vuecencia;
es difícil que conozcan
á algunos por la cabeza.
Hay quien puede en pies de cabra
enderezar su soberbia,
porque lo que todo es aire,
cualquier cosa lo sustenta.

Y acabado el romance, se dejó caer el sombrero sobre la cabeza, se embozó de nuevo, y se volvió á la puerta franca.

El duque se adelantó y cerró aquella puerta.

—Sois mi prisionero—dijo.

—Mandadme dar cena y lecho—repuso Quevedo, sentándose otra vez en el sillón que habla dejado, como si se encontrara en su casa.

—No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez—dijo Lerma—. Quiero que seamos amigos.

—¡Ah, condesa de Lemos!—exclamó Quevedo.

—¿Por qué nombráis á mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?—dijo con el acento de quien se siente contrariado, el duque.

—Dígolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa.

—No os entiendo.

—Basta con que Dios me entienda.

—Si vos galanteásteis á mi hija hace dos años...

El Duque de Lerma. El Duque de Lerma.

—Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven.

—Veo que os equivocáis; vos creéis que la causa de vuestra prisión en San Marcos, fueron vuestras solicitudes á doña Catalina.

—Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres...

—Estáis por las que valen... y pretendéis por ellas ser valido.

—Valiera yo poco si tal valimiento buscara—y continuó—; yo, cuando se trata de mujeres, no solicito, tomo...

—¿De modo que...?

—No he solicitado á vuestra hija.

—¿Y qué habéis tomado de ella?—añadió con precipitación el duque.

—Un ejemplo de lo que sois.

—¡Ah! vos para conocerme...

—Os miro.

—Pero me miráis con antiparras.

—Para veros no es necesario tener muy buena vista.

—Quiero saber qué pensáis de mí.

—Mucho malo.

—Al menos no se os puede culpar de reservado.

—Reservéme poco, cuando habéis podido encerrarme.

—Os he guardado porque os estimo.

—Tan acertado andáis en mostrar vuestra estimación, como en gobernar el reino.

—¿Pues no decís que en vez de gobernar soy gobernado? ¿no me habéis fulminado uno y otro romance, una y otra sátira, tan poco embozadas, que todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? ¿no os habéis declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasión á ello, como no sea en estorbar vuestros galanteos con mi hija?

—¡Ah! ¡es verdad! nos habíamos olvidado de doña Catalina; hablado habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del mundo habláramos. ¡Vuestra hija! ¡pobre mujer! ¿y sabéis que yo no escribiría por nada del mundo contra vuestra hija?

—¿Tan bien la queréis?

—Se me abren las entrañas por todos los poros.

—¡Ay! ¿y mi hija?...

—Es la mujer más pobre de corazón que conozco.

—Pues yo creía...

—¡Pues! vos creéis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegáis.

—Quisiera entenderos.

—Pues entendedme: vos creéis á vuestra hija una mujer, y vuestra hija es una niña; vos la creéis contenta, y vuestra hija llora; vos la creéis feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino, creísteis hacer un buen negocio... ¡bah! don Francisco; vos que lo primero que veis en mí son las antiparras, no sentís las antiparras que tenéis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada; antiparras que vienen á ser para vos las antiparras del diablo, que todo os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os disminuyen los camellos; para vos, á causa de esas endiabladas antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es cuerpo aire. Yo os daría un consejo;

—¿Cuál?

—Hacéos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo á vos, ó si vos me servís á mí.

Y Quevedo se levantó en ademán de irse.

—Esperad, esperad, don Francisco; os necesito aún.

—¡Ah! ¿con que aún no me suelta?

—Nunca habéis estado más libre que ahora.

—Pues mirad, nunca me he sentido más preso.

—Veo que vuestra enemistad hacia mí es cruel.

—¡Bah! desengañáos; yo no tengo un enemigo en quien no temo.

—Preso os he tenido dos años.

—No, más bien me he estado yo dos años preso.

—Mucho confiáis en vuestro ingenio.

—Yo más en el vuestro.

—Pero si yo no le tengo.

—Sí por cierto, tenéislo... para hacer lo que nos conviene.

—Ponderan mi lisura y mi paciencia...

—Pues se engañan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto á lo de paciencia...

—Téngola, puesto que me estáis desesperando, y...

—Os estoy leyendo.

—Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os he tenido preso no ha sido porque no me servíais á mí, sino porque no sirviéseis á otros.

—Yo sólo sirvo á Dios.

—Y al duque de Osuna.

—Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande quede en España. Sirviendo al duque sirvo á Dios, porque sirvo á la justicia y al honor.

—O porque sirviéndole, os servís á vos mismo. ¿Qué habéis visto en Girón, que os haga creer que es más grande que Lerma?

—Que Girón es grande sin decirlo, y vos, llamándoos grande, sois pequeño.

—¿Qué queréis, don Francisco, qué deseáis? ¿con qué noble premio se os puede comprar?

—¿Queréis que sea vuestro amigo?

—¡Oh don Francisco! me llamáis ciego, y sin embargo, no reparáis en que os veo levantaros delante de mí como un gigante, y os respeto; no comprendéis que os aprecio en cuanto valéis, y que sé que con vuestra ayuda nada temería: lo emprendería todo, continuaría los tiempos de esplendor de España...

—Me estáis ofreciendo moneda falsa.

—Y vos me estáis desesperando.

—Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo.

—Hablad.

El duque de Lerma se sentó y Quevedo volvió á sentarse también.

—Voy á desembozar algunas palabras que os están haciendo sombra, y á empezar por mí desembozándome. Nací contrahecho; vos me desembozásteis por los pies, ya os lo dije; ni eché memorial para venir al mundo, ni venido quejéme de los malos pies con que en él entraba; pero si Dios me dió piernas torcidas, dióme alma recta; si pies torpes, ingenio ágil; si cabeza grande, llenóla de grandes pensamientos; os estoy hablando completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo, porque lleguéis á ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me sé á dónde vais á parar; yo pararé donde Dios sabe.

—Continuaré sacrificando mi vida á la grandeza de mi patria.

—Y como habéis nacido para que todo os salga al revés de como pensáis, acabaréis hundiéndoos con España en un abismo.

—¿Creéis, pues, que estoy engañado?...

—Si volvemos á las réplicas no acabaremos nunca.

—Continuad.

—Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcalá me dió su ciencia, pero más la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fué para mí un romance, cada hombre una sátira, cada día un maestro, cada año un libro. Díjome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales; quise quitar la carátula á la verdad y se la quité á medias, porque lo que vi, me dió miedo de ver lo que ver no quise. Encerréme conmigo, y allá en mi encierro me siguió el mundo, y me siguieron mis pasiones. Amé: ¡nunca hubiera amado! porqué amé á vuestra hija.

Hizo un movimiento de impaciencia Lerma.

—Y vuestra hija me amó.

Movióse con doble impaciencia el duque.

—Y no fué mía porque no quise que lo fuese.

—¡Oh! exclamó con disgusto Lerma.

—No podía serlo; para querida me daba lástima, para mujer ojeriza.

—¡Cómo!

—Hubiéseis dicho qué me daba á trueque; á falta de riquezas y de títulos, servidumbre judaizante, adoración del oro; yo, que me precio de sangre limpia y de ser buen cristiano, díjeme todo espeluzno y todo escándalo de mí mismo cuando pasó por mí el vergonzante pensamiento de ser vuestro yerno: honra dejáronte tus padres, don Francisco; búrlaste de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscón no seas; que cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el corazón, sino el talego; no el amor, sino la codicia; tragúeme, pues, mi amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar á vuestra hija haciéndola mía, no me casé con ella por no deshonrarme.

El duque de Lerma no contestó una sola palabra; únicamente hirió una y otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacón de su zapato.

—Casásteisla entonces con vuestro sobrino; vendísteis á vuestra hija...

—Era una alianza conveniente...

—Pudo conveniros á vos, no á ella. Conviniérala como mujer honrada y honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino porque nació buena, otro hombre, más amor, más alma, más valor y dicha la verdad sea, más vergüenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas estas cosas y con ellas alguna discreción y buen ingenio, bien casada estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal casada, tan enterrada en vida, aquello de:

Oro es ingenio en el mundo,
oro en el mundo es nobleza
y el que en vanidades trata
de vanidad se sustenta.
Con un leproso del alma,
su padre casó á Teresa...

Con lo demás que decía el romance, que si no hizo reir á nadie por el chiste, os hizo á vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por culpa de ella al romance, y por doña Catalina á la doña Teresa que el romance cantaba.

—¿Y creéis que aunque anduvísteis extremadamente injusto, apasionado y mordaz en el tal romance, fué esta sola la causa de vuestra prisión?

—Sé que anduvieron también en ella vuestras antiparras.

—Más claro.

—Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven que son ellas don Rodrigo Calderón.

—¡Ah! ¡el bueno de mi secretario!

—Vuestro amo.

—¡Mi amo!

—Y del rey.

—¡Ah!

—Y de España, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de España y es vuestro dueño don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene á ser amo de España.

—Seguid, don Francisco, á fin de que sepamos hasta qué punto estáis engañado.

—Era una simple cuestión de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y por consecuencia, vuestro secretario debía serlo también del secretario del duque de Osuna. Temióse, no lo que hacía, sino lo que pudiera hacer de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterró á Nápoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se creía que yo era mucha cosa con el duque y que haría más conmigo que sin mí, se me envió á San Marcos á hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha cesado de reclamar en estos dos años á su pobre secretario, y como, por otra parte, vos os encontráis con que á pesar de los buenos oficios de don Rodrigo no veis claro en qué consisten tantos reveses y tantas desdichas como sufre España, os habéis dicho: saquemos del encierro á aquel espíritu rebelde, veamos si podemos mudarle á nuestro provecho, y si sus antiparras son más claras que los ojos de don Rodrigo.

—¿Y creéis que yo no pudiera pasarme sin vos?

—Creo que necesitáis de todo el mundo.

—El rey me concede más que nunca su cariño, su confianza.

—Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya llevado á picos pardos al príncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa; y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Calderón, creyéndose ya poderoso, no disimula su soberbia; y como Espínola desde Flandes pide hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran suceder, si no mandárais vos, que no debíais mandar; y como vos creéis que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por algo también me pide en una y otra carta, nada de extraño tiene que yo piense que si quisiera podía vengarme de don Rodrigo enviándole á galeras y de vos haciéndoos mi secretario.

—Conócese—dijo el duque sonriendo á duras penas—que aún os dura la rabia del encierro.

—Os hablo desembozado y nada más.

—¿Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?...

—Os la negaría, porque ayudaros á vos, sería desayudar á la patria y hacer traición al rey.

—Supongo que no os habréis atrevido á llamarme traidor.

—No; pero sois ciego, soberbio y codicioso.

—Os habéis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que puedo por haceros mi amigo.

—No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro.

—Sin embargo, si no recuerdo mal, me habéis ofrecido vuestra amistad.

Sub conditione.

—Pero vuestras condiciones...

—En el estado en que se encuentra la gobernación del reino, las condiciones serían muy duras para vos.

—¿Creéis que el mal, si le hay...?

—¿Si le hay? Desde que murió el rey don Felipe, que aun antes de que le royesen el cuerpo los gusanos, se sintió roido por el dolor de dejar la monarquía más poderosa del mundo á un príncipe incapaz, no han pasado por España más que desdichas; la hacienda real, desde que vos subísteis á secretario de Estado, empezó á dar tales traspiés, que dejó muy pronto de ser hacienda; exhausta por los gastos más exorbitantes, escandalizado el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empezó á murmurar, como quien conocía que de su cuero habían de salir las correas; vos, para acallar al reino, os ayudásteis de clérigos para que volviesen á vuestro provecho el púlpito y el confesonario; no era bastante la mentira en nombre del rey: se mintió en nombre de Dios, se pasó de la deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Calderón, trocado de vuestro paje en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os domina; la guerra de los Países Bajos, funesta guerra de religión que ningún provecho ha podido nunca traer á España, se encrudece, se hace desastrosa, es más, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el Brabante, en todas partes, á pesar de la pericia y del valor de Espínola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia ayuda á los Países Bajos, para que entretenida España con una guerra desastrosa no pueda influir en sus negocios. Inútil la tentativa de ceder la soberanía de los Países Bajos al archiduque Alberto y á su esposa la infanta doña Isabel; continúan los desastres. Holanda y Flandes han resistido, resisten y resistirán, como quien pugna por arrojar de su casa un dominio extraño y tiránico. Para satisfacerse de algún modo de los reveses de los Países Bajos, se piensa en ganar gloria perjudicando al comercio inglés, y se envía allá una escuadra que aniquilan los elementos como aniquilaron á la Invencible; todo fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de doce años con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras á Francia y á Inglaterra, y se cree tener algún respiro. Pero aqueja la pobreza pública, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar dinero á todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de vellón; expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro De Mutatione monetæ, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido; á la torpeza sigue la tiranía. Pero no se halla todavía dinero y la tiranía crece, la tiranía no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos, ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con Dios. El edicto de la expulsión de los moriscos, llena de horror á todos los pechos generosos...

—Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorosísimos con los moriscos—exclamó el duque de Lerma, aturdido por la filípica de Quevedo.

—¡Los clérigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar al trono y que acabará con la gloria y con el poder de España. Y, sin embargo, un excesivo celo por la religión, un celo imprudente y ciego, pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes Católicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la mancilló la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos fueron perseguidos, ¡pero no fueron robados!

—¡Robados!

—Sí, Felipe III ha robado á los moriscos, y quien dice Felipe III, dice el duque de Lerma.

—Esto es ya demasiado, demasiado—dijo enteramente aturdido Lerma, que no había creído que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan agrias verdades. A tal punto le habían llevado su envanecimiento, su privanza y la nulidad del rey.

—¡Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de españoles ricos, industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables, desesperados, del suelo que los vió nacer. Y el rey, su majestad, como si hubiérais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en una cuarta parte la población del reino la hubiérais aumentado y enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil á vuestra hija y á su noble esposo el conde de Lemos.

—¡Concluyamos, concluyamos, don Francisco!—dijo el duque procurando rehacerse—; está visto que no podemos entendernos.

—¡Ya quería yo irme...!—dijo Quevedo levantándose de nuevo—; quería irme sin hablar una sola palabra, porque no podría deciros más que verdades lisas... pero vos... ¡bah! vos habéis nacido para equivocaros...

—He llegado á vos y os he tendido la mano...

—Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero hacerme cómplice de la ruina de España; á mi duque de Osuna me atengo... y si me desayudare el duque... me atenderé á mí mismo, que me basto y aun me sobro. Quede vuecencia con Dios.

—Esperad: no es por ahí, don Francisco—dijo el duque tomando una bujía de sobre la mesa y yendo á una puertecilla.

—¡Cómo!—dijo Quevedo—; ¿vuecencia sirviéndome de paje?

—Honroso es servir al ingenio, á la grandeza y al valor.

—Muy cristiano andáis.

—¡Cristiano!

—Sí, por cierto; dais favores por agravios.

—No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviáis, sino la fortuna que se me os roba.

—Ahí os queda don Rodrigo Calderón. Calló el duque, y bajando unas escaleras, llegó á un postigo y puso la mano en un cerrojo.

—Perdonad, un momento, don Francisco—dijo Lerma—: ¿quién os ha dado la carta que me habéis traído? ¿puede saberse?

—¿Y por qué no? ¡Me la ha dado vuestra hija!

—Y... ¿dónde?

—En palacio.

—¡Oh! ¿con que ya habéis estado en palacio apenas venido?

—De palacio vengo y á palacio voy. Como me crié en él, soy palaciego, y tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista.

—Pues cuidad, don Francisco, en dónde ponéis los pies, porque palacio está muy resbaladizo.

—Como ando despacio, señor duque, nunca resbalo; como tengo los pies grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen. Guarde Dios á vuecencia y le prospere—añadió, viendo que el duque había abierto la puerta.

—Id, id con Dios, don Francisco—dijo el duque—, y no os olvidéis nunca que os he buscado.

—Lo que no olvidaré jamás es la causa por que he venido—dijo Quevedo, y salió.

El duque, que al abrir se había cubierto con la puerta, cerró murmurando:

—¡Que no olvidará la causa por que ha venido! ¡y quien le ha dado la carta de la duquesa de Gandía ha sido mi hija! ¡ese hombre! ¿A dónde tenderá el vuelo don Francisco?

Detúvose de repente el duque; había sonado en la calleja ruido de espadas que duró un momento.

—¿Qué será?—dijo Lerma—; donde va Quevedo van las aventuras. Don Rodrigo me lo dirá... sí, sí... ¡don Rodrigo!; y es el caso que empiezo á desconfiar de él, pero yo desconfío de todo el mundo... de todos, hasta de mí mismo.

El duque acabó de subir en silencio las escaleras, entró en su despacho, y abrió con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Gandía.

Hizo bien el duque en esperar á quedarse solo para leer aquella carta; nuestros lectores adivinarán su contenido. En ella, á vueltas de pesadas reflexiones, participaba la duquesa á Lerma lo que la había acontecido con el rey y la desaparición de la reina de su cuarto.

El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente pálido, lívido, verde. No comprendía bien aquello. Creía tener comprimida á la familia real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien dice, por los poros. Creía saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se creía seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Calderón, y la duquesa le daba respecto á él una voz de alerta. Daba vueltas el duque á la carta y la leía y volvía á releer una y otra vez, como si dudara de sus ojos, y siempre leía la misma cosa:

«Su majestad el rey ha venido á mí por un pasadizo secreto, y me he visto en un grande apuro.»

Y más abajo:

«Cuando obligada fuí á anunciar á su majestad la reina que el rey deseaba verla, no encontré á la reina ni en su cámara, ni en su dormitorio, ni en su oratorio, y á la hora en que os escribo no sé dónde está su majestad.

Y más abajo aún:

«Personas extrañas, que no puedo deciros quiénes son, porque no las conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran á mansalva en la cámara de su majestad la reina. Además, he descubierto lo que nunca hubiera creído... desconfiad de don Rodrigo Calderón: está en inteligencias con la reina y os vende.»

El duque acabó de aturdirse, y como siempre que esto le acontecía, mandó llamar á su secretario.

Pero antes de que éste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su ropilla la carta de la duquesa de Gandía.

A poco entró en el despacho del duque un hombre como de treinta á treinta y cuatro años.

Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio, maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la dignidad de su persona; vestía rica pero sencillamente, y todo en él rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfacción de sí mismo; era, en fin, uno de estos seres que jamás descuidan su papel, y que con su aspecto van diciendo por todas partes: «soy un grande hombre».

Como sucede siempre á estos personajes, su afectación tenía algo de ridículo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que sólo notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores.

A los demás, don Rodrigo Calderón, que él era, debía imponer respeto, y lo imponía.

Pero delante del duque de Lerma, el más hinchado de los hombres hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento.

Pero esto sólo en la apariencia.

Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprendía, y comprendiéndole usaba de él, humillándose.

Cuando entró se inclinó respetuosamente, y su semblante tomó la expresión más humilde y servicial del mundo.

Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresión de profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso.

El duque lo notó, receló, pero sin embargo disimuló y ocultó profundamente su recelo.

—¿Qué os sucede?—le dijo—¿no estáis satisfecho de las ventajas que acabamos de alcanzar?

—¡Ventajas! ¡ventajas! tengo la desgracia de no verlas, señor—contestó con voz apagada don Rodrigo—; si llamáis ventajas el haber logrado que se sienten á vuestra mesa y hablen como amigos el señor duque de Uceda vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Zúñiga...

—Por el momento parecen desalentados, vienen á nosotros, olvidan sus diferencias y se estrechan las manos.

—Para engañarse mejor, engañando juntos á vuecencia.

—Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de virrey á Méjico ó al Perú á mi hijo, y alejaremos con otra honrosa comisión á don Baltasar.

—Pero el conde de Olivares preferirá su empleo de caballerizo mayor, que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Zúñiga no dejarán por nada del mundo el cuarto del príncipe don Felipe. Desengáñese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro sobrino... el conde de Lemos...

—El conde de Lemos seguirá en su destierro; ha sido más audaz que los otros... ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus pasiones y halagándolas... ha sido, pues, necesario ser severo con él, y como lo he sido con él, lo seré con los demás; lo seré, no lo dudéis—añadió el duque contestando á un movimiento de duda de don Rodrigo.

—Sólo hay un medio... ya os lo he dicho... acabar de una vez... cuando un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina...

—No, no—dijo con repugnancia el duque—; no es necesario llegar á tanto... la reina... la tenemos sujeta... esas cartas... esas preciosas cartas... ¡oh! guardadlas bien... guardadlas.

—Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve... pero si vuestros enemigos... si fray Luis de Aliaga...

—Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Zúñiga, se sienten sin fuerzas, se rinden y vienen á buscarla en mí; vuestro celo, don Rodrigo, os hace muy desconfiado. ¿Qué, creéis que yo no tengo poder?

—¿Y de dónde sacar nuevos tesoros? ¿dónde encontrar otros moriscos? ¿cómo agravar los tributos? ¿Qué hacer para acabar esas guerras eternas que nos desangran? ¿y cómo acabarlas sin exponerse á caer de lo alto ante el orgullo de España ofendida? ¿cómo quitar á un ambicioso de un puesto que satisface su ambición para poner á otro? Os lo repito: cuando se ha llegado á este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta, siempre queda el remedio de...

—No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe...

—Y bien, ¿qué medio creéis que os queda para con la reina?

—Las cartas que poseéis.

—Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda.

—¿Creéis que vos estaréis perdido, cuando yo esté salvado?

—Hace algún tiempo que, con mucho sentimiento mío—dijo con gran humildad don Rodrigo—vemos las cosas de distinto modo. Yo veo...

—Vos veis menos de lo que creéis ver.

—Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, señor. Sé que vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa.

—Voy á deciros una gravísima: ¿sabéis dónde está la reina?

Miró con asombro Calderón á Lerma.

—No comprendo á vuecencia—dijo.

—Me explicaré: ¿sabéis por qué la reina no parece?

—¿Qué no parece su majestad?

—Sí, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ó ha estado perdida. En una palabra: su majestad la reina, á cierta hora de la noche, no estaba en su cuarto.

—¿Cómo, á qué hora?

—A principios de la noche.

—Pues puedo deciros—exclamó Calderón poniéndose pálido—que si la reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alcázar.

—¿Que ha salido?

—Sí, señor, sola y en litera.

—Eso no puede ser; ¡imposible!—exclamó el duque poniéndose de pie—. ¡Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!...

—Es más, señor, acompañada de un hombre.

—¿Pero no habéis dicho que salió sola del alcázar?

—Sí, sí por cierto; yo la había dado una cita.

—¿Y esperábais?...

—No esperaba; pero á todo trance, y por no esperar yo mismo á las puertas del alcázar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi confianza, y esperé más lejos. Impaciente, fuí á informarme de mi centinela, y éste me dijo que había salido del alcázar, bajando por la escalera de las Meninas, una dama que tenía todo el aspecto que yo le había indicado, que había entrado en una litera y acababa de alejarse. Seguimos la dirección que la litera había tomado. La hallamos al fin, la seguimos. De repente para la litera y sale...

¡La reina!

—Una dama tapada que tenía el mismo aspecto, el mismo andar reposado, grave, gallardo de su majestad. Más aún; de repente, aquella dama se detiene junto á un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase á su brazo y sigue.

—¡Oh! no podía ser la reina, no; ¿á qué había de asirse á otro hombre?

—¡Ah! aquel hombre, cuando le dejó la dama tapada en una callejuela solitaria, me detuvo hierro en mano.

—¡Oh!—exclamó el duque de Lerma—¿se trataba de mataros?

—Y la reina se había puesto por cebo; no tengo duda de ello. Además, aquel hombre había sido buscado á propósito; yo me jacto de ser buena espada; pues bien, aquel hombre me desarmó y me hizo gracia de la vida.

—No querían, pues, mataros: no era la reina.

—Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma más en mis sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenéis obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente espada que me sirve.

—¿Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas?

—La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas conmigo.

—¿Y no se sabe quién es ese hombre que ha defendido á la reina?

—No lo sé aún, pero lo sabré; le he hecho seguir por un hombre que no le perderá de vista.

—Pues bien; lo que más urge ahora es desenredar este misterio de la reina, ver claro: saber cómo, por dónde puedan entrar personas extrañas en la cámara de la reina, y cómo la misma reina puede salir sin ser vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alcázar que han estado á punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que están al lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras...

—Tal las oyen, que aconsejo á vuecencia haga dar una mitra al confesor del rey.

—¡Cómo!

—Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad, mientras vuecencia reconciliaba á sus enemigos y se creía por su reconciliación libre de cuidados.

El duque quedó profundamente pensativo.

—¡El confesor del rey! ¡La reina apela al hierro! ¡Oh! ¡oh! la lucha es encarnizada... y bien, será preciso obrar de una manera decidida...

—No digáis es necesario obrar... decidme obrad, y obro. Estas cartas son ya insuficientes... vuecencia no puede pedirme que me pierda al perder á la reina... la reina lo arrostra todo... imitémosla.

—Procurad saber quién es ese hombre de que la reina se ha valido; averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Después, id á avisarme al alcázar.

Don Rodrigo conoció que la orden era perentoria, y fué á salir.

—No, por ahí no; tomad mi linterna; vais á salir por el postigo; de paso mirad si hay algún muerto en la calle, ó al menos señales de sangre.

—¡Ah!

—Sí, antes que viniérais sonaron cuchilladas en la callejuela.

—¡Ah! ¡ah!—dijo para sí Calderón bajando las escaleras detrás del duque—. ¡Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ¡ah! ¿qué será esto? ¡Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfía de mí! Pues bien, obraré como me conviene, señor duque; y ya es tiempo; no quiero sumergirme con vos.

Cuando llegaba á este punto de su pensamiento, Lerma abría el postigo y se cubría con él para no ser visto por un acaso desde la calle.

Calderón salió.

Apenas había salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle, como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco después, unas segundas cuchilladas más abajo, unieron su estridor al de las primeras.

El duque de Lerma subió cuanto de prisa le fué posible las escaleras, llamó á algunos criados, y los envió á saber qué había sido aquello.

CAPÍTULO X

DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTRÓ EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO DE UN ENREDO ENDIABLADO

Cuando Quevedo salió de la casa del duque de Lerma por el postigo, apenas había puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan Montiño, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal á que saliese por aquel postigo don Rodrigo Calderón.

Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, echó al aire la suya, y embistiendo á Juan Montiño, exclamó con su admirable serenidad, que no le faltaba un punto:

—Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano.

Y á pie firme contestó á tres tajos de Juan Montiño, con otras tantas estocadas bajas y tales, que el joven se vió prieto para pararlas.

Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montiño no hubiera conocido en la voz á su amigo.

—¡Por mi ánima—dijo haciéndose un paso atrás y bajando la espada—, que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no creí que pudiéramos llegar á reñir de veras!

—¡Ah! ¿sois vos, señor Juan? que me place; y ya que no nos hemos sangrado, alégrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros un consejo: lo de tajos y reveses á la cabeza, dejadlo á los colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionáos á las estocadas; de mí sólo sé deciros que de los instrumentos de filo, sólo uso la lengua. ¿Pero qué hacéis aquí?

—Espero.

—Ya, ya lo veo. ¿Pero á quién esperáis?

—A un hombre.

—Decid más bien á un muerto; y dígolo, porque á pesar del demasiado aire que dais á la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me hubiérais hecho vos lo que no quiero ser en muchos años. Pero el nombre del muerto; digo, si no hay secreto ó dama de por medio, que no siendo así...

—Dama y secreto hay; pero me venís como llovido; conozco vuestra nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudéis.

—Y os ayudaré, y más que ayudaros; tomaré sobre mí la empresa y el encargo. ¿Pero de qué se trata?

—¿Conocéis á don Rodrigo Calderón?

—Conózcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho hombre.

—Pues á ese hombre espero.

—Para...

Quevedo hizo con el brazo la señal de una estocada á fondo.

—Cabalmente.

—Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan.

—¿Por qué me decís eso? ¿no os he dejado tiempo para poneros en defensa?

—Dígolo, porque vuestro rencor no cede. ¿No os habéis satisfecho con haber desarmado hace dos horas á don Rodrigo Calderón, sino que pretendéis matarle?

—¡Cómo! ¿era don Rodrigo Calderón el hombre con quien reñí cuando?...

—Sí, cuando acompañábais á una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble que había salido del alcázar.

—¡Cómo! ¿conocéis á esa dama?

—Puede ser.

—¿Y es hermosa?

—Puede que lo sea.

—¿Y sabéis su nombre?

—Puede llamarse... se puede llamar con el nombre que mejor queráis; os aconsejo que no toméis jamás el nombre de una tapada, sino como un medio de entenderos con ella.

—¿Pero no decís que la conocéis?

—Lo que prueba, pues tanto me preguntáis, que no la conocéis vos.

—¡Ay! ¡no!

—¿Os habéis ya enamorado?

—Lo confieso.

—Sin conocerla...

—Ahí veréis.

—¿Por la voz, ó por el olor, ó por el bulto? Ved que esas tres cosas engañan.

—Estoy seguro de que es una divinidad.

—Se me os perdéis, Juan, se me os perdéis, y lo siento. Idos de la corte, amigo mío, porque si apenas habéis entrado habéis caído, á poco más sois hombre enterrado. Creedme, Juan, veníos conmigo á una hostería y dejáos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden hombres muertos.

—Idos si queréis—dijo Juan Montiño—, que yo estoy resuelto á quedarme y á cumplir lo que he prometido.

—No, no me iré, puesto que me necesitáis: aquí me estoy con vos y venga lo que viniere.

—He reparado en un bulto que me sigue desde después de mi primera riña con don Rodrigo.

—¡Ah! ¿sí? ¿un bulto? razón más para que yo me quede.

—Y ese bulto está allá abajo, junto á la esquina.

—¿Y no le habéis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo mismo dejaréle yo allí: pero entrémonos en este zaguán.

—Entrémonos.

—¿Y estáis seguro de que don Rodrigo Calderón está ahí dentro, y si está de que saldrá por ahí?

—No lo estoy, pero espero.

—Vais haciéndoos á las costumbres de los enamorados tontos, que se pasan la vida en esperar á bulto.

—Por más que hagáis...

—No os curo.

—No.

—¿Pero tanto vale esta dama?

—¡Oh!

—¡Oh! Decir ¡oh! vale tanto como si dijéseis: esa dama es para mí un acertijo.

—¿Creéis que estoy enamorado?

—¡Ayúdeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! ¿Y sabéis que tarda don Rodrigo?

—¿Qué tenéis que hacer?

—Mucho: por ejemplo, me urge ver á vuestro tío el cocinero de su majestad.

—Pues no podéis verlo esta noche.

—¿Cómo?

—Va de viaje. Se muere mi tío el arcipreste y va á cerrarle los ojos.

—¡Ah! pues si no puedo ver á vuestro tío, me importa poco que tarde nuestro hombre; entre tanto á dormir me echo.

—¡A dormir!

—Sí; he encontrado aquí un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego, ¿de qué hemos de hablar? No conocéis á esta dama... no puedo aconsejaros á ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora.

Al sentarse Quevedo se desembozó y dejó ver una línea de luz por un resquicio de su linterna.

—¡Oh! ¡traéis linterna!—dijo el joven.

—Nunca voy sin ella.

—¿Me prometéis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que podáis venir en conocimiento?

—Os lo prometo—dijo Quevedo.

—Pues bien, abrid la linterna y mirad.

Quevedo abrió la linterna, y Juan Montiño, doblando la carta que su tío había recibido de palacio, y dejando sólo ver el primer renglón que decía: «Tenéis un sobrino que acaba de llegar de Madrid...» mostró aquel renglón á Quevedo.

—¡Y es letra de mujer!—dijo éste.

—¿Pero no la conocéis?

—No—repuso Quevedo guardando la linterna.

—Voy á ayudaros—añadió el joven—: esta carta ha venido de palacio á mi tío, de mano de una dueña de la servidumbre.

—Si no me dais más señas no puedo alumbrar vuestras dudas. ¡Y me duermo, vive Dios, me duermo!—dijo Quevedo bostezando.

—Decidme: ¿hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el sol?

—Háilas muy hermosas: ¿la vuestra es esbelta, ligera, buena conversación, morena?...

—No, no; es blanca.

—¿Cómo, pues, sabéis su color si iba tapada?

—Una mano...

—¡Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues no es la condesa de Lemos—dijo para sí Quevedo.

—Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso...

—No conozco dama que tenga más majestad en palacio que la reina.

—¡La reina!... ¿pero creéis que la reina podría salir sola de noche y ampararse de un desconocido?

—¡Eh, señor Juan Montiño! habláis con demasiado calor, para que yo no sospeche que os ha pasado por el pensamiento que podía ser la reina la dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible, sería para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la reina... vamos, no pensemos en ello. Es la única mujer que conozco buena y mártir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe decir...

—Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo, porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una duda que me vuelve loco... tenéis razón; si fuese la reina la dama á quien amo...

—¿Pero qué amor es ese?... un amor de dos horas.

—¡Ay, don Francisco! en dos horas... menos aún, en el punto en que la vi...

—¿Luego la habéis visto?

—Sí.

—¿Dónde?

—Perdonad, no me pertenece el secreto.

—Guardadle, pues; pero entendámonos: ¿decís que habéis visto á esa dama? Dadme sus señas.

—No puedo daros seña alguna, porque fué tal el efecto que me causó su hermosura, que cegué.

—¡Vehemente y apasionado como su padre!—murmuró Quevedo.

—¡Qué! ¿habéis conocido á mi padre, don Francisco? Cuando fuísteis á Navalcarnero ya había muerto.

—He oído hablar de él—dijo Quevedo.

—Pues os han engañado.

—Bien puede ser.

—Mi padre era lo más pacífico del mundo.

—¡Pobre amigo mío!—dijo Quevedo.

—¿Por quién habláis, por mi padre ó por mí?

—Hablo por vos. En cuanto á vuestro padre, bien se está allí donde se está; y en verdad y en mi ánima, que si no fuera por vos, ya estaría yo con él.

—¿En la eternidad?

—Decís bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende.

—¿Estaréis también enamorado y desesperado?

—¡Enamorado! no lo sé, pudiera ser. ¡Desesperado! no, porque á mí no me desesperan las mujeres.

—Soy muy afortunado.

—O muy pobre. Pero volviendo á la dama...

—Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros señas de ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la reina...

—¿Pero estáis loco, Juan? ¿Acabáis de llegar á Madrid, y ya pretendéis haber tenido una aventura con... su majestad?

—¿Y no pudiera ser?

—¡Poder! Todo puede ser si Dios quiere, puesto que es todopoderoso; pero lo que creo que ha sucedido ya es que habéis perdido el juicio.

—Si esa mujer es la reina, lo pierdo de seguro.

—Y... ¿por qué?

—¿Por qué? La reina es casada.

—¡Ah! ¿y amáis tanto á vuestra dama, que pretendéis encontrar en ella lo que creo que no se encuentra en ninguna mujer? ¿pretendéis que no haya amado una dama que se sale de palacio de noche y sola, que se agarra al primero que encuentra y le embauca hasta hacerle perder el seso?

—Yo no os he dicho que esa dama ha salido de palacio.

—Pero yo lo sé.

—¿Y quién os lo ha dicho?

—¡Bah! quien os ha visto.

—Me estáis desesperando: vos conocéis á esa dama.

—Vos me estáis guardando un secreto.

—No es mío.

—De la reina.

—¡Ah! ¡no! ¡no!

—Escuchad, Juan: yo tengo una obligación mayor de la que creéis de mirar por vos, de guardaros...

—¡Vos!

—Sí, yo; es más: por vos he venido á Madrid; por vos necesito ver á vuestro tío.

—No os entiendo.

—Pues bien podéis entenderme. ¿No somos amigos?

—Sí, ciertamente.

—¿No soy yo más experimentado que vos?

—Experimentado y sabio.

—Pues respetadme por mayor en edad y en saber. Contestadme, joven, y creed, suponed que os habla y os pregunta vuestro padre. Sois nuevo en la corte, y la corte es muy peligrosa. Habéis dado de bruces con palacio y para vos se ha centuplicado el peligro. ¿Para qué esperáis á don Rodrigo Calderón?

—Para matarle.

—¿Y por qué?

—Porque ha ofendido á esa dama que me enamora.

—Me engañáis.

—No os engaño.

—¿La ofensa de ese hombre á la dama?...

—Suponerla amante suya.

—¿Y á vos qué os da?

—Es inútil que pretendáis disuadirme: estoy resuelto.

—Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura: cometo la primera tontería de que tengo memoria: Cervantes, á quien Dios perdone sus pecados, creyó haber muerto con su Ingenioso Hidalgo don Quijote á los caballeros andantes; pero se engañó, porque aquí estamos dos. Vos porque tenéis ojos, y yo porque tengo corazón y agradecimiento.

—¡Agradecimiento!

—Dios me entiende y yo me entiendo.

—Pero no os entiendo yo.

—Cuando fuí huído á Navalcarnero... y fué por una mujer... siempre ellas... encontré en vos...

—Un joven que se volvió á vos asombrado, deslumbrado por vuestro ingenio.

—Muchas mercedes. Pues encontré en vos un hermano, y tan agradecido quedé de ello, que en la primera carta que escribí al duque de Osuna, le hablé de vos.

—¡Ah! ¡don Francisco! ¿habéis hecho que llegue mi pobre nombre al gran duque de Osuna?

—Y tanto bien vuestro le he dicho, que el duque, que no ha dejado de escribirme á San Marcos, me escribió por último en términos breves pero precisos: «Mi buen secretario: el duque de Lerma os suelta, no sé si porque me teme, ó porque os teme á vos, aunque preso y encerrado. Veníos al punto, pero traeros con vos á ese vuestro amigo Juan Montiño, de cuyos adelantos me encargo.»

—¿Eso os ha escrito el duque y os llamáis agradecido de mí?

—Sea como quiera, vengo, os encuentro cuando menos lo esperaba y metido en una aventura, y por fin y postre, me metísteis también en ella. Pues adelante: no siento otra cosa sino lo que tarda el difunto.

No había acabado Quevedo de pronunciar estas palabras, cuando rechinó una llave en la cerradura del postigo del duque, se abrió éste, se vió luz y salió un bulto.

El postigo volvió á cerrarse.

—Ahí le tenéis—dijo don Francisco en voz baja á Juan—. Dejadle que adelante algunos pasos más, y á él.

Juan Montiño salió del zaguán y se fué tras aquel bulto. Quevedo se puso en medio de la calleja, y desnudó la daga y la espada.

Hemos dicho que la noche era muy obscura.

—Defendéos ú os mato—dijo Juan Montiño á dos pasos del que había salido por el postigo.

Volvióse éste y desnudó los hierros.

—¿Y por qué queréis matarme?—dijo.

Juan le contestó con una estocada.

—¡Ah! vos sois el mismo de antes—dijo don Rodrigo, que él era.

—Entonces os desarmé, pero ahora que sé que sois don Rodrigo Calderón, os mato.

Al decir el joven estas palabras, don Rodrigo Calderón dió un grito.

La daga de Juan Montiño se le había entrado por el costado derecho.

Y entre tanto Quevedo daba una soberana vuelta de cintarazos, sin chistar, á un bulto que había venido en defensa de don Rodrigo.

Don Rodrigo quiso sostenerse sobre sus pies, pero no pudo; le brotaba la sangre á borbotones de la herida, se desvaneció, vaciló un momento y cayó.

Juan Montiño se arrojó sobre él, le desabrochó la ropilla y buscó con ansia en ella: en un bolsillo interior encontró una cartera que guardó cuidadosamente.

Don Rodrigo no le opuso la menor resistencia. Estaba desmayado.

Entretanto el hombre á quien zurraba Quevedo, no pudo resistir más y huyó dando voces.

—Habéis acabado ya por lo que veo, ó más bien por lo que no escucho—dijo Quevedo á Juan Montiño.

—Sí, por cierto—contestó Juan.

—Ya sabía yo que teníamos difunto; pero ese rufián de Juara va dando voces, y por sus voces pueden dar con nosotros, y con nosotros en la cárcel. Dadme vuestro brazo á fin de que yo pueda andar de prisa, y tiremos adelante.

—Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio.

—¡Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros.

Y marchando con cuanta rapidez les fué posible, que no era mucha á causa de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja.

Poco después entraban en ella muchos hombres con luces.

Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma había enviado á informarse del suceso.

CAPÍTULO XI

EN QUE SE SABE QUIÉN ERA LA DAMA MISTERIOSA

Quevedo y Juan Montiño tardaron un largo espacio en llegar á palacio, no porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino porque para Quevedo eran largas todas las distancias.

Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola palabra durante el camino.

Cuando vieron delante de sí la negra masa del alcázar, Quevedo dijo á Montiño:

—He aquí que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el más listo.

—Aunque fuese el infierno entraría en él. Me lo manda mi honra.

—Pues si tan principal señora os manda, no insisto, amigo Juan, y os dejo, porque supongo que necesitaréis ir solo.

—De todo punto.

—Pues vóime á dormir; espéroos mañana en el Mentidero.

—¿Cómo en el Mentidero?

—Olvidábame de que sois nuevo en la corte. Llaman aquí el Mentidero á las gradas de San Felipe el Real.

—¿Y por qué no esperarme en vuestra casa?

—Porque no sé aún si será pública ó privada, mesón de transeuntes ó tránsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan, prudencia, y no os envanezcáis con los favores de la fortuna.

—No sé lo que será de mí—dijo el joven, que estaba aturdido é impaciente.

—Pues procurad saber lo que hacéis, y adiós, que no quiero deteneros.

—Adiós, don Francisco, hasta mañana.

Quevedo se alejó un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo.

—¿Será sino de la sangre de los Girones—dijo—el encontrarse siempre metida en grandes empresas? ¿quién sabe? ¡pero aquí hay algo grave! ¿que no haya leído Lerma delante de mí la carta de la duquesa? ¿que no haya yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que ha estado inclinado sobre don Rodrigo Calderón, entretenido en detener á ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una chispa que me alumbre. Pues procuremos ver.

Y se encaminó recatada y silenciosamente á la puerta de las Meninas, y con el mismo recato miró al interior.

Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montiño.

—¿Conque le esperan? ¿conque le han citado? ¿quién será ella?—dijo Quevedo.

Pasó algún tiempo; Juan Montiño esperando, y don Francisco observándole.

Oyéronse al fin leves pasos que parecían provenir de unas estrechas escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oyó un siseo de mujer.

—¡Ah! ¡ya pareció ella!—dijo Quevedo—; ¿pero quién será?

Entre tanto Juan Montiño se había dirigido sin vacilar á las escaleras, y desaparecido por su entrada.

Sigámosle.

A los pocos peldaños una dulce voz de mujer, aunque anhelante y conmovida, le dijo:

—¡Ah! ¡gracias á Dios que habéis venido!

Era la misma voz de la dama tapada á quien Montiño había acompañado aquella noche.

La escalera estaba á obscuras.

—¡Señora!—dijo Montiño.

—¡Silencio!—replicó la dama—; no habléis, seguidme y andad paso.

—¡Pero si no veo!

—¡Ah! es verdad.

—Si no me guiáis...

—Dadme, pues, la mano—dijo la dama con un acento singular en que se notaba la violencia con que apelaba á aquel recurso.

—¿Dónde estáis?

—Acercad más.

—Ya que me dais la mano, señora...

—Os la presto...

—Pues bien, prestadme la derecha.

—Seguid y callad—dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montiño una mano que hablaba por sí sola en pro de lo magnífico de las formas de la dama.

—¡La que tiene una mano tal...!—dijo para sí Montiño.

Y acarició con deleite en su imaginación el resto de un pensamiento.

Asido por la dama, seguía subiendo.

Terminada la escalera, atravesaron un espacio que debía ser estrecho, porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes.

La dama se detuvo y abrió con llave una puerta.

Pasaron y la dama tornó á cerrar.

Y siguieron adelante.

—¡Oh! ¡vuestras espuelas!—exclamó—¡nos hemos olvidado de que os las quitáseis!

—Pues me las quitaré—dijo Montiño.

—No, no, seguid adelante; en esta galería no podemos detenernos; ¡oh Dios mío!

Y la dama siguió andando de prisa.

Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y sonoras, la dama se detuvo y soltó la mano de Montiño.

—¡Ah!—dijo el joven.

—Hemos llegado—contestó ella.

Y sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta.

Al fondo de una habitación, al través de la puerta de otra, vió Montiño el reflejo de una luz.

Vió también que la dama que hasta allí le había conducido, estaba tan envuelta en su manto como cuando la encontró en la calle.

—Entrad—dijo la dama.

Montiño entró.

—Esperad aquí—repitió la dama.

Montiño se detuvo junto á la puerta.

La tapada adelantó rápidamente, atravesó la puerta por donde penetraba el reflejo de la luz, y luego Montiño oyó el ruido de dos llaves en dos puertas distintas.

Luego la dama se asomó á la segunda puerta, y dijo:

—Pasad, caballero.

Montiño pasó.

Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oyó una voz ronca que dijo:

—¿Quién será ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera á no verlo. ¡Las mujeres! ¡las mujeres!

Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban.

Entre tanto Montiño, siguiendo á la dama tapada siempre, había atravesado dos hermosas cámaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se veían las armas reales de España y Austria.

Al fin la dama se detuvo en una cámara más pequeña.

Sobre una mesa había un candelero de plata con una bujía, única luz que iluminaba la cámara, y junto á la mesa un sillón de terciopelo.

—Sin duda que comprendéis por qué os he llamado—dijo con severidad la dama.

Juan Montiño, que se había descubierto respetuosamente dejando ver por completo su simpático y bello semblante y su hermosa cabellera rubia, sacó en silencio de un bolsillo de su jubón el brazalete real de que se había apoderado y que en tantas confusiones le había metido, y le entregó á la dama.

—¡Ah!—exclamó ésta tomándole con ansia.

—Habíais dudado de mí, señora—dijo Montiño con acento de dulce reconvención.

—Habéis hecho mal, prevaliéndoos de la casualidad que puso entre mis manos esta joya.

—Perdone vuestra majestad...—dijo el joven, y la dama no le dejó tiempo de concluir.

—¡Mi majestad!—exclamó con asombro, volviendo con terror el rostro á una puerta cubierta con un tapiz.

—Creed, señora—dijo Juan Montiño, que vió una afirmación en la sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada—, creed, señora, que nada exponéis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia vuestra majestad...

—¡Pero esto es horrible! ¡me creéis la reina!

—Llevábais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de España.

—¿Conocéis á... la reina?

—Ya dije á vuestra majestad...

—Dejáos de importunas majestades—exclamó la dama con un acento en que había angustia, mirando de nuevo á la puerta cubierta por el tapiz—; tratadme lisa y llanamente como á una dama honrada, y concluid. ¿Ha visto alguien esta joya?

—¡Señora!—exclamó con el acento de un hombre profundamente ofendido Montiño.

—Perdonad, pero fuísteis atrevido é imprudente...

—Yo creía que érais otra mujer... una dama principal y nada más, y quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando vi esa joya, ya no tenía remedio... ya habíais desaparecido... entonces me pesó haberos hecho escuchar...

—¿Palabras de amor?...—dijo riendo la dama, que se tranquilizó porque en la turbación, en las miradas del joven había comprendido su alma.

—Os ruego otra vez que me perdonéis.

—¡Pero, caballero, si no me habéis ofendido! únicamente me habéis dado un susto horrible, porque había quedado en vuestro poder esta joya y yo no os conocía. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha sucedido—añadió la dama volviéndose de nuevo á la puerta de los tapices—; yo me vi obligada á ampararme de vos, y vos, que por una circunstancia casual me habíais visto, y habíais dado en el capricho de enamoraros de mí...

—¡Señora!

—Os hablo así porque no soy la reina.

—Y entonces, ¿por qué no os descubrís?

—Ni puedo, ni debo.

—Pues permitidme que dude.

—Venid acá, testarudo y niño: ¿creéis que la reina os hubiese dado como prenda la sortija que os dí?

—Por deshaceros de mis importunidades.

Hizo un movimiento de impaciencia la tapada.

—¿Pero cabe en quien tenga razón que su majestad salga de palacio, de noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con él, y tenga, casi casi, una aventura?

—Cuando la causa es grave... cuando una reina está á punto de ser horriblemente calumniada...

—¿Qué decís?...

—No tembléis señora—dijo Montiño desnudando su daga sangrienta y mostrándola á la dama.

—¿Y qué es eso?

—Sangre de don Rodrigo Calderón.

—¡Ah!—exclamó con alegría la dama.

—Sí; la reina estaba amenazada.

—¿Amenazada? ¿insistís en que yo soy... la reina?

—¿Creéis acaso que he herido ó muerto á don Rodrigo cuando le detuve para que no os siguiese? Entonces le desarmé.

—¿Pues cuándo le habéis herido?

—Hace media hora; cuando salía don Rodrigo de casa del duque de Lerma; era preciso quitarle unas cartas...

—¿Unas cartas?

—Tomad, señora—dijo Montiño, sacando una cartera de terciopelo blanco bordado de oro, sobre la cual se veían manchas de sangre fresca.

La tapada abrió la cartera, sacó de ella un paquete de cartas y las contó.

Contó seis.

—Eran cuatro—dijo—, y éstas... del conde de Olivares... del duque de Uceda.

Juan Montiño no pudo entender estas palabras que la dama había murmurado.

Luego reunió aquellas cartas, las guardó en la cartera y dejó ésta sobre la mesa.

—¿Habéis visto estas cartas?

—No, señora.

—¿Habéis hablado á alguien de ellas?

—No, señora.

—¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía estas cartas?

—Mi tío.

—¡El cocinero de su majestad!—exclamó con un acento singular la dama—; ¿y qué os dijo vuestro tío?

—Me llevó á un lugar donde me ocultó y me dijo: ese es el postigo del duque de Lerma; por ahí saldrá probablemente don Rodrigo Calderón; espérale, mátale, y quítale las cartas que comprometen á su majestad.

—¿Pero cómo ha sabido vuestro tío?...

—Lo ignoro.

Quedóse por un momento profundamente pensativa la dama.

—Yo creía no volveros á ver—dijo—, y si os dí como prenda mía una sortija, por la cual no podíais reconocerme, fué por concluir con vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieréis á ver, porque vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habéis equivocado...

—¡Oh! ¡dichoso yo, si no sois su majestad!

—¿Por qué?

—Porque si fuérais su majestad... ¡oh! ¡Dios mío! moriría de una manera doble... y perdonadme, señora... pero necesito hablaros de mi amor por la última vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan á sufrir, á callar, á guardar para mí solo este amor que yo no he buscado... y luego, ¡al veros de otro hombre!... ¡casada!... ¡oh, Dios mío!...

—¿Pero es posible que me améis de tal modo?...

—Vuestra hermosura... la ocasión en que os vi... la aventura que sobrevino... yo no sé, señora, no sé por qué os amo; pero sé y os lo digo por la última vez, que este amor, que ha sido el primero para mí, será también el último.

Hizo un movimiento de impaciencia la dama.

—¿De modo que—dijo—si no me descubro, dudaréis acerca de mí? ¿es decir, dudaréis acerca de si yo soy la reina ó una dama particular?

—Y si no sois su majestad; si, como me habéis dicho al principio de la noche, no tenéis esposo ni amante, ¿por qué os obstináis en no descubriros?

—Porque quisiera que se os pasase esa mala impresión, que por mi desdicha os he causado en sólo un momento que me habéis visto; porque no quiero que alentéis ninguna esperanza.

—¡Ah! pues entonces, permitidme dudar...

—No dudéis, pues—dijo la dama echando atrás el manto, y dejándose ver á Juan Montiño.

—¡Ah!—exclamó el joven—; ¡sí, vos sois el hermoso sol que me deslumbró!

Y cayó de rodillas, como quien adora, á los pies de la dama.

—Dejáos, dejáos de niñerías—dijo ella—; tal vez nos observan; alzáos, y hablemos aún algunas palabras... pero no de amor. ¿Estáis ya seguro de que no soy la reina?

—Sí, sí; estoy seguro de ello—exclamó con entusiasmo el joven—; aunque no conozco á su majestad; porque estoy segurísimo que la reina no es tan joven ni tan hermosa. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿y no me amaréis?

—Ya os he dicho que no me habléis de amor. Vuestro amor sería una locura... es imposible.

—Porque vuestro corazón me rechaza...

—No, no precisamente por eso... mi corazón ni os acoge ni os rechaza... pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles.

Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró. Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró.

—Habéis dicho nuestros amores.

—He querido decir—contestó con impaciencia la dama—que el logro de vuestros amores es imposible.

—Os disgusto y lo siento.

—Pues bien, no me habléis más de amor.

—Callaré; pero una palabra, una sola palabra: ¿no podré veros?

—Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como vendréis por esta razón, con frecuencia, á palacio, me veréis de seguro.

—¿Pero vos no haréis nada porque yo os vea?

—No—respondió fríamente la dama.

—¡Ah! perdonad, señora.

—Estáis perdonado; ahora sepamos: ¿habéis muerto á don Rodrigo Calderón?

—No lo sé, señora; sólo sé que le he tirado á muerte.

—¿Os ha conocido don Rodrigo?

—No lo sé, porque un hombre me seguía.

—¿Os acompañaba alguien?

—Sí... sí... señora—dijo vacilando Montiño.

—¿Quién os acompañaba?

—Don Francisco de Quevedo.

—¡Ah! ¿está don Francisco en la corte?—exclamó con precipitación la dama.

—Creo que, como yo, ha llegado á ella esta noche.

—Y... ¿sois amigo de don Francisco?...

—¡Oh! ¡sí! y débole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque y me lleve consigo á Nápoles.

—¡Ah! ¡el duque de Osuna!

Y la dama miró con una profunda atención á Juan Montiño, y se puso pálida; pero sobreponiéndose añadió:

—Y decidme, ¿estaba con vos don Francisco cuando reñísteis con Calderón?

—Tan conmigo estaba, que reñía al mismo tiempo con otro hombre que sin duda servía á don Rodrigo.

—¿Sabe don Francisco lo de las cartas?

—¡Ah! no, señora; por mi boca no lo sabe nadie más que vos.

—Permitidme que os lo pregunte otra vez. ¿No habéis leído esas cartas?

—Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, señora, bastaba con que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no pusiese en ellas los ojos.

—Esperad, esperad un momento, caballero—dijo la dama.

—Esperaré cuanto queráis.

—Vuelvo al punto.

La dama tomó la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareció por la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su tardanza á que Juan Montiño, yendo y viniendo en su imaginación con todo lo que le acontecía, con todo lo que sentía y con la noble, dulce y resplandeciente hermosura de la incógnita, acabase de volverse loco.

Al fin la dama apareció de nuevo.

Traía una carta en la mano, y en el semblante la expresión de una satisfacción vivísima.

—Su majestad—dijo—os agradece, no como reina, sino como dama, lo que habéis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros.

—¡Ah, señora! ¿no es bastante premio para mí la satisfacción de haber servido á su majestad?

—No, no basta. Sois pobre, no necesitáis decirlo...

—Sí, pero...

—Dejémonos de altiveces... recuerdo que me dijísteis que érais ó habíais sido estudiante en teología... pero que os agradaba más el coleto que el roquete.

—¡Ah! sí, señora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y licenciado en sagrada teología y leyes.

—Y bien, ¿queréis ser canónigo?—dijo la dama mirando á Juan Montiño de una manera singular.

—Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro seáis mía.

—Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queréis ser canónigo... ¿os convendría ser alcalde?

—¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar alguna vez á mi lado.

—Y veréis pasar otras muchas hermosas damas.

—Para mí no hay más que una mujer en el mundo.

—Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana—dijo la joven tendiéndole la mano—; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema.

—«Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.—De palacio.—En propia mano»—leyó el joven.

—¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad?

—En el de Nuestra Señora de Atocha... extramuros... ¡ah! y no me acordaba... esperad, esperad un momento.

Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel.

—Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla, que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento, preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado; seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde, queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

—¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey para serlo!

—¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán!—dijo con un acento singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño—. Yo creía que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán, en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

—Pero... yo no pedía tanto.

—Se os manda... se necesita que seáis capitán—dijo severamente la dama.

—¡Ah! ¡de ese modo!

—Id, pues.

—Una palabra.

—¡Qué!

—¿Sois dama de la reina?

—No, soy su menina.

—¡Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre.

—Doña Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los ejércitos del rey—contestó la dama.

—¡Ah! no en vano os llamáis Sol...

—Pero concluyamos, caballero. Vos tenéis que ir á Atocha. Yo me he detenido ya demasiado.

—Adiós, pues—dijo Juan Montiño, tomando una mano á doña Clara y besándola.

Y se dirigió á la salida.

—Esperad, están cerradas las puertas—dijo doña Clara, tomando una bujía y precediéndole.

Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de doña Clara.

—Es tarde... adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día—dijo doña Clara, y cerró la puerta.

—¡Hasta otro día!—exclamó el joven—. Noche será para mí y noche obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede.

Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le mostró la orden.

—Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha—dijo el capitán, que era un soldado viejo—. En buen hora; dejadme tomar la capa y vamos allá, amigo.

Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de Madrid.

CAPÍTULO XII

LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA

Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas.

Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III.

—¡Oh, valiente y noble joven!—dijo la reina—: Dios nos lo ha enviado. Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí?

—Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y le adoran.

—¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh, bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder!

Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas.

—Por estas cartas hubiera yo dado mi vida—añadió—. Y dime, Clara, al saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí?

—He sospechado—dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en la reina—, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por imprevisión.

—Explícate, explícate, por Dios, Clara.

—¿Qué explicación se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que tal vez puedan parecerlo.

—Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas cartas, pero han venido á tus manos... ¿las has leído?

—¡Señora!—exclamó con el acento de la dignidad ofendida doña Clara.

—Pues bien, léelas.

—¡Ah, no; no, señora!—dijo la joven rechazando con respeto las cartas que le mostraba la reina.

—Te mando que las leas—dijo con acento de dulce autoridad Margarita de Austria.

Doña Clara tomó cuatro cartas que le entregaba la reina, abrió una y se puso á leerla en silencio.

—Lee alto—dijo la reina.

Doña Clara leyó:

«Venid esta noche á las dos; yo os esperaré y os abriré. No faltéis, que importa mucho.—Margarita.»

—Otra—dijo la reina.

«Os he estado esperando y no habéis venido; ¿en qué consiste esto? ya sabéis cuánto me importa que vengáis. Os ruego, pues, que no me obliguéis á escribiros otra vez. Venid por el jardín á las doce y encubierto.—Margarita.»

—Otra—repitió la reina con acento grave.

—Es urgente, urgentísimo, que vengáis esta noche; os espero con impaciencia. Nada temáis contando conmigo; atrevéos á todo. Esta noche, á la una, hablaremos más despacio. Venid.—Margarita.»

—La última—dijo la reina con acento opaco.

«Lo que me pedís es imprudente. Decís que nuestras entrevistas son peligrosas en palacio. Desde el momento conocí el peligro. Pero me interesaba demasiado veros, oíros, hacerme oír de vos, tratar con vos de lo que tanto importa á mi dignidad como mujer, á mis deberes como reina y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad. Pero me exigís que salga fuera de palacio, y esto no lo haré jamás. Yo podría justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi recámara; ¿pero cómo podría justificar mi ausencia de palacio, si por desgracia se notaba, ó mi presencia en un lugar extraño si un accidente cualquiera me descubría? Renunciad á ese peligrosísimo medio, y venid; seguid confiando en mí.—Margarita.»

—Quema esas cartas—dijo la reina.

Doña Clara las quemó una á una á la luz de una bujía.

—Ahora bien—dijo la reina cuando la joven hubo concluído su auto de fe—; después de haber leído esas cartas, ¿qué piensas de mí?

—Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad.

—Más claro, más claro—dijo con impaciencia Margarita de Austria.

—En esas cartas no veo lo que tal vez podrían haber visto otros: una prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco demasiado á vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de su virtud. Veo una conspiración.

—¡Ah! ¡ves una conspiración!

—Sí, por cierto, y una conspiración justa, y más que justa necesaria contra el duque de Lerma. Sólo que vuestra majestad ha elegido un instrumento que le ha hecho traición.

—Un día—dijo la reina reclinándose en su sillón y apoyando su bello semblante en una de sus bellísimas manos—cazaba el rey en El Pardo; entre los caballeros que acompañaban al rey iba don Rodrigo Calderón, que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi carroza, desempeñando accidentalmente el oficio de caballerizo. La carroza se había detenido en una encrucijada, por donde decían los monteros que debía pasar el jabalí. Me rodeaba mi servidumbre, á caballo, y cuatro damas que me seguían estaban detrás en otra carroza. Hacía mucho calor, y yo sudaba. Pedí agua, y don Rodrigo partió y volvió al punto, trayéndomela en un vaso de oro. El vaso era bellísimo, y yo noté que no era de las vajillas de palacio—.¿Este vaso es vuestro?—le pregunté—. Ese vaso no puede ser mío—me contestó—después de haber bebido en él vuesta majestad.—No importa, guardadlo—le contesté—. Don Rodrigo lo tomó, y dijo:—Lo guardaré como un testimonio de honra mientras viva, y después de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo legaré como una reliquia—. Todo esto fué dicho con respeto, en estilo cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco después sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:—¡El jabalí! ¡el jabalí!—Yo asomé la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grité:—Apartáos, caballeros, apartáos, yo os lo permito—. Unos por miedo, otros por afición á la caza, se apartaron lejos ó siguieron al jabalí; don Rodrigo no se movió de junto á la portezuela, á pesar de que el jabalí pasó tan cerca de él que le hirió, aunque débilmente, el caballo, y quedó solo al lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias, se habían alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:—¿Puedo alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?—¿Y para qué, caballero?—le contesté.—Para que yo pueda mostrar á vuestra majestad mi respeto y el interés que me inspira como reina y como dama.—Explicáos—le dije con severidad.—El duque de Lerma es enemigo de vuestra majestad—. ¿Qué queréis decir?—Que vuestra majestad tiene un gran interés de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que será muy fácil á vuestra majestad si se vale de mí.—¡Vos sois secretario del duque de Lerma!—Por lo mismo, señora, porque sé sus secretos, sé que se atreve á todo, y que obra como traidor y villano respecto á vuestra majestad.—Basta; lo que me tengáis que decir me lo diréis en un memorial.—¿Y cómo podré dar á vuestra majestad ese memorial, rodeada como está vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el duque?—Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que están bajo los balcones de mi recámara, en el palacio de El Pardo—. Y me retiré al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habló ni una palabra más. Poco después volvió la servidumbre, acabó la cacería y nos volvimos á palacio.

Aquel día, como otros muchos, comí separada del rey, en mi cámara, y su majestad no vino á pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma me hacía notar, en cuantas ocasiones estaba delante de mí, el peso de su superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de todo punto.

Tú lo sabes, Clara—añadió la reina...—yo no tengo esposo... tú, nadie mejor que tú, sabe que el rey no me ama.

—¡Ah! ¡señora!—exclamó doña Clara—; ¿vuestra majestad duda también?

—No, no; yo no tengo celos de tí, ni puedo tenerlos: primero, porque conozco tu corazón y tu altivez... tu virtud, más bien; segundo, porque si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa tanto el poseer el corazón del rey. Te hablo ahora como te he hablado siempre, desde poco tiempo después de conocerte: como á una hermana. Entre nosotras, Clara, no hay secretos. Tú sabes cuál es mi vida. Tú sabes cuál es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego, pero me ofende que vasallos se atrevan á mandar en mi casa, y nieta, y hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono donde yo me siento esté hollado por traidores; que el rey, á quien estoy unida por la religión y por las leyes, autorice el robo, la tiranía, los cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, y más que secretario del despacho, verdadero rey de España. No puedo sufrir esto sin olvidarme de quién soy yo, y de quién es él; de que tengo esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo está dominado y esos vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que España ha sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin cólera, que hoy está pobre, vendida por todas partes, insultada, á punto de ser deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo otro. Odio á Lerma, y he conspirado, conspiro y conspiraré contra él. Mi conspiración ha estado á punto de costarme la honra, y todavía puede costarme la vida.

—¡Ah, señora! ¿Se atrevería ese hombre?

—A todo, á todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en si me matará él á mí, ó en si yo le mataré á él.

—¡Matarle!

—Sí, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso público; una vez por tierra esa cabeza...

—Se levantará otra más soberbia.

—Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces aventureros, y nada temo; como haya caído el uno caerán los otros; pero sigo la relación de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche, apenas me quedé sola, llamé á mi buena camarera mayor, la duquesa de Gandía, y á pretexto del calor bajé con ella á los jardines. Cuando me retiré, cerca ya de la puerta, mandé á la duquesa que fuese al banco donde había estado sentada por mi pañuelo, que había dejado olvidado de intento. La duquesa se alejó; el lugar á donde la había enviado estaba algo lejos. Entonces fuí al mirto donde al principio de la noche había visto desde detrás de las celosías de mi balcón poner un papel á don Rodrigo. En efecto, encontré un papel doblado entre el ramaje del mirto, y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me quedé sola, retirada en mi dormitorio, leí aquel memorial; en él don Rodrigo manifestaba de la manera más clara, y con la indignación más profunda, el estado en que se encontraban el rey y España, dominado el uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la otra; el golpe que pensaba darse á los moriscos, las descabelladas empresas contra Inglaterra, el descuido con que se veía venir á la Liga contra España sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversación de las rentas reales, la depreciación de la moneda, la corrupción de la justicia, los más altos oficios del reino en la familia de Lerma; su tío, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del príncipe... sus hechuras puestas como espías alrededor del trono; cerrado al vasallo el camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio, convertido el clero por su interés al interés del favorito; alejados de España los buenos españoles; todo vendido, todo profanado, todo enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas, aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por mí misma á Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con desinterés, con lealtad, como conviene á un buen vasallo; don Rodrigo logró interesarme con su memorial, no sólo porque creí ver en él al hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en él también vi al profundo hombre de Estado. ¿Pero á qué cansarme inútilmente?—dijo la reina levantándose, yendo á un secreter, tomando de él un papel y dándosele á doña Clara—: he aquí el memorial de don Rodrigo.

Doña Clara miró aquel papel.

—¡Ah, infame!—dijo—; ni un sólo momento ha pensado en ser leal á vuestra majestad.

—¡Cómo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribió su memorial obraba de buena fe.

—Esta no es su letra, señora.

¡Que no es su letra! ¿Y cómo lo sabes tú?

—Como que me ha escrito más de una y más de tres cartas de amor. Pero yo he sido más cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado, ni las he creído.

—¿Y estás segura de que esa no es la letra de don Rodrigo?

—Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en la sala de las Meninas un día que estaba de guardia.

—Bien, no importa—dijo la reina.

—Sí; sí, por cierto—dijo doña Clara—; importa demasiado, y cuando se está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No, no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido que sabe los secretos de vuestra majestad.

La reina se puso levemente pálida.

—Dios nos ayudará, sin embargo—dijo—, como ya ha empezado á ayudarnos procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal.

—Y amigo de don Francisco de Quevedo... que está en la corte.

—Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de ti y con razón...

Doña Clara se puso encendida.

—Además—dijo la reina, que había quedado pensativa—; podemos contar con otra persona más importante de lo que parece...

—¡Una persona importante!

—Importantísima.

—¿Y quién es esa persona?

—Ven, ven—dijo la reina—, trae una bujía.

Y marchando delante de doña Clara, fué á su dormitorio.

—Aquí hay una puerta—dijo la reina señalando un lugar de la tapicería.

—Muy oculta debe de ser—dijo doña Clara—, porque no se conoce.

—Sin embargo la hay, y explica cómo han podido entrar hasta aquí las misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponían al corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponían, por último, el castigo de Calderón.

—¿Y cómo ha descubierto vuestra majestad esa puerta?

—Cuando esta mañana encontré sobre la mesa la carta que viste en que se me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre sí mis cartas, y se me ofrecía darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse averiguar quién era el que de tal modo, burlando el particular interés de la duquesa de Gandía y la presencia de la servidumbre, lograba penetrar hasta mi dormitorio. Cuando tú saliste esta noche en busca de los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio, mandé á la duquesa que me dejase sola: entonces apagué las luces del dormitorio, y con una linterna preparada me escondí detrás de las colgaduras del lecho. Pasó bien media hora, y ya empezaba á impacientarme cuando sentí pasos. Preparé la linterna. Pero la persona que se acercaba traía luz: entró precipitadamente en el dormitorio, y miró con avidez: era la duquesa de Gandía, que siguió adelante y entró en el oratorio. Poco después salió pálida, aterrada, murmurando: ¡Dios mío! ¿dónde está la reina?

—¡Ah! ¡señora! ¡ha estado perdida vuestra majestad para la camarera mayor!

—¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto.

—Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad... ¡acostada!

—Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de otro mayor.

—¡De otro mayor!

—Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto, Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios, salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de rodillas á mis pies. Aquel hombre era... el hombre más despreciado de palacio, el tío Manolillo: el loco del rey.

—¡Ah! ¡el loco de su majestad!—exclamó doña Clara—; ¿y ese hombre era el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente?

—Sí.

—Y al verse cogido...

—Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón:

—He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate: así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti.

—¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa?

—Mías han sido hasta que han sido tuyas.

—¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?...

—¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya, reina mía, que le tratemos de filo y de punta.

—¿Cómo sabes tú que existen esas puertas?

—¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de las cuentas de su rosario.

—¡Tú quieres escapar!

—¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en una ratonera.

—¿Pero no me explicarás?...

—Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de él... créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por esta misma puerta á visitarte.

—¡El rey!—le dije.

—Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya.

Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él.

—¡Así anda todo!—dijo doña Clara—: cuando un reino está sin cabeza...

La reina frunció un tanto el bello entrecejo.

—El rey es al fin el rey—dijo Margarita con un tanto de severidad.

—Pero cuando sirve de escudo á traidores...

—Dará cuenta á Dios.

—Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad.

Margarita había vuelto á su recámara.

—Afortunadamente—dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que había ocupado antes—, la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado de ella la deshonra, gracias á ese noble joven.

—Noble, y muy noble—dijo doña Clara—: ¿le ha visto bien vuestra majestad cuando estaba hablando conmigo?

—Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado.

—¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven?

—No—contestó con una ingenua afirmación la reina.

—La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España?

—No—repitió con la misma ingenuidad la reina.

—Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad, sino á sus veinticuatro años.

—¡Parecido ese joven al duque de Osuna!

—Es un parecido vago, en el que es muy difícil reparar cuando el semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en ciertas situaciones el alma sale á los ojos...

—Sí, cuando se ama por primera vez...

—¡Oh, señora! juro á vuestra majestad que me contraría el amor de ese joven.

—Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de mí: la verdad del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difícilmente hubiera hecho otro hombre.

—Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad.

—Es que él creía, y no sin fundamento, que mi majestad eras tú.

—Púsose vivamente encendida doña Clara.

—Una casualidad inconcebible: yo creí llevar más seguro el brazalete en el brazo, y una audacia de ese joven...

—¡Una audacia!...

—Más bien una galantería.

—No es lo mismo, pero me agrada tu declaración; ya le disculpas, y eso significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco...

—Que le hago justicia.

—No, que le amas.

—¡Que le amo! ¡En una hora!...

—En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás... le amarás de seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede decirse que ya le amas.

—No sé, no sé... pero... he causado por mi desdicha una impresión tan profunda en su alma...

—Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido.

—No, no—contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina hubiera leído en su alma.

—¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que por ti está en peligro... porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames?

—Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para él.

—El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te prometo ser tu madrina.

—Más fácil es que el duque de Lerma muera en un patíbulo, lo que por desgracia no deja de ser dificilísimo, que el que yo sea esposa de ese joven.

—¿Y por qué?

—Olvida vuestra majestad que mi padre, tratándose de mi enlace, no prescindirá jamás de su nobleza.

—Ese joven es hidalgo, según he entendido.

—Sí; sí, señora, hidalgo es, pero...

—No importa que sea pobre; es valiente y alentado.

—Sí, es cierto; pero...

—Como valiente y alentado hará fortuna.

—Por mucha que haga...

—Tu padre no es codicioso.

—Pero siempre verá que ese joven es sobrino de Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

Y doña Clara pronunció la palabra «cocinero mayor» de una manera singular, en que había mucho de repugnancia propia.

—Pero se parece al gran duque de Osuna—insistió sonriendo la reina—, sobre todo cuando se entusiasma.

—Pues peor, señora, peor.

—¡Oh! ¡Peor!

—Sí, por cierto.

—Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy galanteador.

—Pues por eso digo que peor: ¡un bastardo! Ni mi padre ni yo querríamos semejante enlace.

—¿Ni aun interesándome yo por él?

—Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y reverencia la excelsitud del rey.

—¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado?

—Yo le desenamoraré.

—¡Ah! Difícil lo veo.

—Le trataré...

—Como tu corazón te deje tratarle...

—He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de resistir tentaciones?

—Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti.

—Lo veremos—dijo sonriendo tristemente doña Clara.

—Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta?

—Las doce—dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico reloj de pared.

—¡Oh, las doce!... Ya es hora de que tú descanses y de que yo me recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo.

—Adiós, señora—dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano á la reina.

Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente.

Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando:

—Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú que puedes amar!

Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara.

Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga.

La duquesa de Gandía se inclinó profundamente.

—¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana?—dijo sonriendo la reina—; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á punto de ofrecer un hallazgo por mi persona.

—¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias! ¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!...

—¡Ah! ¡Su majestad!... ¿Y qué mandaba su majestad?

—Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad.

—¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y no reparásteis en mí?

—¡Señora!

—¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido?

Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte.

La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y frío por Margarita de Austria, se turbó.

No estaba acostumbrada á tanto...

—Yo, señora—dijo—, dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba acompañada.

—Retiráos, señoras—dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de Zúñiga—; vuestro servicio ha concluído, no me recojo.

Las dos jóvenes se inclinaron.

La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria.

—Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en palacio y en el lugar que la corresponde...?

—¡Señora!

—Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza.

—¿Vuestra majestad me despide de su servicio?—dijo, sobreponiendo su orgullo á su turbación, la camarera mayor.

—Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os reprendo.

—Yo... señora...

—Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis?

—Señora... mi lealtad...

—Probadla; id y anunciad á su majestad... vos... vos misma en persona, que le espero.

—Perdóneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar á palacio y está en estos momentos despachando con el rey.

—Os engañáis, mi buena duquesa—dijo Felipe III abriendo la puerta secreta del dormitorio y asomando la cabeza—; vuestro amigo el duque de Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido.

Y franqueando enteramente la puerta, adelantó en el dormitorio.

La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la tierra. Era orgullosa, se veía burlada en su cualidad de cancerbera de la reina, y se veía obligada á tragarse su orgullo.

—Retiráos, doña Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su majestad. Que vuelva mañana á la hora del despacho... ó si no... dejadle que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiráos... habéis concluído vuestro servicio; la reina se recoge.

La duquesa de Gandía se inclinó profundamente y salió.

Apenas se retiró, la reina salió del dormitorio, y cerró la puerta de su recámara, volviendo otra vez junto al rey.

Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirándose frente á frente.

CAPÍTULO XIII

EL REY Y LA REINA

—¿Qué os he hecho yo para que me miréis de ese modo?—dijo el rey, que pretendía en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial de su esposa.

—Hace cinco meses y once días que no pisáis mi cuarto—dijo la reina.

—Dichoso yo, por quien lleváis tan minuciosa cuenta Margarita—dijo con marcada intención el rey.

—Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos.

La reina doña Margarita de Austria. La reina doña Margarita de Austria.

—¡Ah! exclamó el rey... vuestra dignidad... no vuestro amor...

—¡Mi amor! No lo merecéis.

—¡Señora!

—Hablo á mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habéis penetrado como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando; habéis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no conocía. ¿Quién os obliga á ocultaros en vuestra casa?

—Creo, señora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que paso la noche con vos.

—Pero saben que la pasáis por sorpresa.

—No tanto, no tanto.

—Os habéis venido huyendo del duque de Lerma.

—¿Qué hacéis?—dijo Felipe III.

—Ya lo veis, me siento.

—No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aquí para trasnochar sentado junto á vos.

La reina no contestó.

—Vos no me amáis—dijo el rey.

—Haced que os ame.

—¡Pues qué! ¿no debéis amarme?

—Debo respetaros como á mi marido; y una prueba de mi respeto son el príncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas.

—¡Ah! ¡ah! ¡me respetáis! ¡y os quejáis de que yo tema pasar de esa puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando sólo encuentro respeto!

—¿Habéis procurado que yo os ame...?

—Enamorado de vos me habéis visto...

—Pero más de vuestro favorito.

—¡Oh, oh! el duque de Lerma podría quejarse de vos, señora; le acusáis.

—De traición.

—¡Oh! ¡oh!

—Y le estoy acusando desde poco después de mi llegada á España.

—Pero yo, Margarita, no había venido ciertamente...

—Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasión para querellarme á vos de vos y por vos.

—Pues no os entiendo.

—Es muy claro: tengo que querellarme á vos de vos y por vos, porque don Felipe de Austria ofende al rey de España.

—¿Qué ofendo yo al rey de España? ¿Es decir, que yo, á mí mismo?... pues lo entiendo menos.

—Ofendéis al rey de España, porque abdicáis débilmente el poder que os han conferido, primero, la raza ilustre de donde venís, y después Dios, que ha permitido que descendáis de esa raza, entregando el poder real, sin condiciones, á un favorito miserable y traidor.

—¿Habéis hablado hoy con el padre Aliaga, señora?

—No, ciertamente: yo no hablo con nadie más que con las personas cuya lista da el duque de Lerma á la duquesa de Gandía.

—Os engañáis, porque habláis todos los días y á todas horas con una persona á quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque.

—¿Y quién es esa persona?

—Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doña Clara Soldevilla.

—Sería la última degradación á que podía sentenciarme vuestra debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi servidumbre. A propósito; es ya demasiado mujer para menina, y voy á nombrarla mi dama de honor.

—¡Y quién lo impide!

—Nadie... pero os lo aviso.

—Enhorabuena: decid á doña Clara que yo la regalo el traje y el velo y aun las joyas, para cuando tome la almohada.

—Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica.

—Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro...

—Os doy las gracias, señor.

—¡Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme...

—¿Qué me amáis?—dijo la reina inclinándose hacia el rey, dejándole ver un relámpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente pálida como las azucenas y coronada de rizos de color de oro.

—¡Oh, qué hermosa eres, Margarita!—dijo el rey, en cuyas mejillas apareció la palidez del deseo.

Y la atrajo á sí.

Margarita de Austria, se sentó en un movimiento lleno de coquetería en las rodillas del rey, y se dejó besar en la boca.

—Depón al duque de Lerma—dijo la reina entre aquel beso.

El rey se retiró bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de Margarita.

—Ya sabía yo que no me amábais—dijo la reina levantándose y mirando al rey con cólera.

—Pero señor, ¿cuándo descansaré yo?—exclamó el rey dejándose caer en el respaldo del sillón.

—Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina—dijo con dulzura la reina—; cuando pienses que un rey no sirve á Dios solo rezando, sino mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus vasallos.

—Ya velan por todo eso mis secretarios.

—¡Tus secretarios! ¡sí, es verdad! velan por los españoles, y cuentan sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado.

—Eres injusta, yo no escucho ninguna queja.

—Las quejas no llegan á ti. Se pierden en el camino.

—Te pregunté si habías hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del padre Aliaga, aunque más embozada y respetuosamente, aprovechándose de que el duque tenía un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el mismo sermón. Y suponiendo que no os engañáis, ni tú que eres la reina de las reinas, por virtud, por discreción y por hermosura, ni el padre Aliaga, que es casi un santo, ¿qué queréis que haga?—Reduzca vuestra majestad los gastos de su casa, que España anda descalza—me dice el padre Aliaga—. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo.

—Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas reales son robadas.

—¡Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un caballero tal como el duque...

—¿Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios miserablemente?...

—Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisión de corregidor que se ha dado esta mañana á Diego Soto, para que la venda en lo que pudiere... y todo está firmado por mí.

—Sí, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba...

—¡Oh! no puede ser.

—Mira.

Y la reina sacó las dos cartas que habían encontrado en la cartera de don Rodrigo Calderón, con las suyas, y dió una de ellas al rey.

Felipe III leyó la cabeza y la firma:

—«¡A don Rodrigo Calderón!—¡El duque de Uceda!»

—Lee, lee... y juzga.

«Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla á Juan de Villalpando. Ya le conocéis. Es un hombre muy á propósito para nuestros proyectos. No os olvidéis que para acabar con el duque de Lerma...»

—¡Ah! ¡ah!—dijo el rey—; no lo creyera si no lo viera; y es letra y firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos... el hijo contra el padre... ya sabía yo que no andaban muy acordes entrambos duques... ¡pero que llegasen á tanto!... ¡Ah! ¡ah!

—Sigue, sigue—dijo con impaciencia la reina.

—«No olvidéis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender al rey cuán ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de Villalpando: allí tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le teman. Pero como el duque no proveerá en nadie las alcabalas de Sevilla en menos de diez mil maravedís, es necesario que vos interpongáis para con él lo mucho que podéis, á fin de que de los diez mil rebaje la mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os veré á la tarde en la comedia...»

El rey dobló lentamente la carta y plegó su entrecejo: una expresión de majestad y de dominio, aunque indecisa, se marcó en su semblante y luego volvió á desdoblar la carta y la leyó lentamente.

Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo en tiempo rompen la impura atmósfera que rodea á los reyes.

Margarita de Austria, que miraba con profunda alegría el cambio que se había operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que el rey leía por segunda vez.

—Del conde de Olivares—dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda carta.

—Lee, lee y verás que el duque de Lerma, á más de ser ladrón, es torpe, que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el tal don Rodrigo es más traidor, más ambicioso, más miserable que todos ellos.

El rey leyó:

«Os escribo, porque, interesándoos á vos tanto como á mí el negocio de que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero exponerme á que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened vos por vuestra parte el papel de enemigo mío, que por la mía yo sostendré el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de mí y mirándome de reojo, que yo seguiré hablando mal de vos sin miraros á derechas. Lo de la expulsión de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes á cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos también en España, y esta guerra la provocarán los moriscos, que no se rendirán sin combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentirá el comercio que ellos alimentan en gran manera, faltará más de lo que falta el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el inglés, apretará la guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscación de los bienes de los moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejará deslumbrar por este negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrará de más algunos millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de esperar á que el príncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del príncipe lo dejaremos al conde de Lemos y á don Baltasar de Zúñiga, y puesto que el rey es quien puede hacer reyes, vámonos derechos al rey. Sitiemos por hambre al duque haciéndole cometer algunos disparates, y el duque, que si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sería invencible, caerá, no lo dudéis, aunque para ello nos veremos obligados á empobrecer el reino, á debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo más, porque ni tanto era necesario deciros. Guárdeos Dios.—El conde de Olivares.»

—Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de la Oliva y de Olivares.

Prueba que los dos condes son más perspicaces que tú, y que saben cuánto es torpe y ciego el duque de Lerma.

—Pero no le vencieron.

—Por una casualidad.

—El duque lo tenía previsto todo.

—Ni el duque ni nadie podía prever que don Juan de Aguilar tuviese la fortuna de aterrar á los infelices moriscos en la primera batalla; ni el duque ni nadie podía prever que los enemigos exteriores de España no se aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fué traidor y torpe.

—¡Traidor!

—Sí, traidor, y de la manera más criminal que puede ser traidor un vasallo: manchando ante la historia el nombre de su señor... porque tu nombre aparecerá manchado en la historia por esa tiranía feroz inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les robó.

La mirada del rey se hizo vaga.

—Y torpe, torpe... porque no previó las funestísimas consecuencias que pudo traer sobre España, y que en la parte de su riqueza y de su población la ha traído, el cumplimiento de aquel infame edicto.

—¡Margarita!—exclamó el rey, cuya conciencia se retorcía.

—Yo te pedí de rodillas, aquí, en este mismo sitio, que revocaras aquel edicto; y te lo pedí por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu dignidad de rey, más que por el bien de tus reinos. Te lo pedí, Felipe, porque te amo, y porque te amo, te pido la deposición del duque de Lerma.

—¡Que me amas, Margarita! ¡que me amas!—exclamó el rey—¡y no me lo has dicho hasta ahora!

—¿Qué mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus hijos?—exclamó en un sublime arranque Margarita, arrojándose á los brazos del rey.

Y levantándose de repente, añadió:

—Y no te lo he dicho; no se lo he dicho á nadie, no, y me he mostrado siempre contigo reservada y fría porque... mi orgullo de mujer ha estado continuamente ofendido al verme pospuesta á un favorito.

—Y á quién, á quién buscar...

—¿A quién? al duque de Osuna...

—Es demasiado soberbio.

—Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espínola, y si no... si no... Quevedo.

—¡Osuna, Espínola, Quevedo! ¡dos soldados y un poeta!

—Tres españoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo, están alejados de ella por el temor de los traidores.

—Lo pensaré, lo pensaré—; dijo el rey.

—No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; ¿no tienes confianza en tu esposa, Felipe?... ¿no me amas? ¿no crees en mi amor?

—Lo pensaré... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones.

Y el rey se dirigió al oratorio de la reina.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Margarita viendo desaparecer al rey por la puerta del oratorio—¡Ten piedad de España! ¡Ten piedad de mí!

CAPÍTULO XIV

DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCÁZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO QUE AVERIGUÓ POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON OTROS PARTICULARES.

Apenas Juan Montiño había desaparecido por la escalerilla de las Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se embocó por aquellas escaleras en seguimiento del joven.

—En peligrosos pasos anda el mancebo—dijo don Francisco—; sobre resbaladiza senda camina; sigámosle, y procuremos avizorar y prevenir, no sea que su padre nos diga mañana: con todo vuestro ingenio, no habéis alcanzado á desatollar á mi hijo.

Y Quevedo seguía cuanto veloz y silenciosamente le era posible, á la joven pareja que le precedía en las tinieblas.

—¿Y quién será ella?—¿quién será ella? decía el receloso satírico.

Y seguía, sudando, á pesar del frío, á los dos jóvenes, que andaban harto de prisa.

—Pues ó he perdido la memoria y el tiento, ó todo junto—decía Quevedo—, ó se encaminan á la portería de Damas; paréceme que se paran: ¡adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ¡ah! esa momentánea luz... el cuarto de la reina... ¿será posible? ¿me habré yo engañado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendría. ¿Pero quién va?

Había oído pasos Quevedo.

—No va, viene—dijo una voz ronca.

—¡Por el alma de mi abuela! ¿y de dónde venís vos, hermano?

—Ni sé si del cielo ó si del infierno. Vos, hermano, ya sé que del infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos la gloria.

—Ha venido á ser el purgatorio, Manolillo, hijo.

—Veo que no habéis olvidado á los amigos.

—¿Y cómo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niñez se me han pegado vuestras picardías?

—Yo no soy pícaro, y si lo soy, soy pícaro á sueldo.

—Tanto monta, que nadie hace picardías al aire. ¿Pero dónde vivís? Paréceme de que me lleváis por las escaleras de las cocinas.

—Así es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto podía ver, y á mi mechinal me vuelvo.

—Pues sígoos.

—En buen hora sea.

—Decidme, ¿por qué me dijísteis allá abajo que no sabíais si veníais del cielo ó del infierno?

—Decíalo por un mancebo que acaba de entrar...

—¿En el cuarto de la reina?...

—¿Habéisle visto?

—Le seguía.

—¿Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto una gloria ó un infierno?

—Alegraríame que le glorificasen.

—Y yo; aunque no fuese más que por verme vengado...

—¿Del rey?...

—¡Qué rey! ¡qué rey!—dijo el bufón.

—Paréceme será bien que callemos hasta que nos veamos en seguro.

—Decís bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero ya llegamos.

Acababan de subir las escaleras, y el tío Manolillo había tomado por un callejón estrecho.

Detúvose á cierta distancia del desemboque de las escaleras, y sonó una llave en una cerradura.

—Pasad, pasad, don Francisco—dijo el bufón.

Quevedo entró á tientas en un espacio densamente obscuro.

El bufón cerró.

Poco después se oyó el chocar de un eslabón sobre un pedernal, saltaron algunas chispas, y brilló la luz azul de una pajuela de azufre, que el bufón aplicó al pábilo de una vela de sebo.

Quevedo miró en torno suyo.

Era un pequeño espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de muebles, á cuyo fondo había una puerta, á la que se encaminó el bufón.

Siguióle Quevedo.

El tío Manolillo cerró aquella puerta.

Era el bufón del rey un hombre como de cincuenta años, pequeño, rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el estado de su alma, estaba impresa la expresión de un malestar roedor, de un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita á su ancha boca, cuyos labios sutiles habían contraído la expresión de una sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo, sombría y dolorosa entonces que el mundo no le veía. El color de su piel era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada, audaz, inteligente, marcada por un no sé qué solemne; las cejas y los ojos negros; pero estos últimos pequeños, redondos, móviles, penetrantes, en que se notaba un marcadísimo estrabismo; la nariz larga y aguileña; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de gigante, cortos, musculosos, fuertes; vestía un sayo y una caperuza á dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un cinturón negro que sólo servía para sujetar un ancho y largo puñal.

El bufón se sentó en un taburete de pino, y dijo á Quevedo:

—Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y mudo. Sentáos en ese viejo sillón, que era el que servía al padre Chaves para confesar al rey don Felipe II.

—Siéntome aunque me exponga á que se me peguen las picardías del buen fraile dominico—dijo Quevedo sentándose.

—¡Oh! ¡y si te hablara ese sillón!—dijo el tío Manolillo.

—Si el sillón calla, España acusa con la boca cerrada los resultados de los secretos que junto á este sillón se han cruzado entre un rey demasiado rey, y un fraile demasiado fraile.

—Pero al fin, don Felipe II...

—No era don Felipe III.

—En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga.

—El padre Aliaga no tiene más defecto que ser tonto—dijo Quevedo mirando de cierto modo al bufón.

—Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos amigos; ya sabéis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey, como de santo el duque de Lerma. Si queréis saber lo que ha pasado en la corte en los dos años que habéis estado guardado, preguntadme derechamente, y yo contestaré en derechura. Sobre todo, sirvámonos el uno al otro.

—Consiento. Y empiezo. ¿En qué consiste que esa gentecilla no haya hecho sombra del padre Aliaga?

—En que el rey, es más rosario que cetro.

—¿Y cree un santo á fray Luis?

—Y creo que no se engaña, como yo creo que si fray Luis es ya santo, acabará por ser mártir, tanto más, cuanto no hay fuerzas humanas que le despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan español y tan puesto en lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su hábito... ¡motilón más completo!... Si yo no tuviere tantas penas, sería cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; más bandos hay en palacio que bandas, y más encomendados que comendadores, y más escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el alcázar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en él que si fuera despoblado, y en cuanto á montería, piezas mayores pueden correrse en él, sin necesidad de ojeo, que no lo creyérais si no lo viérais.

—Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza.

—Su majestad el rey de las Españas y de las Indias, á quien Dios guarde.

—Te engañaste, hermano bufón; tu lengua se ha contaminado y anda torpe. El rey no puede ser pieza mayor... por ningún concepto. Y lo siento, porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La reina es demasiado austriaca.

—Y demasiado mujer, á lo que juntándose que hay en la corte gentes demasiado atrevidas...

—De las cuales vos no sois una de las menores.

—Tengo pruebas...

—Pues mostrad, tío Manolillo... dadme capote, que por más que lo sienta os aplaudiré... ¡pero engañarme yo tratándose de mujeres!... ¡creer yo á la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engaño, ni en la honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que me tenéis impaciente, y tanto más, cuanto tengo que haceros preguntas de dos años. ¿Quién es el rey secreto?

—Para que lo fuera por entero, sólo podía ser don Rodrigo Calderón.

—¡Tá! ¡tá! os engañáisteis, hermano.

—Don Rodrigo tiene cartas de la reina.

—Téngolas yo.

—Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo.

—Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo más que cartas.

—Sois leal y bueno.

—Tiénenme por rebelde.

—Los pícaros.

—Y aun los que no lo son.

—Sois una cosa y parecéis otra.

—¡Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querría que me explicáseis...

—Os he visto tamaño como una mano de mortero, cuando andábais poniendo mazas á las damas de palacio, y cuando más tarde ellas os ayudaban á poner mazas á sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y meciéndoos sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho, don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois también, aunque menos; vos lloráis riendo, y yo río rabiando; vos os mostráis contento con lo que sois, y queréis ser lo que ninguno se ha atrevido á pensar; yo llevo con la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles, y si pudiera convertirme en basilisco, mataría con los ojos á más de uno de los que me llaman por mucho favor loco... ¡Ah! ¡ah! ¡ah! yo, estruendo y chacota del alcázar, llevo conmigo un veneno mortal, como vos en vuestras sátiras regocijadas ocultáis el veneno de un millón de víboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas más. Yo no tengo más licencias que las que á disculpa de loco me tomo; yo no escribo sátiras, pero las hago; yo no empuño hierros, pero mato desde lo obscuro. Vos sonáis más que yo; vos sois el bufón de todos por estafeta, y yo soy el bufón del rey por oficio parlante; cuando vos pasáis por una calle, todos dicen: ¡allá va Quevedo! y se ríen. Cuando yo paso por las crujías de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey más que conmigo: ¡allá va el simple del rey! y... se ríen también; y vos os aprovecháis de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de las risas de los cortesanos que son mi único puñal. Vos sois enemigo de los que mandan, y abusan del rey, y servís al duque de Osuna, y os declaráis por la reina, por ambición, y yo aborrezco á los que vos aborrecéis y amo á los que vos amáis por venganza. ¿Sabe acaso alguien á dónde vos vais? ¿sabe alguien á dónde yo voy? ¡oh! y si alguna vez llegamos al fin de nuestro camino, juro á Dios que no han de reirse más de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergüenzas del bufón.

Quedóse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la mirada del bufón en lo más recóndito de su alma, y luego levantó la cabeza, y fijó en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora.

—Dios sabe á dónde vais vos, á dónde voy yo—dijo—; pero si me conocéis tanto como decís, saber debéis que, como me cuesta el andar mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propósito de las piezas mayores de palacio, habéisme dicho que la primera es el rey. Os engañáis; pero como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo de vuestro engaño. En esto debe de danzar la Dorotea... vuestra ahijada... ó vuestra hija, ó vuestra querida...

Púsose pálido como un difunto el tío Manolillo.

—¡Pobre Dorotea!—exclamó el bufón.

—Pobre de vos, que sois un insensato... Allá en San Marcos supe, por cartas de algunos amigos que se venían sin que nadie las viese á mi bolsillo, y que yo leía cuando de nadie era visto, supe, repito, que la Dorotea se había escapado del convento donde la guardábais y se había metido á cómica; supe además que el duque de Lerma la mantenía, y alegréme, porque dije: el tío Manolillo será enemigo á muerte de su excelencia. Ahora medito, y después de meditar, saco en claro: que siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber andado en la venta don Rodrigo Calderón; que siendo don Rodrigo Calderón lo que es, puede haber habido algo que no gustaría al duque de Lerma si lo supiese, porque el buen señor es muy vanidoso, muy creído de que lo merece todo, á pesar de sus años y de sus afeites; que habiendo habido algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habrá tenido celos, y no habrá encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo que un ministro tonto, un rufián dorado, una mujerzuela semi-pública y un padre ó amante, ó pariente tal como vos, que tratándose de Dorotea no sois ya un loco á sueldo, sino un loco de veras, son ó pueden ser la causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha tenido la desgracia de ser reina de España, cuando el rey de España es Felipe III.

—¿No habéis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don Francisco?

—Sí por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones; como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo que me interesa mucho y que... os voy á dar un alegrón, tío Manolillo; pero habéis de pagármelo diciéndome todo lo que sepáis.

—Si me alegro, os pago.

—Pues bien, es muy posible que á estas horas don Rodrigo Calderón esté en la eternidad.

—¡Dios mío!—exclamó el bufón—. ¡Pero estáis seguro, don Francisco!

—Lo que sé deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando da un golpe, acaba de reñir con él y de tenderle cuando entró en palacio.

—¡Ah! ¡ah! ¡han encontrado quien les haga el negocio de balde!

—Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con don Rodrigo Calderón.

—¿Muy caro?

—Sí por cierto; como que está enamorado como un loco de la dama por quien se ha metido en ese lance.

—¡Esperad! ¡esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar en él un no sé qué... ¿conocéis á ese mancebo?

—¡Mucho!

—¿Y cómo se llama?

—Juan Martínez Montiño.

—¡Ah! ¿es pariente del cocinero del rey?

—Su sobrino carnal, hijo de su hermano.

—Don Francisco, no merecéis que yo os hable con lisura.

—¿Por qué?

—Porque vos no sois conmigo liso y llano.

—Cogedme en un renuncio.

—Estáis cogido.

—¿Por dónde?

—Por ese mancebo.

—¿Y por qué?

—¿Por qué? ¿no decís que es sobrino del cocinero mayor?

—Así resulta de su partida de bautismo.

—Las partidas de bautismo se compran.

Miró Quevedo profundamente al bufón.

—Pero lo que no se compra es el semblante.

—¿Qué queréis decir?

—Digo que sé algo de ese secreto.

—¿De qué secreto?

—Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo, á pesar de que nadie nos escucha.

—¿Tenéis pruebas?

—¿De que ese mancebo...? ¡vaya! al verle me acometió una sospecha; pero cuando me habéis dicho que es hijo de un Montiño... no pude dudar... como que... ya se ve, estoy en el enredo...

—¿Acabaremos, hermano bufón?

—Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montiño se llamase don Juan Girón...

—¡Diablo!—exclamó Quevedo.

—¡Cómo! ¿no lo sabíais, don Francisco?

—Algo se me alcanzaba.

—¿Y sabéis cómo se llamaba su madre?

—No me lo han dicho.

—Pues yo voy á decíroslo.

—Sepamos.

—La madre se llamaba... y se llama, doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, camarera mayor de su majestad.

Abrió enormemente los ojos Quevedo.

—Y qué hermosa, qué hermosa estaba entonces la duquesa.

—¿Pero estáis seguro de ello, amigo Manolillo?

—¡Que si estoy seguro! como lo estaría si, por ejemplo, dentro de algunos meses la señora condesa de Lemos, después de haber estado mucho tiempo en la cama á pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido, saliese una noche de Madrid en una litera.

—¡Ah! ¡ah! ¿y no habéis encontrado para vuestra comparación otra dama que doña Catalina de Sandoval?

—Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Gandía, tan viva como ella, y tuvo la fortuna ó la desgracia de encontrarse una noche á obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doña Catalina en el alcázar con...

—Pero tío Manolillo, vamos á cuentas: ¿vos sois el bufón del rey, ó el mochuelo del alcázar?

—De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos.

—Como á mí.

—Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero continúo con mi suposición: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la señora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello; que al ver aquello me acuerdo de lo otro que oí por casualidad, ajusto la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedará la aventura, y me voy detrás de la litera y de los hombres que la acompañan; que así andando, andando, y recatándome, amparado de una noche obscura, sigo á la litera por espacio de cinco leguas, y entro tras ella, recatándome siempre en un lugar... supongamos que aquel lugar es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se cierra en silencio; que yo me quedo á la mira, y á las dos noches después, vacilante y trémula, veo salir de nuevo á la señora condesa muy tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma el camino de Madrid. Que yo me quedo aún en el pueblo, y que á los tres días se bautiza solemnemente un niño. Aunque me digan frailes franciscos que aquel niño es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de su mujer, yo diré siempre, aun cuando pasen muchos años: ese tal no se llama Juan Lanas, ó no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval.

—¡Ah! bribón redomado—exclamó Quevedo—, gato sin sueño, hurón de secretos; guardad por caridad el que habéis pescado esta noche, que ridículo fuera negároslo, y decidme por caridad también: ¿era ya pieza mayor del alcázar cuando en él andaba mi señor, el conde de Lemos?

—No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la buena doña Catalina dejase de ser coto cerrado, como fué necesario todo un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doña Juana de Velasco añadiese á su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que doña Juana de Velasco no sabe quién es el padre de su hijo incógnito; ni el nombre del dueño de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueño su encuentro con un hombre audaz en una galería del palacio del Escorial, á punto que por un celo exagerado iba á avisar á la infanta doña Catalina, de que acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos habían vencido á la armada Invencible; un soplo malhadado mató la bujía de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acudía al lado del rey, que estaba en el coro, se dió un tropezón con ella. De modo que, si el viento no destruye á la Invencible, y si otro soplo de viento no mata la luz de doña Juana de Velasco, Juan... Montiño no existiría.

—Y si vos no estuviérais en todas partes, no sabríais ese secreto endiablado de hace veintidós años, ni este otro secreto reciente... Os pido por caridad, hermano bufón, que calléis, que calléis como habéis callado acerca del secreto de la duquesa... y como nos embrollamos y nos revolvemos, bueno será que volvamos á buscar el hilo. Decíamos...

—Justo, decíamos á propósito de si el rey era pieza mayor ó menor...

—A propósito de eso habíamos ido á dar en don Rodrigo, y á propósito de don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de la reina. Decíamos, ó decía yo, que está enamorado como un loco de la dama que le ha metido en el lance; pero él no conoce á esa dama...

—¿Que no la conoce y está enamorado?

—Cosas de mozos; se ha enamorado á bulto.

—Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para cuando la vea el semblante.

—¿Pero quién es ella? ¿habremos tropezado con otra pieza mayor?

—No por cierto; se trata de una doncella que, á pesar de su hermosura, nunca ha tenido novio.

—El nombre, tío Manolillo, el nombre.

—Doña Clara Soldevilla.

—La hermosa, la hermosísima hija, digo, si en los dos años que no la veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el buen Ignacio Soldevilla. ¿Y dónde está su padre?

—En Nápoles con el duque de Osuna.

-¡Ah! ¡diablo! ¡diablo! paréceme que si los muchachos se quieren, podremos tener boda; pero maravíllame que doña Clara, que no le ha conocido hasta esta noche...

—Aquí debe de haber algo... y algo grave—dijo el tío Manolillo—, en lo que acaso yo no tenga poca parte.

—Explicáos por Dios, hermano.

—Explícome, y para explicarme pregunto: ¿dónde ha visto á don Juan Girón?...

—Juan Montiño, hermano, Juan Montiño.

—Bien, ¿dónde ha visto Juan Montiño á doña Clara?

—En la calle.

—¡En la calle!

—Amparóse de él al verse perseguida por don Rodrigo Calderón.

—¡Ah, me parece que voy trasluciendo! ¿Y dónde llevó doña Clara á Montiño?

—Callejeóle de lo lindo, largóse, y le metió en un lance de estocadas con don Rodrigo.

—De cuyo lance...

—No por cierto... contentóse con desarmarle y se fué á buscar á su tío postizo á casa del duque de Lerma.

—¿Y cuándo hirió ó mató ese joven á don Rodrigo?

—Eso es después.

—¿Y cómo sabéis vos...?

—Encontréle en casa del duque de Lerma, á donde yo iba en busca del cocinero mayor, y le metí en la casa. Pero en la puerta me encontré antes de hablar con Montiño... ¿á quién diréis que me encontré?...

—No adivino.

—A Francisco de Juara.

—Lacayo y puñal de don Rodrigo Calderón... ¡ah! ¡ah! ¡hermano Quevedo, y qué conocimientos tenéis!

—El conocer no pesa. Francisco de Juara me contó lo que había acontecido á su señor con Juan Montiño, y Juan Montiño se alegró mucho en hallarme y yo de hallarle y... pero vamos al secreto. Yo iba á casa del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Gandía para el duque, que me había dado la condesa de Lemos, con quien tropecé cuando iba al alcázar en busca del cocinero mayor... de modo que, válame Dios y qué rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don Felipe el II tiene la culpa de mi encontrón con la condesa de Lemos.

—¡Pardiez, no atino!

—Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la Invencible y enviarla á saludar á la reina de Inglaterra, la tempestad no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial á dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Gandía no hubiera ido al cuarto de la infanta doña Catalina, ni el duque de Osuna al coro en busca del rey; no se hubieran encontrado, pues, á obscuras duquesa y duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San Marcos me hubiera yo ido á Nápoles en vez de venirme á Madrid, y no me hubiera encontrado con la buena, buenísima hija del duque de Lerma: ni ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por consecuencia, hubiera yo encontrado en el zaguán del duque á Juan Montiño, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque después de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado á Juan Montiño, que me acometió equivocándome con don Rodrigo, á quien esperaba para matarle, y si yo no hubiera estado allí cuando don Rodrigo salió, Juan Montiño muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas á don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un mal golpe por detrás á nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le entretenía por delante. De modo que puede decirse que si el rey don Felipe no envía á la Invencible contra Inglaterra, no sucede nada de lo gravísimo que ha sucedido esta noche.

—Desenmarañemos este enredo, y pongámosle claro para dominarle, hermano Quevedo. Decís vos que ese mancebo entró en casa del duque de Lerma amparado de vos, y pudo ver á su tío.

—Eso es.

—Que después encontrásteis á ese mozo al salir por el postigo del duque esperando á don Rodrigo para matarle.

—Verdad.

—Ahora bien; ¿por qué quería matar ese mozo á don Rodrigo?—repuso el bufón.

—Porque decía había comprometido el honor de una dama.

Quedóse profundamente pensativo el bufón, como quien reconcentra todas sus facultades para obtener la resolución de un misterio.

—¡El cocinero mayor de su majestad—dijo el bufón—, es usurero!

—¿Qué tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montiño para nuestro secreto?

—Esperad, esperad. El señor Francisco Montiño se vale para sus usuras, de cierto bribón que se llama Gabriel Cornejo.

—Veamos, veamos á dónde vais á parar.

—Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que á más de usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza mía un secreto.

—¡Un secreto!

—Sabe que yo quiero ó quería matar á don Rodrigo Calderón. Sabe además otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo Calderón tiene ó tenía cartas de amor de la reina.

—¡Tenía! ¡Tenía!—dijo con arranque Quevedo—. Decís bien, tío Manolillo, decís bien, vamos viendo claro; ya sé, ya sé lo que Juan Montiño buscaba sobre don Rodrigo Calderón cuando le tenía herido ó muerto á sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina; para entregar esas cartas era su venida á palacio, para eso, y no más que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad.

—Pues si ese caballero ha entregado á la reina esas cartas, y don Rodrigo Calderón no muere... ¿qué importa que muera don Rodrigo...? siempre quedarán el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado en manos de su majestad, ésta se creerá libre y salvada, y apretará sin miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga...

—Y la ayudo yo...

—Y yo... y yo también... pero... son infames y miserables, y la reina está perdida... está muerta..

—¡Muerta! ¡Se atreverán! y aunque se atrevan... ¿podrán...?

—Sí, sí por cierto; y para probaros que pueden, os voy á nombrar otras de las piezas mayores que se abrigan en el alcázar.

—¡Ah! ¡Otra pieza mayor!

—Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

—¡Ah! ¡También el buen Montiño!

—Lo merece por haber inventado el extraño guiso de cuernos de venado que sirve con mucha frecuencia al rey.

—Contadme, contadme eso, hermano. ¡Enredo más enmarañado! ¡Y no sé, no sé cómo se ha atrevido, porque su difunta esposa...!

—La maestra de los pajes...

—¡Y qué oronda y qué fresca que era! ¡Y qué aficionada á los buenos bocados!

—Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que había ratones en la despensa; pero no dió con el ratón.

—Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita.

—¡Pobre Montiño...!

—Hereje impenitente... pero sepamos quién es ahora el ratón de su despensa.

—No es ratón, sino rata y tremenda... el sargento mayor, don Juan de Guzmán.

—¿El que mató al marido de cierta bribona á quien galanteaba, y partió con ella los doblones que el difunto había ahorrado, por cuyo delito le ahorcan si no anda por medio don Rodrigo...?

—El mismo.

—Ha mandado don Rodrigo á ese hurtado á la horca que enamore á la mujer de Francisco Montiño...

—Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra cacerolas.

—No creí, no creí que llegase á tanto el malvado ingenio de don Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Alégrome de haberos encontrado, amigo bufón, porque Dios nos descubre marañas que deshacer... y las desharemos ó podremos poco. Pero contadme, contadme: ¿en qué estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor cocinera?

El tío Manolillo no contestó; había levando la cabeza, y puéstose en la actitud de la mayor atención.

—¿Qué escucháis?—dijo Quevedo.

—¡Eh! ¡Silencio!—dijo el bufón levantándose de repente y apagando la luz.

—¿Qué hacéis?

—Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la otra puerta no vean luz bajo ésta. Es necesario que me crean dormido; necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan. Callad y oíd.

—Quevedo concentró toda su vida, toda su actividad, toda su atención en sus oídos, y en efecto, oyó unas levísimas pisadas como de persona descalza, que se detuvieron junto á la puerta del bufón.

Durante algún espacio nada se oyó. Luego se escucharon sordas y contenidas las mismas leves pisadas, se alejaron, se perdieron.

—¿Es él?—dijo Quevedo.

—El debe ser; pero el cocinero mayor... ¿cómo se atreve ese hombre?...

—Francisco Montiño no está en Madrid esta noche.

—¡Ah! ¿pues qué cosa grave ha sucedido para que deje sola su casa?

—Según me ha dicho su sobrino postizo, ha ido á Navalcarnero, donde queda agonizando un hermano suyo.

—¡Oh! entonces el que ha pasado es el sargento mayor Juan de Guzmán.

Y el bufón se levantó y abrió la ventana de su mechinal.

—¿Qué hacéis, hermano? cerrad, que corre ese vientecillo que afeita.

—Obscuro como boca de lobo—dijo el bufón.

—¿Y qué nos da de eso?

—Y lloviendo.

—Pero explicáos.

—¿Queréis ver al ratón en la ratonera junto al queso?

—¡Diablo!—dijo Quevedo—. ¿Y para qué?

Y después de un momento de meditación, añadió:

—Si quiero.

—Pues quitáos los zapatos.

—¿Para salir al tejado?

—No tanto. Por aquí se sale á las almenas viejas, y por las almenas se entra en los desvanes, y por los desvanes se va á muchas partes. Por ejemplo, al almenar á donde cae la ventana del dormitorio del cocinero de su majestad.

—Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero—dijo Quevedo quitándose los zapatos.

—No dejéis aquí vuestro calzado, porque saldremos por otra parte.

—Ya sabía yo que érais el hurón del alcázar.

—Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y averiguo maravillas. ¿Estáis listo ya, don Francisco?

—Zapatos en cinta me tenéis, y preparado á todo.

—No os dejéis la linterna.

—¿Qué es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la llevo, y haciendo compañía á mis zapatos. ¿Estáis vos ya fuera?

—Fuera estoy.

—Pues allá voy y esperadme. Eso es. ¿Y sabéis que aunque viejo no habéis perdido las fuerzas? Me habéis sacado al terrado como si fuera una pluma. Estas piernas mías... parece providencia de Dios para muchas cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme.

—Dadme la mano.

—Tomad.

—Estamos en los desvanes.

—Mi linterna me valga.

—Nos viene de molde, porque estos desvanes son endiablados.

Fiat lux—dijo Quevedo abriendo la linterna.

Encontrábanse en un desván espacioso, pero interrumpido á cada paso por maderos desiguales. El bufón empezó á andar encorvado y cojeando por aquel laberinto.

De repente se detuvo y enseñó un boquerón á Quevedo.

—¿Y qué es eso?—dijo don Francisco.

—Esto es una providencia de Dios.

—Más claro.

—Eso era antes un tabique.

—¿Y ocultaba algo bueno?

—Una escalera de caracol.

—¿Y á dónde va á parar esa escalera?

—A muchas partes, entre ellas á la cámara del rey y de la reina, y á las cuevas del alcázar.

—¿Y cómo dísteis con ese tesoro, hermano?

—Buscando un gato que se me había huído.

—Sois el diablo familiar del alcázar.

—Sigamos adelante, que luego volveremos por aquí.

—Sigamos, pues.

Anduvieron algún espacio.

—Dadme la mano y cerrad la linterna.

—¿Hemos llegado?

—Estamos cerca.

Fiant tenebræ—dijo Quevedo cerrando la linterna.

—Ahora venid; venid tras de mí en silencio y veréis y oiréis.

Zumbaba el viento, llovía, y el viento y la lluvia y la obscuridad de la noche protegían á los dos singulares expedicionarios.

¿Y qué es eso? ¿Y qué es eso?

Marchaban entre un tejado y un almenar.

De repente el bufón asió á Quevedo, y le volvió sobre su derecha.

Entonces Quevedo vió frente á él una ventana, y por algunos agujeros de ésta el reflejo de una luz en el interior.

Quevedo acercó su semblante y pegó sus antiparras á uno de aquellos agujeros, y el bufón á su lado, se puso asimismo en acecho.

En aquel mismo punto dió el reloj del alcázar las tres de la mañana.

CAPÍTULO XV

DE LO QUE VIERON Y OYERON DESDE SU ACECHADERO QUEVEDO Y EL BUFÓN DEL REY

Un hombre se paseaba en una habitación muy pequeña y harto humildemente alhajada.

Una estera de esparto, algunas sillas, una mesa sobre la que ardía una lamparilla delante de una Virgen de los Dolores, pintada al óleo, y algunas estampas en marcos negros sobre las paredes blancas, componían todo el menaje de aquella habitación.

Al fondo había una puerta cubierta con una cortina blanca.

Sentada en una silla, junto á una mesa, apoyado en ella un brazo, y en la mano la cabeza, había una mujer joven y hermosa, pero triste, pensativa y á todas luces contrariada.

Esta mujer era Luisa, la esposa del cocinero mayor de su majestad.

Blanca, blanquísima, pelinegra y ojinegra, gruesecita, de mediana estatura, si no se descubría en ella esa distinción, esa delicadeza que tanto realza á la hermosura, no podía negarse que era hermosa, muy hermosa, pero con una hermosura plebeya, permítasenos esta frase.

Había en ella sobra de vida, sobra de voluntad, violencia de pasiones, disgusto profundo de su suerte, todo esto representado y como estereotipado en su semblante. Estaba, como dijimos anteriormente, encinta de una manera abultada, y vestía sencilla, más que sencilla, miserablemente.

El hombre que se paseaba en la habitación y hablaba casi por monosílabos y lentamente con Luisa, era un hombre alto, fornido, soldadote en el ademán, en el traje y en la expresión, con cabellera revuelta, frente cobriza, ojos negros, móviles y penetrantes, mejillas rubicundas y grandes mostachos retorcidos. Vestía una gorra de velludo con presilla de acero, un coleto de ante, cruzado por una banda roja, una loba abierta de paño burdo que dejaba ver el coleto, la banda y un ancho talabarte de que pendía una enorme espada, unas calzas rojas imitadas á grana, y unos zapatos altos.

Este hombre, en el conjunto, podía llamarse buen mozo, uno de esos Rolandos lo más á propósito para volver el seso á ciertas mujeres que pertenecían á cierta clase media, despreciadoras de gente menuda, que no podían aspirar á los amores de los caballeros de alto estado, y que se contentaban y aun se daban por dichosas con los amores de hidalgos del porte y talante del sargento mayor don Juan de Guzmán, que era el hombre que hemos descrito, que se paseaba en el profanado dormitorio de Francisco Montiño y que hablaba por monosílabos con su mujer.

—Es preciso... pues... sí... de otro modo...—decía este hombre cuando el bufón y Quevedo se pusieron en acecho.

Tembló toda Luisa.

—Ha sido herido, casi muerto—añadió el soldadote.

—Pero yo...

—Sí; tú no tienes la culpa de que don Rodrigo Calderón haya tenido un mal encuentro, pero esto me impide pasar la noche á tu lado.

—¿Tienes miedo?—dijo Luisa.

—¡Miedo! ¿Y de qué?—dijo Guzmán—; es cierto que todo marido, aunque sea tan ruin y tan cobarde como el tuyo, es respetable; no sé qué tienen los maridos; pero cuando él llama por allá yo escapo por ahí.

Y el sargento mayor señaló la ventana.

—Bueno es saberlo—dijo para sí Quevedo, probando si su daga salía con facilidad de la vaina.

—Me alegro por otra parte de que el bueno de Montiño haya tenido que ir á ver á su hermano. Tenía que hablarte.

—Yo también. Desde el día en que te vi estoy sufriendo, Juan. Primero, porque te amé, luego... porque cuando te amé conocí lo horrible que era estar unida para toda la vida con un marido como el mío. Hace seis meses que te escuché, y poco menos tiempo que te recibí en esta habitación por primera vez. La vida se me hace insoportable, Juan. Yo no puedo vivir así. Se pasan semanas y aun meses sin que podamos hablar... me veo obligada á contentarme con verte cruzar allá abajo por lo hondo del patio paseando con ese eterno amigo tuyo de quien tengo celos... me parece que le quieres más que á mí, que á mí me tomas por entretenimiento.

—¡Dios de Dios!—exclamó el sargento mayor, atusándose el mostacho y parándose delante de Luisa, el un pie adelante, afirmando el cuerpo en el otro y la mano en la cadera; ¿pues por qué, buena moza, no estoy yo ahora en Nápoles?

—¿Qué diablos tendrá que hacer este tunante en Nápoles?—pensó Quevedo—; oigamos, y palabras al saco.

—Es que si tú te fueras y no me llevaras, yo moriría de pesar.

—Descuida, descuida, paloma mía—dijo volviendo á su paseo el soldado—, que en concluyendo cierta empresa que tenemos acá entre manos, iremos á Nápoles á concluir otra. Tú no sabes bien con qué hombre tratas y qué hombres tratan con él.

—Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no me gusta nada—dijo Luisa—, tiene el mirar de traidor.

—¡Ah! ¡Agustín de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues mira, él no dice de ti lo mismo. Sólo se le ocurre un defecto que ponerte.

—Me importa poco.

—Maravíllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo, puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo.

—¿Y qué le he de hacer?

—Ya te lo he dicho...

—¡Oh! ¡nunca!... ¡nunca!... ¡qué horror!—exclamó Luisa.

—Pues será necesario que renuncies á verme.

—¡Juan!—exclamó Luisa, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.

—Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede pasar más adelante. ¿No oyes que esta noche la reina ha salido á la calle?

—¡Oh! no, eso no puede ser.

—¿Que la amparaba un hombre desconocido?...

—¡Dios mío! ¿pero qué tengo yo que ver con todo eso?

—Que ese hombre ha herido malamente á don Rodrigo Calderón.

—¿Y á ti qué te importa?

—Luisa, todo lo que soy, lo debo á don Rodrigo.

—Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles.

—Nada hay imposible cuando se ama.

—Don Rodrigo no puede pedirte tanto.

—Debo á don Rodrigo el no haber dado en la horca.

—¡En la horca tú! ¿y por qué?

—Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo...

—¿Y qué te cargaron?

—¡Bah! ¡poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida mía.

—¿Y eso es verdad?—dijo estremeciéndose Luisa.

—Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa aun cuando él no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un día amaneció muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tenía manchas en el rostro...

—¿Y eso era verdad?

—Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que dieron con los dos, con ella y conmigo, en la cárcel.

—¡Dios mío!

—Ella murió.

—¿La ajusticiaron?

—Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir.

—¡Dios mío! ¿Y á ti no te atormentaron?

—Sí, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les había hablado don Rodrigo, y aun más que hablado, y lo del tormento quedó en ceremonia. Dos meses después estuve libre y salvo y declarada mi inocencia, y para satisfacerme, de capitán que era de la guardia encarnada, hízome su majestad, por los buenos oficios del duque de Lerma, á quien don Rodrigo había dicho mucho bien mío, sargento mayor de la guardia española: mira, pues, si estoy obligado á servir á don Rodrigo.

—¡Juan! ¡Juan! ¡por Dios! no me obligues á lo que yo no quiero hacer.

—¿Pero á ti qué te importa? Toda la culpa caerá sobre tu marido.

—¡Y si le ahorcaran inocente!... ¡no y no!

—Pues bien, no me volverás á ver.

—No, tampoco.

—¿En qué quedamos, pues? ¿no te digo que estoy haciendo falta en Nápoles?

—Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano—dijo rápidamente Quevedo al oído del bufón.

—Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo—dijo el bufón.

Una ráfaga de viento arrastró las palabras de Quevedo y del tío Manolillo.

Habíase distraído Quevedo, y cuando volvió á mirar, vió que don Juan de Guzmán mostraba á Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual arrojó una mirada medrosa Luisa.

—No, no—repitió la joven—. ¡Qué horror!

—Pues bien—dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible sangre fría—, no hablemos más de eso. Adiós.

Y se dirigió á la puerta.

—No, no—dijo Luisa arrojándose á su cuello—, lo pensaré.

—Pues bien, piénsalo y... si te resuelves, pon por fuera de la ventana un pañuelo encarnado.

—Bien, sí, ¿pero te vas?

—Es preciso, preciso de todo punto; no puedo detenerme ni un momento. No sabes, no sabes lo que sucede.

—¡Oh, Dios mío! ¡y sabe Dios cuándo podremos volvernos á ver!

—Cuando volvamos á vernos será para no separarnos. Pero adiós, adiós, que estoy haciendo falta en otra parte.

-¿Dónde hará falta este pícaro?—dijo Quevedo.

Oyóse entonce un beso dentro de la habitación. Cuando miró Quevedo de nuevo por los agujeros, ni Luisa ni don Juan de Guzmán estaban en la estancia.

—Nada tenemos que hacer ya aquí—dijo el tío Manolillo. Yo lo sospechaba, pero no había creído que se diesen tanta prisa. ¿Y no haber muerto ese infame de don Rodrigo? ¿tenía acaso las manos de lana el bastardo de Osuna? Pues no, cuando su padre daba un golpe no le daba en vano.

—Desengañáos, desengañáos, hermano Manolillo—dijo Quevedo—: hay hombres que tienen siete vidas como los gatos.

Y volvióse bruscamente hacia el almenar, y poniendo en él las manos, exclamó con ronca voz entre las tinieblas:

—¡Ah! ¡infame alcázar, cueva de la tiranía, almacén de pecados, arca de inmundicias, maldígate Dios, maldígate como yo te maldigo!

—¡Oh!, sí, maldiga Dios estos alcázares de la soberbia, donde sólo se respira un aire de infamia—exclamó el bufón.

—Un día soplará viento de venganza, y estos alcázares serán barridos como las hojas secas—murmuró con acento profético Quevedo—. Pero hasta entonces, ¡cuánto crimen, cuánta sangre, cuántas lágrimas!

—Habéis visto lo alto del alcázar, hermano don Francisco, y voy á llevaros á que veáis lo bajo. Seguidme.

—En buen hora sea, vamos á sorprender al alcázar en otra hora mala.

—Llegamos á los desvanes; bajad la cabeza, hay cinco escalones.

Poco después añadió el bufón:

—Abrid la linterna. Voy á llevaros á la cámara de la reina.

—Vamos, hermano, vamos, y que Dios nos tome en cuenta esta aventura gatuna, y el no haberla dado buena de esa infame adúltera y de ese rufián asesino.

—No hubiera sido prudente matar á don Juan de Guzmán; hubiera sido romper una de las cien manos de que se valen los traidores, y nada más; les sobrarían medios de llevar á cabo sus proyectos, de modo que acaso no podríamos conocerlos y estar á punto para destruirlos. Confiad en mí, que ni duermo ni reposo, que estoy siempre alerta, y que como decís muy bien, soy el mochuelo del alcázar, y que contando con vos, don Francisco, nada temo. Don Rodrigo se nos escapa; pero juro á Dios, que como el diablo no le ayude...

—Diablo y aun diablos debe tener al lado, cuando esta noche no ha dado con él al traste el bravo Juan Montiño. Pero dejad, dejad, yo tengo una espada tal y tan maestra que ella sola se va á donde conviene y no toca á un hombre que no le mate. Pero si no me engaño, estamos en el negro boquerón que vos encontrásteis tapiado cuando buscábais á vuestro gato.

—Y providencia de Dios fué que se me ocurriera destapiarle, porque yo me dije: detrás de ese tabique debe haber algo, algo que yo no conozco, y eso que me son familiares todos los escondrijos del alcázar: como que he nacido en él, y en él he pasado los cincuenta años de mi vida. Destapé y hallé con alegría lo que nadie conoce más que yo, y lo que vos vais á conocer. Entremos.

Dirigiéronse al negro boquerón, y Quevedo se encontró en lo alto de unas polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas cabía por él una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en el grueso muro.

Empezaron á descender.

Quevedo contaba los escalones.

A los ochenta, el bufón tomó por una estrecha abertura abovedada.

La escalera continuaba.

—Por aquí—dijo el bufón.

Y siguió por el pasadizo.

A los cien pasos abrió una puerta, y siguió por el mismo pasadizo, que se ensanchaba algo más.

A los pocos pasos se detuvo junto á una puerta situada á la izquierda.

—Mirad—dijo á Quevedo—: esta puerta secreta corresponde al dormitorio de su majestad.

—¡Ah!, ¿y para qué os detenéis? ¿qué vamos á hacer en el dormitorio de la reina?

—Mirad, mirad, y veréis algo que os asombrará.

—¿Y cómo miro? ¿creéis acaso que yo tengo la virtud de ver á través de las paredes, como al través del vidrio de mis antiparras?

—Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeños. Helos aquí.

—¡Ah! ¡famosa catalineta real!—dijo Quevedo arrimando sus espejuelos á las dos pequeñas perforaciones que le había mostrado el bufón.

—¡Jesucristo!—exclamó Quevedo en voz muy baja—: ¿sera verdad lo que me habéis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la reina, más allá de ella, á quien da la luz de la lámpara sobre el bello semblante dormido, hay un bulto. Y en un sillón junto al lecho, vestidos de hombre.

—Y un rosario de perlas.

—¡Ah! ¡es el rey!

—¿Pues quién otro pudiera ser, ahí, en ese dormitorio y en ese lecho?

—¡Maravilla! ¡milagro! ¡y la reina parece feliz y satisfecha, sonríe á sus sueños!

—Guárdela Dios á la infeliz—dijo el bufón—; pero sigamos.

—Duerman en paz sus majestades—dijo Quevedo siguiendo al bufón.

Este se detuvo un poco más allá.

—Aquí hay otra puerta—dijo—, y en ella otros dos agujeros. Mirad.

—¡Ah!—dijo Quevedo mirando—, ¡ah corazón mío! ¡guarda, guarda y no latas tan fuerte, que te pueden oír!

—¿Qué veis, que murmuráis, don Francisco?

—Veo á la condesa de Lemos que vela... y que llora.

—¡Ah! ¿y no se os abre el corazón?

—Abriera yo mejor esta puerta.

—No quedará por eso si queréis; pero luego: seguidme y veréis más.

—¿Y qué más veré?

—Habéis visto á la hija llorando; y es muy posible que veáis al padre rabiando.

—¿Y qué hace en el alcázar su excelencia?

—Ha venido á ver al rey y no le ha encontrado en su cámara: le han dicho que el rey está en la cámara de la reina, y si se le ha puesto saber hasta qué hora están juntos sus majestades, se habrá quedado sin duda en la cámara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan.

—Para no ser oídos, lo mejor es ser callados.

—Aquí—dijo con acento imperceptible el bufón, señalando otra puerta y en ella otros dos agujeros.

El bufón no se había engañado: el duque de Lerma velaba en la cámara real; pero no estaba solo.

En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de introducir en la cámara á un hombre vestido de negro á la usanza de los alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes narices, expresión redomada y astuta, y parecía tener un doble miedo por el lugar en que había entrado, y por la persona ante quien se encontraba.

—¿Tú eres Agustín de Avila, alguacil de casa y corte?— dijo el duque.

—Humildísimo siervo de vuecencia—dijo el corchete mientras Quevedo apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del preguntado.

—¿Has visto á don Rodrigo Calderón que está herido en mi casa?

—Sí, señor.

—Te habrá dado instrucciones.

—Y las he cumplido, señor; sé quién es el delincuente, ó por mejor decir, los delincuentes.

—Yo debí de haber matado á Francisco de Juara—pensó Quevedo—; á veces la caridad es tonta, estúpida. Acúsome de necio: encerrado me doy.

El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla.

—He aquí las diligencias de la averiguación de ese delito, excelentísimo señor—dijo el corchete.

—Diligencias que habréis hecho vos solo, sin intervención de otra persona alguna.

—Sí, señor.

—Leed.

—«Yo, Agustín de Avila...»

—Adelante.

«...llamado por su señoría el señor conde de la Oliva...»

—Adelante, adelante.

«...encontré á su señoría herido malamente...»

—Al asunto.

«...Preguntado Francisco de Juara, lacayo del señor conde de La Oliva dónde había estado esta noche desde su principio y con qué personas había hablado, dijo: que al principio de la noche, su señor le mandó seguir á un embozado; que habiéndole seguido, el embozado se entró en el zaguán de las casas que en esta corte tiene el excelentísimo señor duque de...»

—Adelante.

«...Que los porteros no dejaron entrar al embozado, que se sentó en el poyo del zaguán. Que el declarante se puso á esperarle; que á poco entró en el zaguán don Francisco de Quevedo y Villegas...»

—¡Ah!—dijo el duque.

—¡Pecador de mí!—murmuró Quevedo.

«...Que el embozado á quien el declarante vigilaba, habló con don Francisco, y que amparado por éste, dejáronle subir los porteros; que el que declara, se quedó esperando; que bien pasadas dos horas, el mismo embozado que había entrado en casa del señor duque, salió acompañado del señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, y que entrambos rodearon la manzana, y se detuvieron junto al postigo de la casa de su excelencia, donde estuvieron hablando algún espacio, después de lo cual, el cocinero mayor partióse, y el embozado se quedó escondido en un zaguán frente al postigo de la citada casa de su excelencia. Que el declarante se quedó observándole á lo lejos. Que algún rato después se abrió el postigo de la casa del duque y salió un hombre sobre el cual se arrojó á cuchilladas el embozado que estaba escondido; que á poco las cuchilladas cesaron y el embozado y el otro se dieron las manos, hablaron al parecer como dos grandes amigos, y se escondieron en el zaguán. Que transcurrida bien una hora, se abrió otra vez el postigo y salió un hombre, en quien el declarante conoció, á pesar de lo obscuro de la noche, por el andar, á su señor don Rodrigo Calderón; que apenas don Rodrigo había andado algunos pasos cuando fué acometido, y que queriendo ir el declarante á socorrerle, como era de su obligación, se encontró con el otro hombre, que le esperaba daga y espada en mano, y en quien á poco tiempo conoció á don Francisco de Quevedo. Que siendo el don Francisco, como es notorio, muy diestro, y muy bravo, y muy valiente, y viendo el declarante que no podía socorrer á su señor, tomó el partido de ir á buscar una ronda, y huyó dando voces. Que á las pocas calles encontró un alcalde rondando, y que por de prisa que llegaron al lugar de la riña, encontraron á los delincuentes huidos y al señor don Rodrigo mal herido y desmayado y abierta la ropilla como si hubiese sido robado, rodeado de los criados del señor duque de Lerma, que habían acudido con antorchas; que trasladaron al señor don Rodrigo á la casa del señor duque, y puesto en un lecho y llamado un cirujano, el alcalde tomó declaración indagatoria bajo juramento apostólico al declarante; y á los criados del duque.» Esta, excelentísimo señor, es la declaración de Francisco de Juara tomada por mí, y á cuyo pie el declarante ha puesto una cruz por no saber firmar.

El duque de Lerma se levantó y se puso á pasear hosco y contrariado á lo largo de la cámara.

—¿Y no hay más que eso?—dijo después de algunos segundos de silencio.

—Sigue la diligencia de haber buscado al cocinero mayor del rey y de no haberle encontrado.

—¿Pues dónde está Montiño?

—Según declaración de su mujer, Luisa de Robles, ha partido á Navalcarnero, á donde decía haber ido su esposo á causa de estar muriendo un hermano suyo. Preguntada además si sabía que acompañase alguien á su marido, contestó que no: pero que podrían saberlo los de las caballerizas, porque siempre que Montiño hace un viaje, lo hace sobre cabalgaduras de su majestad. Luisa Robles puso una cruz por no saber firmar al pie de su declaración.

—Iríais á las caballerizas.

—Ciertamente, señor, y tomando indagaciones, supe que el señor Montiño había partido solo con un mozo de espuela. Y como sabía las señas del embozado, esto es, sombrero gris, capa parda y botas de gamuza, supe que aquel hombre había llegado aquella tarde en un cuartago viejo que me enseñaron en las caballerizas, donde le había mandado cuidar el señor conde de Olivares, caballerizo mayor del rey.

—¡Cómo! ¿conoce don Gaspar de Guzmán al que ha dado de estocadas á don Rodrigo?—dijo Lerma hablando más bien consigo mismo que con el alguacil.

—No; no, señor; pero el incógnito había tenido una disputa con un palafranero á propósito de su viejo caballo, había querido zurrarle, sobrevinieron el señor conde de Olivares y el señor duque de Uceda, y el desconocido se descargó diciendo que era sobrino del cocinero mayor de su majestad.

—¡Sobrino de Montiño!...—exclamó el duque—. ¿Y no habéis afirmado más la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor?

—Sí; sí, señor; como el reo había ido á las cocinas en busca del que llamaba su tío, fuí á las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontré á un galopín que se llama Cosme Aldaba. Díjome que, en efecto, á principios de la noche había estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su tío, y que le habían encaminado á casa de vuecencia, donde se encontraba el cocinero mayor.

—¿Volveríais á mi casa?

—Volví.

—¿Preguntaríais á la servidumbre?

—Pregunté.

—¿Y qué averiguásteis?

—Aquí está la declaración de un paje de vuecencia llamado Gonzalo Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mandó servir de cenar en la misma casa de vuecencia á un su sobrino, á quien llamó Juan Montiño.

—¿De modo que ese Juan Montiño y don Francisco de Quevedo y Villegas son amigos?—dijo el duque.

El alguacil se calló.

—Dadme esas diligencias—dijo el duque.

Entrególas el alguacil.

—Idos, y que á persona viviente reveléis lo que habéis averiguado.

—Descuidad, señor—dijo el corchete, y salió de la cámara andando para atrás para no volver la espalda al duque.

Cogió éste y examinó minuciosamente los papeles que le había dejado el alguacil, y después los guardó en su ropilla y llamó.

—¿Ha venido el señor Gil del Páramo?—dijo á un maestresala que se presentó á su llamamiento.

—En la antecámara espera, señor—dijo el maestresala.

—Hacedle entrar.

Entró un hombre de semblante agrio y ceñudo, vestido con el traje de los alcaldes de casa y corte, y se inclinó profundamente ante el duque.

—¿Sois vos el que rondaba cuando encontrásteis herido al señor conde de la Oliva?

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Traéis con vos las diligencias que habéis practicado?

—Sí, excelentísimo señor.

—Dádmelas.

—Tomad, excelentísimo señor.

—Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabéis y no procedáis en justicia.

—Muy bien, excelentísimo señor.

—Podéis retiraros.

—Guárdeos Dios, excelentísimo señor. El alcalde salió.

El duque se sentó en un sillón y quedó profundamente pensativo.

—¿Te alegras ó te pesa de lo acontecido?—dijo Quevedo, procurando ver al través de la inmóvil expresión de aquel semblante—. Allá veremos. En cuanto á mí, no me escondo. No por cierto. ¿Cómo he tener yo miedo de un hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufón, ¿queréis guiarme á la puerta de la cámara donde está la condesa de Lemos?

—Que no os haga doña Catalina hacer una locura; yo que vos me escondía.

—Pues ved ahí, yo voy ahora más que nunca á darme á luz. Pero guiad, hermano, guiad.

El bufón desandó lo andado, llegó frente á una puerta y dijo:

—Aquí es.

—Esperad, esperad y no habléis; reconozcamos antes el campo. En palacio es necesario andar con pies de plomo.

—Paréceme que hablan en la cámara.

—Pues escuchemos.

Quevedo observó.

Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doña Catalina.

—¿Conque es decir que la señora camarera mayor—dijo la de Lemos—se ha puesto tan enferma que se ha retirado?

—Y os suplica que la reemplacéis, noble y hermosa condesa.

—Muy bien; retiráos.

—¿De todo punto?

—De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las damas, las meninas y las dueñas se retiren también.

—¿Y se va vuecencia á quedar sola?

—Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera.

—Muy bien, señora; Dios dé buenas noches á vuecencia.

—Gracias.

El gentilhombre salió.

Quevedo oyó cerrar las puertas.

La condesa se destrenzó los cabellos, se abrió el justillo, llegó á la luz, la apagó, y luego oyó Quevedo como el crujir de un sillón al sentarse una persona.

Quevedo cerró su linterna y dijo al bufón:

—Abrid y hasta otro día.

—Pero, hermano don Francisco, ¿os vais á encerrar sin escape en la cueva del león?

—La condesa de Lemos cuidará de darme salida.

—Dios quede con vos, hermano.

—Hermano, Él os acompañe.

Crujió levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelantó sobre la alfombra.

La puerta volvió á cerrarse sin ruido.

Pero la condesa no dormía y percibió los pasos de Quevedo.

—¿Quién va?—dijo á media voz levantándose.

—No gritéis, por Dios, señora de mis ojos—dijo Quevedo—, que el amor me trae.

—Os trae Dios—contestó doña Catalina—, porque tenemos mucho que hablar.

—Pues hablemos.

—Pero no á obscuras.

Quevedo abrió su linterna.

—Gracias, mi buen caballero—dijo la de Lemos—; ahora sentáos y escuchadme.

—Siéntome y escucho.

—Oíd.

Doña Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron á hablar en voz baja.

CAPÍTULO XVI

EL CONFESOR DEL REY

El capitán Vadillo llevó á Juan Montiño al postigo de la Campanilla, que abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompañó hasta el convento de Atocha.

Por el camino fueron hablando de la mala noche que hacía, de lo obscuras que estaban las calles y de las guerras de Flandes.

Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tiró de la cuerda de la campana de la portería.

Pasó algún tiempo antes de que de adentro diesen señales de vida.

Al fin se abrió el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz soñolienta dijo:

—¿Qué queréis á estas horas?

—Decid al confesor del rey—dijo Vadillo—que un hidalgo que viene en este momento de palacio, le trae una carta de su majestad.

El capitán no sabía si aquella majestad era el rey ó la reina.

—¡Una carta de su majestad...!—dijo con gran respeto el portero—; pero es el caso, que su paternidad estará durmiendo.

—Despertadle—dijo Vadillo—, y entre tanto, como hace muy mala noche, abrid.

—Voy, voy á abrirles, hermanos—dijo el portero, retirándose del ventanillo y dejando notar á poco su vuelta por el ruido de sus llaves.

Abrióse la portería.

—Esperen aquí ó en el claustro, como me mejor quisieren—dijo—; yo voy á avisar á fray Luis de Aliaga.

Montiño y Vadillo se pusieron á pasear á lo largo de la portería.

—¿Sabéis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?—dijo el capitán, por decir algo.

—Sí, sí, ciertamente; en este claustro se pueden correr caballos—contestó Montiño.

—Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por esas lámparas á medio morir.

—La falta de costumbre.

—Indudablemente. Los benditos padres no se encontrarían muy bien en un campo de batalla, como yo me encuentro aquí muy mal; corre un viento que afeita, y se hace sentir aquí mucho más que en el campo. Esas crujías... con vuestra licencia, mejor estaríamos en el aposento del portero.

—¿Quién es el hidalgo portador de la carta de su majestad?—dijo el frailuco desde la subida de las escaleras—; adelante, hermano, y sígame.

—Entráos, entráos vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego.

—Hasta luego.

Y Juan Montiño tiró hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero recorrió el claustro alto hasta el fondo de una obscura crujía, donde el lego abrió una puerta.

—Nuestro padre—dijo el lego—, aquí está el hidalgo que viene de palacio.

—Adelante—dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora.

Montiño entró.

El lego se alejó después de haber cerrado cuidadosamente la puerta.

Encontróse Montiño en una celda extensa, esterada, modestamente amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego moderado de una chimenea.

En las paredes había numerosas imágenes de santos pintados al óleo y guarnecidos por marcos negros.

En frente de la puerta de entrada había dos puertas como de balcones, y entre estas dos puertas la chimenea; á la derecha otra puerta cubierta por una cortina blanca lisa; á la izquierda dos enormes estantes cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamaño natural pintado en un enorme lienzo y con marco también negro; á los pies del Cristo un sillón de baqueta, sentado en el sillón un religioso, apoyados los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se veía un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un velón de cobre de cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos.

El religioso era un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de semblante pálido, grandes ojos negros, nariz aguileña y afilada, y bigote y pera negrísimos.

Su espeso cerquillo era castaño obscuro, y las demás partes de su cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas.

Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montiño, y su mano derecha tenía suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un trabajo importante á la llegada de un extraño.

La primera impresión que Juan Montiño sintió á la vista del religioso, fué la de un profundo respeto. Había algo de grande en el reposo, en la palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso.

Y al mismo tiempo el joven se sintió arrastrado por una simpatía misteriosa hacia el fraile.

Adelantó sin encogimiento, saludó, y dijo con respeto:

—¿Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey?

—Yo soy, caballero—dijo el fraile bajando levemente la cabeza.

—Traigo para vos una carta de su majestad.

—¿De qué majestad?

—De su majestad la reina.

Y entregó la carta al padre Aliaga.

—Sentáos, caballero—dijo el fraile.

Montiño se sentó.

Entre tanto el padre Aliaga abrió sin impaciencia la carta, y á despecho de Juan Montiño, que había esperado deducir algo del contenido de aquella carta por la expresión del semblante del religioso, aquel semblante conservó durante la lectura su aspecto inalterable, grave, reposado, dulce, indiferente.

Sólo una vez durante la lectura levantó la vista de la carta y la fijó un momento en el joven.

Cuando hubo concluído de leer la carta, la dobló y la dejó sobre la mesa.

—Su majestad la reina, nuestra señora—dijo el padre Aliaga reposadamente á Juan Montiño—, al honrarme escribiéndome de su puño y letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la habéis hecho un eminente servicio.

—He cumplido únicamente con mi deber.

—Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por sus reyes.

—Sí, señor, padre—replicó Montiño—, todo menos el honor.

—Rey que pide á su vasallo el sacrificio de su honra ó de su conciencia es tirano, y no debe servirse á la tiranía.

—Decís bien, padre.

—¿Sois nuevo en la corte?

—Sí, señor.

—¿Os llamáis Juan Montiño?

—Sí, señor..

—¿Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey?

—Soy su sobrino, hijo de su hermano.

—¿Qué servicio habéis prestado á su majestad?—dijo de repente el padre Aliaga.

—Lo ignoro, padre.

—Pero...

—Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardaré silencio.

—¿Qué edad tenéis?

—Veinticuatro años.

Quedóse un momento pensativo el padre Aliaga.

—Habéis matado ó herido á don Rodrigo Calderón.

—Han sido cuentas mías.

—Algo más que asuntos vuestros han sido. Os pregunto á nombre de su majestad la reina. ¿Conoce vuestro tío el secreto?

—¿Qué secreto?

—El de vuestras estocadas con don Rodrigo.

—Mi tío está fuera de Madrid.

Guardó otra vez silencio el padre Aliaga.

—¿Cuándo habéis llegado á Madrid?

—He venido á asuntos propios.

—¿Guardaréis con todos la misma reserva que conmigo?

—¡Padre!

—Ved lo que hacéis; la vanidad es tentadora; hoy podéis ser hidalgo reservado, ser leal, de buena fe... mañana acaso...

—Ningún secreto tengo que reservar.

—Cómo, ¿no es un secreto el haber venido á mí en altas horas de la noche, á mí, confesor del rey, á quien todo el mundo conoce como enemigo de los que hoy á nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una carta de la reina? ¿cómo ha venido esa carta á vuestras manos?

—Si lo sabéis, ¿por qué me lo preguntáis? si no lo sabéis, ¿por qué pretendéis que yo haga traición á la honrada memoria de mi padre, á mi propia honra? Me han enviado con esa carta; la he traído; no me han autorizado para que hable, y callo.

—Seríais buen soldado... sobre todo para guardar una consigna; en esta carta me encargan que procure se os dé un entretenimiento honroso para que podáis sustentaros. ¿Qué queréis ser? sobre todo veamos: ¿en qué habéis invertido vuestros primeros años?

—En estudiar.

—¿Y qué habéis estudiado?

—Letras humanas, cronología, dialéctica, derecho civil y canónico y sagrada teología.

—¡Ah!—dijo fray Luis—¿y cuál de las dos carreras queréis seguir, la civil ó la eclesiástica?

—Ninguna de las dos.

—¡Cómo! ¿Entonces para qué habéis estudiado?

—Por estudiar.

—Y bien, ¿qué queréis ser?

—Soldado.

—¡Soldado!

—Sí; sí, señor, soldado de la guardia española, junto á la persona del rey.

—He aquí, he aquí lo que son en general los españoles: quieren ser aquello para que no sirven.

—Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprendía estocadas.

—Es verdad, me había olvidado; el que mata ó hiere á don Rodrigo Calderón... y bien; se hará lo posible porque seáis muy pronto capitán de la guardia española, al servicio inmediato de su majestad.

—Es que no quiero tanto.

—Es que no puede darse menos á un hombre como vos; contáos casi seguramente por capitán, y para que pueda enviaros la real cédula, dejadme noticia de vuestra posada.

—No sé todavía cual ésta sea.

—¡Ah! pues entonces, volved por acá dentro de tres días. Para que podáis verme á cualquier hora, decid cuando vengáis que os envía el rey.

—Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento—dijo Montiño levantándose.

—Esperad, esperad; tengo que deciros aún: guardad un profundo secreto acerca de todo lo que habéis sabido y hecho esta noche.

—Ya me lo había propuesto yo.

—No os ocultéis por temor á los resultados de vuestra aventura con don Rodrigo.

—Aún no sé lo que es miedo.

—Y preparáos á mayores aventuras.

—Venga lo que quisiere.

—Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo.

—Gracias, padre—dijo Montiño tomando la mano que el padre Aliaga le tendía y besándosela.

—¡Que Dios os bendiga!—dijo el padre Aliaga.

Y aquellas fueron las únicas palabras en que Montiño notó algo de conmoción en el acento del fraile.

Saludó y se dirigió á la puerta.

—Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitáis guía.

Y el padre Aliaga se levantó, abrió la puerta de la celda y llamó.

—¡Hermano Pedro!

Abrióse una puerta en el pasillo y salió un lego con una luz.

—Guíe á la portería á este caballero—dijo el padre Aliaga al lego.

Juan Montiño saludó de nuevo al confesor del rey y se alejó.

El padre Aliaga cerró la puerta y adelantó en su celda, pensativo y murmurando:

—Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro.

Pero en vez de volverse á su silla, se encaminó al balcón de la derecha y le abrió.

—Venid, venid, amigo mío, y calentáos—dijo—; la noche está cruda, y habréis pasado un mal rato.

—¡Burr!—hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un ancho sombrero, que había salido del balcón—; hace una noche de mil y más diablos.

El padre Aliaga cerró el balcón, acercó un sillón á la chimenea, y dijo á aquel hombre:

—Sentáos, sentáos, señor Alonso, y recobráos; afortunadamente el visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y hubiérais pasado un mal rato.

—Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si alguien viniera de improviso... tenéis una celda tan reducida... os tratáis con tanta humildad... pueden sorprendernos.

—El hermano Pedro está alerta; ya habéis visto que no ha podido veros el portero, á pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca.

—¿Y quién ha venido á visitaros á estas horas?—preguntó el señor Alonso.

La providencia de Dios, en la forma de un joven.

—¡Ah! ¡Diablo! ¿Nos ha sacado ese joven ó nos saca de alguno de nuestros atolladeros?

—Como que ha herido ó muerto á don Rodrigo Calderón...

—Mirad lo que decís, amigo mío; cuenta no soñéis.

—¿Qué es soñar? he aquí la prueba.

Y el padre Aliaga fué á la mesa en busca de la carta de la reina...

Entre tanto aprovechemos la ocasión, y describamos al nuevo personaje que hemos presentado en escena, que se había desenvuelto de la capa y despojado de su ancho sombrero.

Llamábase Alonso del Camino.

Era un hombre sobre poco más ó menos de la misma edad que el padre Aliaga, pero tenía el semblante más franco, menos impenetrable, más rudo.

Había en él algo de primitivo.

Era no menos que montero de Espinosa del rey.

A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y de grandes ojos negros, se comprendía en aquellos ojos que era astuto, perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vestía una especie de coleto verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba á la cintura un largo puñal, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana, zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba ó sobretodo, ancho, con honores de capa.

En la situación en que le presentamos á nuestros lectores, mientras extendía hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la carta de la reina.

—Acercáos, acercáos y oíd, porque esta carta debe leerse en voz muy baja, no sea que las paredes tengan oídos.

Estiróse preliminarmente el señor Alonso del Camino, se levantó, se acercó á la mesa, se apoyó en ella y miró con el aspecto de la mayor atención al confesor del rey, que leyó lo siguiente:

«Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la presente á un hidalgo que se llama Juan Martínez Montiño. Este joven nos ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que sólo puede recompensar Dios, á ruego de quien le ha recibido.»

—¿Pero qué servicio tal y tan grande es ese?—dijo Alonso del Camino.

—Creo que jamás os corregiréis de vuestra impaciencia. Escuchad.

Y fray Luis siguió leyendo:

«Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doña Clara Soldevilla, aquellos papeles, aquellos terribles papeles.»

—¿Y qué papeles son esos?

—A más de impaciente, curioso; son... unos papeles.

—¿Y no puedo yo saber?...

—No: oíd, y por Dios no me interrumpáis.

—Oigo y prometo no interrumpiros.

«A más ha herido ó muerto, para apoderarse de esos papeles, á don Rodrigo Calderón.»

—Pues cuento por mi amigo á ese hidalgo, por eso sólo—exclamó, olvidándose de su promesa Camino.

El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, siguió leyendo sin hacer ninguna nueva observación:

«Pero ignoramos cómo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles estaban en poder de don Rodrigo Calderón, como no sea por su tío el cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con vuestra gran prudencia veáis si podemos fiarnos de ese joven, y después para que os encarguéis de su recompensa. A él, por ciertos asuntos de amores, según hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos conviene también, ya deba fiarse ó desconfiarse de él, tenerle á la vista. Haced como pudiéreis que se le dé una provisión de capitán de la guardia española al servicio del rey en palacio, y si no pudiéreis procurársela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiéremos lo que costare. No somos más largos porque el tiempo urge. Haced lo que os hemos encargado, y bendecidnos.—La Reina.»

—¿Cuánto costará una provisión de capitán de la guardia española?—dijo fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina á la luz del velón.

—Cabalmente está vacante la tercera compañía. Pero, ¡bah! ¡hay tantos pretendientes!

—¡Cuánto! ¡cuánto!

—Lo menos, lo menos quinientos ducados.

Tomó el padre Aliaga un papel y escribió en él lo siguiente:

—«Señor Pedro Caballero: Por la presente pagaréis ochocientos ducados al señor Alonso del Camino, los que quedan á mi cargo.—Fray Luis de Aliaga.»

Y dió la libranza á Camino.

—He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aquí dice ochocientos.

—¿Olvidáis que el nuevo capitán necesitará caballo y armas y preseas?—añadió el fraile.

—¡Ah! en todo estáis.

—¿Podemos tener la provisión del rey dentro de tres días?

—Sí, sí por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en untándole plata vuela.

—No os olvidéis de comprarla para poder venderla.

—¡Ah! ¿Y por qué?

—¿No conocéis que tratándose de estos negocios puede el duque conocer á ese joven?

—Bien, muy bien; se comprará la provisión á nombre de cualquiera, como merced para que la venda, y éste tal la venderá en el mismo día á ese hidalgo. Creo que éste sea un asunto concluído.

—Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los varía.

—No importa, no importa; no luchamos sólo contra don Rodrigo Calderón.

—Os engañáis; el alma de Lerma es Calderón. Puesto Calderón fuera de combate, cae Lerma.

—Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los demás que se agitan en palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos, por el contrario, apretar, aprovechando la ocasión de encontrarse Lerma desprovisto de uno de sus más fuertes auxiliares. Debemos insistir en apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma sostiene en desdoro del rey y en daño del reino con la Liga. Debemos probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no sólo con descuido, sino con traición...

—Esperad... esperad un poco... ese es un medio extremo; el rey es muy débil...

—Demasiado, por desgracia.

—El rey nuestro señor, que no ve más allá de las paredes de palacio...

—¡Pero si en palacio tiene los escándalos! ¿no le tiene Lerma hecho su esclavo, cercado por los suyos? ¿puede moverse su majestad, sin que el duque sepa cuántas baldosas de su cámara ha pisado? ¿No le separa de la reina? ¿No aleja de la corte á las personas que pueden hacerle sombra? ¿Vos mismo no estáis amenazado?

—Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de Lerma nada puede hacer por sí solo; no tiene de grande más que lo soberbio...

—Y lo ladrón...

—Su soberbia, que le impele á competir con el rey, le hace arrostrar gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentación y el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentación. Pero en medio de todo, el duque de Lerma es débil; se asusta de una sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos ó de personas que le inspiran poco temor. Un día estaba yo en mi obscuro convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abrió la puerta de mi celda, y entró el superior; traía un papel en la mano, y en su rostro había no sé qué de particular, una alegría marcada. Venía á darme una noticia que á otro hubiera llenado de alegría y que á mí me aterró.

—¿Y qué noticia era esa?

—Apenas subido al trono el rey nuestro señor, me había nombrado su confesor; el papel que traía el superior en la mano, era una carta en que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resistí...

—¡Que resistísteis! ¡bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa.

—Yo no soy ambicioso; un día, una familia honrada me encontró llorando sobre el cadáver de mi madre; mi padre había muerto poco antes; tuvieron piedad del pobre huérfano, y me llevaron á su casa. Yo he crecido en el dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me miraban como hijo suyo... partían su pan conmigo... Yo oraba á Dios por el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis padres de adopción; murieron también el uno tras el otro; mis hermanas adoptivas se habían casado; mis hermanos habían ido por el mundo á buscar fortuna; quedé otra vez solo; pero con el corazón completamente lleno por el dolor, por el dolor completo que ningún lugar ha dejado por herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro amor que emana de la mujer.

—¡Ah! ¡habéis amado, fray Luis!

—¿Y qué hombre no ha amado?—exclamó profundamente el confesor del rey—. Y yo he amado como han amado muy pocos hombres, como más daño hace el amor; callándole, dominándole, encerrándole dentro del alma, sin esperanzas, sin deseos, con una ansiedad desconocida, infinita, insufrible, con el vacío del alma que necesita llenarse y no puede ser llenado.

—¿Tan alta era la mujer de quien os enamorásteis?

—Ni me enamoré, ni era alta la mujer á quien mi pensamiento consagró mi amor. Era tan pobre y tan humilde como yo... ¡Margarita!

Fray Luis inclinó la cabeza sobre una de sus manos, y repitió con voz opaca y concentrada:

—¡Margarita!

Entre la entonación con que había pronunciado el padre Aliaga la primera vez aquel nombre de mujer, y la entonación con que le había pronunciado la segunda, había la misma diferencia que puede existir entre un recuerdo dulce y tranquilo y una aspiración desesperada.

Cuando el confesor del rey levantó la cabeza de su mano, Alonso del Camino, que le contemplaba con una atención y una curiosidad intensas, vió relucir por un momento un fuego sombrío en el fondo de los ojos del fraile.

Pero aquello pasó; dilatáronse los músculos del semblante del fraile, un momento contraídos, se dulcificó la expresión de su boca, que durante un momento había reflejado una amargura infinita, y su mirada se heló; dejó de ser la mirada mundana de un hombre combatido por fuertes pasiones, para convertirse en la mirada reposada, tranquila de un religioso ascético.

—Margarita—continuó con la entonación propia de un relato sencillo—era una de mis hermanas adoptivas: cuando yo entré en su casa para partir con ella el pan de su familia, para vivir como un nuevo hijo bajo el techo común, Margarita tenía cuatro años; era rubia, blanca, pálida, con los ojos azules, y la sonrisa benévola, sonrisa en que se exhalaba un alma de ángel. Margarita creció, creció en hermosura y en pureza, creció á mi lado; yo la enseñé á leer, yo la expliqué los misterios de la religión, que el párroco nos explicaba en la iglesia... Margarita creció en años y en hermosura, y se hizo mujer. Yo seguía tratándola como hermana; la amaba con toda mi alma, pero creyendo amarla con un amor de hermano. Un día conocí que la amaba de otro modo, y la revelación de mi amor fué para mí una prueba dolorosa, infinita, cruel. Un día llegó á la casa un soldado con una cédula de aposento; fué aposentado, y vivió con nosotros algunos días: Margarita cambió; se puso triste, esquivaba mi compañía, y no sólo mi compañía, sino la de todo el mundo... Yo no sabía á qué atribuir aquella tristeza; la preguntaba y me respondía sonriendo:

—No estoy triste.

Su sonrisa desmentía sus palabras.

Una noche, estaba yo desvelado pensando en la tristeza de Margarita, pensando cómo haría para volverla á su tranquilo estado anterior. Nuestros hermanos dormían. De improviso y en medio del silencio de la noche oí unas leves pisadas... las reconocí: eran las de Margarita que pasó por delante de la puerta de nuestro aposento; yo me levanté y la seguí descalzo. Margarita marchaba delante de mí como un fantasma blanco. No sé por qué no la llamé. Había dentro de mí un poder desconocido que me impedía hablar. Margarita bajó al corral, le atravesó... Llegó al postigo, sonó una llave en la cerradura. Entonces grité:

—¡Margarita! ¿á dónde vas?

Pero la puerta se había abierto, un hombre había aparecido en ella, y había asido á Margarita, sacándola fuera.

Oí entonces un ruido que hizo arder mi sangre, que anegó mi alma en un mar de amargura.

El ruido de un beso, de un doble beso, y luego el llanto de Margarita, triste, apenado, como el de quien se separa de seres á quienes ama.

Yo me precipité al postigo. No sé á qué. Pero un sueño de sangre había cruzado por mi pensamiento.

Yo veía á un hombre que se llevaba á Margarita, y necesitaba matar á aquel hombre.

Era muy joven y la amaba; la amaba como... como á ella sola, porque... no he vuelto á amar.

Cuando llegué al postigo, aquel hombre, á quien reconocí á la luz de la luna y que era el mismo soldado que durante algunos días había estado de aposento en nuestra casa, había puesto á Margarita sobre el arzón de su caballo, había montado y había partido.

Y entre el sordo galope del caballo, oí la voz de dolor de Margarita, que me gritaba:

—¡Adiós! ¡Luis! ¡adiós! ¡hermano mío! ¡ruega á mi padre que no me maldiga! ¡pide á mi madre que me dé su bendición!...

Y Margarita seguía hablándome, pero el caballo se había alejado, y el sonido seco, retumbante, de su carrera, envolvía las palabras de Margarita.

Al fin el ruido del galope se perdió á lo lejos, y sólo quedaron la noche, el silencio y mi desesperación.

No sé cuánto tiempo estuve en el postigo, inmóvil con el rostro vuelto á la parte por donde había desaparecido Margarita, con el llanto agolpado á los ojos y sin derramar una sola lágrima.

Al fin, volví en mí: medité... y cerré el postigo con la misma llave con que le había abierto Margarita, que había quedado puesta en la cerradura; atravesé lentamente el huerto, entré en la casa y puse la llave del postigo en la espetera de la cocina, de donde sin duda la había tomado Margarita.

Y todo esto lo hice estremecido, procurando, como un ladrón, que no me sintiesen.

Y volví en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis hermanos, y me recogí silenciosamente.

Todos dormían.

Ninguno me había sentido entrar, como ninguno había sentido salir á Margarita.

Sufrí... ¡oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; sólo recuerdo que sufrí mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de mí mismo mi sufrimiento; le ahogué para que nadie me preguntase, para que nadie supiese por una debilidad mía el secreto de Margarita, que sólo sabíamos la noche y yo... y Dios que lo ve todo.

Al día siguiente...

Figuráos, señor Alonso, una madre que busca á su hija, y no la encuentra; un padre que no se atreve á pensar en su hija para maldecirla, ni puede pensar en su desaparición sin suponerlo todo... suponedme á mí ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de los demás protegió al mío... yo callé... callé... porque su padre no la maldijese, y su padre no la maldijo.

Poco tiempo después, su padre murió... luego su madre, después de cuatro años de viudez: sus hermanas se habían casado, sus hermanos se habían alejado del pueblo... me habían propuesto que los siguiese... pero yo tenía otros proyectos.

—¡Buscar á Margarita!—dijo Alonso del Camino.

—No—dijo con acento severo el padre Aliaga—; buscar á Dios.

¿Os hicísteis entonces fraile?

—Sí. Os he referido esa sencilla historia, para que sepáis cuáles fueron los motivos que determinaron mi vocación, y cuáles las desgracias que labraron en mí esta fuerza para los sufrimientos, este desdén con que miro las grandezas humanas. Huérfano desde mis primeros años, malogrado mi primer amor, sin que nadie lo hubiera comprendido, ni aun yo mismo hasta que le vi malogrado, pasando seis años de rudas fatigas para obtener mi alimento; combatiendo durante estos seis años de la ausencia de Margarita, mis celos... sí, mis celos... mi amor sin esperanza... mi ansiedad por la ignorada suerte de Margarita... fuí un fruto lentamente madurado para la vida triste y silenciosa del claustro; en el fondo de mi corazón vacío sólo había quedado el nombre de Dios... y tendí mis brazos á Dios... le ofrecí mi vida...

—¿Y no volvísteis á ver á Margarita?

—¡Oh! ¡basta! ¡basta!... os he referido lo antecedente para que comprendáis que mi nombramiento de confesor del rey me causó pena; yo estaba acostumbrado á una vida obscura y silenciosa en el fondo de mi celda; á la contemplación de las cosas divinas, que levantaba mi espíritu de las miserias humanas dándole la paz de los cielos; yo no podía ver sin dolor, que se pretendía arrojarme á un mundo nuevo para mí, y más peligroso cuanto más grande, cuanto más elevado era ese mundo; yo no podía pensar sin estremecerme, en que se me quería confiar la conciencia de un rey, hacerme partícipe de su inmensa responsabilidad ante Dios... y me negué.

—¡Os negásteis!

—Sí por cierto; pero de nada me sirvió mi negativa. Una nueva orden del rey me mandó presentarme en la corte, y me fué preciso obedecer.

—Pero no comprendo cómo, aislado, obscurecido...

—Cabalmente se quería un fraile obscuro, de pocos alcances, devoto, que estuviese en armonía con la pequeñez, con la devoción exagerada del rey. Don Baltasar de Zúñiga me había conocido por casualidad, había hablado de mí á su sobrino el conde de Olivares y éste al duque de Lerma. Creyóse que en toda la cristiandad no había un fraile más á propósito que yo para dirigir la conciencia del rey, y se me trajo, como quien dice, preso á la corte.

Cuando llegué me espanté.

Vi, á la primera ojeada, que se me había traído para ser cómplice de un crimen.

Del crimen de la suplantación de un rey.

Engañado por mi aspecto el duque de Lerma, creyó habérselas con un frailuco, que por casualidad pertenecía á la orden de Predicadores... creyó que yo sería en sus manos un instrumento ciego... hoy acaso le pesa... hoy tal vez piensa en desasirse de mí á cualquier precio... pero esto importa poco... ellos no habían comprendido cuánta firmeza ha dado el sufrimiento á mi alma; ellos no creían que había en mí tal fuerza de voluntad; al conocerme... porque la debilidad del rey me ha descubierto ante ellos... han probado todos los medios: la ambición... los honores... me han encontrado humilde siempre: han venido á mí con una mitra en la mano, y yo la he rechazado; me han enviado á mi celda ricos dones, y los dones se han ido por donde habían venido: han tentado con todas las tentaciones al frailuco, y el frailuco las ha resistido como San Antonio resistió las del diablo en el yermo. ¿Y sabéis por qué, cansado de esta lucha sorda, no he ido á buscar la obscuridad de mi antigua celda? Porque he contraído el deber de guardar, de proteger una vida preciosa. La vida de la reina.

—¡La vida de la reina!

—Pero don Rodrigo Calderón, está herido ó muerto... sí herido, ganaremos tiempo... si muerto, nos hemos salvado.

—Pero creéis...

—Don Rodrigo es capaz de todo...

—¡Regicida!

—¿Pues no dicen que ha dado hechizos al rey?—replicó el confesor del rey.

—Os he oído decir mil veces que eso de los hechizos es una superstición.

—Lo he dicho y lo repito; pero no he dicho nunca que don Rodrigo Calderón, á pesar de su buen, su demasiado ingenio, no sea supersticioso. Quien se ha atrevido á dar al rey cosas que han alterado su salud, será capaz de envenenar á la reina.

—¡Pero si don Rodrigo Calderón no pasa de ser el humilde secretario del duque de Lerma!...

—Don Rodrigo lo es todo. Sólo tiene un rival... rival que con el tiempo le matará, si don Rodrigo no le mata antes á él.

—¿Y quién es ese rival?

—Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, caballerizo mayor del rey y sobrino de don Baltasar de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe.

—¡Bah! ¡bah! creo que daremos con todos al traste; con los medios que tenemos...

—Podremos, si nos anticipamos, dar un golpe; pero aunque lo demos, siempre quedará un mal en pie.

—¿Y qué mal es ese?

—El rey.

—¡Ah!

—Sí, su debilidad: la facilidad con que se plega al dictamen del más audaz que tiene al lado; á falta de Lerma, y de Calderón, y de Olivares, vendrán otros, y otros, y otros.

—Que no serán malos como ellos.

—¿Quién sabe? pero vengamos á lo que conviene. Suspendamos por ahora nuestros trabajos...

—¡Ahora que nos dan un respiro, Dios ó el diablo!

—No seáis impío, señor Alonso; no sucede nada que no proceda de Dios. Por ahora, dejémoslos á ellos solos. Lerma sin don Rodrigo Calderón es hombre al agua. Uceda y Olivares le atacarán. Lerma, entregado á sí mismo, cometerá de seguro algún grave desacierto: dejadlos, dejadlos hacer. Informáos de lo que hay de seguro acerca de don Rodrigo Calderón. No olvidéis de comprar la compañía para ese mancebo, y con lo que hubiere venid á verme mañana. Conque, que Dios os dé muy buenas noches.

Y el padre Aliaga se levantó y abrió un balcón.

Aquella era la puerta por donde debía salir Alonso del Camino, y por la que salió descolgándose por el balcón á la huerta del convento.

Apenas había cerrado el balcón el padre Aliaga, cuando se abrió la puerta de la celda, y apareció la cabeza del hermano Pedro.

—Un gentilhombre que viene de palacio—dijo—, quiere hablar con vuestra paternidad.

—¡Un gentilhombre del rey!—dijo el padre Aliaga con sorpresa—; que entre, que entre al momento.

Poco después un joven gentilhombre saludaba al padre Aliaga y le decía entregándole un grueso pliego:

—Del rey.

—¿Y esto es urgente?—dijo el padre Aliaga.

—Urgentísimo.

—¿Y os han encargado algo además?

—Sí por cierto: que vuesa merced se venga conmigo á palacio, para lo cual he traído una litera y algunos tudescos—añadió el gentilhombre.

—¡Cómo! ¡que vaya yo ahora mismo á palacio! ¿pues que, está enfermo su majestad?

—No, señor.

—¡Ah! ¿y quién os envía?

—El mayordomo mayor; pero ese pliego dirá á vuestra paternidad, sin duda, lo que yo no le puedo decir.

—Veamos.

El confesor del rey rompió el sobre: dentro venía una carta del duque de Lerma para el padre Aliaga sumamente afectuosa.

«Mi buen amigo—le decía—, vuestras virtudes merecen que se os honre más que con el empleo de confesor del rey; por lo mismo he aconsejado á su majestad que os nombre inquisidor general. Temo que vuestra humildad se resista á aceptar esta alta dignidad; pero cuando meditéis que así conviene al servicio de Dios y del rey, estoy seguro que consentiréis; para asegurarme de ello, y porque urge, seguid al portador á palacio, donde os espera, vuestro amigo—, El duque de Lerma.»

—¡Inquisidor general!—murmuró el padre Aliaga—; pues bien, acepto: no supieron lo que hacían cuando me nombraron confesor del rey, y no saben ahora lo que hacen nombrándome inquisidor general. ¡Oh! ¡Margarita! ¡Margarita!

Coloreáronse febrilmente las mejillas del fraile, que tomó su manto, se caló la capucha y salió de la celda, siguiendo al gentilhombre.

—Esperad, esperad un momento—dijo pasando junto á una puerta de un corredor.

El gentilhombre esperó.

El padre Aliaga entró en aquella celda.

En ella velaba un religioso.

—Amigo Benítez—le dijo el padre Aliaga: salgo del convento de orden del rey, y acaso no vuelva tan pronto.

—¿Cómo? ¿os prenden?—dijo el padre Benítez, que era un religioso anciano.

—No por cierto; pero me hacen inquisidor general.

—¡Inquisidor general! No sé si debo alegrarme ó entristecerme.

—Allá veremos. Entre tanto, y mientras yo estoy fuera del convento, quedáos á la mira.

—Descuidad.

—En vos confío.

—Id, id con Dios y nada temáis.

Salió de nuevo el padre Aliaga, atravesó el claustro seguido del gentilhombre, salió del convento, entró en una litera, y aquella litera rodeada de soldados, tomó el camino de palacio.

CAPÍTULO XVII

EN QUE EMPIEZA EL SEGUNDO ACTO DE NUESTRO DRAMA

Francisco Martínez Montiño, esto es, el cocinero de su majestad, nuestro protagonista, en una palabra, había vuelto de Navalcarnero al anochecer del día siguiente á la noche en que había ido á recibir un secreto de la boca de su hermano moribundo.

Montiño se había traído consigo un cofre fuertemente cerrado y sellado, sobre cuya cerradura había un papel.

El receloso cocinero había tenido buen cuidado de envolver aquel cofre en un lienzo para que nadie pudiese reparar en sus señas particulares; le había hecho subir á su alto aposento del alcázar, y sin decir á su mujer y á su hija más palabras que las necesarias para darlas los buenos días, se había encerrado con el cofre en el aposento cerrado y polvoroso que ya conocemos, y en el cual tenía secuestrada, apartada de la vista de todo extraño, el arca de sus talegos.

Una vez allí Montiño, después de haber descubierto con respeto el cofre que había traído de Navalcarnero, le estuvo contemplando en éxtasis.

No cesaba de leer y releer lo siguiente, que aparecía escrito en el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura del cofre:

«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño, recibió cerrado y sellado, como se encuentra, este cofre.» Seguía la fecha y el signo.

—¿Y qué habrá aquí? ¿qué habrá aquí?—decía el cocinero levantando con trabajo pesado el cofre—. ¿Dinero? no, no, más bien alhajas. El señor duque de Osuna es muy rico, muy poderoso, y tratándose de un hijo suyo... ¿quién había de pensar que aquel muchacho que se me presentaba bajo un traje tan humilde, como el humilde nombre de sobrino mío, había de ser no menos que un Girón, aunque bastardo...? ...¿y pensar que yo, por ignorancia, he estado á punto de malquistarme con él?...

Y Montiño seguía abismándose en su pensamiento y contemplando el cofre, y probando su peso, y queriendo deducir por él el valor de su contenido.

El cocinero mayor sufría el tormento de los avaros.

Pero era necesario salir de su reservado aposento.

Puso cuidadosamente el cofre en un rincón, lo cubrió con un tapiz viejo, y no contento aún, con una estera, y se dió al fin completamente á luz á su mujer y á su hija.

Después se presentó, como de costumbre, en la cocina, y dió sus órdenes para la vianda del día.

Después, y libre ya por algunas horas, tomó su capa y su espada y se fué á Santo Domingo el Real, y oyó misa, y procuró oírla, porque el cocinero mayor no tenía pensamiento más que para el cofre y para el sobrino postizo.

Apenas hubo concluído la misa, cuando tomó á buen paso el camino de la calle de Amaniel.

En aquella calle, en una casa chata y vieja, vivía la señora María Suárez, honrada esposa del escudero Melchor Argote, y honrada amiga del prendero Gabriel Cornejo.

Cuando Montiño llegó, encontró á la señora María fregoteando, como la mujer más hacendosa del mundo, en la cocina.

—Buenos días, buenos días, señora—dijo el cocinero—; ¿y cómo va por acá?

—¡Ah! ¿sois vos, señor Francisco?—dijo la vieja.

Pero describámosla.

Era una mujer como de sesenta años, ó por mejor decir, una pelota con pies, cabeza y brazos: morena, encendida y basta, con la nariz gruesa, los labios gruesos, los ojos pequeños y colorados, el izquierdo bizco, y los escasos cabellos, rubios entrecanos. Vestía un hábito de jerga corto, sobre los hombros un pañuelo de lana azul, y por bajo del vestido que tenía levantado, como acostumbran las mujeres durante ciertas haciendas caseras, se veían dos piernas rechonchas con medias azules, y dos pies redondos y abotargados, metidos dentro de dos zapatos gruesos y de un color indefinible.

El ojo bizco de esta mujer era su único, pero completo rasgo fisonómico-característico; era un verdadero ojo de demonio que lucía como un ascua medio apagada, y que en continua movilidad dejaba ver sucesivamente todas las expresiones de los siete pecados capitales.

Esto en ciertas situaciones especiales, que cuando aquel ojo dormía cubierto por una expresión hipócrita, la señora María tenía el aspecto de la mujer mejor del mundo.

Pero cuando asomó á la puerta de la cocina el cocinero del rey, en cuanto la señora María le vió, el ojo se puso en movimiento y expresó la cólera más concentrada y más vengantiva que darse puede.

—¡Buena la habéis hecho!—dijo la señora María bajándose de una silla, á la que se había encaramado para fregar una vidriera, y viniendo hacia el cocinero mayor con un estropajo en la mano—: ¡buena la habéis hecho, señor Francisco!

—¿Pero qué he hecho yo?—exclamó asustado el cocinero, porque le constaba que la señora María no hablaba nunca en balde.

—¿Que qué habéis hecho? ¡nada! ¡absolutamente nada!... ¡pero ello dirá!

—Sepamos.

—¿Tenéis un sobrino?

—Sí, señora, tengo un sobrino.

—¿Y os habéis valido de este sobrino?

—¿Para qué?... vamos á ver... ¿para qué me he valido yo de ese sobrino?...

—¡Pues! para malherir á don Rodrigo Calderón.

—¡Ah! ¡diablo!

—Y ¡ya se ve!... os habéis apropiado los tres mil ducados de la reina.

—Yo...

—Sí, señor... y si no, ¿por qué ha dado de estocadas vuestro sobrino á don Rodrigo Calderón?

—Han sido asuntos suyos...

—Pues mirad, tiene muy malos asuntos vuestro sobrino.

—¡Bah! ¡no tan malos como creéis! Pero en fin, ya que habéis hablado de mi sobrino, por él venía, porque supongo que habrá pasado aquí la noche.

—Aquí la ha pasado, quiero decir, aquí ha pasado la madrugada, porque el galopín Aldaba le trajo á las tres.

—¡Ah! ¿conque ha salido á las tres de palacio mi sobrino?

—¡De palacio!

—¿He dicho de palacio?... eso es... ¿habrá estado en mí casa?... sí, cierto...

—En vuestra casa mientras vos habéis estado fuera, no ha estado nadie más que la justicia...

—Sí, sí; ya me ha dicho mi mujer...

—¿Y no os ha dicho vuestra mujer que haya estado nadie más?

—No por cierto.

—Señor Francisco, los hombres viejos no debían casarse... sobre todo con mujeres jóvenes y bonitas.

—Señora María—exclamó todo bilis y enojo Montiño: sois una bribona...

—Bien, muy bien; ahora los insultos.

—¿Queréis vengaros de mí porque os he echado á perder un buen negocio?...

—Yo no me vengo, no os he dicho nada que merezca la pena de que me tratéis así.

—Habéis querido hacerme sospechar de mi esposa.

—¡Jesús María! ¡vea vuestra merced lo que es ser los hombres maliciosos!

—No es necesario ser malicioso.

—¿Pues yo qué os he dicho?

—Pues eso es lo malo, que no habéis dicho nada.

—He dicho que los hombres viejos no debían casarse teniendo hijas jóvenes y bonitas.

—Habéis dicho mujer.

—He dicho hija.

—Y bien, ¿qué tenéis vos que decir de mi hija?...

—¡Hum! ¡nada! ¡pero haberse estado vuestro sobrino hasta las tres en vuestra casa, y no haber parecido cuando le buscaba la justicia!

—Mi hija no conoce á su primo.

—Pero como tal primo es tan hermoso y tan atrevido... replicó la señora María.

—Dejemos esta conversación, señora María, que estáis equivocada de medio á medio; mi sobrino no ha estado en mi casa...

—Pues si ha estado en palacio y no en vuestra casa...

—Ha estado en la casa del rey—dijo una voz á la puerta.

Volvióse todo hosco é incómodo el cocinero y vió al bufón del rey.

El tío Manolillo entró con las manos puestas en las caderas, miró frente á frente al cocinero de su majestad, se le rió en las barbas y se sentó en un taburete de pino.

—Y bien, ¿por qué os reís?—dijo Montiño amostazado, porque hacía mucho tiempo que le causaban ojeriza las bromas del bufón.

—Ríome porque siempre que os veo me da gozo, señor Francisco—dijo el tío Manolillo.

—Es que os estáis gozando conmigo hace muchos días.

—¿Qué queréis? cuando yo veo la felicidad de los demás, me perezco de alegría.

—¿Y qué felicidad veis en mí, amigo bufón?

—¡Bah! ¡vuestra mujer!...

—¡Mi mujer!—exclamó, sintiendo un sacudimiento nervioso el cocinero.

—Ciertamente, vuestra mujer... os ama mucho... mucho... muchísimo... Os ayuda en todo lo que puede.

—¿Sabéis que ya me incomoda el que me habléis tanto de mi mujer?

—Como que estoy enamorado de ella...

—Vos no amáis más que á esa comedianta que os tiene vuelto el juicio...

—Puede ser, porque tratándose del juicio de los hombres, no conozco cosa que tanto se lo vuelva como las mujeres. Pero dejándonos de bromas y ya que hablábamos de vuestro sobrino, ¿cómo ha pasado la noche ese valiente joven, señora María?

—¡Qué! ¿conocéis á mi sobrino, tío Manolillo?

—¡Bah si le conozco! ¿pero no habéis oído, señora María, ó es que tanto os interesa tener limpias las sartenes, ya que no podéis tener limpia la conciencia?

—No sé para qué los reyes han de tener gordos y ensoberbecidos á estos avechuchos—dijo la vieja.

—Pero el sobrino del señor Francisco... os he preguntado por él tres veces y nada me habéis respondido... y sé que ha pasado aquí la noche...

—La madrugada, diréis.

—En buen hora... ¿y duerme todavía?

—El que se acuesta tarde, no se levanta temprano.

—¿Y decís que conocéis á mi sobrino?—dijo el cocinero.

—Ya se ve que le conozco.

—¿Dónde le habéis visto?

—Anoche en palacio.

—¿Pero en dónde?

—Donde no entran todos.

—¿Estáis seguro de lo que decís?

—Vaya si lo estoy.

—¿Y habéis hablado con él?

—No, pero no importa; sé que anda enamorado y en aventuras.

—¿Y le corresponden?

—Tal creo.

—Tenemos que hablar á solas... no os ofendáis, señora María.

—La señora María no se ofende de otra cosa que de no ganar dineros.

—Yo no puedo ofenderme de lo que me da risa.

—¿Y qué os da risa en esto?

—El secreto que gastáis... como si no supiéramos que en palacio es muy fácil tener amores altos.

—Como es muy difícil que vos dejéis de ser una deslenguada.

—Os advierto, hermano bufón, que si mi esposo os oye, que pudiera ser, os cortará una oreja.

—¡Bah! ¡el escuderote! Pero dejando esto... ¿dónde tiene su aposento el señor Juan Montiño?

—Ved que sale en persona—dijo la vieja señalando una puerta que se abría, y tras la cual apareció el joven.

—¡Ah! ¡mi buen sobrino!—exclamó Montiño corriendo hacia él.

—¿Cuánto pensará ganar con su sobrino el cocinero del rey, cuando tan bien le trata?—dijo para si el bufón.

—¿Y mi tío Pedro?—dijo el joven con solicitud.

—¡Tu tío!... ¡tu pobre tío, ha muerto!—contestó apagando su sonrisa y con acento triste Francisco Montiño.

El joven se puso pálido, sus ojos se llenaron de lágrimas, y exclamó bajando tristemente la cabeza:

—¡Cúmplase la voluntad de Dios!

Y luego añadió dominándose:

—¿Y nada os ha dicho para mí?

—Nada; cuando llegué ya había perdido el habla.

—¡Ah! ¡mi buen tío! la carta que me dió para vos era un pretexto para alejarme de sí; para que no lo viese morir.

—No te has engañado, sobrino; no te has engañado... ¿y qué he hecho yo de esa carta? creo que la llevé al pueblo, y que la he dejado olvidada allí. ¿Pero, cómo has pasado la noche?

—Muy bien, tío, muy bien.

—Pues me alegro, me alegro mucho—dijo el tío Manolillo—, porque creo que tenéis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado.

—No os conozco, amigo—dijo Montiño.

—Nada tiene de extraño. Yo soy el bufón del rey; pero si no me conocéis á mí, conocéis mucho á un grande amigo mío.

—¿Qué amigo?

—Don Francisco de Quevedo.

—¡Cómo! ¡don Francisco de Quevedo!—dijo el cocinero mayor—¿y está don Francisco en la corte?

—Y algo más que en la corte dijo el tío Manolillo.

—¡Ah, ah! ¿Y conoces tú á don Francisco de Quevedo, sobrino?—añadió el cocinero.

—Estuvo hace dos años en el lugar; iba huído...

—¡Ah!—dijo Francisco Montiño, recordando el pasaje de la carta de su difunto hermano, en que se refería al conocimiento de Juan con Quevedo—. ¡Ah, sí! ¡Es verdad!

—¿Y qué es verdad?—dijo Juan.

—¿Qué ha de ser verdad, sino que hace dos años anduvo huído por unas estocadas don Francisco?

—Pues amigo mío—dijo el bufón—, don Francisco os espera.

—¿Que me espera? ¿Y dónde? Habíamos quedado en vernos en San Felipe.

—Pero urge, urge. Así, pues, os vendréis conmigo.

—¡Sin almorzar!—dijo el cocinero—. ¡Yo que venía con él para que almorzase!

—Donde yo le llevo almorzará mejor.

—¿Mejor que en mi casa?

—Sí, señor; vuestro sobrino, señor Francisco, almorzará hoy mejor que el rey.

—¡Algunas empanadas de hostería de esas que no se digieren!—exclamó Montiño con desprecio y picado en su calidad de cocinero.

—¡Yo daré de almorzar á vuestro sobrino pechugas de ángeles!

—¡Ah, ah!... ¡vos tenéis á vuestra disposición pechugas de ángeles!... Pero es el caso que yo necesito á mi sobrino, aunque sólo puedo darle pechugas de ánade.

—No son malas, señor Francisco, no son malas; guardadme una para más tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al señor Juan Montiño. Como que le espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy importantes.

—¡Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, tío, necesario será que vaya.

—Iremos todos—dijo el cocinero.

—No puede ser—replicó el bufón—: quedáos en buen hora siguiendo vuestra disputa con la señora María. En cuanto á mí, vuestro sobrino me llevo.

—¿Y dónde para don Francisco?

—En una casa y en una cama.

—Pues quedo enterado—dijo el señor Francisco.

—¡Cómo! ¿Ha pasado algún mal accidente á don Francisco?—dijo con cuidado Montiño.

—Cosa mala nunca muere—dijo desapaciblemente la vieja.

—Por eso no habéis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del cuerpo—dijo el tío Manolillo—; pero vamos, señor Juan, y que no se diga que cuesta más trabajo sacaros de aquí que si se tratase de sacar una monja de un convento.

—No; no ciertamente—dijo el joven—; perdonad, tío, pero cuando don Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en cuanto concluya iré á buscaros á palacio.

—Ve, sobrino, ve—dijo el cocinero—; ya sabes que yo no me meto en tus asuntos; pero mira dónde pones los pies, hijo mío, porque la corte se ha puesto para ti un poco resbaladiza.

—¿Nos veremos en la calle?—dijo el bufón—. Venid, que el tiempo urge, y vos, compadre, dejadnos por Jesús Nazareno, y vamos, y no se hable más, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta después; muchas expresiones al señor Cornejo, señora María, y al señor escudero que se compre un peine fuerte; hasta más ver... ¡Gracias á Dios que estamos en la calle!

Y el tío Manolillo, sin detenerse á escuchar la agria réplica de la señora María, sacó á remolque á Juan.

—¿Conque tan hombre sois?—le dijo el bufón.

—Según—dijo Juan—; no sé por qué me hacéis esa pregunta.

—¡Afortunado y reservadillo! haréis fortuna en la corte, joven.

—Me alegraré.

—¡Ah, ah!—conozco á muy pocos que hayan entrado en palacio con tan buen pie.

Miró profundamente Montiño al tío Manolillo.

—Vuestro amigo don Francisco—dijo el bufón contestando á aquella mirada—me llama el mochuelo del alcázar.

—Os juro que no os entiendo.

—¡Bah! ¿Y cómo os va de vuestros amores?

—¿De mis amores?

—¡Qué! ¿No estáis enamorado?

—¡Yo!

—Mirad que doña Clara Soldevilla es demasiado persona para que se la engañe.

—¡Doña Clara! ¡Oh, doña Clara! ¿La conocéis?

—¡Vaya! ¡Pues medrados estaríamos si el tío Manolillo, el loco del rey, no conociese hasta las arañas del alcázar! Conozco á mi señora doña Clara desde que era así, tamañita.

—¿Y qué se dice de esa dama en el alcázar?

—¿Qué se ha de decir? La llaman la menina de nieve.

—¿Por lo blanca?

—Bien pudieran; pero es por lo fría.

—¡Fría, y tiene dos ojos que abrasan!

—Pues ahí veréis. Nadie ha podido hacer que esos ojos le miren enamorados. ¡Como no seáis vos!...

—¡Yo!

—¿Y qué tendría eso de extraño?

—Os aseguro que...

—Lo creo; doña Clara es dura como una roca.

—Pero yo no pienso...

—¡Vos!... ¡bah!... Vos sois capaz de saltar por esa dama por cima de la torre de Santa Cruz; y si yo fuera otro, lo sería también... y sois vos solo...

—¡Cómo!

—El primero que salta por doña Clara es...

—¿Quién?

—Un personaje muy alto...

—Acabad.

—Don Felipe.

—¿Don Felipe de qué?

—Don Felipe de Austria, mi buen amigo, mi entretenimiento, mi loco.

—¡Ah! ¡El rey!

—No os pongáis pálido, amigo mío, no os pongáis pálido; doña Clara hace tanto caso del rey como de mí.

—¡Pero decís que hay otros!...

—No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doña Clara... á no ser que vos...

—¿Yo?

—Seamos francos; ¿cuánto daríais vos por encontrar una persona que os sirviese de puente para con esa dama? ¿Por dos ojos que viesen más que los vuestros?

—¿Me hacéis una proposición?

—Me intereso por vos.

—¿Y qué clase de interés es el vuestro?

—Yo... os serviré... pero me habéis de pagar.

—Contad con mi bolsillo.

—Os perdono, porque los enamorados están locos... Vos me pagaréis, pero no me pagaréis en dinero... Llegará un día en que yo os diga: os he servido; servidme.

—Os serviré como me hayáis servido á mí.

—No hablemos más; estamos cerca de la casa donde para nuestro amigo don Francisco.

Entraban á la sazón en la calle Ancha de San Bernardo. Al poco trecho, el bufón llegó á una puerta, tiró de un cordel y la puerta se abrio; siguióle Juan Montiño, el bufón cerró la puerta y subió por unas escaleras, seguido del joven, á un hermoso recibimiento, y de allí á una sala ricamente alhajada.

Sobre los sillones había algunos trajes relumbrantes, á todas luces trajes de teatro, y sobre una mesa joyas en desorden y botes de perfumes.

En la sala no había nadie; pero saliendo de una alcoba se escuchaba una voz vibrante y acentuada que al parecer leía, y de tiempo en tiempo una voz juvenil y fresca, incitante voz de mujer, que se reía de la mejor gana del mundo.

El bufón adelantó y levantó una de las cortinas bordadas que cubrían la puerta de la alcoba.

En un magnífico lecho, que por muchas señales demostraba ser un lecho de mujer, y de mujer galante, hundido en los colchones, medio sepultado en las almohadas, revuelta la cabellera, caladas las antiparras, sosteniendo un libro en folio, leía Quevedo.

A los pies del lecho, indolentemente envuelta en una especie de bata de color de rosa con encajes, mal cogidas las anchas trenzas negras, extendidos los pies, que calzaban unos chapines de tafilete blanco, apoyado un brazo en otro brazo del sillón, y sobre la mano uno de esos semblantes en que no se sabe qué admirar más, si la fuerza de la juventud, la fuerza de la hermosura ó la fuerza de la expresión, había una mujer como de veinticuatro años, sonriente, alegre, escuchando con delicia á Quevedo, que leía uno de los mejores capítulos del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Quevedo al leer no se reía; su acento al leer era el de un profundo crítico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por decirlo así, con la inflexión del acento, con la acentuación particular de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por lo serio.

Cervantes, leído por Quevedo, ganaba; el chiste se hacía irresistible; la joven se reía con toda su alma.

Se nos olvidaba decir que la joven tenía en la mano derecha, abandonada sobre la falda, un cuaderno de papel en que se veían escritos versos.

A la cabeza de aquellos versos se leía:

«Doña Estrella en la Estrella de Sevilla».—Dorotea.

Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega.

La que le tenía en la mano, era sin disputa una comedianta.

El papel revela su nombre.

Era Dorotea.

La querida pública del duque de Lerma.

La amante particular de don Rodrigo Calderón.

La mujer que tenía con el tío Manolillo unas relaciones, un punto de contacto que nadie podía calificar.

Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban allí; los dos en representación, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los representados á Cervantes y cautivando en favor de éste la atención de Dorotea en daño del otro representado, de Lope de Vega.

—Yo os daba durmiendo dijo—el tío Manolillo—y á ti estudiando, holgazana—añadió dirigiéndose á la joven.

—Gracias á mi buen Miguel que me he encontrado por ahí, no duermo, ni Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para escucharle. ¡Qué ingenio! se entiende, cuando no se trata del Pérsiles. Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi buen amigo—añadió Quevedo cerrando el libro y dejándolo sobre la cama—, ¿traéis con vos á ese sujeto?

—Tráigole por los cabezones.

—¿Cómo tal? ¿por los cabezones venís cuando yo os llamo, amigo Juan? Entrad, entrad, amigo mío, la dueña de la casa es una moza demasiado valiente para asustarse, porque vos entréis en su alcoba.

—Decís bien, y tanto más, cuanto me habéis curado de espanto apoderándoos de mi lecho; ¿qué pensarían de mí, si las gentes os vieran?

—Que estoy cansado. ¿Pero qué hacéis que no entráis, amigo Juan?

—Entrad, entrad, caballero—dijo Dorotea levantándose—; esta casa es muy vuestra.

Y levantó la otra cortina que el bufón no había levantado.

Al ver á Dorotea Juan Montiño, y al ver á éste Dorotea, sucedió una cosa singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresión. La sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borró; en el semblante de Juan Montiño apareció una expresión de sorpresa, pero no más que de sorpresa.

No esperaba ver una mujer tan hermosa.

Le había dado de repente en los ojos un relámpago de hermosura.

El bufón y Quevedo habían reparado esta circunstancia: la repentina y significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montiño.

—¡Ah!—dijo el bufón.

—¡Oh!—dijo Quevedo.

—Pasad, caballero, pasad—dijo Dorotea ya perfectamente serena.

Juan Montiño entró en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa.

—¿En qué nido le habéis encontrado, amigo Manolillo?—dijo Quevedo.

En el nido de una corneja.

—¿Y dónde tiene esa corneja su nido?

—Es la manceba vieja de un tal Cornejo, galeote huído que anda haciendo milagros en la corte.

—¡Ah! ¡Un ensalmador de condenados, reparador de injurias y falsificador de doncellas! Conozco al tal.

—¡Pero vos conocéis á todo el mundo, don Francisco!—dijo Dorotea.

—Conócenme á mí todos; no es mía la culpa; el que en enredos anda, enrédase.

—Yo creo haber oído hablar de ese Cornejo—dijo Dorotea.

—¿Ha graznado á vuestra oreja? pues mal agüero, hija; si supiera esto su excelencia, juntamente con que yo...

—Vos os tomáis licencia para todo; en cuanto á ese Cornejo, conózcole por haberme hablado de él mis compañeras.

—Señor Juan Montiño—dijo Quevedo con voz campanuda—: necesito hablar con vos á solas.

—Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco—dijo Dorotea.

—Lope de Vega os espera; esta tarde á las dos debéis aparecer estrella; procurad que no os nublen los del patio... debéis, pues, agradecerme que no os distraiga. Paréceme que estaréis aquí mejor que en palacio, tío Manolillo.

—Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertéis.

—Os engañáis, hermano; aún no me duermo, ni llamo al amigo Juan para que me traiga el sueño... heme echado por descansar un poco, pero ya empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. ¿Y vos habéis descansado?—dijo Quevedo dirigiéndose á Montiño, y prescindiendo enteramente del bufón, que salió y se sentó en la sala frente á Dorotea, que se había puesto á estudiar su papel junto á una ventana.

—No he podido dormir, Quevedo—dijo el joven.

—Dichosa edad en que el amor desvela; ¿y no ha tenido parte en vuestro desvelo el lance de anoche?

—¿Cuál de ellos?

Quevedo marcó con el brazo una estocada.

—¡Ah! ¡no!

—Pues sabed que Lerma lo sabe.

—Me importa poco.

—Que os pueden encerrar.

—Me importa menos.

—Que os puede suceder algo que negro sea.

—Sucédame en buena hora.

—No negáis la pinta.

—¿Qué pinta?

—La de vuestro padre.

—Creo que mi padre hubiera tenido en estas circunstancias tan poco cuidado como yo.

—Créelo sin dificultad y me alegro de que os parezcáis á vuestro padre. Sólo por eso os había llamado: estaba cuidadoso por vos. Y decidme, ¿si no habéis dormido, tendrá la culpa doña Clara Soldevilla?

—¡Cómo! ¡pues qué! ¿Sabéis...?

—Yo lo sé todo.

—Tenéis sin duda un diablo familiar.

—Puede ser. ¿Y los amores os han quitado el apetito?

—No por cierto.

—¿No? pues me alegro; ni yo tampoco. ¡Dorotea! ¡amiga Dorotea!

—Decid á vuestra negra que nos dé de almorzar.

Almorzaremos todos juntos—dijo Dorotea.

—Que me place: almorzarán juntos el amor y las musas, una ninfa y un sátiro. ¿Y tenéis buena despensa? supóngolo.

—¡Ah! me cuidan como una reina.

—Créolo; como creo que agradecéis como una reina los cuidados. Perdonad, amigo Juan, si me dejo ver de vos desencuadernado—dijo Quevedo saltando del lecho en paños menores—; hacedme la merced de echar esas cortinas, no se escandalize Dorotea.

—¿Os levantáis?—dijo la comedianta—: me alegro, voy á mandar sahumar la alcoba.

—Pues dudo mucho...

—¿Que?...

—Que haya sahumerio que la quite su olor: si yo no tuviera la cabeza tan fuerte, trastornado saldría y entontecido. Huele aquí...

—A hermosura...

—Bien, lo creo.

—Y de hoy en adelante olerá á ingenio...

—¿Por qué, pues, sahumais?...

—Pudiera pegársele á don Francisco...

—¡Ah! ¡su excelencia! Créolo libre de tal contagio...

—Dios le ayude.

—Ya le ayudáis vos...

—Pues yo creía que le desayudaba...

—Sois un oro...

—¿Os habéis vestido ya?

—Atácome las calzas...

—Voy á preparar el almuerzo.

—¿Quién es esta mujer? dijo Montiño.

—No lo sé—dijo Quevedo encajándose los gregüescos.

—¿Qué, no lo sabéis, y os metéis en su casa como en una posada, y la tratáis con una lisura que mete miedo?

—Tratándose de esta mujer, cuanto más miro menos veo. No se lo digáis á nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la adivino. Hacedla el amor.

—¿Yo?...

—Es hermosa.

—Pero descarada.

—Por las descaradas se conoce á las enmascaradas; un amante ve lo que no ven los demás, y nos conviene ver á esta mujer.

—Enamoradla.

—Ya lo he hecho.

—¿Y no habéis podido leerla?

—No, porque no se ha enamorado de mi.

—¿Y queréis que yo embista con una mujer que os ha rechazado?—replicó Montiño.

—Habéis sorprendido á esta mujer.

—¡Yo!

—Se ha puesto pálida al veros.

—Perdonad, á mí también me sorprendió...

—Mejor: ella ha reparado en vuestra sorpresa y espera.

—Perdonad, pero la sorpresa pasó.

—Créolo: pero os repito que los amores de esta mujer interesan...

—¿A quién?

—A la reina.

—¡Ah!

—Además, no sabe aún lo de don Rodrigo. Procurad que cuando lo sepa le importe poco.

—No comprendo lo que me queréis decir con lo de don Rodrigo...

—La Dorotea cobra del duque de Lerma, y da á don Rodrigo Calderón.

—¡Ah!

—Os aseguro que si en el almuerzo ganáis terreno, cuando le llegue la noticia, que no deberá tardar, la importará poco lo sucedido...

—Pero... un triunfo tan rápido...

—Así se triunfa de estas mujeres... ó á primera vista ó nunca.

—Me repugna...

—Sois mal galán de capa y espada... no servís para una comedia.

—Lo confieso.

—¿No me habéis recibido por maestro?

—Sí.

—Pues obedecedme.

—Bien quisiera, pero tengo el corazón lleno.

—¡Alma de niño! ¡majadero incorregible! doña Clara Soldevilla es el corazón, esta mujer la cabeza.

—¡Ah!

—¿Me habéis comprendido?

—¿Pero tan importante es esta mujer?

—No lo sé, pero pudiera serlo.

—La enamoraré.

—¡Callad! ó más bien... ¿y qué tal, qué tal os fué el último año en Alcalá?

Dorotea acababa de entrar en la sala.

—¡Cómo! ¿este caballero es estudiante?—dijo dejando sobre una mesa dos botellas.

—Y de teología—dijo Quevedo.

—¡Estudiáis para clérigo!—dijo haciendo un mohín de repugnancia la comedianta, á tiempo que salía Montiño de la alcoba.

—Ha ahorcado los hábitos—dijo Quevedo saliendo tras Montiño.

—¡Ah! he ahí una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver á un ahorcado sin tener malos sueños.

—¿Y qué diablos hacéis ahí, hijo Manolillo, doblado y redoblado?—dijo Quevedo.

—¡Ah!—exclamó el bufón, como un hombre que despierta—; pensaba.

Quevedo Quevedo

—¿Y qué pensábais?

—¡Qué sé yo! era uno de esos pensamientos, que piensan en nosotros.

—Metafísico estáis.

—Y que nosotros no pensamos en ellos.

—Continuad.

—Que se vienen... y que se van...

—Una idea eterna...

—Eso es...

—Un combate...

—No, un tirano...

—Téngoos lástima...

—¡Ah!

—El tío Manolillo tiene unas cosas muy singulares—dijo Dorotea.

—¡Me voy!—exclamó el tío Manolillo.

—¿Y no almorzaréis con nosotros?

—El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adiós.

Y el tío Manolillo salió sombrío y cabizbajo; se le oyó bajar violentamente las escaleras y salió.

—No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo—dijo Quevedo.

—Ni yo—exclamó Dorotea.

—¡Y os ama!

—¿Pero cómo me ama?...

—Sabréislo vos.

—Pues no lo sé; pero aquí viene el almuerzo, señores: sentiré trataros mal; vosotros tendréis la culpa; doy lo que tengo.

—¡Y como tenéis un cielo!...

—¡Bah, don Francisco! cuando me requebráis, no sé si debo ofenderme, ó...

—¿Es esta negra vuestra cocinera?

—Sí por cierto...—dijo un tanto resentida Dorotea del cambio de conversación de Quevedo.

—Y bien, carbón viviente, ¿qué nos das de almorzar?

La negra, que traía una mesa ayudada por un lacayuelo, contestó sobre la pregunta de Quevedo:

—Vuesamercedes almozarán salmón fresco, pollas asadas, pastelones negros, pichones ensopados, tortas de dama...

—Basta, basta, y aun diré que sobra, aunque tengo un apetito de gigante encantado.

—Pues sentémonos—dijo Dorotea—; ¿y vos, tenéis también apetito?...

—Está enamorado...

—¡Ah!—dijo con cierto disgusto la Dorotea.

—Enamorado de vos.

—¡De mí!—exclamó riendo la comedianta.

—¡Cosas de Quevedo!—dijo Montiño terriblemente contrariado.

—No, no por cierto... cosas de Dorotea.

—¡Cosas mías!

—Ciertamente, porque vuestras cosas son las que han quitado el apetito de todas las cosas al señor Juan Montiño.

—¡Ah! ¿os llamáis Montiño?

—Es sobrino del cocinero mayor del rey.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡os va á parecer detestable mi almuerzo!

—El rey no almuerza tan bien como vos, ni con tan buen servicio... apuesto á que esta plata ha venido en derechura para vos del Potosí...

—Ved ahí que me importa poco el lugar de donde haya venido.

—Debe importaros mucho más el lugar en donde ha parado.

—Sabe Dios si para.

—Mejor, porque será río si corre.

—Me voy cansando...

—Decís bien, debéis descansar... aunque no sois vieja.

—Trabajo siempre para el público...

—Decís bien... debéis trabajar para menos gente... ya quise que trabajáseis para mi... con el corazón; pero vuestro corazón anduvo reacio.

—Punzáis, don Francisco.

—¿Ortiga me hacéis? desgraciado ando.

—No lo andáis mucho, cuando os veis en la corte.

—Pues mirad: no quisiera ser cortesano.

—Sóislo muy poco... y en prueba de ello cuando no estáis preso...

—Me buscan... decís bien... y ahora me acuerdo... sois mi olvido de todo... ¿y de qué me había olvidado?... figuráos que anoche anduve cómplice en unas estocadas.

—¡Apenas llegado!

—Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante, trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan los dedos... y me urge... y me duele dejar á medio roer este pichón... pero os dejo...

—¿Os vais?—dijo Montiño poniéndose de pie.

—¡Oh! ¡no! vos no tenéis nada que ver con la justicia—dijo Dorotea—: almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal.

—Creo que jamás ha almorzado tan á gusto el señor Montiño, y se quedará, debe quedarse—añadió Quevedo cargando su acentuación de una manera perfectamente inteligible para Montiño.

—Temería abusar...

—¡Oh! ¿qué es abusar?... por el contrario, no sabría á qué atribuir...

—Pues me quedo—dijo Montiño con voz insegura.

—Pues quedáos—exclamó Quevedo—. Os suplico que no os vayáis...

—Pero si tardareis...

—En ninguna parte pudiérais sentir menos la espera. ¡Ah! las diez... conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios.

Y Quevedo salió.

Toda esta escena, á pesar de que había sido un poco picante, había pasado delante de la negra y del lacayuelo.

—Servidnos los postres y marcháos á almorzar—dijo Dorotea apenas salió Quevedo.

Montiño y la comedianta quedaron al fin solos.

—Tenéis un amigo muy regocijado—dijo Dorotea...

—¡Oh! ¡sí!—contestó el joven, que aunque no era novicio, sentía remordimientos por aquella especie de infidelidad que hacía á su dama, y estaba contrariado.

—Si no fuese por su lengua...—añadió Dorotea.

—¡Oh! ¡sí!—respondió Montiño.

—¿Pero no coméis?—dijo la joven, que empezaba á sentirse preocupada.

—Perdonad, señora, pero...

—¿Pero qué?...

Montiño alzó los ojos, y su mirada se encontró con la mirada negra y resplandeciente de la Dorotea.

Por culpa de la situación, aquellas dos miradas fueron terriblemente criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de despecho, porque había conocido todo el valor aparente de su mirada.

Lo mismo y por la misma razón aconteció á Montiño.

—Vamos, esto es una tontería—dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo que no podía cubrirse.—Quevedo tiene la culpa.

—Yo creo, señora, que nadie tiene la culpa de nada.

—Bebed—dijo la joven llenando una copa de vino.

—Bebed primero vos...

—La Dorotea llenó su copa.

—No: bebed en ésta, ó bebamos la mitad de la nuestra cada uno; cambiamos.

—¿Sabéis lo que estáis haciendo?—dijo con seriedad la Dorotea.

—¿Os ofende?

—Me estáis enamorando.

—¿Y hago mal suponiendo que eso sea?

—Eso lo sabréis vos.

—¡Cómo! ¿que yo sabré si hago mal en enamoraros?

—Sí, porque vos sabréis con cuánta lealtad, con cuánta razón podéis enamorar á una mujer á quien hace media hora que conocéis.

—La soledad tiene la culpa...

—Llamaré compañía...

—No; más bien si os desagrada mi atrevimiento, me iré yo.

—Don Francisco vendrá á buscaros...

—Pues no encuentro medio...

—Sí; dejar esta conversación.

—Dejémosla.

—Hablemos de otra cosa.

Pero ninguno de los dos habló.

Bebieron en silencio sus copas.

Pasaron algún tiempo callando.

Dorotea miró involuntariamente á Montiño.

En aquel momento Montiño miró á la comedianta.

Esta doble mirada fué más elocuente, más intensa que la anterior.

Dorotea y Montiño se turbaron mucho más.

Pero por aquella vez, Dorotea no se irritó.

Por el contrario, soltó una alegre carcajada, y dijo:

—¿Quién diablos os ha traído aquí?

Y llenó la copa, bebió la mitad, y ofreció la copa á Montiño.

Montiño la tomó y buscó el sitio donde había puesto sus labios la joven.

—Habladme con franqueza—dijo la Dorotea—; ¿qué habéis visto en mí...?

Y se detuvo.

—He visto en vos, señora... ¡la verdad es que no he visto nada fuera de vuestra hermosura, que es divina!

—Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no hablemos más de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os apreciaré... os apreció ya, no sé por qué... sobre todo, no me gusta una guerra fatigosa, un galanteo que á nada conduciría, porque es una locura.

—Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad á vuestro amor.

-¡Mi amor! ¿sabéis si yo he amado alguna vez? ¿sabéis si puedo amar?

—Todos hemos nacido...

—He aquí una cosa indudable.

—Para amar...

—Eso no es tan claro.

—Si no habéis amado, amaréis.

—¿Habéis amado vos?

—Sí, y mucho—dijo Montiño suspirando por doña Clara de Soldevilla.

-¿Y amáis...?

—¡Si amo! ¡si amo! ¡con toda mi alma!—exclamó el joven refiriéndose siempre á doña Clara.

La Dorotea, sin darse á sí misma la razón, se inmutó profundamente y dejó ver claro su disgusto en su semblante.

Acaso aquello era amor propio.

Acaso una sensación involuntaria.

Montiño notó aquella conmoción, la tradujo por amor propio á su favor, y acordándose de que Quevedo le había dicho:—Importa á la reina acaso, el que volváis loca á esa mujer—y comprendiendo que el servir á la reina, el sacrificarse por ella, era la mejor seducción que podía emplear para con doña Clara, se decidió á tomar á la comedianta por instrumento, y á destruir el mal efecto que le habían causado sus últimas palabras.

—Sí—repitió con acento apasionado—, amo á una diosa humana, con toda mi alma, con todo mi corazón... y esa divinidad... ¡sois vos!

—¡Yo! ¡imposible!

—Recordad que me turbé al veros.

—Eso nada prueba.

—Prueba que me habéis matado.

—Pero... caballero...—dijo pálida y grave la Dorotea—, creo que me tomáis por entretenimiento.

—¿Me ofendéis...?

—Porque temo ser ofendida.

—¿Qué encontráis de extraño...?

—No sé... porque, como, lo repito, no he amado nunca, no sé si es posible que se ame así como vos decís, tan pronto.

—¿Cuánto tiempo tarda en arder la leña seca?

—¡Ah!

—El tiempo que tarda en acercarse á ella el fuego.

—Pero la llama dura poco...

—Pero cuando acaba ha consumido la leña.

—¿Y vos sois... leña seca...? yo os creía leña verde.

—Os engañáis. En las universidades se empieza á vivir muy pronto, y se vive muy de prisa.

—¡Ah! ¡los estudiantes! ¡dicen que los estudiantes son muy embusteros!

—No sé qué puedan diferenciarse en esto de los otros hombres.

—Tenéis razón; pero tienen también una fama tal los estudiantes...

—Injusticias, envidias... además, si fuí estudiante, ya no lo soy.

—¿Pues qué sois ahora?

—Pretendiente.

—¿Y qué pretendéis?

—Una compañía.

—¿Compañía de qué?...

—¿De qué ha de ser?...

—Hay muchas compañías... la de Jesús, las de comediantes, las de los mercaderes...

—La que yo quiero es una compañía de soldados.

—¿Y habéis hablado á alguien?

—La tengo casi ciertamente...

—¡Ah! ¡es verdad! ¡sois sobrino del cocinero de su majestad!

—¿Y creéis que mi tío puede?...

—Si Francisco Martínez Montiño se empeña, seréis... no digo yo capitán... sino cuartel-maestre, general... vuestro tío, además de tener muchos doblones, tiene mucho influjo.

—Me alegro de saberlo—dijo para sí el joven.

—Capitán—dijo la Dorotea...—¿y os iréis á Italia ó á Flandes?...

—Me quedaré en Madrid; á más de capitán, quiero serlo de la guardia española.

—Lo seréis, porque á más de vuestro tío os ayudaré yo.

—¡Vos!

—Sí, yo... ¿pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo quiero?

—Temería abusar de vos.

—¡Bah! yo debo agradeceros el que me hayáis mirado tan bien.

—Mejor os agradecería el que no me miráseis mal.

—¿Y por qué? no tengo motivo... os aprecio...

—Más quiero...

—¿Más que apreciaros?

—¡Amadme!

—Echad un memorial á Cupido...

—Vos sois Venus, y le mandáis.

—Ya sabéis que Cupido es un bribonzuelo, que no respeta ni aun á su madre.

—Casi creo que tenéis razón.

—¿Por qué?...

—Porque creo que el rapazuelo me ayuda.

—Son muy presumidos estos estudiantes...

—Capitán, señora, capitán.

—Pues peor; la gente de guerra cree que las mujeres se toman como las murallas, al asalto... mudemos de conversación...

—Mudemos...

—¿Hace mucho tiempo que habéis venido á Madrid?—dijo la Dorotea, procurando mostrarse completamente olvidada de la conversación anterior.

—Vine ayer.

—¡Ayer!

—Sí, señora, ayer por la tarde.

—¿Y no habéis estado otra vez en Madrid?

—Nunca, señora.

—Es decir...

-¿Qué?...

—No recuerdo lo que os iba á decir.

—¿Queréis que os diga una cosa?...

—Decidla.

—Creo que tenéis más memoria cuando habláis de amor.

—¿Volvemos?

—¡Ah, señora! no recuerdo haber visto en mi vida unos ojos que de tal modo me acaricien el alma.

—¡Cómo! ¡pues qué!... ¡mis ojos!...

—Me están diciendo...

—Mienten... mienten mis ojos... vamos... será necesario que nos separemos.

—¿Sabéis que es muy dichoso don Rodrigo Calderón?

La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdén á un tiempo.

—No me nombréis ese hombre—dijo.

—¡Bah! ¿pues no le amáis?

La Dorotea fijó una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada á un tiempo en Juan Montiño; extendió hacia él un magnífico y mórbido brazo, y estrechando una mano del joven, le dijo:

—Os suplico que me dejéis sola; yo os disculparé con don Francisco.

—¡Qué! ¿tanto os enoja que yo continúe á vuestro lado?

—No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, ¿no lo véis? estoy avergonzada.

—¡Avergonzada! ¿y por qué?

—¡Porque soy una mujer perdida!—dijo la Dorotea—, y se cubrió el rostro con las manos.

—¿Pero quién ha dicho eso?—replicó Montiño acercándose á ella y apartándole suavemente las manos de sobre el rostro.

—Lo digo yo.

—Pues decís mal, señora; yo os creo una mujer virgen.

—¡Ah, explicadme... explicadme eso!

—La explicación es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo decíais, vos misma habéis confesado que no habéis amado nunca.

—¿Y lo creéis?

—Lo creo.

—¿Y no teméis engañaros?

—No.

—¿Pero qué razones, qué pruebas tenéis?...

—Voy á hablaros con el alma, sin embozar mis palabras: cuando yo os vi, me mirásteis como miran las cortesanas...

—¡Ah!

—Pero apenas me vísteis, bajásteis los ojos como una niña que recibe la primera revelación de amor en la mirada de un hombre; os pusisteis seria y grave.

—¡Ah, ah! ¿y creéis—dijo con acento ardiente Dorotea—, creéis que os habéis entrado en mi alma en el momento en que os he visto?

A aquella pregunta de Dorotea, pregunta hecha con sinceridad, con candor, con anhelo, Montiño sintió una especie de vértigo. Dorotea se había transfigurado; su alma, un alma entusiasta, enamorada, noble, se exhalaba de su mirada, de la expresión de su semblante, de su boca trémula, de su acento cobarde, ardiente, opaco.

Pero Montiño estaba prevenido; el involuntario poder de fascinación de la comedianta, luchaba con el amor intenso, voluntarioso, tenaz, que Montiño sentía por doña Clara, y el joven vaciló un momento, pero se rehizo y se mantuvo firme, como un buen justador después de un tremendo bote de lanza recibido en el escudo.

—Yo no me atrevería á decir—contestó Montiño—si yo me he entrado en vuestra alma ó no, señora; pero os puedo asegurar que vos os habéis entrado en la mía.

—Pero esto es una locura—dijo la Dorotea como quien pretende despertar de un sueño—; una locura á que no debemos dar vuelo: vamos, esto no puede ser.

—¿Que no puede ser? ¿y por qué? ¿tanto amáis á don Rodrigo? ¿tanto os importa Lerma?

—Mirad—dijo Dorotea inclinándose hacia Montiño y fijando en él sus grandes ojos—; el duque me importa lo mismo que esto—y tomó un pedazo de pan y le desmigajó de una manera nerviosa—. Cuando tenía hambre... deseé brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acepté con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque.

—¡No le necesitáis ya!

—No necesito alhajas ni brocados.

—¿Los tenéis?

—Jamás se tienen, porque hoy se lleva uno y mañana otro. No es eso...

—¿Pues qué es?...

—Dejadme hablar; me habéis nombrado á don Rodrigo... don Rodrigo me da hastío, como eso.

Y señaló una copa que estaba llena de vino.

—Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversación de amores en que sin saber cómo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni por don Rodrigo, sino por vos.

—¿Por mí?...

—He dicho mal; he debido decir por mi suerte.

—Explicáos, porque no os entiendo bien.

—Yo no puedo ya amar.

—El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen.

—¡Oh! no me digáis eso... porque sería muy desdichada... dejemos, dejemos más bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida; ¿queréis que os cante la canción que he estudiado para esta tarde? seréis el primero que la oiga... lo que no es poco favor—añadió sonriéndose—; así nos distraeremos los dos... vaya... ¡si esto parece una brujería!

Y Dorotea se levantó, tomó un arquilaúd que estaba sobre un sillón, se sentó junto á la ventana, templó el instrumento, preludió con maestría algunos instantes, y luego cantó con una voz fresquísima y de un timbre admirable, la siguiente seguidilla:

Como el amor es ciego
por tener ojos,
en los tuyos se esconde
dulces y hermosos:
y al esconderse,
el traidor con tus ojos
me da la muerte.

—Cantáis... no sé cómo deciros...—exclamó Montiño—como un ruiseñor es poco, y como un ángel... lo ha dicho todo el mundo.

—¡Gracias! ¿Creéis que gustaré esta tarde?

—Si los del patio sienten lo que yo he sentido...

-¡Ah!

—Habéis cantado como el amor... y esos ojos que cantáis, son vuestros ojos.

—¿Sabéis que tarda demasiado don Francisco?

—Mejor; de ese modo no estorba.

—Haréis que me enoje... Sois muy poco generoso.

—¡Señora!

—¿Pero no comprendéis que os estoy pidiendo treguas?

—Pues bien, señora mía; yo sólo puedo concederos una cosa.

—¡Ah, ya me dictáis condiciones!

—¡No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicéis el alma.

—¿Teméis?

—Caer del cielo.

—¡Pero, señor, esto es terrible! Es la primera vez que me sucede... No me conozco...

—Porque me amáis, ¿no es verdad, y no comprendéis que se pueda amar tan pronto?

—Yo creo que tenéis más experiencia que yo.

—Os engañáis; no he amado hasta ahora, pero por lo que siento, no extraño que vos améis lo mismo que yo.

—Pero, ¿qué deseáis de mí?

—¿Qué deseo? Vuestro cuerpo y vuestra alma; vuestro recuerdo continuo... Quiero ser para vos el aire que respiréis.

—¡Me estáis engañando!

—¡Yo!

—¡Os ha traído don Francisco!...

—No creí yo que alguna vez fuese para mí una desgracia mi amistad con Quevedo.

—¡Ah! Quevedo es tal que no sólo no puede confiarse en él, sino que tampoco de una persona con quien él haya hablado tan sólo dos veces.

Montiño estuvo á punto de decir á la comedianta que Quevedo tampoco se fiaba de ella.

Pero se contuvo á tiempo, y siguió aquel papel de enamorado que no le era difícil representar, porque además de ser hermosa Dorotea, estaba embellecida por una sobreexcitación profunda, dominada por el no sé qué misterioso que emanaba para ella de Juan Montiño.

Podía decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se llama cuarto de hora de la mujer, por el joven, dominada por él.

Montiño tenía fijas en la memoria las palabras de Quevedo: «De estas mujeres se triunfa á primera vista ó nunca». Y aquellas otras: «Interesa á la reina que enamoréis á esta mujer».

Juan Montiño desempeñaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba locamente enamorado de doña Clara, la comedianta tenía para él, en la situación en que se encontraba, un encanto irresistible.

Montiño la veía luchar con una fascinación amorosa.

La veía sufrir.

Los ojos de Dorotea se bajaban y volvían á levantarse para mirar á Juan Montiño con más insistencia de una manera más elocuente.

La despechaba el no poder encubrir la impresión que la causaba el joven, y su semblante se encendía en rubor.

Acaso hasta entonces no se había ruborizado Dorotea.

Acaso hasta que había sentido la primera impresión de ese amor del alma que tan superior es al deseo de los sentidos, á esa otra sensación que generalmente se llama amor, no la había pesado en su vida anterior.

Acaso nunca hasta entonces se había avergonzado de ella.

Juan Montiño comprendía la lucha que agitaba el alma de Dorotea, y no la dejaba tiempo para descansar, para reponerse.

Se había levantado de junto á la mesa.

Había permanecido algún tiempo de pie.

Luego se había sentado en el taburete donde apoyaba sus pies Dorotea.

Por último, había abrazado la cintura de la joven.

Al sentir el brazo de Juan Montiño, se alzó como se hubiera alzado la mujer más pura.

—Me estáis tratando mal—dijo,—me estáis haciendo daño... daño en el alma. ¿Trataríais de este modo á la mujer á quien quisiérais para vuestra esposa?

—¡Ah!—exclamó Juan Montiño sorprendido.

—No, no he querido decir que yo os ponga por condición para amaros que seáis mi esposo: sé demasiado que yo no puedo aspirar á ser la esposa de un hombre honrado... pero os quisiera ver tímido, respetuoso, dominado por mí como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no sé lo que quisiera... que os bastara con amarme. ¡Oh, Dios mío; pero yo estoy diciendo locuras!

Y se volvió á sentar, y el joven volvió á rodear su cintura.

Por aquella vez Dorotea se puso pálida, se estremeció, pero no se atrevió á desasirse de los brazos de Montiño.

—Tengo sed—dijo el joven.

—¡Sed!—dijo la Dorotea bajando hacia él sus grandes ojos medio velados por la sombra de sus largas pestañas y dejando caer una larga mirada en los ojos de Montiño.

—¡Sí, sed de vuestra boca!

—¡Oh! exclamó Dorotea.

Y de repente rechazó al joven.

—Alguien se acerca—dijo—; alzáos, alzáos.

En efecto, Juan Montiño oyó abrir una puerta inmediata y se levantó y fué á tomar su sombrero.

—No os vayáis—dijo Dorotea—, quedáos; sea quien fuere, ¿qué importa?

Abrióse la puerta y apareció un hombre con traje de soldado.

Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora.

Al ver á Juan Montiño le miró de alto abajo, y su mirada se apagó en la mirada fija del joven.

Entonces se quitó el sombrero y saludó de una manera tiesa.

Montiño no se levantó de la silla donde se había sentado antes de que llegara aquel hombre.

Dorotea le miró con una de esas miradas que quieren decir:

—Habéis llegado á mal tiempo: ¿Qué queréis?

Y como si el recién llegado hubiese comprendido aquella pregunta en aquella mirada, dijo:

—Don Rodrigo está gravemente herido, casa del duque de Lerma.

Montiño se puso levemente pálido, y fijó con ansiedad los ojos en Dorotea.

—¿Y bien?—dijo ésta—¿porqué me dais esa noticia como si se tratase de una persona muy allegada á mí?

—¡Cómo!—dijo con insolencia aquel hombre—yo creía que os importaba algo.

—Pues os habéis equivocado, Guzmán.

En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmán, el mismo á quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del cocinero mayor.

—Es singular lo que está sucediendo á don Rodrigo—dijo Guzmán—. Todos le abandonan. El duque de Lerma, sabe quiénes son los agresores, y no manda proceder contra ellos. Vos recibís la noticia como si...

—Nada me interesase, ¿no es verdad?

—Lo que no deja de ser muy extraño.

—Extrañad todo lo que queráis; podéis decir á don Rodrigo cómo he recibido esta noticia. Y podéis decir más: me retiro del teatro: y tal vez me vuelva al convento.

—¡Ah! yo creí que fuese otra la causa—dijo Guzmán mirando con insolencia al joven.

—Sea cual fuese la causa, nada os importa. Además, que cuando tal le ha acontecido á don Rodrigo, él lo habrá buscado.

—Acaso tengáis vos la culpa.

—¿Yo? ¿le ha sucedido por mí esa desdicha?

—Si por cierto; mediaban ciertas cartas.

—¿Cartas?...

—De una noble dama... Vos habéis sido imprudente... El cocinero mayor ha llegado á saber lo de las cartas... y un sobrino del cocinero mayor...

—¡Qué decís!

—Que un tal Juan Montiño, que acababa de llegar á la corte, ha sido el que ayudado de don Francisco de Quevedo...

—Os engañáis, señor mío—dijo el joven—; Juan Montiño, no ha necesitado de nadie para castigar á don Rodrigo Calderón, como de nadie necesitaría para castigaros á vos á la menor palabra ofensiva que os atreviéseis á pronunciar contra esta señora, ó contra su tío, ó contra él.

—¡Ah! ¿sois vos, acaso?...

—Sí, señor, yo soy.

—¡Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aquí, me voy. Guárdeos Dios, señora. Hidalgo, hasta la vista.

Ni Dorotea ni Juan Montiño contestaron al sargento mayor, que salió.

Durante algún tiempo, Dorotea miró frente á frente y ceñuda á Juan Montiño.

—Yo creí que me engañábais—dijo con acento concentrado.

—¡Que os engañaba!

—¡Y don Francisco! ¡ah! ¡don Francisco!

—¡Pero explicáos por Dios, Dorotea!

—Quevedo no os ha llamado á mi casa para veros, sino para que yo os viese.

—No os entiendo.

—¡Quevedo, Quevedo! ¡Ah! ¡Maldito sea!

—¡Pero explicáos, Dorotea, explicáos por Dios, que no os entiendo!

—Ese hombre, ese Quevedo... parece que lee en mi alma, lo que en el alma está oculto; parece que adivina.

—Os suplico que os expliquéis.

—¡Que me explique! Quevedo es amigo de la reina, de esa mujer á quien todos creen una santa, que á todos engaña.

—Por Dios, Dorotea, ved lo que decís; no comprendo por qué os irritáis.

—¿Por qué? me habéis sorprendido entre los dos... me habéis engañado... Ya se ve... es hermoso, parece tan noble, tan bueno... ella está sedienta de amor... ella no ha amado... el duque de Lerma es su esclavo... utilicemos esta mujer... ¡y el señor estudiante...! ¡Ah, don Francisco...! ¡don Francisco!

—Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre—dijo con impaciencia Montiño.

—¿Y qué me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me importa sois vos... no sé por qué... pero me habéis empeñado... y nos veremos, caballero, nos veremos.

Y tras estas palabras se dirigió á la puerta de sala.

—¡Casilda!—gritó—¡Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la litera al momento.

La negra trajo á Dorotea un magnífico manto de terciopelo; la joven se puso algunas joyas, se arregló un tanto los cabellos, y salió.

Montiño se quedó solo en la sala sin saber lo que le acontecía.

Poco después asomó Quevedo á la puerta.

—De seguro—dijo—habéis cometido alguna torpeza, amigo Juan.

—No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extraño, viene de vos.

—¡Eh! acertádolo habéis; tenéis razón... he sido torpe, porque no he podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos. ¡Milagro! apuesto á que hacéis de ella una Magdalena; aunque os lo repito, estoy seguro de que habéis cometido una torpeza... seréis capaz de haberla dicho que herísteis á don Rodrigo.

—Pues os habéis equivocado de medio á medio.

—¿Pues quién ha sido?

—Una especie de Rolando de comedia, á quien creo que ella ha llamado Guzmán.

—¡Ah! ¡Don Juan de Guzmán ha estado por aquí...! pues bien, no importa... la verdad del caso es que la Dorotea está loca por vos... ¿qué habéis hecho en tan poco tiempo? Debe existir en el espíritu humano algo terrible, algo misterioso... ¡estas influencias rápidas...! ¡este unirse un alma á otra...! ¡oh! ¿quién sabe, quién sabe lo que somos?

Quevedo pronunció estas palabras como hablando consigo mismo.

—¿Queréis hacer lo que yo os diga?—exclamó de repente Quevedo.

—¿Y qué hemos de hacer?

—¡Qué! buscar postas y marcharnos á Barcelona; embarcarnos allí y plantarnos en Nápoles.

—¿Tenéis miedo?

—Os confieso que estoy asustado.

—¿Por lo de don Rodrigo...?

—No, por lo de la corte... cosas se están preparando... cosas inevitables... sería necesario ser un Dios.

—Pues yo no me voy, á no ser que se viniera conmigo doña Clara.

—¡Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes capuchinos son capaces de convencer á un enamorado como vos...

—¿Y la reina...?

—Dios guarde á su majestad.

—Seamos nosotros la mano de Dios.

—Decís bien... quedémonos... pero como yo ahora no puedo acompañaros, ni vos tenéis á dónde ir, quedáos aquí... tomad posesión de la casa que, os lo aseguro, es vuestra, y empezad á ser el déspota de Dorotea. Os digo que está enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabará por hacerla vuestra esclava. No olvidéis que es nuestro instrumento... y adiós.

—¿Pero qué he de hacer yo aquí?

—Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuviérais en vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os encuentre apoderado de vuestro lugar de dueño.

—Pero esto me repugna...

—Seguid mi consejo... por veinticuatro horas.

—Pero si lo sabe doña Clara.

—Yo me encargo de eso. Pero adiós. Me están esperando en las Descalzas Reales.

Y Quevedo salió.

Juan Montiño permaneció algún tiempo perplejo, y después siguió el consejo de Quevedo.

Se quitó la capa y el talabarte, acercó un sillón al brasero de plata que templaba la sala y poco después dijo:

—¡Casilda!

Presentóse la negra y miró con asombro á Juan, apoderado de la casa de su ama.

—¿Qué me manda vuesa merced, señor?—dijo.

—Tráeme un vaso de sangría.

La esclava salió y poco después entró con un vaso lleno de un líquido rojo en que flotaba una rueda de limón y puesto sobre una salvilla de plata.

Montiño se quedó solo, pensando alternativamente en las cosas siguientes:

Primero en doña Clara.

Después en la reina.

Luego en su banda de capitán.

Por último, en Dorotea.

Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangría, del calor del brasero y de la soledad, se quedó dormido.

CAPÍTULO XVIII

DE CÓMO ENTRE UNOS Y OTROS NO DEJARON PARAR EN TODA LA MAÑANA AL COCINERO DE SU MAJESTAD

Dejamos á Francisco Martínez Montiño en casa de la señora María.

Cuando la vieja se encontró sola con él, volvió toda su cólera contra la única víctima que le quedaba.

—Os habéis perdido y perderéis á vuestro sobrino—le dijo—; y todo por vuestra avaricia.

—Tengamos la fiesta en paz, señora María; ni yo me he perdido ni trato de perder á nadie, y con esto quedad con Dios, que yo sólo venía por mi sobrino, y no habiéndomelo llevado me voy á la cocina.

—Bien haréis en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y en ver quién anda con ellas.

—¿Qué queréis decir?

—Nada, señor Francisco, nada... yo me entiendo, y sé lo que me digo...

—Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedáos con Dios, y si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seáis con él parlanchina ni imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar.

—¿Porqué no casáis á vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo están acostumbrando mal: ¡habérsele llevado el tío Manolillo á casa de la Dorotea!...

—Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidáis de todo, y yo no puedo olvidarme de nada. Conque hasta más ver: muchas cosas al señor Melchor.

—Id con Dios y abrid los ojos.

—¡Oh! ¡maldiga Dios las malas lenguas!—murmuró Montiño saliendo de la casa de la señora María Suárez.

Y se alejó la calle adelante.

—¡Que le case con mi hija!—pensaba el cocinero mayor—; indudablemente que éste sería un buen negocio. ¿Pero lo tomaría á bien su padre?... el duque de Osuna es un señor terrible... ¡y aquel cofre!.., ¿qué habrá en aquel cofre?... ¿para qué se habrá llevado el tío Manolillo á Juan á casa de la Dorotea?... ¿y cómo, señor? ¿cómo se anda Juan por esas calles de Dios al descubierto, después de haber dado de estocadas á don Rodrigo?

Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver por dónde iba.

Cuando entró en palacio por la puerta de las Meninas, sintió que le tocaban en un hombro.

Volvióse y se encontró delante de un viejo apergaminado.

—¡Ah! ¡el rodrigón de doña Clara Soldevilla!—exclamó.

—Vuestro humilde criado, señor Francisco—dijo el vejete.

—¿Sois vos el que me ha tocado?

—Sí, señor, yo, que buscaba á vuesa merced. He estado en las cocinas, y no hallándole allí, fuí á Santo Domingo el Real por ver si allí le encontraba.

—¿Y qué me queréis?

—Mi señora os llama.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo.

—Decid á vuestra señora que me es imposible; que falté ayer de la cocina, por asistir, de orden del rey, á la de su excelencia el duque de Lerma, y que de seguro tendré mucho que arreglar; si yo faltara hoy también, sabe Dios lo que sucedería.

—Mi señora me ha dicho, que si os negábais á acudir, os dijese que lo mandaba la reina.

—Pero señor—exclamó Montiño—, ¿quieren matarme?...

—Señor Francisco, yo digo lo que me dicen.

—Pues vamos allá—exclamó Montiño con una resolución heroica.

Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del alcázar, y al fin el rodrigón abrió una puerta, hizo atravesar á Francisco Montiño una antesala y le introdujo en una sala.

En ella, sentada junto á la vidriera de un balcón, estaba la hermosa doña Clara.

Su semblante aparecía pálido y triste; pero se animó cuando vió al cocinero mayor.

—Bésoos los pies, señora—dijo éste inclinándose delante de la joven.

—Dios os guarde, Montiño—dijo doña Clara—; ¡con cuánta impaciencia os he esperado! Sentáos.

—¿Y á causa de qué ha sido esa impaciencia, señora?—dijo Montiño sentándose.

—Anoche han pasado cosas muy graves.

—No sé... ignoro...—contestó Montiño—; indudablemente en mi familia han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor...

—¡Qué desgracia! ¡Vaya por Dios!

—Ya era anciano... Pero tuve que ir allá... á Navalcarnero.

—Sí, sí; ya sé que habéis estado anoche fuera de vuestra casa... No debéis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, señor Montiño... ¡dos mujeres solas!

—¿Esta también?—dijo para sí Montiño—. Pero, señor, ¿qué pasará en mi casa?

—Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas.

—¿Puedo yo contestar á ellas?

—Indudablemente.

—Pues bien, escucho.

—¿Tenéis un sobrino?

—Sí, señora.

—¿Se llama Juan Martínez Montiño?

—Sí, señora.

—¿A qué ha venido ese joven á la corte?

—Ha venido... pues... ha venido á avisarme de que mi hermano se moría.

—¿Nada más?...

—Nada más.

—Y decidme: ¿quién os dijo que don Rodrigo Calderón tenía ciertas cartas?

—¿Qué cartas?...

—Cartas que comprometían...

—No os entiendo, señora.

—¡Montiño, estáis comiendo el pan de su majestad!...

—Eso es muy cierto, señora... pero... suceden tales cosas, que no sé qué hacer... no sé qué decir...

—Pues es necesario que sepamos á qué atenernos...

—Mi sobrino es muy afortunado, ¿no es verdad?

A aquella pregunta imprevista, doña Clara se puso encendida como una guinda.

Montiño se equivocó al interpretar aquel rubor.

—En palacio, señora—dijo—, nos vemos obligados á hacer cosas que nos repugnan.

—¿Qué queréis decir?

—Seamos francos y no nos ocultemos nada.

—¡Que no nos ocultemos!...

—Yo sé que Juan tiene amores en palacio.

—¿Que sabéis...? ¿Os ha dicho ese joven...?

—No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he adivinado... es más, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si para ello me llamáis... entendámonos completamente.

—Explicáos con claridad—dijo doña Clara con la mayor reserva.

—Su majestad tiene disculpa... ¿Nos puede escuchar alguien?

—Nadie, Montiño, nadie—dijo doña Clara, que estaba cada vez más encendida.

—Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero sacadme de una duda: ¿dónde ha visto su majestad á mi sobrino? Digo á mi sobrino por costumbre.

—¡Cómo! ¿No es vuestro sobrino?

—Doña Clara, os voy á confesar un gran secreto... Juan no es Montiño, sino Girón.

—¡Dios mio!—exclamó doña Clara.

Y de encendida que estaba, se puso pálida como una difunta.

—Sí, sí, señora; es hijo natural del gran duque de Osuna.

—¡Ah! Ahora comprendo...

—¿Qué, doña Clara?...

—Nada, nada; pero había encontrado algo de singular en la mirada de ese joven.

—¡Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja á su padre.

—¿Pero estáis seguro, Montiño? ¿no os engañáis?

—Mirad, señora, y juzgad—dijo Montiño sacando de su ropilla la carta que le había traído la noche antes Juan—: os revelo un secreto de familia; pero vos le guardaréis.

—Sí, sí, pero dadme.

Montiño entregó la carta á doña Clara, que la leyó con un profundo interés.

—Aquí consta—dijo—, que ese joven es hijo de un gran señor y de una noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no está...

—Ya veis que mi hermano no se atrevió á confiarlo á un papel que puede perderse, pero cuando llegué me lo reveló.

—¿Y era... el duque de Osuna?

—Sí; sí, señora...

—¿Y su madre?...

—Faltó el habla á mi hermano para revelármelo... murió poco después de haber llegado yo.

—¡Qué desgracia! un secreto á medias... ¿y sabe él ese secreto?

—No; no, señora: y si os lo revelo á vos, es porque su majestad la reina...

—¡La reina!...

—Ya que se ha dignado favorecer á mi sobrino... á don Juan Girón, quiero decir... debe satisfacerla que alienta en sus venas la generosa sangre de los Girones.

—¿Pero qué la importa á su majestad?...—dijo severamente doña Clara—: don Juan la ha hecho un eminente servicio... la reina se lo agradece... y nada más... ¿qué enredos son éstos?... ¿qué fatalidad puede haber para que se tome el nombre de su majestad de una manera ambigua?

—Perdonad, señora; pero yo no he querido decir...

—Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras.

—Vamos—dijo para sí Montiño—, he cometido una torpeza: doña Clara quiere todo el secreto y todo el provecho para sí.

—Os he llamado—dijo doña Clara—, para saber cuántas personas conocen ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Calderón cartas de la reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero que debían ser destruídas, y que lo han sido por el valor de ese caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la más leve nube delante del nombre de su majestad. ¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía esas cartas?

—Un tal Gabriel Cornejo—dijo Montiño dominado por doña Clara.

—¿Y quién es ese hombre?—dijo doña Clara poseída de un terror instintivo.

Montiño se arrepintió de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevió á contestar.

—¿Quién es ese hombre?—repitió con energía doña Clara.

—Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...—contestó tartamudeando Montiño.

—¡Un prendero del Rastro!... ¿y á tales gentes ha ido á parar un secreto de su majestad?

—¿Qué queréis, señora? don Rodrigo...

—Es un miserable, ya lo sé... ¿y ha sido don Rodrigo?...

—Don Rodrigo trata con una comedianta...

—¡Ah!

—Y esta comedianta, que le ama...

—Le ha arrancado el secreto...

—¿Ha visto las cartas de su majestad?

—¡Ah! pues no comprendo bien...

—La comedianta fué á ver al Cornejo para pedirle un bebedizo, y le reveló el secreto de las cartas.

—Más claro... más adelante... concluid... ¿cómo ha llegado á vos ese secreto?

Montiño sudaba.

Doña Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable, dominaba al cocinero mayor.

—¿Quién me habrá metido á mí en estos enredos?—decía para sí el cocinero.

—¿Cómo sabéis vos lo de las cartas?—repitió doña Clara.

—Yo, señora... como tengo mujer... como tengo una hija...

—¿Pero qué tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija?

—Tienen... porque me obligan á pensar en ser rico...

—¿Pero no me comprendéis? ¡no os pregunto eso! ¡nada me importa eso!

—Es que, señora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo.

—Me estáis haciendo perder la paciencia.

—Estoy turbado, señora... no sé lo que me sucede... no sé lo que pasa á mi alrededor.

—Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto.

—Prometedme, señora, que alma viviente no sabrá lo que voy á deciros.

—Estad seguro de ello.

Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la señora infanta de Portugal, doña Juana; después en la del señor rey don Felipe II, luego...

—¡Pero por Dios, Montiño!

—Allá voy, allá voy... pues bien; á pesar de todo, he llegado casi á ser viejo sin ser rico... tenía, en verdad, algunos ahorrillos... pero esto no era bastante... propúseme aumentar mis ahorros poniendo dinero á ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera tenido mujer é hija...

—Adelante, adelante.

—Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de asuntos, porque vengo de buen linaje... me valí de ese Gabriel Cornejo...

—¿Y por causa de esas relaciones—dijo con impaciencia doña Clara—habéis llegado á saber...?

—Sí; sí, señora... anoche se me presentó el tal Gabriel y me dijo que una dama encubierta, con trazas de muy principal, había ido á casa de una tal María Suárez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin descubrirse pidió mil y quinientos doblones, por los cuales se darían tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina.

—¡Ah!

—Aquella misma tarde el tío Manolillo, el bufón, había ido á preguntar al tío Cornejo cuánto quería por matar á un hombre principal; y como el tío Manolillo es pariente, ó amante, ó no se sabe qué de la comedianta, y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo Calderón es un hombre principal...

—¡He aquí que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien, no importa... eso nada importa, afortunadamente... ¿el nombre de esa comedianta?—dijo doña Clara yendo á una mesa, buscando un papel, y tomando una pluma.

—Dorotea—dijo Montiño enteramente atortolado.

—Dorotea, ¿de qué?

—No tiene apellido.

—¿Es amante de don Rodrigo Calderón?

—Sí, señora... pero ocultamente...

—Esas mujeres—dijo con repugnancia doña Clara—tienen muy mala vida; si es secretamente... querida de don Rodrigo Calderón... tendrá de seguro otro amante público.

—Sí; sí, señora: el duque de Lerma.

Doña Clara escribió.

—Bien, muy bien; ¿dónde vive esa mujer?

—En la calle Ancha de San Bernardo.

—Pasemos á la otra persona. ¿Qué antecedentes son los de este tío Cornejo?

—No sé, no sé—dijo verdaderamente asustado Montiño.

—Tratándose de la honra de su majestad—dijo severamente doña Clara—, ya comprendéis, Montiño, que es necesario obrar de una manera enérgica; creo que os será preferible confesar ante mí que ante otra persona...

—Por último, señora—dijo Montiño sobreponiéndose á la situación—, este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su majestad media; yo me he encontrado metido en él sin saber cómo, de buena fe...

—¡Pero si yo no os acuso! sólo quiero saber...

—Pues bien, señora, acerca del tal Cornejo no sé nada.

—Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse á una audiencia; pero en España hay un tribunal que, con el mayor secreto, por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar.

—¡La Inquisición!—exclamó con terror Montiño.

—Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida, tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del rey; ya sabéis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina, porque de parte de la reina están la razón y la justicia. Fray Luis de Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general.

—Os juro, señora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando Cornejo se atrevió á indicarme que su majestad había escrito cartas de amores á don Rodrigo... le desmentí... le desmentí con toda mi alma, porque yo sé que su majestad es una santa...

—Y, sin embargo, engañado por las apariencias, habéis creído que su majestad amaba á... ese don Juan... á ese vuestro sobrino postizo...

—Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase á palacio... hice lo que debía hacer; reprendí á Cornejo... le aterré... y sabiendo que don Rodrigo Calderón llevaba sobre sí las cartas que comprometían á su majestad... llevé á mi sobrino, quiero decir, á don Juan Girón, á un lugar donde podría encontrar á don Rodrigo, y le dije:—Mátale, hijo, quítale las cartas de su majestad y llévalas á palacio, donde te llaman. Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme.

—Equivocáos siempre; llamad siempre á ese joven vuestro sobrino.

—Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y leal.

—No lo dudo... y por lo mismo debéis manteneros en vuestra honrosa lealtad, diciéndome cuanto sepáis de ese Cornejo.

—Por el amor de Dios, señora, que no pronunciéis después de esto mi nombre para nada. Ya sabéis que yo soy inocente.

—Podéis estar seguro de ello; pero hablad.

—Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios.

—¡Ah!

—Es galeote huído.

—Más, más que eso; con eso sólo tiene que ver la justicia ordinaria, y de la justicia ordinaria no podemos valernos. ¿No decís que esa comedianta pidió un bebedizo á ese hombre?

—Sí, señora.

—Ese hombre tendrá, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo...

—Sí; sí, señora; no tiene por donde el diablo le deseche.

—Bien; ¿y creéis que puedan encontrarse pruebas en su casa?

—Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he visto, pero lo supongo...

—¡Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Católico, os tratáis con esa clase de gentes!...

—¡Ah, señora! ¡si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... ¡si no estuviese á punto de tener otro hijo!...

—Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar la honra... y sobre todo... ¡el alma!—exclamó con repugnancia, y aun podremos decir con horror, doña Clara.

—Estoy arrepentido...

—Bien, bien—dijo doña Clara, consultando el papel en que había escrito—: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; está enlazada, no se sabe cómo, con el bufón del rey; es manceba secreta de don Rodrigo Calderón, y pública del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es usurero, galeote huído y brujo; ¿dónde vive ese hombre?

—Tiene una ropavejería en el Rastro.

—Además se trata con una María Suárez... ¿dónde vive esa mujer?...

—Creo, señora, que sabéis demasiado dónde vive, y quién es la señora María.

—¡Yo!

—Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la señora María.

—¡Yo! tenéis la mala cualidad de suponer absurdos. ¿Qué tenía yo que hacer en casa de tales gentes?

—Esa mujer—dijo desalentado Montiño—vive en la calle de la Priora.

—Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... ¿dónde para?

—Preguntádselo al tío Manolillo.

—¡Al tío Manolillo!... ¿pues qué, el tío Manolillo le conoce?

—El tío Manolillo conoce á don Francisco de Quevedo, y don Francisco de Quevedo es amigo... de mi sobrino.

—Habéis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montiño—dijo doña Clara ya con semblante más benévolo—, y nada tenéis que temer: seguid ayudándonos y nada temáis.

—¿Que os ayude yo, señora?... ¡yo, inútil, enteramente inútil!

—Ya sabemos lo que sois, y lo que podéis, y contamos con vos. Pero estáis inquieto, impaciente...

—Como que no he ido todavía á las cocinas, y ya debe de estar almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algún plato mal servido...

—Id, id, Montiño; tranquilizáos, nada temáis. Id, que os guarde Dios.

Al llegar á la puerta exterior de las habitaciones de doña Clara, oyó la fresca y sonora voz de la joven, que dijo:

—Que me vayan á buscar al bufón del rey.

—¿Para qué querrá doña Clara al bufón del rey?—dijo Montiño alejándose rápidamente á lo largo de una galería, en dirección á unas escaleras que conducían á las cocinas—. Sería chistoso que fuese doña Clara la dama de quien está enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es mi sobrino, á fin de que ni por descuido pueda írseme una palabra en contrario). ¿Si será, repito, esta doña Clara la mujer de quien mi sobrino está enamorado? ¿si será doña Clara la confidenta de sus amores con?... pero señor, ¿por dónde ha venido este enredo? ¿y ese afán de todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no pensar en esto: ¿pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la Dorotea, Cornejo, y la Inquisición á punto de tomar cartas en el negocio. Con esto y con que me hayan echado á perder la vianda de su majestad, no nos falta más. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! y quién me ha metido á mi en estas cosas. ¿Para qué diablos ha venido mi sobrino á Madrid?

Y Montiño subía de dos en dos los peldaños de la estrecha escalera de caracol.

Cuando llegó jadeando á lo alto, atravesó, á la carrera casi, una crujía, se entró en la cocina, y sin hablar una palabra se precipitó á las hornillas, y levantó la tapa de una cacerola de una manera nerviosa.

Los ojos de Montiño brillaron de una manera particular.

—¿Quién ha rellenado este capón?—dijo con voz estentórea y amenazadora.

A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero las miradas de todos se fijaron en un mozangón que miraba entre turbado é insolente á Montiño.

—¿Has sido tú, Aldaba del infierno, has sido tú?—exclamó Montiño arrojando con cólera la tapadera, y echando mano á la espada que desenvainó.

Cosme Aldaba, que era el delincuente, cayó de rodillas en la situación más cómicamente melodramática que puede verse.

—¿Quién te ha dicho, infame—exclamó todo irritado el cocinero—que á un capón relleno se le dejan el pescuezo y las patas? ¿No te he dicho cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les pone á cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven acá, hereje y mal nacido; ven acá y huele, y dime si esto huele á capón relleno.

Y asió á Cosme Aldaba del cogote, le llevó á la hornilla y le hizo meter casi las narices en la cacerola.

Después le arrojó de sí y le plantó cuatro ó cinco cintarazos.

Aldaba huyó dando gritos.

—¿Y quién ha sido—añadió Montiño, cuyos ojos parecían próximos á saltar de sus órbitas—, quién ha sido el que ha dejado que un galopín haga un plato que es difícil para más de un oficial?

Todos se callaron.

—Es que el señor Gil Pérez tenía que ir á ver á su coima, y me dijo que hiciera ese capón—exclamó desde la puerta con voz quejumbrosa el galopín Aldaba.

—¡Ah! ¿conque es decir que las coimas son aquí primero que las viandas de su majestad? A la calle, Cosme, á la calle, y no me vuelvas á parecer por la cocina, ni en seis leguas á la redonda, y el señor Gil Pérez, que busque otro acomodo; así escarmentarán los otros oficiales y no dejarán sus cuidados á los galopines. ¿Pero qué es esto? aquella empanada de pollos ensapados se abrasa... ¡ya se ve! ¡si os estáis todos parados, ahí mirándome como á una cosa del otro mundo!... ¿Apostamos á que hoy no tendremos un solo plato á punto que poner en la mesa de su majestad?

—Del señor duque de Lerma—dijo una voz detrás de Montiño.

Volvióse el cocinero mayor, y vió á un lacayo que le entregaba una carta.

Tomóla con la mano temblorosa aún por cólera, la abrió y vió que decía:

«Señor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.—El duque de Lerma.

—Decid á su excelencia que no puedo separarme en este momento de la cocina—dijo al lacayo.

—Tengo orden de no irme sin vos.

—Pues no quiero ir.

—Tengo orden de presentaros, si os negáis, esta otra carta.

El cocinero la tomó y la abrió.

«De orden del rey—decía—y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de traición, seguiréis al portador.—El duque de Lerma

—Vamos—dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada, arreglándose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una mirada desesperada á la hornilla.

Poco después seguía por las calles al lacayo del duque de Lerma.

CAPÍTULO XIX

EL TÍO MANOLILLO

Llena estaba la antecámara de audiencias de palacio de pretendientes, cuando el tío Manolillo llegó al alcázar.

Su semblante, que hasta allí había ido sombrío, pálido, contraído, se dilató; su boca estereotipó su maliciosa é insolente sonrisa de bufón, sus ojos bizcos empezaron á moverse y á lanzar miradas picarescas, y su andar, sus ademanés, todo se trocó.

Sacó del bolsillo un cinturón de cascabeles y se le ciñó.

Luego atravesó dando cabriolas las galerías de palacio.

El pobre cómico había relegado su corazón á lo profundo de su pecho, y había empezado á desempeñar su eterno papel de loco á sueldo.

Cuando llegó á la antecámara de audiencias, cesó en sus cabriolas, se detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar la atención de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la cabeza alta y la mirada desdeñosa, que parecía no querer ver á nadie, atravesó con paso lento, marcado y pretencioso, la antecámara.

Todos los que le conocían en la corte se echaron á reir.

El tío Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la misma altivez de la cámara del rey.

Al llegar á la cortina, un sumiller le detuvo.

—No se puede pasar—le dijo.

—¡Eh! ¿Qué sabéis vos?—dijo el tío Manolillo—; yo no paso, me quedo.

—El rey...

—¿Y quién hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se dice... déjame entrar ó te entro.

Y como el sumiller se opusiese, el tío Manolillo le asió por la pretina y se entró con él en la cámara real.

—Hermano Felipe—dijo al rey—, aquí te traigo á éste para que le castigues... Se ha atrevido á faltarme al respeto... ¡pretender que la locura no entre en la cámara del rey!

—Idos, Bustamente—dijo el rey al sumiller—. Ven acá, Manolillo. El señor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas.

Y el rey señaló al padre Aliaga, que estaba sentado en un sillón frente á la mesa donde almorzaba el rey.

—Dame primero de almorzar, porque así como tú, por haber pasado una buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me perezco de hambre.

Él rey empujó un plato hacia el bufón.

Este le tomó, se sentó sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, á comer.

—Están buenas estas lampreas—dijo—, se conoce que no ha estado hoy en la cocina tu buen cocinero mayor.

—Calumnias al pobre Montiño. Es el cocinero más famoso de estos tiempos.

—Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado.

—¿Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?—dijo el padre Aliaga.

—No, señor; la mujer con quien pude casarme no tenía alma, y yo quiero las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de España.

—¡Oh! ¡oh!—dijo el rey.

—Sí, sí por cierto, porque la corona de España no tiene cabeza.

—Parece que os ha escuchado la conversación, padre—dijo el rey.

—Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo.

—¿Me queréis explicar eso, tío Manolillo?—dijo el fraile.

—Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que cuando tengo la boca llena.

El rey empujó otro plato hacia el bufón.

Este le tomó y dijo:

—Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por mí, hermano, porque los embuchados te gustan mucho, razón porque te los sirven todos los días tus dos cocineros Montiño y Lerma.

—¡Ah!¡ah!—¡acometedor vienes hoy!—dijo el rey riendo—algo sucede, de seguro.

—Sucede, que no sucede nada.

—Pero decidme, ya que tenéis la boca llena, tío—dijo el padre Aliaga—: ¿por qué soy yo tan loco como vos?

—Porque vos, como yo, os habéis empeñado en que un loco tenga juicio.

Y miró de una manera sesgada y maliciosa al rey.

—Como veis—dijo el padre Aliaga—, su majestad almuerza sin gentileshombres y sin maestresalas; está solo conmigo.

—Lo que demuestra que estáis haciendo el oficio de loquero.

—Os ruego, señor—dijo el padre Aliaga—, que mandéis al tío Manolillo avise al sumiller que no deje pasar á nadie, absolutamente á nadie, ni aun al mismo duque de Lerma.

—Ya lo oyes, obedece—dijo el rey.

—¿Qué será esto?—dijo el tío Manolillo yendo hacia la puerta—¡apoderado de ese imbécil el padre Aliaga, y en consejo conmigo!—¿qué querrán? ¿sabrán algo? ¡veremos!

Y dió las órdenes al sumiller, cerró además la puerta de la cámara, y volvió á sentarse sobre la alfombra y á comer sus embuchados.

—Os ruego—dijo el padre Aliaga—que por estos momentos dejéis vuestro oficio de bufón y me respondáis bien, lisa y llanamente.

—Entonces reclamo mi sueldo de consejero.

El rey sacó de su portabolsa una bolsa, y la arrojó al bufón.

—¡Escudos de plata! ¡el rey no se conoce por su moneda de oro!... ¡pobre Felipe!...—exclamó el bufón.

—Os pregunté—dijo el padre Aliaga—si habíais sido casado, y me respondísteis:

—Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tenía alma, por lo que no quise casarme con ella.

—Más claro, tío Manolillo: ¿vos no sois padre legítimo de Dorotea?

¡Ah!—exclamó el bufón como sorprendido, y dejando de comer—¡Dorotea! ¿qué tenéis vos que ver con Dorotea, padre?

Y los hoscos ojos del bufón dejaron ver un relámpago de amenaza.

—Deseo saber, ya que no podéis ser su padre legítimo, lo que sois de esa mujer.

—Soy su perro.

—Os he suplicado que me contestéis con lisura.

—Os he respondido la verdad: me tiendo á sus pies, lamo su mano, y velo por ella, siempre dispuesto á defenderla.

—¿Pero no es vuestra hija?

—No—contestó con voz ronca el bufón—. ¡Oh! ¡si fuera mi hija!

—¿Ni vuestra... querida?

—¡Oh! ¡si fuera mi querida!

—¿Pero la amáis?

—Ya os he dicho que soy su perro.

—Más claro.

—Soy su protector. Ella dice: amo á este hombre, y yo la digo: ámale; ella me pregunta: ¿me vengaréis si me ultrajaren? yo contesto: el que te ultraje, muere.

—¿Habéis querido matar por tanto á don Rodrigo Calderón?

—Sí.

El rey miraba con espanto al tío Manolillo.

—No te conozco—le dijo.

—Tienes razón, hermano Felipe—dijo el bufón—, porque ahora estoy loco.

—Decidme—dijo el padre Aliaga—, ¿de quién es hija esa desgraciada?

—Un día—dijo el tío Manolillo—, por mejor decir, una noche... estaba yo en una casa de vecindad... tenía en ella un entretenimiento: una doncella asturiana que me ayudaba á comer mi ración; era ya tarde; de repente, en el cuarto de al lado, oí gritos, gritos desesperados, arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompañados de invocaciones á la Madre de Dios.

El rey había dejado de comer y escuchaba con atención.

El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente al tío Manolillo.

El bufón estaba pálido y conmovido.

—Aquellos gritos—continuó el bufón—cesaron, y tras ellos oí el llanto de una criatura recién nacida.

—¿Era ella? ¿Era esa Dorotea, Manolillo?—dijo el rey.

—Sí, era ella, señor—dijo el bufón tratando por la primera vez al rey con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial á lo solemne de aquel recuerdo—; era ella, que nació, la desventurada, en las primeras horas del día de santa Dorotea.

El bufón inclinó la cabeza y se detuvo un momento.

Luego la alzó y continuó:

—A poco de haber nacido esa infeliz, oí dos voces: una débil dolorida, llorosa; otra, áspera, imperativa, brutal.

—Es una niña—dijo el hombre.

—¡Oh!—exclamó la mujer llorando—, ¿y no tener quien me ayude? ¡no tener un mal trapo en que envolver á este ángel!

—¿Y para qué?—dijo el hombre—; voy á envolverla en mi capa y á llevarla á la puerta de un convento.

—¡Oh! ¡no! ¡es mi hija! ¡no me robes mi hija, ya que me has robado mis padres!—dijo la mujer sollozando.

Tras estas palabras oí una lucha corta pero breve, acompañada del llanto de una criatura; la lucha de un fuerte y de un débil; luego la voz de la mujer que gritaba:

—¡Mi hija, la hija de mis entrañas! ¡dame mi hija!

Y sentí pasos que se alejaban y una puerta que se abría y se cerraba de golpe, y la voz de la mujer que gritaba:

—¡Maldito! ¡maldito! ¡maldito seas!

Después un golpe, sordo como de un cuerpo que caía en tierra, y luego nada.

Yo así á mi manceba por la mano (ella lo había oído todo como yo; era una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqué de la habitación al corredor, abrí la puerta de la habitación vecina.—Socorre á esa infeliz—la dije, empujándola dentro, y yo me lancé á la calle, y seguí á un bulto que se alejaba.

Una criatura recién nacida que lloraba bajo su capa, me indicó que era él.

De tres saltos me puse junto á su lado.

—Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios—exclamé.

Y le di de puñaladas.

—¡De puñaladas!—dijo el rey.

—Sí, sí por cierto, de puñaladas; el hombre que roba á una madre su hija, el hombre á quien una madre desventurada maldice, debe morir.

—¿Y confiesas el delito delante del rey?—dijo severamente Felipe III.

—En primer lugar no fué delito; en segundo lugar ya lo confesé, y he cumplido la penitencia. ¿Y luego no velo yo por Dorotea? ¿no me sacrifico por ella? ¿no sufro un infierno por ella?

—¿Pero aquel hombre murió?—dijo profundamente el padre Aliaga.

—No lo sé—contestó el bufón—; yo no me detuve más que á recoger la criatura, la envolvi en mi capa y me volví á la casa de vecindad.

Cuando entré en el cuarto (no lo olvidaré jamás) no había más muebles que un banco de madera, una mesa y un jergón casi deshecho; vi que la infeliz, que estaba aún desmayada, ensangrentada entre los brazos de Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte años, rubia, muy flaca, pero muy hermosa. ¿Conocéis á Dorotea, padre?

—No.

—¿Pues por qué me preguntáis por ella?

—Continuad.

—Cuando conozcáis á Dorotea, sabréis cuán hermosa era Margarita.

—¡Margarita!—exclamó el padre Aliaga, poniéndose letalmente pálido.

—¡Se llamaba Margarita!—observó maquinalmente el rey.

—Sí, se llamaba Margarita; según me dijo después en algunos intervalos de razón aquella desgraciada, porque se había vuelto loca, había salido de su casa con un soldado, había corrido con él algunas tierras, y al fin habían venido á parar á Madrid, donde el amante vivía de las estocadas á obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por último, la había exigido que se prostituyese para ayudarle á vivir.

El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada.

—Algunas veces—continuó el bufón—, cuando yo la preguntaba el nombre de sus padres, me decía:

—No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me vió huir, se lo habrá dicho á mis padres y me habrán maldecido.

—¿Y quién es Luis?—le preguntaba yo.

—¡Luis! Luis era mi hermano—me contestaba la infeliz con dulzura—; él me amaba y yo... yo amé á otro; ¡pobre Luis!

—¿Y qué ha sido de esa desdichada?—dijo el padre Aliaga, cubriéndose los ojos con la mano para ocultar sus lágrimas y procurando contener la revelación de aquel llanto que aparecía en su voz.

—Murió: murió entre mis brazos loca, desgarrándome el alma al morir, porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y continúo amándola en su hija. Ahora bien; ¿créeis que yo pequé? ¿qué cometí un delito matando al infame asesino de Margarita?

—¡No! ¡no!—dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga.

—Yo te indulto de esa muerte, Manuel—dijo el rey—; yo Felipe de Austria, rey de las Españas.

—¡Y yo—dijo el padre Aliaga, levantándose y extendiendo sus manos sobre el bufón, que al levantarse, al ver la acción del fraile, había quedado de rodillas—: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu-Santo!

—¡Amén!—dijo con una profunda unción religiosa Felipe III.

...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte. ...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.

—¡Ah!—dijo el bufón cambiando de aspecto de una manera singular—: vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaréis á mártir, y tú, hermano Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague á los dos: á ti, por tu indulto, hermano rey, y á vos, por vuestra absolución, padre Aliaga.

Hubo un momento de silencio.

El tío Manolillo se había levantado y llenaba lentamente de vino una copa.

El padre Aliaga estaba profundamente pensativo.

El rey oraba.

El bufón se bebió de un trago la copa.

—Ahora bien—dijo—, y ya que sabéis que Dorotea no es ni mi hija, ni mi amante, ¿qué queréis de ella? ¿por qué me habéis preguntado por ella?

—Basta, basta—dijo el padre Aliaga—; me siento malo, y con la venia de vuestra majestad me retiro.

—Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios—dijo el rey.

—Os espero esta tarde en el convento de Atocha—dijo el padre Aliaga al bufón.

—Iré—dijo el tío Manolillo.

El padre Aliaga hincó una rodilla en tierra y besó la mano al rey.

Después salió.

—¡Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!—dijo el rey.

—Tan singular, que me ha hecho daño el contarla y me ahogo en la cámara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aquí calor. No sé cómo puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar tuyo ya tendría consumida la sangre. Tú no quieres creerme. Echa de tu lado á Lerma, y á Olivares, y á Uceda, que son otros tantos braseros en que se abrasa la sangre de España, y que acabarán por sofocarte.

—¿Sabes, Manolillo, que después de lo que me has contado, me pareces otro hombre?—dijo el rey.

—¡Bah! tú que has nacido para ser víctima, no conoces la venganza. ¡Peor para ti!

—Un cristiano no puede, no suele ser vengativo.

—¡Pobre rey! mañana te herirán en el corazón... digo, si es que tú tienes corazón.

—¡Que me herirán en el corazón!

—¡Si mañana te matasen á tu buena esposa!...

—¡Oh! ¡si un traidor se atreviese á la reina, moriría!—exclamó el rey con una llamarada de firmeza.

—¡No, no querrá Dios!-dijo de una manera profunda el tío Manolillo—; no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que te metas con mi Dorotea, porque...

—¿Por qué?

—Porque me volveré loco, tendrás que hacer de Lerma tu bufón, y su excelencia te divertiría muy poco: adiós.

Y el tío Manolillo salió, dejando sólo en su cámara á Felipe III.

CAPÍTULO XX

DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO HIZO QUE DOÑA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y ACABASE POR TENER CELOS

Al salir por una puerta de servicio, el tío Manolillo se vió detenido por el rodrigón de doña Clara Soldevilla.

—Os buscaba, maese—le dijo—, y me habéis tenido cerca de una hora esperándoos en la antecámara de audiencia. Conque daos prisa y venid, que os espera la dama más hermosa que se tapa con guardainfante.

—¡Ah, mal engendro! ¡injerto de dueña en cuerpo de sapo!... ¿qué me querrás tú que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doña Clara Soldevilla tiene el malísimo gusto de hacerse servir por ti: si es ella quien me llama, huélgome, porque si ella no me llamara iría yo á buscarla.

—Pues ved ahí, que mi señora es quien os ruega que vayáis á su aposento.

—Pues tirad adelante, don rodrigón, consuelo de contrahechos.

—¡Bah! tengamos la fiesta en paz, tío, que no sois vos ciertamente quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi señora espera.

—Pues adelantemos.

Y el rodrigón tiró delante del tío Manolillo y le introdujo al fin en la misma habitación donde había introducido antes al cocinero mayor.

El bufón quedó solo con doña Clara, que le salió al encuentro.

—¿Conque al fin?—dijo el bufón, mirando de una manera fija y burlona á doña Clara.

—¿Qué queréis decir?—contestó la joven.

—Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una piedra durísima todo el invierno.

—Venís tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecería que me habláseis con formalidad.

—Tan formal vengo, que vengo á hablaros de lo más formal del mundo.

-¡Cómo! yo creía que veníais porque os llamaba.

—En efecto; pero como yo he pensado buscaros á vos, antes que vos pensárais en buscarme á mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y empiezo... pidiéndoos la mano, que el corazón no, para un amigo mío.

—Si volvéis con ese enojoso asunto...—dijo severamente doña Clara.

—Es verdad—repuso el bufón interrumpiéndola—que, olvidándome de quien soy y lo que á mi mismo me debo, vine un día á traeros de parte del rey mi señor, una gargantilla y un billete.

—Por lo mal parado que entonces salísteis...

—Entonces érais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos...

—¿Venís decidido á no dejarme hablar del asunto para que os he llamado?

—Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae á buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano.

—Acabaréis por impacientarme, Manuel.

—Yo creo que estáis ya bastante impacientada.

—Será al fin necesario oíros, para que acabéis pronto.

—Os aseguro que por interesante que sea para vos, señora, la más hermosa y más dura que conozco, lo que tenéis que decirme, os interesa más lo que yo voy á deciros. Como que se trata de vuestros amores.

Púsose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria.

—Antes, si érais fría como la nieve, teníais el alma blanca y pura como cuando érais piedra. No hay, pues, por qué avergonzarnos, porque yo amo, tú amas, aquél ama y todos, en fin, amamos.

—¿Pero qué estáis diciendo, Manuel?

—Digo que sois la mujer más dichosa y más desdichada que conozco.

—No os entiendo.

—Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojéis, no voy á hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girón y Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco.

—¡Juan Girón y Velasco, habéis dicho!—exclamó doña Clara, á quien había hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido, añadido al nombre del joven.

—Ya se ve; vos creéis que vuestro amante, el hombre con quien anoche anduvísteis de aventuras por esas calles de Dios, y á quien metísteis después en vuestro aposento...

—¡Tío Manolillo!—exclamó con indignación doña Clara.

—Sí, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto mucho, sé que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero mayor, sino hijo de duques.

—Nada me importa.

—Y os está el corazón reventando por saber...

—Si no dejamos esta conversación...

—Si la dejáramos, ¿cómo habíais de saber que ese mancebo, tan hermoso, tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de Osuna y de la duquesa de Gandía?

Doña Clara se puso muy pálida, pero se dominó. Manolillo la veía sufrir con cierta feroz complacencia.

—Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de eso—dijo doña Clara.

—Sabéis que os he visto así, doña Clara, tamañita, cuando érais de la cámara de la infanta doña Catalina. Que os he seguido paso á paso, cuando os hicísteis mozuela, y después cuando fuísteis moza, hasta ahora que sois la dama de las damas. A propósito, se murmura que os nombran dama de honor.

—Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante.

—Lo sé todo; sé que lo más importante para vos es mi amigo Juan Girón y Velasco.

—Si os envía ese caballero—y os digo esto para concluir—, decidle que le he dicho ya cuanto tenía que decirle, y que más allá de lo que le he dicho no daré un paso.

-Sin embargo, le diré también que vos, que sois la dama de alma más tranquila que conozco, que dormís bien, que coméis bien, estáis un tanto ojerosa y pálida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habéis adelgazado algo, y si seguís así tragándoos vuestro amor...

—¡Qué pesadez y qué insolencia!—exclamó irritada doña Clara—. ¿Será cosa de que os mande echar?

—Si continuáis así, señora, os vais á poner flaca y fea.

—¿Os he hecho yo algún daño, Manuel?—dijo la joven, á quien no se ocultaba lo que había de agresivo é intencionado en las palabras del bufón.

—¡Daño! ¡á mí! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me hiciérais daño me vengaría.

—¿Y á qué ese empeño de hacerme oír lo que no me agrada?

—Cumplo con un encargo.

—¿Con un encargo de don Juan...?

—Sí, ciertamente.

—¿Y un encargo para mí?

—Como que sois para él toda una ambición.

—Yo creí más noble y más reservado á ese hombre.

—¿Qué queréis, señora? es joven, recién venido á la corte: conoce que vos le amáis...

—¿Qué lo conoce...?

—Y como os ha hecho un gran servicio...

—¿A mí?

—Lo mismo da, puesto que lo ha hecho á la reina...

—¿A la reina...?

—Por supuesto... las cartas de don Rodrigo...

—Ese hombre es un miserable, un calumniador...

—Es joven, é inexperto.

—Pues decidle... decídselo, que si me ha podido interesar... algo... por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le desprecio.

—Pero le vais á matar...

—Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar.

—Pero ved que lloráis.

—De rabia.

—¡Ah! ¡ah! y ello al cabo, á nadie lo ha dicho más que á mí.

—Que sois el escándalo del alcázar.

—Estimo vuestro favor: no creía yo ciertamente que cuando venía á hablaros del único hombre que ha podido conmoveros...

—No hablemos más de ese hombre.

—Como gustéis, porque os veo muy irritada.

—Vengamos al asunto que me ha obligado á llamaros.

—Vengamos en buen hora.

—¿Qué sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo, amante, marido?...

—Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada, la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca á esa mujer.

—¡Sois, pues, su padre!

—No, pero es lo mismo.

—¡Esa mujer es amante del duque de Lerma!

—Sí; sí, señora.

—¿Y de don Rodrigo Calderón?...

—Lo fué; ahora creo que lo sea de otro.

—¿Y quién es esa mujer?

—Una huérfana.

—Esa mujer se ha atrevido á sospechar de su majestad.

—Ha tenido celos, como vos podéis tenerlos.

—Resulta, pues—dijo doña Clara terriblemente contrariada—, que os he llamado en balde.

—Creo que no.

—Os veo tan decidido por esa mujer...

—Yo os veo más por un hombre.

—Debéis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufón os saque á salvo de todo—dijo con una cólera mal reprimida doña Clara.

—Me habéis tomado ojeriza sin razón.

—No tengo más que una cosa que deciros: mirad cómo tomáis mi nombre en vuestros labios.

—No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estáis enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de que no debéis avergonzaros; conque ¿qué diré á don Juan Girón y Velasco?

—¿Qué le habéis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios.

—Quedad con Dios, señora.

Y el bufón salió después de pronunciar con un retintín insolente sus últimas palabras.

—¿Por qué me trata así ese miserable?—se quedó murmurando doña Clara.

Entre tanto decía el bufón saliendo de la sala:

—Dorotea ama al señor Juan Montiño; no tengo duda de ello; la conozco demasiado, le ama con la virginidad de su amor. ¡Qué dichosos son algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido por emponzoñar los amores de doña Clara con él; ¿sabrá doña Clara que ese don Juan ha ido casa de Dorotea, ó indican un peligro mayor las preguntas de doña Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. ¡oh, oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo más amor ni más vida que Dorotea.

La intención del tío Manolillo, sin embargo, no había producido el efecto que se había propuesto. Doña Clara era una joven de razón fría.

Lo primero que la aconteció, fué sentirse herida en el corazón.

Porque amaba á Juan.

Las circunstancias en que le había conocido y las cualidades del joven, justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el alma.

Todo la había agradado en el joven.

Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discreción, el mismo efecto violento que su hermosura había causado en él...

Doña Clara, dentro de su pensamiento había acariciado á aquel amor.

Se había encariñado con él, es decir, se había sentido halagada, enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba á su amor.

Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen.

Un amor completo.

Un amor hermoso.

Una sola cosa podía haber contrariado á doña Clara, y entonces no la contrariaba aún.

La dificultad de su enlace con Juan Montiño.

Pero el amor de doña Clara era su primer amor.

Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el deseo de la posesión material del ser amado.

Doña Clara no había pensado todavía que podía pertenecer á un hombre.

Su alma dormía envuelta en un velo de pureza.

Por lo mismo, no la había contrariado en gran manera la dificultad de su enlace con Juan Montiño.

Y sin embargo, á pesar de la pureza de su amor, no había dormido aquella noche, había sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa.

Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, había bebido en sus ojos, en su semblante, en su expresión, en su alma, no sabemos qué lascivia interna, misteriosa, incomprensible para doña Clara, pero ardiente, profunda, llena de voluptuosidad.

Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado á otro, de una forma á otra; es que todas las modificaciones, todas las transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una palabra.

Doña Clara, mujer en la razón, niña en el alma, para ser una mujer completa, necesitaba pasar por una gradación necesaria, más ó menos rápida, más ó menos violenta, según fuese la fuerza de impulsión que presidiese á aquella gradación.

En una palabra, doña Clara estaba enamorada de Juan Montiño, todo lo que podía y de la manera que debía estarlo.

Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser ó no ser.

Doña Clara había considerado á Juan Montiño á primera vista y casi por intuición tal cual debía considerarle.

Le halló profundamente simpático, y su alma se extendió hacia él.

Renunciar á su juicio, lastimarse el corazón renunciando á él, era cosa que doña Clara no podía hacer sin discutir su resolución consigo misma.

Así es que si al principio se irritó con las confidencias del bufón, que suponía á Montiño un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los que abundan en la corte, después, más serena, se dijo:

—Cuando una persona se refiere á otra debemos, antes de decidir, ver si hay en la persona que refiere algún interés en favor ó en contra de quien se ocupa. Ahora bien; que el tío Manolillo ama á esa comedianta es indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora bien; esa miserable tenía celos de la reina... celos de Calderón... el tío Manolillo quiso matar á don Rodrigo, y para ello pidió á la reina los mil y quinientos doblones; cierto es que prometió rescatar las cartas, pero acaso si hubiera muerto ó herido á don Rodrigo, hubiera ido á llevar esas cartas á la Dorotea en vez de llevarlas á la reina. Se cruzó ese joven de una manera providencial, rescató las cartas... esto puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufón. Además, lo que me ha dicho podía saberlo, y lo sabía sin duda, sin necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de ligero... ¿Pero y si ese empeño de que yo desprecie á don Juan, fuese porque le haya visto la Dorotea y le ame?

Esta era la verdad, y al suponerla doña Clara, sintio lo que nunca había sentido: la dolorosa é insoportable sensación de los celos.

Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tomó una pluma y escribió una larga carta en que acusaba ante el inquisidor general á Dorotea y á Gabriel Cornejo.

Poco después aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga.

CAPÍTULO XXI

EN QUE CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

—¿Me da vuecencia venia para entrar?—decía una voz poco firme y contrariada á la puerta de la cámara del duque de Lerma.

—Dejad ese despacho, Santos—dijo el duque de Lerma á un secretario que trabajaba con él—y enviad á buscar á mi sobrino el conde de Olivares.

Levantóse el secretario, arregló los papeles, los puso en una carpeta y luego aquella carpeta en un armario.

Después salió.

Entonces el ministro-duque se volvió con afectación á la puerta por donde había entrado la voz que pidió permiso, y dijo con cierta hueca benevolencia:

—Entrad, Montiño, entrad.

Entró el cocinero mayor del rey, se inclinó profundamente tres veces, y luego, haciendo una mueca que parecía una sonrisa, dijo:

—¿Quedó vuecencia contento del banquete de ayer, señor?

—Por el dinero que os dará mi mayordomo, podréis sacar la consecuencia, buen Montiño.

—¡Ah señor, excelentísimo señor!—dijo Montiño poniéndose en arco y haciendo otra mueca—no lo decía por tanto.

—Sí, sí; ya sé que mil ducados más ó menos son para vos muy poco.

—No tanto, no tanto como eso, señor.

—Sin embargo, hacéis muy buenos negocios; debéis estar rico, Montiño; además de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias, siempre me estáis pidiendo oficios.

—Y yo os agradezco á vuecencia...

—No hago más que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo; y luego... vos me servís bien... es decir, servís bien á su majestad.

Volvió á inclinarse Montiño.

—¿Cómo anda el cuarto del príncipe?

—Don Baltasar de Zúñiga no perdona medio de captarse la voluntad de su alteza; como que dicen que hace versos con él.

—Y aun poesías eróticas...

—No comprendo bien, señor.

—Composiciones amorosas.

—No; no, señor; eso se queda para el duque de...

Montiño se detuvo afectando la confusión de quien ha pronunciado una palabra inconveniente y peligrosa.

—¿El duque de qué?—dijo Lerma—; vamos, concluyamos: ¿queréis sin duda decir mi hijo el duque de Uceda?

—Efectivamente, señor; yo creía haber sido indiscreto...

—No, no, de ningún modo; cuando se trata del servicio de su majestad, yo no tengo hijo; y á propósito de hijos... recordadme más adelante que tengo que encargaros algo acerca de la condesa de Lemos.

—Muy bien, señor.

—Decíamos, que de las composiciones amorosas del príncipe está encargado el duque de Uceda.

—Sí, señor; eso dicen los de la cámara de su alteza.

—¿Y quién es la persona destinada á juzgar del mérito de esas composiciones?

—Una dama muy matronaza, muy hermosaza, á quien suele ver su alteza en la comedia y en el Buen Retiro; que recoge á su alteza entero en la mirada de sus grandes ojazos negros.

—¿Y quién es esa mujer?

—No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de Amaniel con una dueña y un escudero, y la visita mucho el duque de Uceda.

—¿Y no la visita nadie más?

—Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre.

—¿Y quién es ese hombre? Me hacéis preguntar demasiado, Montiño; si no bastan los maravedises que os doy para que estéis bien servido, pedidme más. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien á su majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera de palacio pueda también convenir.

—Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmán.

—¡Don Juan de Guzmán! Don Rodrigo Calderón me habló por él; me ponderó lo útiles que podían ser servicios, y en dos años le hemos hecho capitán, y después sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo, ya maduro...

—Sí; sí, señor; es un hombre de cuarenta y cuatro á cuarenta y seis años, aunque demuestra diez menos; ya en otra ocasión me mandó vuecencia que me informara, y yo acudí á mi compadre Diego de Auñón, que es un escribano real, que corta un cabello en el aire. A las veinticuatro horas me dijo:

—El tal por quien me preguntáis, ha vivido honradamente matando á obscuras por poco precio. Hanle puesto á la sombra más de tres veces; pero se da ó se daba tal maña para su oficio, que nada se le ha podido probar, y por no mantenerle y por hacer falta muchas veces desocupar la cárcel un tanto para que cupiesen otros presos, se le ha soltado. Ahora vive honradamente de su sueldo, y nada hay que decir de él.

—¡De modo que si esa dama con quien entretienen al príncipe don Felipe tiene tales conocimientos secretos, debe ser una bribona!

—No sé, no sé, excelentísimo señor; porque también hay damas y muy damas que se pierden por estos tunos.

—Tomad—dijo el duque abriendo un cajón y sacando de él un estuche.

—¿Y qué es esto, señor?

—Una gargantilla.

—¡Ah! ¿Debo visitar á esa dama?

—Sí.

—¿Y qué la he de decir?

—Que un personaje, un altísimo personaje, la conoce y la ama.

—Puede creer que ese personaje es su majestad.

—No importa: si ella lo supusiese...

—Niego...

—No, no negáis... Será bien que vayáis vos en persona: en vez de negar, afectaréis como que la hacéis una gran confianza, y la diréis: su majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere que nadie, ni vos misma, sepáis que os ama... que os visita... Su majestad vendrá á veros, y le recibiréis sin luz: debéis ser muy prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por asomo que le conocéis.

—¿Pero y si esa dama se negase á recibirme?

—¿No decís que tiene dueña?

—Sí, señor.

—Pues bien; tomad para la dueña.

El duque abrió otro cajón, sacó de él algunas monedas de oro, y las puso formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado de Montiño.

El cocinero miró con codicia el oro; pero no le tocó.

—Guardad eso—le dijo el duque—, y además... me olvidaba... tomad.

Y el duque sacó una cajita de terciopelo, la abrió, y dejó ver dentro una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro.

—¡Ah, señor!—exclamó trémulo de alegría el cocinero—; ¿me da vuecencia el hábito de Santiago?

—¿Y para qué le queréis vos? ¿para que no os atreváis á entrar en la cocina, por temor de que se os manche la cruz?

Cayó dolorosamente despeñado de lo alto de su vanidad Montiño.

—¿Pues para quién, señor, es ese hábito?—dijo con un sarcasmo mal encubierto—; ¿acaso para la aventurera con quien entretiene al príncipe el duque de Uceda?

—Para esa el collar de perlas, y más que fuere menester; esta cruz es para otra persona. ¿No conocéis á alguien que se haya hecho recientemente merecedor del hábito?

—Confieso á vuecencia que no.

—Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse público, no le pagaría tan barato; sería cosa de titular á quien le ha hecho: ha salvado á su majestad.

—Pues qué, ¿su majestad ha estado en peligro?

—Su majestad la reina ha estado á punto de ser deshonrada—contestó el duque.

Montiño supo contenerse en el momento en que vió claro que se trataba de su sobrino postizo.

—Pues confieso á vuecencia, que no sabía yo que su majestad la reina...

—Vamos, señor Francisco. ¿A dónde llevásteis anoche á un vuestro sobrino?

—¿Yo?... á ninguna parte—dijo Montiño temiendo que lo de la cruz fuera un lazo.

—Será necesario probaros que obro de buena fe—dijo el duque—y por lo tanto insisto; tomad esta cruz, llevádsela á vuestro sobrino Juan Montiño, y decidle que venga mañana á recibir la real cédula de mi mano.

—Muchas mercedes, señor—dijo Montiño tomando la cruz.

—Pero esto no basta; vuestro sobrino será pobre.

—Lo es en efecto, señor.

—¿Y qué puede hacérsele?

—Es valiente...

—¿No más que valiente?...

—Es licenciado.

—¿En qué?

—En teología y en derecho.

—¿Está ordenado?

—No, señor.

—No conviene que sea clérigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no debe llevar un roquete; le está mejor un oficio de alcalde; los alcaldes bravos, que tienen letras y puños, valen más que los que sólo tienen letras; le haremos alcalde de casa y corte.

Montiño estaba espantado con lo que veía, y sobre todo de la buena suerte de su sobrino.

—Conque—dijo Lerma—, ¿sabéis todo lo que debéis hacer?

—Sí, señor. Seguir averiguando cuanto pudiere.

—Eso es.

—Procurar introducirme en la casa de esa dama.

—Eso es.

—Dar á mi sobrino esta cruz, y mandarle que venga á dar á vuecencia las gracias.

—Eso es.

—Además, vuecencia me dijo le recordase que tenía que decirme algo acerca de la señora condesa de Lemos.

—En efecto, me importa saber uno por uno los pasos que da doña Catalina.

—Puedo deciros, señor, que cuando yo venía para acá, entraba vuestra hija en las Descalzas Reales.

—Nada tiene eso de extraño.

—Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno será también que vuecencia sepa, que poco después entraba en el convento don Francisco de Quevedo.

—¡Ah! ¡ah! ¿y en el convento, no en la iglesia?

—La señora condesa entró por la puerta de los locutorios, y por aquella misma puerta poco después don Francisco.

El duque de Lerma escribió rápidamente una carta, la cerró, y escribió sobre la nema.

«A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales—. Del duque de Lerma—. En propia mano.»

—Id, id, Montiño—dijo el duque—; id, llevad esa carta al momento á su destino, y traedme la contestación.

Montiño salió casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su excelencia se quedó murmurando:

—¿Qué habrán ido á hacer mi hija y Quevedo á las Descalzas reales?

CAPÍTULO XXII

DE CÓMO EN TIEMPO DE FELIPE III SE CONSPIRABA HASTA EN LOS CONVENTOS DE MONJAS

La madre Misericordia, á pesar de ser abadesa de las Descalzas Reales, no era una vieja.

Esto no tenía nada de extraño, porque á falta de edad tenía caudal.

Gastaba generosamente gran parte de él en regalos á las monjas.

Y hemos dicho mal al decir que generosamente, porque aquellos regalos habían tenido su objeto antes de ser abadesa la madre Misericordia.

Serlo.

Después de ser abadesa, los regalos servían para que todas las monjas la llevasen á su celda y misteriosamente los chismes del convento.

En el convento de las Descalzas Reales se conspiraba.

Estas conspiraciones eran hijas de la rivalidad de las monjas.

La comunidad, como toda sociedad, estaba dividida en bandos.

Cada uno de estos bandos quería influir en el ánimo de la abadesa, en aquella especie de presidenta de república.

Porque un convento de monjas es una república en que todos los cargos se obtienen por elección.

Y una república más difícil de gobernar que lo que á primera vista parece.

A más de la lucha de influencia, había otras luchas secundarias que acababan de envenenar á la comunidad.

Llegaba un día clásico.

Era necesario un sermón.

Seis meses antes empezaba una lucha sorda en el convento.

Cada madre quería que su confesor fuese el encargado de la oración sagrada.

Y como había muchas madres y muchos confesores, de aquí la lucha.

Cada confesor influía sobre su monja.

Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tenía ni podía tener más que una hija de confesión en el convento, y aun en los conventos de la población en que se encontraba.

¿Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile ó un clérigo se hubiese atrevido á tener á su cargo más de una conciencia en la comunidad?

Esto hubiera sido una especie de adulterio sui generis.

No ha existido, ni existe, ni existirá, monja que pueda tolerar tal cosa.

Lo más, lo más que sucede es lo siguiente:

Se pone malo un confesor, y en un día de confesión se encuentra huérfana una monja.

Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialísima, cede su confesor á la monja huérfana.

Y la rivalidad llega hasta á los regalos que las buenas madres hacen á sus confesores.

Que sor Fulana envió el día de su santo una bizcochada magnífica á su director espiritual.

Que sor Fulana pretende sobreponerse, y envía al jefe de su conciencia otra bizcochada mejor.

Las dos madres se pican: la una, porque la otra ha hecho más: la otra, porque la primera ha murmurado de ella.

Entonces tercian chismes más peligrosos.

Si sor Fulana estuvo asomada á la celosía y dejó caer un billete, y si recogió el billete un estudiante.

Si sor Fulana soltó por su celosía un rosario bendito, que fué á caer en la halda de la capa de un soldado.

Porque en aquellos tiempos había enamorados y galanes de monjas.

Quevedo lo dice, y hace su aserción verdadera el que la Inquisición revisó los libros de Quevedo, como los revisaba todos, y no se opuso á lo que decía respecto á los enamorados de las monjas, ni lo tachó ni lo encontró inmoral.

Esto estaba en las costumbres de entonces; lo sabía todo el mundo, y no había por qué prohibir un libro que no decía más que lo que todo el mundo sabía.

Además, que estos eran unos amores simples.

Hoy es otra cosa.

De modo que la que en aquellos tiempos se metía en un convento para huir del mundo y de las tentaciones del demonio, se metía en otro mundo más agitado, en donde encontraba otras peores tentaciones.

Y no era solo esto lo que constituía el carácter, el modo de ver y de obrar de los conventos de monjas del siglo XVII.

El clero los utilizaba para otros negocios.

Las monjas venían á ser los intermediarios de otras conspiraciones de carácter más trascendental, puesto que tenían relación con el Estado.

¿Quién había de creer que en una carta dirigida á la abadesa de un convento, iba otra que debía entregarse por la abadesa á tal ó cual alta persona?

¿Quién podía sospechar que en aquellas cartas se agitasen las parcialidades de la corte?

En aquellos tiempos y aun en otros, los conventos de monjas venían á ser para los conspiradores lo que un arroyo ó un río para el que quiere hacer perder las huellas de su paso á quien le sigue.

De modo que una abadesa de monjas en el siglo XVII, solia ser un personaje importantísimo.

Eralo la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid.

Primero, porque su convento era el más aristocrático.

Había sido fundado en 1550 por la señora infanta de Portugal, doña Juana.

Le protegían directamente sus majestades.

Le visitaban mucho é iban con suma frecuencia á comer en él conservas.

Las monjas eran todas señoras pertenecientes á la alta nobleza.

Por lo importante de su categoría, que hacía importante su influencia, llovían sobre el convento magníficos donativos.

En el siglo XVII hubo un verdadero furor por las fundaciones religiosas y piadosas.

Solamente en Madrid, durante aquel siglo, se fundaron diez y seis conventos de frailes, diez y siete de monjas, nueve iglesias, seis hospitales y seis colegios; es decir, que se fundaron cincuenta y cuatro establecimientos piadosos, de los cuales sólo eran de beneficencia doce.

Esto sin contar un número igual de fundaciones anteriores.

De modo que en Madrid no podía darse un paso sin tropezar con una iglesia ó un oratorio.

Un número inmenso de los habitantes de la población pertenecía á la clase monástica.

Solamente el duque de Lerma fundó dos conventos de frailes y uno de monjas.

Esta manía de las fundaciones religiosas, á más de la piedad, tenía un objeto más egoísta: el de hacerse una ostentosa sepultura para sí y para su familia en una fundación.

Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no podía tanto, una iglesia; el que podía menos, una ermita; por último, el que no podía fundar nada, hacía donaciones á los conventos y á las iglesias, á fin de asegurar á su alma sufragios perpetuos.

De ahí la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades.

De ahí esa costra de frailes y de monjas que se extendió sobre España, cuya influencia fué incontrastable, que hizo decir á los extranjeros que España era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos aún completamente de encima.

En la Edad Media España era un castillo.

Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron conventos.

No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas con su guión y su cruz.

Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y oprimían al pueblo en la Edad Media.

En el siglo XVII sofocaban al trono rodeándole de frailes, y con esos mismos frailes embrutecían al pueblo.

Duraba el privilegio, crecía, se desbordaba.

La clase monástica, pues, pesaba en la balanza de los negocios públicos de una manera incontrastable.

Tenía también una espada, una terrible espada cuyo poder aterraba.

Esta espada era el Santo Oficio de la general Inquisición.

El Santo Oficio tuvo poder bastante para traer á España los vergonzosos tiempos de Carlos II.

En una época tal, el convento de las Descalzas Reales tenía una gran influencia.

La abadesa era un gran personaje.

Era sobrina, aunque lejana, del duque de Lerma, noble y rica.

Había aportado un rico patrimonio procedente del dote y de las gananciales de su madre, y del tercio y quinto de su padre al convento.

En el mundo se había llamado doña Angela de Rojas.

Era rica.

Pudo haberse casado, porque todas las mujeres ricas se casan.

Pero se había enamorado de un hombre que estaba enamorado de otra tan rica como ella y además hermosa y señora de título, con la que se casó al cabo.

Doña Angela, no encontrando otro medio mejor para desahogar su cólera, se metió en las Descalzas Reales.

Duróle la rabia un año, y tuvo tiempo de profesar.

No sabemos si después de haber profesado se la pasó el despecho, y se arrepintió de haberse apartado de un mundo, para encerrarse en otro.

Ella no lo dijo á nadie.

Al profesar, por una antítesis violenta con su carácter, tomó el nombre de María de la Misericordia.

Desde que fué monja, empezó á conspirar por su cuenta y á sostener sus conspiraciones con su dinero.

A los seis años de su profesión, sor Misericordia se llamaba la madre abadesa.

Su competidora vencida enfermó de rabia, y murió desesperada bajo la presión de su vencedora.

Hay entre las armas antiguas una que se llama puñal de misericordia.

Con este puñal remataban los vencedores á los vencidos.

A esta madre, en fin, fué á visitar la joven y hermosa doña Catalina de Sandoval, condesa de Lemos.

A más de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tenía la condesa mucha familia, era parienta suya.

Cuando la condesa llegó al locutorio, la dijo la tornera:

—Será necesario que vuecencia espere; la madre abadesa está confesando en estos momentos.

La condesa se mordió los labios, porque aquella detención la contrariaba.

—¿Quién es el confesor de mi prima, madre Ignacia?—dijo á la tornera.

—¡Oh! es un justo varón, un padre grave y docto de la orden del seráfico San Francisco: fray José de la Visitación.

—¡Ah! ¡Fray José de la Visitación! le conozco mucho y ha sido mi confesor algún tiempo; tomé otro porque nunca acababa de confesarme; era eternizarse aquello.

—Es confesor muy celoso.

—Demasiado; ¿y hace mucho tiempo que mi prima está confesando?

—Ya hace más de una hora.

—¡Ah! pues tenemos para otra hora larga.

—Tal vez—dijo la tornera.

—Decidme, madre Ignacia—preguntó la condesa—, ¿está vacía la celda aquella tan hermosa que está sobre el huerto?

—Sí, sí, señora condesa; está vacía porque las tapias son bajas, y una educanda que vivió en ella se escapó descolgándose por el balcón y saltando las tapias. Esto fué un escándalo que nadie sabe, que hemos guardado todas... pero yo lo digo á vuecencia en confianza.

—Gracias, amiga mía. ¿Conque las tapias son bajas y el balcón bajo?

—Sí, señora; era necesario tener una gran confianza en la persona que viviese en aquella celda.

—Y... ¿no hay otra desocupada?

—No; no, señora: apenas tenemos convento: será necesario ensancharlo: no cabemos.

—¡Bendito sea Dios!

—¿Piensa vuecencia traernos alguna novicia ó alguna educanda?

—No, no por cierto.

La condesa, que estaba profundamente preocupada, calló.

La tornera calló también por respeto.

—Madre Ignacia—dijo doña Catalina—, no me hagáis visita; de seguro estáis haciendo falta fuera.

—En verdad, señora, que ese torno no para en todo el día; pero no importa: allí he dejado á sor Asunción.

—Id, id, y por mí no faltéis á vuestra obligación, ni molestéis á nadie. Tengo además mucho en qué pensar, y no me pesaría estar sola.

La tornera se inclinó profundamente y salió.

Doña Catalina quedó sola.

Su bello semblante moreno estaba pálido; por bajo de sus ojos se veía una señal levemente morada como de quien no ha dormido; su mirada estaba fija, impregnada de no sabemos qué expresión vaga, incomprensible.

Había en su semblante un tinte de tristeza, una expresión de malestar interior.

Golpeaba impaciente con su lindo pie el pavimento.

Parecía, en fin, contrariada, por la tardanza de su prima la noble abadesa.

De repente la distrajo el rechinar de la puerta del locutorio.

Se volvió y vió á Quevedo.

Doña Catalina se puso de pie.

—¿Conque hasta aquí?—dijo.

—Hasta donde vos vayáis, mi cielo. No quiero quedarme á obscuras, y como sois mi sol, os sigo.

—¡Ah, don Francisco... don Francisco!..., ¿no me prometísteis anoche que me dejaríais venir á encastillarme contra vos?

—Sí, es cierto; pero no lo prometí yo.

—¿Pues quién fué?

—Mi amor impaciente.

—¿Pero en tan poco me estimáis, que viendo que huyo de vos queréis aún comprometerme?

—Recuerdo que en la galería obscura me ofrecísteis vuestra casa.

—Tenía á obscuras la razón; no sabía lo que me acontecía.

—¿Pero no me amáis?

—¡Ay!... ¡sí!...—exclamó doña Catalina tendiendo lánguidamente su mano y de una manera instintiva á Quevedo.

—¡Ah!—exclamó Quevedo, apoderándose de aquella mano—; ¡y cómo me da la vida vuestro amor!

—Soltad, que estas monjas son muy curiosas, y siempre están en acecho.

—Decís bien; siempre andan alrededor de los del mundo, que se les acercan como el gato alrededor de las sardinas.

—Por lo mismo, mirando el lugar en que nos encontramos, y sobre todo mi decoro, sed respetuoso conmigo.

—¿Y cuando, señora, no os he respetado?

—Dadme una prueba saliendo de aquí.

—Prometedme que vos no pasaréis más adelante.

—Aseguradme que seréis dócil á lo que yo quiera.

—Os lo juro, siempre que no me pidáis lo que no puedo concederos.

—Pues bien, no entraré.

—¿Y podré yo entrar hasta vos?

—¡Qué adelantáis, don Francisco, con sacrificar una mujer más!

—Seríais vos la primera.

—Ved por qué no puedo fiarme de vos; negáis lo que todo el mundo sabe: vuestros ruidosos galanteos.

—Helos tenido con muchas hembras, pero tratándose de mujeres vos sois mi primera mujer.

—Tal vez os engañáis... tal vez yo no sea más que... como vos decís, una hembra, y harto débil y desdichada.

—Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto á lo desdichada, estando ausente de vos mi señor el duque de Lemos, no os podéis quejar.

—Quéjome de que siempre no haya estado lejos.

—¡Oh! ¡si no hubiérais sido hija de Lerma!

—Ni aun delante de mí, perdonáis á mi padre.

—Eso os probará que para vos, mi lengua es lengua de Dios.

—No os entiendo.

—Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para mejor probároslo, no sólo aborrezco, sino que desprecio á vuestro padre.

—¡Ah! ¡qué desgraciada soy!

—Sóislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergüenza: no se eligen padres.

—Si yo fuese una cualquiera no me hubiérais amado.

—Soy hombre que visto negro y liso.

—¡Cómo!

—Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en riqueza; siendo vos lo que sois, además de ser hija de un duque y mujer de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os hubiera conocido.

—De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo...

—Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas.

—Desconfío todavía de vos.

—¿Todavía?...

—Sois un abismo. Acaso no me enamoráis sino porque soy hija del favorito del rey.

—Mal haya la fama, que más que bienes da males.

—Sois gran conspirador.

—¿Conspirador habéis dicho? pues conspiremos.

—¿Y contra quién?

—Contra la abadesa vuestra prima.

—Conspirar, ¿y para qué?

—Para salir del atolladero.

—¿De qué atolladero?

—De haberos metido vos aquí, y de haberme metido yo tras vos.

—Con que vos os vayáis hemos salido del paso.

—Os engañáis, porque ya me han visto.

—¿Y por qué habéis dado lugar á que os vean?

—Se me os escapábais.

—No creo que puedan suponer...

—Las monjas no suponen nada bueno...

—Pero mi prima sabe...

—Que sois hermosa; lo que basta para que os mire mal.

—Es virtuosa...

—Con la virtud de las feas.

—¡Pero Dios mío, vos no perdonáis á nadie!

—A nadie sentencio que él mismo no se haya ya sentenciado.

—Y ya que decís que estamos en un atolladero, ¿cómo os parece que podamos salir de él?

—Conspirando.

—¿Pero contra quién?

—¿Contra quién?... contra cualquiera... la abadesa, á trueque de conspirar, creerá todo lo que queramos que crea. ¿Quién es el confesor de nuestra noble prima?...

—¿De nuestra prima?...

—He dicho de nuestra prima, porque hasta cierto punto vuestros parientes son mis parientes.

—¿Os habéis propuesto mortificarme?

—No quisiera. Pero volvamos á nuestra conspiración. ¿Quién es el confesor de nuestra prima?

—Esperad; no sé por qué se me ocurrió preguntar eso mismo á la tornera, y me dijo que un fraile grave de San Francisco... fray José de la Visitación.

—¿Aquel que se atrevió á decirnos un día que el infierno era negro como vuestros ojos, y que vuestros ojos quemaban sin llama como el infierno? Pues si es ese santo varón, ya sé contra quién tenemos que conspirar.

—¿Contra quién?

—Contra el conde de Olivares.

—¡Ah! el pobre conde nos va á servir de mucho.

—Pienso valerme de él para otras muchas cosas.

—¡Ah! ya no tenemos tiempo de prevenirnos. Me parece que oigo la voz de mi prima.

—¡Oh! pues dejadme hacer, fingíos muy turbada.

Quevedo no pudo decir más.

Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis á veintiocho años muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con los ojos pequeños, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca, los pómulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antipático; añádase á esto el hábito, la toca cerrada, el velo y la expresión monjuna, bajo la cual se encubría mal la soberbia, y se comprenderá que la madre Misericordia tenía un nombre enteramente contrario á su aspecto, eminentemente antitético con ella misma.

Sin embargo, se comprendía lo elevado de su cuna en la distinción de sus maneras.

Adelantó gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado del lado allá de la doble reja, y comprendió en una reverencia su saludo para doña Catalina y Quevedo.

—Ya nos une esa víbora—dijo para sí don Francisco—, yo haré que nos desuna.

Y contestando con otra no menor reverencia á la abadesa, mientras la de Lemos callaba verdaderamente turbada por la situación, dijo:

—¡Mi señora doña Angela!...

—Hace mucho tiempo que sólo me llamo sor Misericordia, caballero—, dijo la religiosa con acento severo y agresivo.

—Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy á hablaros del mundo, cuando voy á sacar vuestro pensamiento del claustro.

—En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no comprendo cómo acompañáis á mi parienta doña Catalina.

—Sentémonos—dijo Quevedo con gran calma.

Doña Catalina se sentó más turbada que nunca, y la abadesa extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fría y la audacia de Quevedo.

—Vos no me conocéis—dijo—, no lo extraño; vos habéis vivido siempre muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en él, aun cuando he estado preso.

Al oír la palabra preso, la abadesa dejó ver una altiva expresión de disgusto y de contrariedad.

—Y digo preso—continuó Quevedo como contestando á aquella expresión—, porque los que en España nos encontramos entre cierta gente, cuando no somos prendedores somos prendidos. En fin, señora, yo me llamo, después de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de no sé qué torre, y autor de no sé qué libros.

—¡Ah!—exclamó cambiando enteramente de expresión la abadesa—: ¿y para qué me buscáis, caballero?

—Primero he buscado á vuestra noble prima.

—¿Y para qué?

—Para asuntos que me tocan al alma... porque á mí me toca al alma todo lo que directa ó indirectamente atañe al servicio de su majestad.

-¡Ah!

—Pues he buscado á doña Catalina, cuya bondad conozco, á fin de que me sirviese para con vos de recomendación y ayuda.

—Bastaba vuestro nombre.

—No había necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; conócese mi nombre más que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones...

—¡De conspiraciones!

—¡Se conspira!

—¿Pero contra quién, caballero?

—¿Contra quién se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar.

—¡Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no sé que haya nadie que conspire en España contra su majestad.

—Sí; sí, señora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra el duque de Lerma.

—Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente habláis, os ha tenido preso.

—Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no sé... no sé cómo agradecérselo. Eso mismo lo he dicho á su hija, á la señora condesa de Lemos.

—Es verdad—dijo doña Catalina ya más repuesta.

—Y se lo he dicho en la misma antecámara de su majestad la reina, donde estaba de servicio, donde nadie nos oía, donde no nos veía nadie, donde doña Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad de mis palabras. ¿No es verdad, señora?

—Sí, sí, don Francisco, es verdad—dijo la de Lemos, poniéndose ligeramente encarnada.

—¿No es verdad, señora, que á pesar de las malas ideas que teníais respecto de mi, me habéis creído enteramente, habéis confiado, y que después, en razón de vuestra confianza, habéis variado vuestro propósito hacia mí y habéis consentido en que hablemos juntos á vuestra noble prima?

—No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certísimo.

—Ya veis, señora, que cuando doña Catalina, hija de quien es, confía en mí, vos también debéis confiar.

—¿Pero por qué no habéis ido directamente á mi tío, caballero?—dijo la abadesa.

—El duque de Lerma acaba de darme la libertad; podía creer que yo... yo no puedo, no debo cambiar así, delante de las gentes, delante del mismo duque. Anoche doña Catalina me dió una carta de la duquesa de Gandía para su padre, y su excelencia quiso atraerme á su partido creyéndome su enemigo.

—Se os presentó, pues, una buena ocasión de ceder.

—Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de mí.

—Vuestros hechos le hubieran convencido.

—Pues ved ahí, señora: de tal modo hablé con el duque, que hoy me cree más enemigo suyo que ayer.

—¿Y para qué eso?

—Créame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me equivoco porque soy hombre, pero jamás lo confieso... al menos á la persona respecto á la cual he caído en error. Pero tratándose de vos, señora, de la señora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra discreción, es distinto; á vosotras vengo para ayudar á ese grande hombre en cuyas manos está la gobernación del reino. Vosotras seréis el medio por donde llegarán á él los beneficios de mi leal y oculta amistad.

—¡Ah! caballero... cuánto os agradezco... ¿y sabéis? ¿habéis descubierto...?

—Una conspiración horrible.

—¿Pero cómo...?

—Anoche un amigo mío, un noble joven que acababa de llegar á la corte, tuvo un desagradable encuentro á causa de una dama, con don Rodrigo Calderón.

—Don Rodrigo, según me ha dicho mi confesor, está herido, y esto es una desgracia.

—No, no señora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor.

—Don Rodrigo es un miserable—dijo doña Catalina, que se acordaba de la insolente carta que don Rodrigo la había enviado el día anterior y de la que hablamos al principio de este libro.

—Mi tío confiaba ciegamente en él.

—El duque de Lerma es muy confiado.

—Es, sin embargo, muy prudente.

—Pero don Rodrigo más falso.

—¿Qué decís?

—Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

—¿Pero de quién se ayudaba ese hombre?

—¿De quién? del conde de Olivares.

—¡Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmán no tiene perdón de Dios; todo lo debe á mi tío, y, sin embargo, pretende apoderarse del ánimo del rey.

—Es peor que eso: pretende apoderarse del ánimo del príncipe.

—¿Qué queréis decir con eso?

—Nadie pretende la privanza de un príncipe, sino cuando cree que está próximo á ser rey.

Palideció la abadesa.

—¿Y serían capaces...?—dijo.

—Yo no he dicho tanto.

—Pero tendréis algunas pruebas...

—No las tengo, pero las he visto.

—Seguid, don Francisco; pero explicadme.

—Ya os he dicho que mi amigo es enemigo, á causa de una dama, de don Rodrigo Calderón. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasión de dar de estocadas á don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido tenía sobre sí alguna prueba de amores, le encontró...

—¿Y qué encontró?

—Unas cartas... la prueba de la conspiración más pérfida...

—¿Cartas de quién?

—De varias personas...

—¿Había alguna del conde de Olivares?

—Sí... ciertamente—contestó Quevedo á bulto.

—¿Pero qué se han hecho esas cartas?

—Llevólas á palacio mi amigo.

—A palacio... ¿y para qué?

—¿Para qué? para entregarlas al rey.

—No habrá podido... esas cartas estarán en poder de vuestro amigo: es necesario rescatarlas...

—Las tiene...

—¿Quién?

—La reina.

—¡La reina!

—Que durmió anoche con el rey.

—¿Qué decís, caballero?

—El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte de la noche.

—¿Pero cómo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas á la reina?

—Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de la reina.

—Me habéis maravillado, don Francisco... yo creía que lo sabíamos todo...

—Pues ya habréis visto que hay muchas cosas que ignoráis.

—Madre abadesa—dijo en aquellos momentos á la puerta del locutorio una monja—, aquí han traído una carta para vos.

—Dadme, dadme.

La monja adelantó y dió una carta á la madre Misericordia.

Luego salió.

—Permitidme, prima mía; permitidme, caballero—dijo la abadesa.

Doña Catalina y Quevedo se inclinaron.

La abadesa abrió con precipitación la carta.

—¿De quién será?—dijo para sí Quevedo.

La abadesa leyó la carta, la dobló, la guardó y, dirigiéndose á Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial:

—Os agradezco las revelaciones que me habéis hecho, don Francisco, y estoy segura de que mi tío el duque de Lerma os las agradecerá.

—¡Oh! Pero os habéis olvidado, señora—dijo con suma precipitación Quevedo—. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa, no pueda sospechar siquiera la situación en que me encuentro respecto á él.

—¡Ah! ¡Sí, es verdad, caballero! Y puesto que así lo deseáis, respetaré vuestro deseo.

—Me haréis en ello gran merced; y como supongo que necesitaréis de vuestro tiempo, me pongo á vuestros pies y os pido licencia para retirarme.

—Supongo que nos volveremos á ver.

—Nos volveremos á ver... ¡de seguro!

—Pues adiós, don Francisco.

—Que os guarde Dios, señora.

Y tomando una mano á la de Lemos y besándola cortésmente, y lanzándola rápidamente una mirada en que había todo un discurso, salió.

—¿Qué significa este conocimiento que tenéis con don Francisco de Quevedo, prima?—dijo severamente la abadesa.

—Le conozco desde que era muy joven—contestó con desdén doña Catalina.

—Pero no creo que le conozcáis lo bastante para acompañaros con él.

—Si don Francisco y yo tuviéramos un interés cualquiera en vernos, en andar juntos, no elegiríamos por cierto el locutorio de las Descalzas Reales para lugar de nuestras citas, ni á vos por testigo.

—En lo cual haríais muy bien.

—Y mucho más por la parte que me concierne, porque me excusaría de que pensárais mal de mí.

—Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qué habéis venido al convento.

—Unicamente para presentaros á ese caballero; pero la culpa la tengo yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se interesan por mí.

—Si yo no me interesase por vos, no me importaría que diéseis pasos peligrosos.

—¡Pasos peligrosos!...

—¡Quien os haya visto acompañada por Quevedo... por ese hombre de tan mala fama!

—Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme.

—Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre.

—¿Y qué es lo que sabe?

—Leed, prima.

Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta que acababa de recibir, y dió la vuelta al torno.

La de Lemos tomó la carta y leyó.

Era de su padre.

En ella decía á la abadesa que habían visto meterse en el convento y en uno de los locutorios á su hija, y tras ella á Quevedo. Que procurase comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase.

—Es necesario confesar—dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en el torno y dándole vuelta—que á veces mi padre está bien servido.

—¿Seréis franca conmigo, prima?—dijo la abadesa después de haber tomado la carta y de haberla guardado.

—¿Y por qué no he de serlo? ¿Creéis acaso que yo tenga algún secreto?

—¡Creo que amáis á don Francisco!

—¡Y qué!—dijo fríamente la de Lemos, que era violenta.

—¡Lo confesáis!

—Ahorro una disputa vergonzosa.

—¿De modo que el amor...?

—¿Y qué entendéis vos de amor?—dijo con desprecio la de Lemos.

La abadesa se mordió los labios.

—Yo creía que os justificaríais.

—Yo no me justificaré jamás de acusaciones tan absurdas—dijo levantándose con indignación la de Lemos y volviendo la espalda á la abadesa.

—Pero escuchad, mi querida Catalina—dijo la abadesa.

—¡Adiós!—exclamó la de Lemos, y salió dando un portazo.

—Creo que he obrado de ligero, y que mi tío recela más de lo justo...—murmuró la abadesa—. Y dice bien ella... si se amaran, ¿á qué habían de haber venido aquí? Lo más que puede suceder es que Quevedo ame á mi prima y quiera obligarla mostrándose amigo de mi tío; pero el padre José me ha revelado cosas que están muy en relación con lo que me ha revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo, tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de estocadas á don Rodrigo Calderón, busca en él algunas pruebas, y encuentra cartas de Olivares á Calderón... cartas en que se hace traición á mi tío... Hay aquí algo que se toca... Alonso del Camino, montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento de Atocha, según me ha dicho el padre José, y el confesor del rey, á pesar de que es enemigo declarado de mi tío, ha sido nombrado inquisidor general. En la revelación de Quevedo hay algo de cierto. ¡Las cosas han variado... pues bien... nuestra obligación es ayudar á Lerma... si Quevedo le sirviese de buena fe!... ¡oh! ¡don Francisco vale mucho! ¡pues bien! avisemos á mi tío, y él en su prudencia, en su sabiduría, sabrá lo que debe hacer.

La abadesa salió del locutorio.

—¿Quién ha traído esta carta?—dijo á la tornera.

—El señor Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¡el cocinero del rey! ¿y espera?

—Sí, señora, espera la contestación.

—Hacedle entrar, madre Ignacia.

Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había en él y se puso á escribir.

Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.

Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella.

Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.

—Quien huye, teme—dijo Quevedo.

—Pues no, no sé—dijo saliendo Montiño—por qué deba yo temeros.

—Vos debéis haber venido aquí para algo malo.

—¿Yo?

—Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta del duque de Lerma á la abadesa.

—¡Cómo! ¡qué!

—¡Una carta en que se habla mal de mí!

—¡Pero don Francisco!

—Me la ha leído la abadesa y sé que andáis en cuentas con ese bribón de Lerma.

—Os juro que... yo... no sé ciertamente... el duque me ha llamado...

—Vos acabaréis muy mal, señor Montiño.

—Mi sobrino tiene la culpa.

—¿Vuestro sobrino?...

—Por él me están aconteciendo desde ayer desgracias. Para él es todo lo bueno, para mí todo lo malo.

—Y será peor si no os confiáis completamente á mí.

—Pero don Francisco...

—¡Se conspira!

—¿Que se conspira?

—Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.

—Mi sobrino...

—¡Escondéos!

—¡Cómo!

Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta.

Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería.

—Habéis mentido en vano—dijo la condesa—; mi prima lo ha adivinado todo.

—¡Todo! pues mejor.

—Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa? cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué avergonzarse de amarle.

—Dios bendiga vuestra boca.

—Os espero.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—¿Por dónde?

—Por el huerto.

—Larguísimo va á ser para mí el día.

—Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho.

—Ahora las noches son largas.

—Pues hasta la noche; ¿á qué hora?

—A las ánimas.

—Pues hasta las ánimas.

—¡Hola!—dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta—; que acerquen la litera.

La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha.

Quevedo estaba incómodo.

No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había hablado bajo.

—Salid—dijo á Montiño.

Montiño salió.

—Venid conmigo.

Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor.

—Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.

—Señor Francisco Montiño—dijo la madre Ignacia desde detrás del torno.

—¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy, señora mía.

Y se acercó al torno.

—La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio.

—Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco.

Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa.

—Andad, que aquí os ospero—dijo Quevedo.

Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y después siguió subiendo, aunque no tan deprisa.

Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora.

Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera.

Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos, crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando:

—¡Como la otra!

Y se lanzó en la calle.

Quevedo partió tras él y le asió por la capa.

—¡Ea, dejadme!—exclamó el cocinero mayor.

—¿Os olvidáis de que yo os esperaba?

—¡Como la otra!—repitió en acento ronco y cada vez más desencajado Montiño.

—¿Pero estáis loco, señor Francisco? cubríos, que el aire hiela; embozáos y componéos, y venid conmigo.

Montiño se encasquetó la gorra de una manera maquinal, y repitió su extraño estribillo:

—¡Como la otra!

—¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería!

Montiño se dejó conducir.

Hostería del Ciervo Azul, leyó Quevedo en una muestra sobre una puerta.

—Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón, y no me vendrá mal una empanada de perdiz.

Y empujó adentro á Montiño.

Entraron en un gran salón irregular, pintado de amarillo, color con el que se había combinado el humo de las candilejas de hoja de lata clavadas de trecho en trecho en la pared.

Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epígrafe de este capítulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente.

CAPÍTULO XXIII

EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE

Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban encendidas.

Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño.

Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.

Montiño había guardado un profundo silencio.

Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño.

Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor no estaba en el completo uso de sus facultades.

—¡Había de haber sido una monja!—dijo Quevedo cuando se certificó del estado mental de Francisco Montiño.

Un mozo entretanto trajo la empanada.

Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño.

Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca.

Bastó esto para que volviese de su fascinación.

—¿Qué es esto?—dijo—. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel?

Y escupió el bocado.

—¡Ah, ah!—dijo Quevedo—, me había olvidado de que sois el rey de los cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el apetito que yo tengo para tragar este engrudo.

—¿Dónde me habéis traído?

—A la Hostería del Ciervo Azul.

—¡A la hostería del Ciervo!—exclamó con espanto Montiño—. ¿Qué habéis querido darme á entender con eso?

—¡Yo!

—Sí, señor, vos... vos me habéis dicho no sé qué acerca de mi mujer...

-¡Yo!

—Sí, señor. El tío Manolillo me ha dicho también algo de eso.

—¡También el tío Manolillo!

—Y el duque de Lerma.

—¡Cómo!

—Y doña Clara Soldevilla.

—¡Ah!

—Y, por último, esa mujer á quien Dios confunda... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡como la otra! ¡como la otra!

—¿Como qué otra?

—Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer?

—¡Ah!

—Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á Verónica.

—¿Pero estáis loco, Montiño?

—Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo.

—Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán—dijo Quevedo.

—¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo.

Y el cocinero se levantó.

—Sentáos—dijo Quevedo con voz vibrante—; sentáos y no espantéis la caza: yo os vengaré.

—¿Pero es cierto?—dijo con angustia Montiño, que se sentó.

—Certísimo; pero no habléis con ese tono compungido. Vos no sabéis nada; estáis almorzando alegremente. Comed.

—¡Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogaría ese pastel...

—¡Mozo! ¡un real de olla podrida!—dijo una voz estentórea al fondo del salón.

—Ya veis, ese hombre se ha ido allá muy lejos, y sin duda no os ha visto, estáis de espaldas á él; á mí sí me ve de frente, pero nada importa; si se atreve á mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque aquí mismo os vengo.

—¿Pero estáis seguro de que es verdad, don Francisco?

—Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor don Juan de Guzmán, y aun sospecho que lo que lleva en sí la Luisa, sea cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, á la que llamáis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo. Os aconsejo que dotéis bien á la Inesita, porque es hija de buen padre.

—Pues mirad, ya lo había yo sospechado. Había olvidado con desprecio á aquella detestable Verónica... ¡pero Luisa!... ¡una muchacha que era moza de retrete, y á la que he hecho casi una dama!

—Pero no la habéis dado marido, y ella se ha provisto de galán.

—¡Pero qué galán!

—Cosas de las mujeres.

—¿Y qué debo hacer?

Quevedo, que había aprovechado aquella ocasión y había sido cruel con Montiño solamente por apartar un peligro de la reina, contestó:

—¿Qué debéis hacer? separaros de Luisa.

—Decís bien.

—No os faltarán mujeres.

—Decís bien.

Pero de repente, en una reacción del sentimiento, exclamó:

—¡Y lo que nazca!

—Podéis contar que no es vuestro.

—La separaré de mí.

—Haréis bien.

—La enviaré á Navalcarnero.

—Haréis mal; es demasiado cerca, enviadla á su país.

—¿A Asturias?

—Eso es.

—No hablemos más de esto.

—Hablemos de lo otro. ¿Qué os ha dicho la madre abadesa?

—¡Oh! ¡oh! me ha preguntado quién es la dama á quien ama en palacio mi sobrino.

—¿Y vos qué le habéis dicho?

—Yo... nada.

—¿Y qué ha replicado la abadesa?

—Me ha llamado ciego.

—¿Y qué más?

—Para probármelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmán. ¡Como si uno pudiera saber lo que pasa en su casa estando á cinco leguas de distancia!

—Pero supongo que habréis tenido prudencia.

—Prudencia ¿acerca de qué?...

—Acerca de lo que sabéis relativamente á vuestro sobrino.

—Para prudencia estaba yo.

—¿Pero qué habéis hecho?

—Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio á mi mujer, la dije: pues dama hay en palacio mucho más alta...

—¡Diablo!

—Sí, señor, mucho más alta, que no es mejor que mi mujer...

—La abadesa os preguntaría quién era esa dama.

—Cierto que sí.

—¿Y vos?

—Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de decir las verdades.

—Diríais que doña Clara Soldevilla...

—¿Qué tengo yo que ver con doña Clara Soldevilla? dije que la reina...

—¡Desdichado!

—Era querida de mi sobrino.

—Pues habéis mentido como un bellaco—exclamó Quevedo—; y ya que no tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de volver á pronunciar esa calumnia.

—¡Ah, don Francisco!—exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo, bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.

—De seguro la abadesa os ha dado una carta.

—Es verdad.

—Una carta para el duque de Lerma.

—Es verdad.

—Dadme esa carta.

—Pero tengo que llevarla á su excelencia.

—Dadme esa carta.

Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á Quevedo.

Quevedo rompió la nema.

—¿Pero qué hacéis?—dijo Montiño.

—Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí.

Y la leyó.

—Ya lo sabía yo—dijo.

Y llamó á grandes golpes sobre la mesa.

Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño.

Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie, calzado con un chapín dorado.

—Confúndame Dios—dijo Quevedo—si yo no conozco á esa. Detengámonos, que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor.

Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se asió á su brazo.

—¿Tendremos buscona?—dijo para sí Quevedo.

—Vamos, seguid, y no os hagáis de rogar, don Francisco—dijo una voz irritada y breve, á pesar de lo cual Quevedo conoció por aquella voz á la Dorotea.

—¡Ah, reina mía! ¿y á dónde bueno por aquí?

—No lo sé.

—¿Que no lo sabéis?

—No. Llevo la cabeza hecha un horno.

—Más bien creo la lleváis hecha una olla de grillos.

—He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me moría.

—¿Pero qué os ha sucedido?

—Se me ha subido el almuerzo á la cabeza.

—¡Ah! diablos; ¿y os habéis salido á tomar por estas calles un baño de pies?

—No; no, señor: me he ido al alcázar.

—¿Y qué teníais vos que hacer en el alcázar?

—¡Qué! ¿qué se yo? buscaba al cocinero de su majestad.

—¿Y le habéis habido?

—Sólo he habido á su mujer. El cocinero se ha perdido.

—Pobre Montiño: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza.

—¡El sobrino del cocinero mayor! ¡el señor estudiante! ¡el señor capitán! ¡el embustero! ¡el mal nacido!

—¿Pero qué granizada es esa, amiga mía?

—Debéis saberlo vos. Vos, que habéis formado la tormenta. ¡Pero yo me tengo la culpa! ¡Yo no debí recibiros! ¡yo debí conoceros! el que se atrevió á enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja...

—No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais, Dorotea!

—¿Qué, ahora lo estoy menos?—dijo con acento singular la comedianta.

—No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más mujer.

—Entrémonos aquí—dijo la Dorotea—; empieza á llover.

Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y negro.

—Pero ved, hija mía, que esto es una taberna.

—¿Y qué se me da?

—¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de Santiago. Nos echamos á rodar.

—Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.

—Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede entrar en este aposento?—añadió Quevedo, parándose en el fondo de la taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado.

—Sí; sí, señor, con mil amores—dijo aquel hombre—. ¡Nicolasa! ¡la llave del cuarto obscuro! ¡tráete una luz! Esperen un momento vuesas mercedes.

—¿Qué hora es?—dijo Dorotea.

—Acaban de dar las doce en Santo Tomás. Pronto, Nicolasa, pronto, que estos señores esperan.

Acudió una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo puesta en una palmatoria de barro cocido.

Abrió la puerta, entró y puso la palmatoria sobre una mesa.

—Dos sillas, Nicolasa—dijo aquel hombre.

La Maritornes entró toda apresurada y solícita con dos sillas de pino.

—¿Qué quieren vuesas mercedes?—dijo el hombre, que se había quitado la gorra.

—Vino, mucho vino—dijo la Dorotea.

—Sólo tengo blanquillo de Yepes.

—Sea el que quiera.

El hombre salió.

—No os conozco, Dorotea—dijo Quevedo.

—Tampoco yo me conozco á mí misma.

—Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.

—No importa.

—Que tenéis que ser esta tarde estrella.

—Me nublo.

—El autor de la compañía os obligará.

—No puede.

—Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel.

—Si me encuentra.

—¡Ah! ¡os perdéis!

—Me he perdido ya.

—¡Mirad no perdáis á alguien!

—Una vez perdida yo, que se pierda el universo.

—Traigo un azumbre—dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme jarro vidriado y dos vasos.

—¡Fuego de Dios!—exclamó Quevedo.

—Idos—dijo con impaciencia Dorotea.

El tabernero se encaminó á la puerta.

—Volved lo de afuera adentro—dijo Quevedo.

El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera y la puso por el lado de adentro.

Quevedo se levantó y echó la llave.

Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada desde afuera, y miró si había alguna rendija.

La puerta era nueva y encajaba bien.

—Henos aquí metidos en un paréntesis—dijo don Francisco.

—Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida.

—Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos; pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche.

Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo.

Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño relicario cubierto de brillantes.

—Deslumbráis, Dorotea—dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y poniéndole sobre su ferreruelo en la llave—. Se me os vais subiendo á la cabeza.

—Sentáos y ponedme vino.

—No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal un negocio se emborrachan.

—Ponedme vino.

—Beberéis vos sola.

—¡Queréis tener sobre mí ventaja!

—Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.

—Decís bien... pero yo necesito hacer algo.

—¿Y os embriagáis?

—Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me quita otra.

Y levantó el vaso.

Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido.

Luego tomó el jarro y lo arrojó:

—Soy vuestra madre—dijo—; dejémonos de locuras, y ya que os tengo aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente, hija mía. ¿Creéis que yo soy malo?

—¿Quién sabe lo que vos sois?

—Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.

—¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte!

—No vengo por mi gusto.

—Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna?

—Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.

—¡Malhayan los tales secretos!

—¿Por qué decís eso?

—Porque creo que me habéis sacrificado á ellos.

—Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis que os sacrifico?

—No es dios, es diosa.

—¿Diosa?

—Sí, la diosa ambición.

—Conócese que tratáis con el duque de Lerma.

—Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello, de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois secretario del duque de Osuna.

—Confiésome torpe; no os entiendo.

—Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia me abra las puertas de un convento.

—¿Magdalena os tenemos?

—Si me dais medios de que lo sea, os perdono.

—Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en qué os he ofendido yo?

—¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy!

Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un movimiento sublime.

Su mirada resplandecía.

Quevedo la miraba con asombro.

—No, no soy desgraciada—dijo la Dorotea—, sino muy feliz, felicísima. Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi agradecimiento.

—¡Qué lástima!—dijo Quevedo.

—¿Y de qué?

—¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca?

—¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de ojo?

—Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta mañana.

—Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis visto esta mañana y cómo me véis ahora.

—Son las doce—dijo Quevedo—; á las dos empieza la comedia y necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo?

—Sí; ¿pero eso qué importa?

—Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho, porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos.

—Creo que empezáis á engañarme.

—Suponed que no me llamo Quevedo.

—Eso no es posible.

—Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca y que deseo curarla.

—Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas situaciones en que os he visto.

—Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó hijo de palacio, como mejor queráis.

—Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso?

—Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo.

—¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo!

—Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos?

—No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre; á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio.

—¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó; pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal.

—Yo no gasto, como vos, antiparras—me dijo—; pero es el caso, hermano don Francisco, que veis más claro que yo. ¿Queréis mirar una cosa que yo os muestre, y decirme qué habéis visto en ella?

—¿Y de qué cosa se trata, tío?—le pregunté.

—De una mujer.

—Pues si vos, tratándose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me quedo á obscuras.

—No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo á esa mujer y tengo, naturalmente, una venda sobre los ojos.

—¡Os dijo... que me amaba el tío Manolillo!—exclamó Dorotea.

—Pero no me dijo de qué modo; ¡no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido adivinarlo; pero continuemos. El tío me llevó al convento de las Descalzas Reales, tocó al torno, y dijo:

—Madre tornera, tened la bondad de decir á Dorotea que aquí estoy yo con otro caballero.

Entramos en el locutorio.

Vos tardásteis.

Entonces me dije, yo no sé si con fundamento:

—Esa mujer se está componiendo para parecer mejor.

—¡Ah, y qué mal pensador sois!—dijo la Dorotea.

—En efecto, cuando os presentásteis veníais tan compuesta, como podíais estarlo en el convento.

—Había en aquel sencillo hábito, en aquella toquilla, en aquel escapulario azul, en aquella cruz de oro que pendía de vuestro cuello, una cosa que decía: «Ved que con lana y lino puede parecer una mujer mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.»

Era, además, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra, sonora; vuestro discurso, apasionado.

Yo me enamoré de vos.

Cuando salí del convento, dije al tío Manolillo:

—Esa paloma volará en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no me pesará que esa mano sea la mía.

—Si ella os ama—dijo el tío Manolillo—, por mi parte nada tengo que oponer. Me he propuesto darla gusto en todo.

—Pero, ¿qué es vuestra Dorotea?—le pregunté.

—Es una historia—me dijo.

Comprendí que el bufón del rey no me diría una palabra más acerca de vos, y no volví á preguntarle.

Pero me habíais llenado, el alma no, ni el corazón, sino los sentidos; ardía por vos, Dorotea.

—Por lo mismo que sabía que yo no podía contar con vos, que vos no podíais ser para mí más que el primer amante...

—¡Oh!—exclamó Quevedo.

—Me reí de vos.

—Y á mí, que no me gusta divertir de balde, me bastó con que vos os riérais.

—Ya sé que sois altivo.

—No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo.

Aconteció, además, que un día en que por costumbre, no curado aún bien de la locura que me habíais pegado, estaba yo en la iglesia de las Descalzas Reales... sólo por oír vuestra voz, que la teníais excelente y me enamoraba, un mal nacido ofendió á una dama. Volví por ella, mediaron palabras y aun más; salimos á la calle, y maté á aquel hombre. Como las pragmáticas en esto de duelo son rigurosas, y como á mí me querían mal en la corte, creí prudente huir, y me amparé en Navalcarnero. Allí conocí á Juan Montiño... excelente muchacho... corazón de perlas, alma de ángel en cuerpo de hombre.

—Pero tan burlador como vos.

—¡Bah! Después hablaremos de eso. Estuve algún tiempo en Navalcarnero, se arregló lo de la muerte, volví á la corte. Poco después se le indigestó un romance mío con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me cogió, y me enjauló en San Marcos. Allí he estado dos años; allí os he recordado más de una vez...

—En resumen, lo que vos pensásteis de mí en aquel tiempo...

—Fué que érais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los placeres, de los amores galantes; una hermosísima criatura, poca alma y muchos sentidos; poco corazón, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi encierro escribí por vos... dijéronme que habíais huído del convento.

—Vióme un comediante en ocasión de ensayar una farsa á las monjas.

—¿Comediante fué?

—Galán.

—¿Se llama?

—Gutiérrez.

—¡Ah! La presunción con ropilla; la vanidad ambulante...

—Me miró, le miré. Elogió mi ingenio y mi voz, y me engreí. Me escribió proponiéndome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi celda daba á un huerto que tenía las tapias muy bajas, los balcones eran muy bajos... me escapé... caí loca en los brazos de aquel hombre... perdí la virginidad de mi cuerpo, pero conservé la virginidad de mi alma. Gutiérrez no había sabido despertarla... Gutiérrez no me había dado la ardiente vida que yo necesitaba... El público entretanto me aplaudía... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus... sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazón. ¡A! ¡no! en él resonaban huecos los aplausos; le aturdían, pero no le conmovían. Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando á partido ganaba poco; me veía obligada á alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran queridas de algún gran señor. Gutiérrez no podía darme nada de esto. Los galanes que me enamoraban no podían dármelo tampoco. Yo sufría, yo estaba humillada: yo soñaba en el gran señor que debía cubrirme de oro. Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y generoso. Yo necesitaba humillar á mis compañeras. Una tarde vi en un aposento á un señor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrás de él había un hidalgo, altivo también, joven y buen mozo. Los dos me miraban, los dos me aplaudían... yo me enamoré de los dos. Del uno por vanidad, del otro... por amor, no... yo creía que era por amor... pero hoy me he desengañado.

—¡Eran Lerma y Calderón! ¡El amo y el perro!

—Ellos eran. Después de la función, encontré en mi casa, esperándome, á uno de ellos. Se había entrado por fuero propio, pagando á mi doncella. Era don Rodrigo Calderón. Me traía un mensaje y un regalo del duque de Lerma. Yo acepté. Después de haberme hablado por el duque, don Rodrigo me habló por sí mismo.

—Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran señor goza antes que él, y es muy justo—dijo Quevedo—; el agua moja antes el cauce que el pilón. Vuestra historia es muy conocida.

—He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo.

—Os leí, pues, en el convento.

—¿Y qué habéis leído hoy en mí?

—Vamos á vuestra segunda época. Salía yo esta mañana de palacio y andaba por esas calles de Dios, pensando en dónde encontraría posada, cuando al buscar en un balcón una cédula, os vi á vos tras de la vidriera. He aquí mi posada, me dije, y me entré.

—Y como éramos antiguos conocidos...

—Tomé posesión de vuestra casa, y os leí en una mirada. Erais la buscona más perfecta en su época peligrosa.

—¡La buscona!

—Ese es el nombre.

—Es decir, la mujer...

—Que ahorra sangrador, y deja á un prójimo de tal modo, que no puede valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes, envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada á la vida alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y pregonándose á voces.

—¡Oh! ¡es verdad! ¡qué vergüenza!

—Pasando á vuestro tercer estado, al en que os encontráis en este momento, os confieso que no os conozco: que os habéis transformado; que os ha sido vergüenza, y habéis criado pudor; cuando érais virgen os vi cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen.

Dorotea bajó la cabeza avergonzada por única contestación.

—¡Vos amáis! ¡amáis por la primera vez!—dijo Quevedo con acento sonoro, seco, vibrante, solemne.

—¡Oh! ¡sí! ¡yo creo que sí! ¡yo estoy loca!—exclamó Dorotea.

—¡Misterios del espíritu!—murmuró Quevedo—; ¡no nos comprendemos! ¡la ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo presiento... porque veo... observo... y me asombro!

—¿De qué os asombráis?

—De mí mismo.

—Sois un pozo obscuro.

—Porque me hundo en mi alma.

—¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?

—¿Y qué es lo terrible?

—Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él...

—Sí, sí; mi amigo Juan.

—Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba, que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer doloroso... debí ponerme pálida.

—Y seria como una difunta.

—Yo creo que él también vaciló.

—Pues ya lo creo.

—¡Ah! ¡don Francisco! ¿por qué habéis llevado á ese hombre á mi casa? yo creo que iba provisto de un hechizo.

—Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le llamé porque estaba cuidadoso por él... como que había dado de estocadas á Calderón y le había quitado unas cartas de la reina.

—¡De la reina! ¡las cartas de la reina! ¡que le habrá pagado poniéndole en el lugar de Calderón!

—¿Qué estáis diciendo?

—He tenido celos de una mujer cuando creí amar á don Rodrigo... ahora... ¡ahora le aborrezco!

—Hacéis mal.

—¿Que hago mal?

—¿Sabéis para qué llamaba la reina á Calderón en aquellas cartas?

Quevedo hablaba á bulto, porque como saben nuestros lectores, no las conocía.

—¿Para qué llama una mujer á un hombre?

—Margarita de Austria, más que mujer es reina.

—Las reinas tienen corazón y caprichos.

—La reina llamaba á don Rodrigo para conspirar.

—¡Para conspirar!

—Sí, contra el duque de Lerma.

—¡Ah!—exclamó Dorotea como quien recibe una revelación—. Acaso... aquellas cartas no contenían ni una sola palabra de amor... ¿es verdad?

—Eran, sin embargo, ambiguas—dijo Quevedo, que seguía hablando á bulto.

—Sí, sí... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un miserable.

—¿Y qué otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro? Vos érais un instrumento de don Rodrigo Calderón. Estáis, pues, en el caso de volver en vos.

—¿Me juráis, don Francisco, que no me habéis tomado por instrumento?

—No, no os lo juro, porque quiero que me sirváis.

—¿Y por eso me habéis presentado á ese joven para que me enamore?

—No he tenido esa intención; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado, me alegro.

—No os alegréis mucho, porque me ha empeñado.

—Mi amigo Juan os ama.

—¡Jurádmelo!

—Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. ¡Si cuando me quedé solo con él no hablamos de otra cosa que de vos!

—Pues mirad, yo me había irritado con vos y con él... en el momento que supe que habíais herido á don Rodrigo.

—¿Por amor á don Rodrigo?

—No, porque vi... porque adiviné la verdad. Que don Rodrigo había caído á causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces quise vengarme, y para vengarme salí, y me fuí á casa del cocinero del rey, cargada de joyas; Montiño es avaro, y estaba segura de averiguar...

—Bueno es saberlo—dijo para sí Quevedo.

—Pero no le encontré y me abrasaba en el tabuco donde vive... me ahogaba allí, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces salí, bajé, y seguí á pie.

—¿Y á dónde íbais cuando os encontré?

—A la ventura, á tomar el aire.

—Habéis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado—dijo Quevedo.

—Aún no del todo.

—Mi amigo os espera en vuestra casa.

—¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor!

—El amor se venga.

—Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy buenas.

—Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais.

—¡Oh! no lo creo—dijo Dorotea con una anhelante candidez.

—¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer... esa diosa, no viva más que para mí.

—Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento... vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el duque de Lerma, odioso Calderón.

—Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca del ánimo de Lerma.

—¡Cómo!

—¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha alcanzado gracia á vuestros ojos.

—Me pedís un martirio.

—Sed mártir, si queréis la gloria.

—¡Me pedís que, amando á un hombre, sea querida de otro!—exclamó profundamente la Dorotea.

—Necesitáis reparar el daño que habéis hecho.

—¡Yo!

—Sí, vos; habéis calumniado á una santa...

—¿Creéis que la reina?...

—Es digna de que una mujer de corazón como vos, la ame en vez de odiarla.

—¿Y qué puedo yo hacer?

—Sed más que la querida pagada de Lerma.

—¡Ah!

—Enloquecedle; hacedle creer que le amáis.

—Eso no es fácil; don Juan de Guzmán ha visto en mi casa á vuestro amigo.

—¿Y qué importa?

—Lo sabrá Calderón... lo sabrá Lerma.

—Bien: decid á Lerma que mi amigo quiere casarse con vos...

—¡Deshonrarle yo!...

—Cuando median altos intereses, por todo se atropella.

—¿Puedo fiarme de vos, don Francisco?

—¡Fuego de Dios! ¿y para qué había yo de engañaros?

—A vos me entrego.

—¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él acompañada á la comedia.

—¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y mostrarme serena y reir!

—Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi ferreruelo. ¿Os habéis cubierto?

—Sí.

—¡Ah de casa!—dijo Quevedo abriendo la puerta.

Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado.

—Cobrad y guardáos lo que os sobre—dijo.

Y salió con Dorotea.

—Ahora—añadió cuando estuvieron en la calle—idos sola. Todo el mundo me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos. Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora.

—¿Y hasta cuándo?

—Yo pareceré.

—Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós.

Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso.

Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera, pisando lodos.

Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un vago temor.

Sabía que en su casa estaba Juan Montiño.

Su irresolución duró un momento.

Llamó, la abrieron y entró.

—¡Señora!—la dijo Casilda—; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede!

—¿Qué?

—Aquel caballero que almorzó con vos...

—¿Qué ha sucedido á ese caballero...—dijo con cuidado Dorotea.

—¡Nada! ¡nada! se quedó aquí...

—Y bien...

—Me pidió sangría...

—¿Y qué?

—Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en vuestro sillón.

—¿Y qué hay de malo en eso?...

—Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala.

—¿Que no estaba?

—No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.

—¡Ah! ¡Dios mío!—dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la sala, y llegando á la alcoba—; ¡conoce que le amo... y se apodera de mí!

Montiño dormía á pierna suelta.

Dorotea levantaba el pabellón del lecho.

—¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido! ¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!—dijo oyendo á lo lejos un reloj.

Dejó caer la cortina y salió á la sala.

—Vísteme—dijo á Casilda—: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida.

—¿Y le dejáis así?—dijo Casilda señalando á la alcoba.

—Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.

—Pero señora...

—Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mío—dijo Dorotea.

La negra se calló y vistió á su señora.

Esta eligió un magnífico traje de brocado, alto, cerrado como los de las damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llenó las manos de anillos y derramó sobre sí agua de olor.

—Vete, y que Pedro ponga la litera—dijo cuando estuvo vestida.

Casilda salió, y Dorotea entró de nuevo en la alcoba, y levantó la cortina.

—Siento despertarle—dijo—; ¡duerme tan bien, y está tan hermoso durmiendo! ¡oh! ¡si no me esperara el público! ¡esta es una esclavitud insoportable!

Estuvo un momento contemplando al joven.

Al fin se resolvió.

—¡Caballero!—dijo dulcemente—¡caballero!

Montiño abrió los ojos.

—¡Ah! ¡dichoso el que despierta y se encuentra con un ángel!—dijo después de haber lanzado de sí la última influencia del sueño.

—¿Y no se os ocurre disculparos?

—¿De qué?... ¡ah! ¡me ha traído aquí mi corazón!... ¡soy digno de lástima!... no os enojéis, pues.

—¿Estáis muy cansado?

—¡Ah! ¡no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve huído y no dormí; pero... he descansado ya... os fuísteis irritada, y yo no me resignaba á no volveros á ver si no me volvíais á vuestra gracia. Me dió sueño; en el sillón dormía mal... como ya Quevedo había dormido aquí, me dije—: ¿Qué importa que yo duerma también? pero he sido más respetuoso que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy corriente.

—¿Y os vais?

—Sí, pero contando con que vos...

—¿Qué?...

—¿Me volveréis á recibir?

—¿Pero no estáis ya recibido?—dijo la Dorotea.

—¡Cómo, señora!

—Sí; ¿no estáis en vuestra casa?

—¡En mi casa!

—Vais á juzgar. ¡Casilda!

Apareció la negra.

—¿Qué te he dicho hace un momento acerca de este caballero?

—Que era vuestro...

—Dí lo que yo te dije.

—Que era vuestro amo y el mío.

—Vete.

—¡Ah, señora!—dijo Montiño, turbado á su pesar por la expresión y el acento de Dorotea.

—Yo no os conozco—dijo la joven—, pero me siento unida á vos por un poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompería; no he amado nunca; vos sois el primer hombre á quien amo: ¿queréis mi amor?

—¡Vuestro amor!—exclamó asustado Montiño.

—¡Qué! ¿le desprecias?

—¡Ah! ¡señora! vuestro amor es la gloria.

Dorotea se arrojó en los brazos de Montiño.

—¡Oh! ¡qué delirio! ¡qué sueño!—exclamó después de algún tiempo—. ¡Que no despierte yo nunca, amor mío! porque si no me amases... me vengaría... y mi venganza... ¡oh! no hablemos de esto... ¡las dos! ¡ya es tarde, Dios mío! ¡y el coliseo!... ¡malditas sean las comedias! ¡pero es preciso! ¡vamos, acompáñame!

—¿Así, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y tú tan resplandeciente, reina de mi vida?

—¡Y qué importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van á tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven.

Y Dorotea se llevó de su casa á Juan Montiño como robado.

CAPÍTULO XXIV

DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE LO QUE HIZO AL FIN

Montiño se había quedado aturdido en la hostería de Ciervo Azul, después de la salida de Quevedo.

Tenía tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza estaba hecha una devanadera.

Iba y venía con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba más que una cosa en claro: lo referente á los amores de su mujer con el sargento mayor don Juan de Guzmán.

Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montiño pronunciaba con los nervios crispados:

—¡Como la otra!

Montiño era, pues, un hombre predestinado.

Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinación.

Y luego decía—: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se hayan engañado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna imprudencia... ¡y ese sargento mayor ó ese demonio, está allí detrás de mí, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandíbulas de lobo las cortezas de pan, ¡si yo me atreviera!... si yo me presentara á él de improviso... ¡si le preguntara!...

Pero acordábase Montiño del semblante de bandido del sargento mayor, de su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable tizona, se desplomaba y renunciaba á su resolución.

Y era el caso que tampoco se atrevía á levantarse y á salir, por temor de ser visto por don Juan de Guzmán.

Permanecía, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento mayor, y haciendo como que comía; pero en realidad, aterrado, reducido á la menor expresión, anonadado.

Pero de repente, sacóle de su anonadamiento una voz que conocía demasiado.

Aquella voz había saludado al sargento mayor.

Aquella voz era la del galopín Cosme Aldaba.

—¡Maldígate Dios, racimo de horca!—dijo el sargento mayor á Aldaba—; hace una hora que me tienes esperando.

—Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; después que vi á vuesa merced y me dió el recado, he tenido que comprar el pañuelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises.

—No hay que hablar de ello. ¿Y le has hallado como convenía?

—Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color.

—¿Y lo has llevado á la señora Luisa?

Volvióse todo oídos el cocinero.

—He tenido que esperar á que saliera el señor Montiño, porque si después de haberme despedido me hubiera encontrado, no sé lo que hubiera sido de mí.

—¡Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escándalos, ya le hubiera yo acostumbrado á que se saliese humildemente de su casa cuando yo entrase, sólo con haberle hecho huir á puntapiés la primera vez. ¿Pero qué te ha dicho la señora Luisa?

—Nada; ha tomado el pañuelo, se ha puesto muy pálida y ha exclamado: ¡me quiere perder!

—Si fuera viuda, no temblaría así.

Estremecióse Montiño.

—¡Viuda!—dijo Aldaba—; el cocinero mayor está tan apergaminado y enjuto, que me parece que tiene vida para muchos años.

—El día menos pensado... es rico, ¿no es verdad?

—¡Vaya!... ¡si dicen que revende empleos!

—Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcón que debe estar lleno de talegos.

—Es muy avaro.

—Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que ésta.

—Ya se ve; y que le gustaban los pajes.

—Y que Inés no es su hija.

—No, pues la Inés, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad.

—¿Y cuál es el paje de ahora?

—Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa de valiente, y á quien tengo ojeriza.

—¿Y cómo se llama ese paje?

—Valentín Pedraja.

—¡Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor!

—Eso es.

—Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo.

—Si la Inés me quisiera, sería bastante; pero no queriéndome, á qué buscar ruidos.

—Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; tú me guisarás, y me excusaré de venir á este figón del infierno. Conque, vámonos, hijo, y te enseñaré mi casa, que tengo mucho que hacer.

El sargento mayor pagó y salió con Aldaba sin reparar en Montiño.

—¿Conque es decir—exclamó Montiño levantándose con la fuerza de un muelle—, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un lado sino por los dos? ¡mi mujer y mi hija! ¡y que no sepa yo lo que pasa en mi casa! ¡y que temiera yo llevar á ella á mi sobrino! ¡mi sobrino! ¡será necesario decírselo todo! ¡mi sobrino que es tan valiente! ¿pero cómo decirle: tu tía y tu prima son dos mujeres perdidas? ¡y yo que había pensado en ver el medio de casarle con mi hija!

El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle.

Permanecía, pues, acurrucado en su silla. Permanecía, pues, acurrucado en su silla.

Y póngase cualquiera en su situación, en aquella situación anormal, aflictiva, deshonrosa, interesados el corazón y la vanidad, todo herido, todo magullado en su alma; encontrábase de repente solo en el mundo, porque todo lo que constituía su familia era ficticio: su mujer no era su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino.

Hacía casi veinticuatro horas que estaba sonando para él la trompeta del juicio final.

Su hermano muerto, su corazón amargado; su cocina, que constituía para él la mitad de su alma, abandonada.

Y además de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no sabía cómo salir; amenazado casi con la Inquisición...

La cabeza de Francisco Martínez Montiño era un hervidero.

Y en este hervidero se le olvidó una cosa importantísima: esto es, la carta que la madre Misericordia le había dado para el duque de Lerma, y que se había llevado Quevedo.

Pero necesariamente, ó permanecía de una manera indefinida en la hostería del Ciervo Azul, ó tomaba un partido.

Montiño tomó el de acudir á donde le llamaba su pensamiento dominante.

A su casa.

Por el camino fué pensando que lo que debía hacer era encerrarse con su mujer, hablarla decididamente como hombre que lo sabía todo, presentarla como prueba lo del pañuelo encarnado, y después hacerla abrir los cofres, apoderarse del pañuelo, apoyarse en él como en una prueba concluyente, y después de esto, confesado el crimen, como no podía menos de suceder, por su mujer, montarla en un macho de los de palacio, y con un mozo de mulas enviarla á su país natal.

Luego metería á su hija en un convento.

Una vez libre, haría dejación de la cocina del rey, se retiraría de intrigas y de enredos, y se iría pacíficamente á comerse sus doblones á Navalcarnero, llevándose consigo la misteriosa arca, donde se encerraba indudablemente el destino del bastardo de Osuna.

Hay proyectos que se piensan, se redondean, se concluyen, que parecen ya conseguidos, pero que al quererlos poner en práctica se desvanecen como humo.

Habíase atravesado además una circunstancia puramente casual, un suceso que debía embrollar más al cocinero mayor.

Poco después de la desaparición de Montiño, una litera llevada por dos ganapanes, y seguida á paso lento por un criado, se detuvo á poca distancia del alcázar, se abrió la portezuela y salió de una manera violenta una mujer.

Era Dorotea.

Hemos retrocedido algún tiempo.

Al punto en que Dorotea, antes de encontrar á Quevedo, había ido al alcázar en busca del cocinero mayor.

Cuando estuvo fuera de la litera, dijo al criado:

—Vete.

—¿Con la litera, señora?

—Sí, con la litera.

—Pero llueve y hace lodos.

—No importa; me mareo, me muero dentro de ese armatoste. Vuélvete con la litera á casa.

Y se entró violentamente en el alcázar.

—Llevadme al cuarto del cocinero mayor—dijo á un lacayo de palacio dándole un ducado.

El lacayo tiró el patio adelante y llevó á la comedianta á las altas regiones donde vivía el cocinero mayor.

—Allí es, señora—dijo señalando una puerta á Dorotea.

—Bien, idos; gracias.

El lacayo se fué.

Dorotea se quedó sola en una galería estrecha, larga y tortuosa y delante de una puerta.

Llamó á ella con impaciencia.

Abrióla una mujer joven y bella.

Era Luisa.

—¿Sois la hija del cocinero mayor?—dijo Dorotea.

—Soy su mujer—contestó con cierta mortificación Luisa—. ¿Para qué queréis á mi marido?

—Para hablarle.

—Acaba de salir.

—No importa—dijo Dorotea entrándose en el cuarto—. Le esperaré.

—Pero yo, señora, no os conozco.

—No le hace; vengo á preguntarle una cosa importante.

—Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en su misma casa á su marido... piense...

—Pensad lo que queráis.

Y Dorotea se sentó sin ceremonia.

—Y bien, mejor...—dijo Luisa sentándose á coser—ya sé lo que debo decir á mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con él.

Ninguna de las dos mujeres habló más.

Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia.

—¿Dónde estará ese hombre?—exclamó.

—Si lo deseáis—dijo Luisa—le enviaré á buscar.

—¡Para largas esperas estoy yo!...—dijo la Dorotea—. Me ahogo aquí en este chiribitil... y me voy... decid cuando venga á vuestro marido que le espera en su casa la querida del duque de Lerma.

—¡Ah!

—Sí, del duque de Lerma, á quien sirve de correo vuestro buen marido, como le sirve de otras muchas cosas. Conque adiós.

Y la Dorotea salió primero del cuarto de Montiño y luego del alcázar, tomó por la calle del Arenal, y en ella fué donde encontró á Quevedo.

Cuando llegó Montiño á su casa, se encontró á su mujer y su hija cantando y cosiendo.

—Están juntas—se dijo—, y esto me contraría.

Montiño debía haber supuesto que las encontraría de aquel modo, porque siempre las había encontrado así.

Dió dos ó tres vueltas por la sala.

Vió dos ó tres veces á su mujer.

Cada vez le pareció más hermosa y más inocente.

—Pero, señor, ¿y lo que yo mismo he oído?—se dijo.

Y volvió á dar otras dos ó tres vueltas.

—¡Luisa!—dijo al fin.

—¿Qué queréis?—respondió tranquilamente su mujer.

—¿Ha estado alguien aquí?

—Ha estado Cosme Aldaba.

—¡Ah! ha estado ese bribón de Aldaba. ¿Y qué quería?

—Quería hablarme á solas.

—¿Y le hablaste?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

—Que le habías despedido.

—Me ha echado á perder un capón relleno. Es un infame.

—En tratándose de la cocina, ciegas.

—No ciego mucho cuando no he hecho ya una atrocidad.

—La muerte de tu hermano te tiene de muy mal humor.

—Sí, sí, la muerte de mi hermano, eso es. ¿Y no te dijo más Aldaba?

—Sí, que me empeñase por él contigo.

—¡Pues hombre, no faltaba más! ¡habrá insolencia!

—Yo le he dicho...

—¡Qué!

—Que ya se te pasará; que tú al principio, tomas las cosas muy á lo vivo y por donde queman; pero que eres muy buen hombre, y todo al fin se te pasa.

—¡Conque soy yo muy buen hombre!

—Ya lo creo.

—¡Pues no señor! ¡soy un hombre muy malo!

—Como quieras, Francisco; cuando estás así, es necesario dejarte en paz y luego tienes razón.

—¡Que si la tengo! ¡que si tengo razón! ¡tanta tengo, que se me sale por la tapa de los sesos!

—Pues mira, primero eres tú.

—Ya lo creo que primero soy yo.

—Ello pasará; los primeros momentos son crueles; pero cuando te acostumbres...

—¿Y á qué me he de acostumbrar?

—A pasarte sin tu hermano...

—Pues qué, ¿no me pasaba sin él?

—Sí, pero no es lo mismo decir tenía un hermano, á decir ya no le tengo.

—Tienes razón, es muy doloroso perder una cosa que se ama.

Montiño se calló, y Luisa, por no irritarle más, se calló también.

—Está delante Inesita—dijo para sí Montiño—, y no me atrevo... será necesario quedarme solo con ella.

Y siguió paseándose en silencio durante ocho ó diez minutos.

Su mujer y su hija no cantaban, pero cosían.

—Pues señor—dijo para sí el cocinero mayor, deteniéndose de repente—, ello es preciso.

Y luego dijo alto:

—¡Luisa!

—¿Qué quieres?—contestó la joven.

—Tengo que hablarte á solas de un asunto muy importante.

Púsose levemente pálida Luisa.

—Vete Inés, hija mía—dijo á la niña.

Inesita se levantó, miró con cuidado á su padre, y dijo para sí saliendo:

—Me quedaré tras de la puerta, y escucharé lo que hablen.

Montiño fué á sentarse en la silla que había dejado desocupada su hija.

—Vamos, Francisco—dijo Luisa, viendo que su marido guardaba silencio—, ya estamos solos.

—¡Es que!... ¡sí!... ¡yo!... ¡tú!—tartamudeó Montiño, á quien faltó de todo punto el valor.

Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de su mujer.

—¿Pero qué es ello?—dijo Luisa.

—Me encuentro en un gran compromiso—dijo Montiño renunciando de todo punto á hacer cargos á su mujer, y rompiendo para salir de la situación por donde primero se le ocurrió.

—¡Un compromiso!

—Sí, por cierto, tengo un sobrino.

—Pues no comprendo...

—Ese sobrino ha venido á Madrid.

—¿Y bien?

—Necesito traerle á vivir aquí.

—¡Aquí, como quieras!

—Pero hay un obstáculo.

—¿Cuál?

—Inesita.

—¡Ah!

—Sí, Inesita está ya alta y hermosa, y mi sobrino...

—Es su primo.

—No, no; no estaría bien. Es necesario que Inés salga de casa—replicó Montiño.

—¿Y á dónde ha de ir esa pobre niña?

—¿Dónde? A un convento.

—¡A un convento! ¡Pero si ella no tiene vocación de monja!

—A un convento mientras esté aquí su primo.

—De modo que si lo haces porque Inés es joven, yo soy también joven, pocos años mayor que ella.

—También he pensado en eso.

—¡Cómo! ¿Quieres echarme de casa por causa de tu sobrino?

—Escucha, Luisa, hija mía; tu embarazo está muy adelantado, las montañas de Asturias son muy sanas...

—Declaro que no me muevo de aquí—dijo Luisa levantándose y arrojando su costura—. Yo no te dejo solo. Tú quieres echarnos de la casa, no para meter á tu sobrino, sino á una perdida.

—¡Cómo á una perdida!—exclamó Montiño, que se estremeció, porque veía una nueva complicación.

—Sí... yo no había querido decirte nada, pero además del galopín Cosme Aldaba ha estado aquí una mujer.

—¡Una mujer!

—¡Buscándote!

—¡Eso es mentira!

—¡La querida del duque de Lerma!

Montiño puso asustado su mano sobre la boca de su mujer.

—Yo me he callado—dijo Luisa...—y tú te alborotas, yo tengo evidencias y sufro... y me resigno... ¡Qué desgraciada soy!

—Yo no quiero ir á un convento, padre—exclamó Inesita entrándose de repente y colgándose al cuello de Montiño.

—Yo me moriré si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y señor...

—Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre.

Y las dos jóvenes lloraban desconsoladas, y se comían á besos al pobre hombre.

A Montiño se le partía el corazón.

—¡Pues señor!—exclamó—¡no puedo! ¡yo me acostumbraré!

—Yo no me voy sino hecha pedazos—dijo Luisa.

—Ni yo saldré si no me llevan atada—exclamó Inés.

—Bien, bien—dijo el cocinero mayor rindiéndose á discreción—; mi sobrino no vendrá aquí, le buscaré una posada... esto me costará el dinero...

—Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento—dijo Inés.

—Dinero te hubiera costado, Francisco mío, el enviarme á Asturias y el mantenerme allí—dijo Luisa.

A estas palabras, dictadas por una lógica rigurosa, no había nada que contestar.

Además, las dos jóvenes lloraban que era un desconsuelo.

Sucedióle á Montiño lo que á muchos que se creen invencibles antes del combate: huyó á la vista del enemigo.

Y huyó, literalmente hablando.

Luisa, al verle huir, sintió una especie de perverso consuelo.

Había adivinado algo aterrador en Montiño.

Se había visto descubierta.

Había temblado.

Pero al huir Montiño se tranquilizó.

Había comprendido, con la perspicacia peculiar á todas las mujeres, que su marido estaba domesticado.

Pero si Luisa hubiera podido leer por completo en el alma de su marido, no se hubiera tranquilizado tan completamente.

Montiño era uno de esos hombres cobardes para obrar por sí mismos, pero capaces de todo de una manera indirecta.

No podía tener duda de que su mujer le engañaba.

De que amaba á otro.

No tenía duda tampoco, puesto que acababa de experimentarlo, de que jamás se atrevería á hacer nada contra su mujer.

Pero no se encontraba en las mismas disposiciones de debilidad respecto al amante de su mujer.

Esto ya era distinto.

Montiño necesitaba vengarse de aquel hombre.

Cierto es que el cocinero mayor carecía de todo punto del valor suficiente para ponerse delante de Guzmán y decirle:

—Os voy á matar porque me habéis herido el alma.

Montiño se estremecía de miedo al pensar solamente que podía verse en un lance singular con el sargento mayor.

Pero Montiño tenía medios indirectos.

El primer medio que se le ocurrió, fué el señor Gabriel Cornejo.

Esto es, una puñalada dada por detrás.

Pero aquella puñalada debía costarle dinero.

Además, podía envolverle en un proceso.

Montiño desechó aquella idea, dos veces peligrosa.

Ocurriósele valerse de su sobrino.

Valiente, audaz, generoso, no vacilaría ni un punto en ponerse delante del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla.

—¿Pero cómo decir á su sobrino que su tía?...

Montiño desechó este pensamiento como había desechado el anterior.

Pero se puso en busca de otro medio de vengarse.

Quevedo se presentó á su imaginación; Quevedo, capaz de plantar una estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Calderón no muy amigo, según las palabras que el mismo Montiño recordaba haberle oído en la hostería del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de Guzmán.

Pero al acordarse de Quevedo, se acordó del duque de Lerma; al acordarse del duque de Lerma, recordó que para él le había dado una carta la abadesa de las Descalzas Reales, y que se la había dado de una manera urgente.

Entonces hizo un paréntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando:

—Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir á quien vengarnos puede. Vamos á llevar esta carta á su excelencia.

Y la buscó en el bolsillo interior de su ropilla.

Sólo encontró dos estuches.

Aquellos dos estuches le recordaron que debía entregar á su sobrino, de parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al duque, debía entregar una gargantilla á la dama con quien pretendía entretener al príncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se entretenía particularmente con don Juan de Guzmán.

El amante de su mujer se le ponía otra vez delante.

—¡Dios mío!—exclamó el desdichado—¡me van á matar! ¡Pero señor! ¡la carta que me dió la abadesa de las Descalzas Reales! ¿qué he hecho yo de esa carta?... ¡tengo la cabeza hecha una grillera! ¡todo me anda alrededor! ¡todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! ¡pero esta carta!... ¡esta carta!

Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregüescos, hasta la gorra.

Y la carta no parecía.

Empezó á sentir ese escalofrío, ese entorpecimiento que acompaña al pánico.

Aquello era muy grave.

Porque sin duda la madre Misericordia decía cosas gravísimas en su carta al duque de Lerma.

¿Y cómo decir al duque que he perdido esa carta? ¿Cómo atreverse ni siquiera á presentarse sin ella ante él?

Y volvió á la rebusca; se palpó, y volvió á buscar.

Y la carta no parecía, y su terror crecía.

Por la primera vez de su vida blasfemó.

Por la primera vez de su vida se creyó el más desgraciado de los hombres.

Y por la primera vez se olvidó de su cocina.

Esto era lo más grave que podía acontecer á un hombre como el cocinero mayor.

Volvió de nuevo á su inútil pesquisa.

Y todo esto le acontecía parado, siendo objeto de la curiosidad de los que pasaban y cruzaban, que no podían menos de decirse:

—¿Qué acontecerá al cocinero mayor?

Y Montiño no se acordaba de que había dado á Quevedo la carta y de que Quevedo no se la había devuelto.

Entonces, aturdido enteramente, vacilante, asustado, semimuerto, salió del patio del alcázar, en donde se encontraba, y escapando por la puerta de las Meninas, tiró hacia el laberinto de callejas del cuartel situado frente al alcázar, y se perdió en él.

CAPÍTULO XXV

DE CÓMO LOS SUCESOS SE IBAN ENREDANDO, HASTA EL PUNTO DE ATURDIR AL INQUISIDOR GENERAL

Por aquel mismo tiempo el padre Aliaga se paseaba en su celda.

A juzgar por el semblante sombrío, pálido, inmóvil del confesor del rey, debía suponerse que gravísimos pensamientos le ocupaban.

De tiempo en tiempo se detenía, leía una carta arrugada que tenía en la mano, crecía su palidez al leerla, temblaba, y volvía á arrugar la carta en un movimiento de despecho.

Aquella carta era la que le había escrito doña Clara Soldevilla, acusando ante la Inquisición á Dorotea y á Gabriel Cornejo.

Aquella acusación era gravísima.

La carta contenía lo siguiente:

«Respetable padre y señor fray Luis de Aliaga: El celo por la religión de Jesucristo, y mi amor á la reina nuestra señora, me obligan á revelaros lo que por fortuna he podido averiguar y que interesa al servicio de Dios y al de su majestad. Se trata de dos miserables, de un hombre y una mujer: el hombre es un galeote huído, un hereje hechicero que vende untos, y hace ensalmos y presta á usura. Se llama Gabriel Cornejo y tiene una ropavejería en el Rastro. La mujer es comedianta, hermosa y joven, y se llama Dorotea. Vive en la calle Ancha de San Bernardo. Es mujer de mala vida, y de malas costumbres, y de malos hechos, y tiene entretenidos á un tiempo al duque de Lerma y á don Rodrigo Calderón. Es hija de padres desconocidos, según he podido averiguar, y para asegurarse del amor de esos dos hombres, se vale de bebedizos y otras artes reprobadas. He sabido esto procurando aclarar un misterio que interesa sobre manera á la honra y acaso á la vida de su majestad la reina. Yo sé cuánto os interesáis por su majestad, fray Luis; lo sé tanto, que no dudo que siendo vos inquisidor general, y aun cuando no lo fuérais, haríais cuanto fuese necesario hacer para sellar los labios de esos dos miserables, que, os lo repito, pueden comprometer gravemente á su majestad. Si queréis informaros mejor, decidme dónde podremos vernos, pero entre tanto asegurad, os lo ruego, á esas dos personas, y haced de modo que no puedan hablar con nadie. Es cuanto tengo que deciros. Vuestra humilde servidora, doña Clara Soldevilla

Esta carta había sido dictada á doña Clara, por su lealtad, por su amor á Margarita de Austria, que más que su señora era su amiga; pero además de esto, había en doña Clara otro empeño íntimo de que no podía darse cuenta, pero que la impulsaba á hablar de una manera hostil contra Dorotea: su sospecha de que la comedianta hubiese visto al joven, de que le amase, de que el bufón tuviese empeño de favorecer los amores de Dorotea.

Doña Clara, en fin, no había escrito aquella carta sin un secreto placer, el placer de la venganza; porque una intuición misteriosa, una conciencia íntima, la decía que Dorotea amaba á aquel joven que era tan hermoso, tan leal, tan noble, tan valiente.

La carta de doña Clara había aturdido al padre Aliaga.

Aquella carta era para él gravísima.

En el momento que la leyó, la arrugó con cólera entre sus manos.

Porque cuando el padre Aliaga estaba solo, era un hombre distinto del que conocían las gentes.

Entonces no era humilde, ni su semblante conservaba la inmovilidad glacial que el mundo veía en él.

Por el contrario, su frente se levantaba con altivez, ceñuda, pálida, como cargada de tempestades.

Sus negros ojos brillaban, relucían, chispeaban, parecía que llevaban en sí una expresión de reto continua, persistente, indomable.

Su paso no era lento, grave y acompasado, sino vago, indecisivo, maquinal, nervioso, por decirlo así.

Estaba abandonado á sí mismo, y se reflejaban en su semblante, en su ademán, en sus movimientos, pasiones enérgicas, tanto más violentas cuanto estaban de continuo más dominadas, más subordinadas á la conveniencia delante del mundo.

—¿Conque comprenden—decía con voz ronca, consultando un pasaje de la carta—, cuánto me intereso por su majestad la reina? ¿Conque es decir, que en vano he pasado días y noches de afán y de delirio, luchando conmigo mismo? ¿veinticuatro años de esfuerzos inútiles, puesto que esa mujer comprende?... sí, sí; lo dice con seguridad, lo afirma: con esas palabras se dirige á mi conciencia. ¿Lo habrá notado también la reina? No; su orgullo la defiende, la ciega. ¿La habrá dicho doña Clara?... ¿La habrá avisado? No, no; esa mujer no se habrá atrevido... Yo lo sabré, yo lo comprenderé, y doña Clara no volverá á leer en mi alma, porque me ha avisado. ¡Y Dorotea!... ¡Dorotea! ¡la hija de aquella otra Margarita, infeliz!... ¡la acusan aquí!... ¡en esta carta! ¡ella y ese Gabriel Cornejo pueden comprometer á la reina!... ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y esta última exclamación del inquisidor general, más que una humilde invocación á Dios, era la impaciente queja de un alma exasperada por el sufrimiento, saturada de dolor, violentada, enferma, desesperada.

Los ojos del padre Aliaga resplandecían con un fuego febril.

Su cuerpo temblaba de una manera poderosa.

—¡El mundo! ¡la tentación! ¡siempre combatiéndome, siempre poniéndome á punto de ser vencido!—exclamó con acento desesperado—; ¡siempre fijo en mí el recuerdo doloroso de la una, la aspiración desesperada, oculta, comprimida, hacia la otra! Dos imposibles, porque sólo Dios podría levantar de la tumba á la Margarita humilde; sólo Dios podría llenar el abismo que me separa de la Margarita altiva; ¡y esa coincidencia en el nombre!... y luego... la hija de la una, enemiga, ó yo no sé qué de la otra! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y esta segunda invocación del padre Aliaga fué más rugiente, más desesperada, en una palabra, más blasfema que la primera.

Y volvió á leer la carta palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra por letra; la devoró con una mirada hambrienta, como pretendiendo traslucir el misterio que bajo aquellas letras se revolvía, grave, misterioso, aterrador, y volvió á arrugar con cólera la carta entre sus manos.

De tiempo en tiempo consultaba con impaciencia la muestra de un enorme reloj de pared.

—Ya es la tarde—dijo—; el bufón vendrá... vendrá... de seguro... no puede tardar... el tío Manolillo tiene un gran interés por Dorotea; acaso la ama... acaso es por ella tan desgraciado como yo... por él... él puede mostrar al mundo su desesperación; él no está adherido al claustro; él no está ligado por ningún voto, por ningún juramento; él puede decir sin temor al mundo: yo soy hombre; ¡yo!... yo me veo obligado á hacer creer que soy un cadáver vivo, un cuerpo sin corazón, un alma sin pasiones... ¡Mentira! ¡mentira repugnante!... Hay momentos en que lo intenso de nuestra desesperación, que se concentra en un ser que no pertenece al mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo que al mundo pertenece; hay momentos en que creemos que nuestro corazón ha muerto, que no existe nada que pueda hacerle latir; necesitamos la soledad y el silencio y las tinieblas, todo aquello en que hay menos vida, todo aquello que habla más al alma, entonces nos arrojamos al pie de un altar, pronunciamos un voto; después... ¡oh! después, cuando el tiempo, que si todo no lo cura, lo gasta todo, ha cubierto con una capa más ó menos densa de olvido, de ese polvo que cae sobre el alma, nuestros dolores... ¡oh! entonces... entonces... podemos ver otro ser... una mujer, por ejemplo... y entonces volvemos con desesperación los ojos en derredor de la prisión que encierra, no nuestro cuerpo, sino nuestra alma... de ese claustro que nos dice con su silencio: soy tu sepulcro ó tu infierno.

El padre Aliaga calló y siguió paseándose lento y solemne por la celda con la carta de doña Clara arrugada entre las manos...

Pasó algún tiempo.

Oyéronse al fin pasos en el corredor.

Pasos tardos y acompasados.

Se abrió la puerta de la celda y apareció el hermano Pedro.

Aquel lego en quien el padre Aliaga tenía tanta confianza.

Sin embargo, al sentir sus pasos, el padre Aliaga se había dirigido á uno de los balcones y permanecido de espaldas á la puerta como si se ocupase en mirar algo en la huerta del convento.

El lego no podía ver su semblante.

—Nuestro padre—dijo—, un hombre pide hablaros con urgencia.

—¡Que entre, que entre!—dijo el padre Aliaga suponiendo que aquel hombre era el tío Manolillo.

Poco después el padre Aliaga sintió pasos en la celda.

Aún estaba de espaldas; aún no estaba seguro de que hubiesen desaparecido de su semblante las huellas de la lucha anterior, y quería evitar que nadie lo adivinase.

El hombre que había entrado se había detenido y no hablaba.

El confesor del rey se volvió. Su semblante estaba completamente sereno. Al volverse vió que quien había entrado en su celda no era el bufón, sino el cocinero del rey.

Francisco Martínez Montiño venía mojado completamente.

Su capa goteaba, ó por mejor decir, chorreaba la lluvia que había empapado sobre la estera de la celda.

Era una de esas tardes lóbregas, en que parece que la Naturaleza, sobrecogida por un dolor silencioso, se cubre con un velo y llora.

Una tarde de luz fría y débil, melancólica y opaca, en que al gotear continuo y múltiple de la lluvia se unía de tiempo en tiempo el silbido seco y sonoro del viento del Norte.

Nada, pues, tenía de extraño el estado en que se encontraban la gorra, la capa y los zapatos de Francisco Martínez Montiño.

Pero lo que era verdaderamente alarmante era el estado moral en que, á juzgar por el estado de su fisonomía, se encontraba el cocinero mayor.

Había algo de insensatez en su mirada, en la contracción de su boca, en la actitud de su cabeza, y la chispa de razón que en aquel semblante se revelaba aún era una razón desesperada.

Temblaba además el mísero, y de una manera tal, que se comprendía harto claro que no era el frío lo que le hacía temblar.

—¿Para qué me querrá este hombre y en este estado?—dijo para sí el padre Aliaga al ver á Montiño.

A pesar de ser el dominico un padre muy respetado en Atocha, confesor del rey, y además recientemente inquisidor general, era un hombre de costumbres sencillas, humildes, hasta el cual todo el mundo tenía acceso.

En cuanto se comunicó á la Inquisición su nombramiento, el Consejo de la Suprema le invitó á que ocupase la casa, casi palacio, que el inquisidor general tenía en Madrid.

El padre Aliaga lo agradeció mucho; pero á pretexto de que tenía amor á su celda, declaró que permanecería en ella.

Enviáronle pajes, familiares y servidores, y como el padre Aliaga no quería ser espiado, y temía que para sólo eso se le hubiese nombrado inquisidor general, despidió aquella servidumbre.

Enviaron algunos alguaciles, para que sin pasar de la portería del convento estuvieran á la disposición de su señoría el señor inquisidor general, y se deshizo también de los alguaciles.

Mandáronle una magnífica carroza, y el padre Aliaga lo agradeció mucho, y dijo que le bastaba con su silla de manos de baqueta negra.

Pusiéronle por delante el decoro inquisitorial, y contestó que cuando con la Inquisición fuese á alguna ceremonia, iría como al decoro de la Inquisición conviniera.

Todas estas contestaciones pasaron en dos horas después de que el padre Aliaga volvió aquella mañana de palacio.

El Consejo de la Suprema le dejó en paz esperando á ver por dónde saldría el fraile dominico, á quien todos, exceptuándose muy pocos, creían un pobre hombre.

Así es que á Montiño no le costó el ver á aquel personaje, terrible por su posición, más trabajo que el de ir al convento de Atocha.

El padre Aliaga le conocía personalmente y le habló con suma afabilidad.

—Sentáos, sentáos, señor Francisco Montiño—le dijo—y sobre todo quitáos esa capa que debe helaros.

—¡Ah, señor! no es la capa la que me hiela—dijo el cocinero mayor.

—Pues hace frío—repuso con su impasibilidad delante de las gentes el padre Aliaga—; el invierno es muy crudo...

Y avivaba los tizones de la chimenea.

—Pero más cruda mi fortuna—dijo Montiño.

—¿Pues qué desgracia os ha sucedido?—dijo el confesor del rey, dejando de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito á Montiño.

—¡Oh! ¡si sólo fuese una desgracia!

—¡Qué! ¿es más que una desgracia?

—Sí; sí, señor, porque son muchas desgracias.

—¡Válgame Dios!—dijo el padre Aliaga—; la vida es una prueba...

—Sí; sí, señor, una prueba muy amarga.

—Pedid fuerzas á Dios, y Dios os las dará.

—¡Dios me castiga!—exclamó Montiño en una tremenda salida de tono, chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo á llorar.

—¡Vamos!—dijo el padre Aliaga—; confiad en que Dios es infinitamente misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonará mañana.

—Soy muy pecador... y lo que á mí me sucede...

—Me parecéis muy desesperado...

—¡Sí; sí, señor! ¡terriblemente desesperado!

Montiño se calló esperando á que el padre Aliaga le preguntase, pero el padre Aliaga se redujo á dejarle oír una de esas frases generales de consuelo, que toda persona buena dirige á un semejante suyo á quien ve atribulado.

Después el padre Aliaga se calló también.

Hubo algunos momentos de silencio.

—¡Perdonadme, señor!—dijo tartamudeando Montiño.

—¿Y de qué os he de perdonar?—contestó con dulzura el padre Aliaga.

—Vos, señor, sois un gran personaje.

—No lo creáis; yo soy un siervo de Dios, aunque indigno, y vuestro hermano.

—Sois confesor del rey.

—Lo que no me hace ni más ni menos sacerdote que otro.

—Sois inquisidor general...

—El rey me lo manda.

—Y yo soy un cocinero, no más que un cocinero, que aunque lo es del rey...

—No dejáis por eso de ser cristiano y hermano mío.

—¡Ah, señor! ¡qué bondadoso sois!

—No tal; pero dejáos de señorías y llamadme padre.

—Pues bien, padre Aliaga, ya que me dais valor, voy á deciros... me atrevo á deciros...

Montiño se detuvo.

Fray Luis siguió arreglando sus tizones.

—Pues... me atrevo á deciros, aunque os parezca impertinencia, que vengo á confesarme con vos.

—Vos no sois impertinente por eso; todos los días abro el tribunal de la penitencia á desdichados que son tan pobres que me veo obligado á recomendarlos al limosnero de su majestad.

—Nadie hay tan pobre como yo...—dijo Montiño saliéndose de nuevo de tono.

—¿Venís preparado?—dijo el padre Aliaga.

—¿Preparado para qué...?—dijo el cocinero, que se alarmaba por todo.

—Para hacer una buena confesión—repuso el padre Aliaga—; he querido preguntaros si habéis hecho examen de conciencia.

—Os diré, padre Aliaga: yo no había pensado hasta hace algunos momentos en hacer confesión general.

—Resulta, pues, que no venís preparado y no puedo confesaros hoy.

El padre Aliaga esperaba con impaciencia al tío Manolillo, y quería quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor.

—Tenéis razón, señor—dijo Montiño—, pero como se trata de hacer una confesión general, yo me atrevería á suplicaros...

Montiño se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra.

—Pues... yo me atrevería á suplicaros... que... me dirigiéseis... me ayudáseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesión general... y ¡como yo he sido muy malo!

Y para pronunciar esta última frase, salió de nuevo de tono y más ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor.

El padre Aliaga sintió un poderoso impulso de impaciencia, casi de despecho.

Su pensamiento estaba fijo en el bufón del rey, que según él, debía llegar de un momento á otro.

Montiño había llegado á ponerse en la situación de uno de esos grandes estorbos que contrarían al más paciente.

Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alteró.

Montiño se le había venido encima con una petición á que no podía negarse como sacerdote.

Además, no quiso alegar ninguna ocupación.

Y, por último, á pesar de la contrariedad que le causaba aquel incidente, tenía un interés vago en conocer la conciencia del cocinero mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresión, por otros mil indicios patentes, daba á conocer claro que se hallaba en una situación grave.

Y todo el mundo sabía, y en particular el padre Aliaga, que Francisco Martínez Montiño era en la corte algo más que cocinero del rey.

—¡Tratáis de hacer una confesión general!—dijo el padre Aliaga—; esto es grave.

—¡Oh! sí; lo que me sucede es muy grave—dijo Montiño—; desde ayer han pasado por mí tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y por grande que fuese no sobraría mucho. ¡Ayer era yo tan feliz!

—¡Erais feliz y os confesáis malo!

—¡Ah, padre! todo me venía bien y tenía dormida la conciencia.

—El que aduerme su conciencia puede despertar condenado.

—Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para mí: esto es que Dios me avisa. Había salido del alcázar loco y desesperado sin saber qué hacer, sin saber dónde ir, y me acordé de vos, padre.

—Hicísteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal.

—Sí, ciertamente; de mi examen de conciencia.

—Veamos: recorramos el decálogo. ¿Habéis amado á Dios sobre todas las cosas?

Quedóse Montiño mirando de una manera perpleja á fray Luis.

Luego suspiró profundamente y dijo:

—Lo que yo he amado más sobre todas las cosas ha sido...

Y se detuvo.

—Ved que estáis hablando con vuestra conciencia—observó el padre Aliaga.

Montiño hizo un poderoso esfuerzo y contestó:

—Lo que yo he amado sobre todas las cosas ha sido... el dinero.

—Me dais cuidado por vuestra alma, Montiño—dijo fray Luis—; el amor al dinero trae consigo muchos y grandes pecados.

—En efecto, he pecado mucho.

—¿Y os habéis hecho rico...?

Vaciló Montiño entre su codicia, que le impulsaba á ocultar su riqueza, y su temor á un terrible castigo de Dios, que creía ya empezado en las desgracias que una tras otra se le habían venido encima y seguían viniéndosele desde la noche anterior.

Al fin triunfó el miedo.

—Sí; sí, señor—dijo—soy... muy rico.

—¿Qué medios habéis empleado para adquirir esa riqueza?

Púsose notablemente encarnado Francisco Montiño y guardó silencio.

—¿A qué queréis, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente á una confesión general?—dijo con dulzura el padre Aliaga.

—A los quince años me huí de la casa de mis padres, robándolos.

—¿Considerablemente?

—Les hurté veinticinco ducados y una mula, que vendí en llegando á Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viví ocioso algún tiempo. Cuando se me acabó el dinero, cuando sentí el hambre, quise buscarme la vida, y logré entrar de galopín en la cocina de la señora infanta doña Juana. Allí me apliqué al oficio...

—En el que habéis adelantado. Sois un cocinero famoso... según dicen.

—Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os haré una merienda que os convencerá de que sé cumplir con mi obligación.

—Gracias, seguid; hablábamos de vuestros pecados por el desordenado amor que tenéis al dinero.

—Padre fray Luis, yo creía que con el dinero se conseguía todo.

—Sí, en la tierra; pero no en el cielo.

—Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede librarse de que se la pegue su mujer... y á mí me han engañado dos. Soy muy desgraciado.

—Acaso seáis, más que desgraciado, mal pensador.

—¡Tan buena la una como la otra!

—Ya llegaremos á eso, ya llegaremos. Estamos en que entrásteis de galopín en la cocina de la infanta doña Juana.

—Sí; sí, señor; y como el salario era corto, hurté.

—¡Hurtásteis!

—Cuanto pude; hasta las especias.

—Hicísteis muy mal.

—¡El amor al dinero!...

El padre Aliaga iba ya fastidiándose.

—Reduzcámonos, reduzcámonos, porque no es necesario que me contéis vuestra vida. ¿De cuántas maneras habéis pecado por el dinero?

—Hurtando sagazmente, y procurando que la culpa de mis hurtos no cayese sobre mí.

—Eso es ya un grave delito. ¿Y de qué otro modo más?

—Cuando fuí cocinero mayor del rey, poniendo en las cuentas otro tanto del gasto.

—¿Y de qué otro modo?

—¡Ah, sirviendo á todo el que me ha pagado bien!

—Entendámonos; más claro: ¿qué clases de servicios han sido esos?

—Siendo espía de los unos y de los otros.

—¿De qué unos y de qué otros?

—Del padre y del hijo, del tío y del sobrino.

—Más claro.

—Se comprende fácilmente: el padre es el duque de Lerma; el hijo, el de Uceda; el otro, don Baltasar de Zúñiga, y el sobrino, el conde de Olivares, esto sin contar el de Lemos y otros...

—¿De modo que habéis vivido engañando á todo el mundo?

—El amor al dinero... Porque sin el dinero...

—¿Habéis llegado al punto de matar por el dinero?

—¡Ah, no, señor; no, señor!—exclamó todo horrorizado Montiño.

—¿Y si os pagaran por envenenar á una persona que hubiese de comer de vuestros manjares?

—He sido y soy codicioso—exclamó, levantándose el cocinero mayor—, lo confieso; pero matar... ¡eso no, no, no!

Y había verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la mirada, en el acento de Montiño.

El padre Aliaga se tranquilizó.

No podía dudarse de aquella situación del cocinero mayor.

Sin embargo, dijo:

—Es pública voz y fama que se han dado bebedizos al rey.

—Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha frecuencia en las Descalzas Reales.

—¡Religiosas!

—Religiosas, sí; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de Lerma.

—¿Y bien?...

—¡Si yo tuviera una carta que me dió para el duque la madre Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesión general.

—Pero ¿tan importante creéis que era esa carta?

—¿Y qué sé yo?

—¿Y no recordáis cómo la habéis perdido?

—¡Que si lo recuerdo!... Cuando la eché de menos no lo recordaba... pero cuando salí de palacio... el frío, la lluvia me refrescaron de tal modo, que me acordé de que se me ha quedado con esa carta don Francisco de Quevedo.

—Veo con disgusto que andáis en muy malos pasos, señor Francisco.

—Sí; sí, señor; el amor al dinero.

—Veo, además, que habéis pecado tanto por el dinero, que desde ahora, sin que os confeséis, puedo deciros...

—¡Qué! ¡señor!

—Que si no reparáis el mal que habéis hecho, os condenáis.

Estremecióse todo Montiño.

—¡Que me condeno!—exclamó.

—Irremisiblemente.

—¿Y qué he de hacer, qué he de hacer, padre?

Fray Luis miró profundamente al cocinero mayor.

Había creído que le echaban aquel hombre para explorarle, y le había tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenció de que el cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tenía miedo.

Comprendió, además, que siendo como era avaro y de una manera exagerada Montiño, no había que pensar en imponerle reparaciones respecto á su dinero.

Consideró también que por esa misma avaricia, además de darle buenos consejos, se le debía dar dinero para que sirviese mejor.

En una palabra, el padre Aliaga determinó utilizar al cocinero mayor.

—La manera de reparar en cierto modo el mal que habéis hecho—le dijo—, es decidiros á servir fielmente á una sola persona.

—¿A quién, señor?

—Al rey.

—¡Al rey! ¿pues qué, acaso no le sirvo?

—No por cierto: servís á sus enemigos.

—Yo creía que esos caballeros podían muy bien ser enemigos entre sí, pero al mismo tiempo leales servidores del rey.

—Os engañáis; todos los que hoy se agitan alrededor del rey, piensan antes en su provecho que en lo que conviene á su majestad. Y ciertamente que no podéis decir vos que no sabéis las traiciones de esos hombres, cuando anoche un vuestro sobrino tuvo ocasión de prestar un eminente servicio á la reina.

—He ahí un muchacho que tiene muy buena suerte—dijo Montiño con envidia—; todos me hablan bien de él, todos le protejen: hasta el duque de Lerma.

—¡El duque de Lerma!

—¿Qué creéis que me ha dado para él el duque de Lerma?

—¡Oro!

—No por cierto: una encomienda. Mirad, padre.

Y Montiño sacó un estuche y le abrió.

—Pero eso es un collar de perlas—dijo el padre Aliaga.

Montiño, que no se había repuesto de su turbación, había tomado un estuche por otro, y había mostrado al fraile la alhaja que el duque de Lerma le había dado para seducir á la aventurera con quien se pensaba entretener al príncipe don Felipe.

—Esto es otra cosa—dijo precipitadamente Montiño.

El padre Aliaga no contestó.

Montiño se encontraba terriblemente predispuesto á la confesión y continuó:

—Esta alhaja me la ha dado el duque para una dama.

Hizo un gesto de repugnancia el padre Aliaga.

—Se trata de una dama á quien conoce el duque de Uceda.

—¡Qué vergüenza! ¡qué corrupción! ¡qué escándalos!—exclamó el padre Aliaga.

—Es una dama muy hermosa, de quien pretenden se aficionó el príncipe de Asturias.

—¡Ah!

—Una perdida, aunque no lo parece.

—Importa al servicio del rey que averigüéis quién es esa mujer.

—Esa mujer se ha presentado en la corte hace un año.

—¿De dónde ha venido?

—No sé más.

—¿Cómo se llama?

—Doña Ana.

—¿Doña Ana de qué?

—Doña Ana de Acuña.

—El apellido es noble.

—Ciertamente: se llama viuda de un caballero de la montaña.

—¡Ah! todas estas son viudas ó tienen su marido ausente.

—Y presente el amante.

—¿Y quién es el amante de esa mujer?

—El amante de esa dama es el amante de mi mujer.

—¡El amante... de vuestra mujer!...

—Sí, señor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos veces: mi primera mujer era muy aficionada á los pajes; llevósela Dios y quedéme en la gloria; pero como me había quedado una hija, necesité casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada á los soldados, y como es soldado el amante de doña Ana de Acuña...

—Mirad, no levantéis un falso testimonio á vuestra esposa.

—¡Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es amante del sargento mayor don Juan de Guzmán ¿por qué había de estar desesperado?

—¡Don Juan de Guzmán!—exclamó el padre Aliaga, poniéndose pálido—; yo conocí á un Juan de Guzmán, soldado de á caballo; ¿qué edad tiene ese hombre?

—Más de cuarenta años, pero aparenta menos.

Quedóse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga.

Guardó por un largo espacio silencio.

—¡Juan de Guzmán—dijo al fin—, es amante de una aventurera de quien se valen ellos! ¡y además es amante de vuestra mujer!

—Sí, señor.

—¿Habéis dado algún escándalo en vuestra casa?

—¡No; no, señor! intenciones de más que eso he tenido... ¡pero quiero tanto á mi mujer!... á la pobre han debido darla algún bebedizo.

—¿Ha podido sospechar vuestra mujer que conocéis su falta?

—No; no, señor.

—Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supiérais.

—Sí; sí, señor.

—¿Qué pretende el duque de Lerma de esa doña Ana?

Montiño contó al padre Aliaga lo que respecto á aquella mujer le había encargado el duque de Lerma.

—Es hasta donde puede llegar la degradación—dijo el inquisidor general—; de todo se echa mano. Oíd, Montiño: estáis hablando al mismo tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor general.

Estremecióse Montiño.

El padre Aliaga había cambiado de expresión y de acento.

—Yo, señor—dijo balbuceando—, he venido á buscar en vos amparo y consuelo.

—Y yo no os lo niego; pero habéis pecado mucho, y es necesario que reparéis el mal que habéis hecho sirviendo de medio para que el crimen no triunfe de la virtud.

—Os serviré, señor.

—Hablábamos de vuestro sobrino. ¿Quién es ese joven?

—Ese joven, señor, no es mi sobrino—dijo Montiño, que temblaba como un azogado.

—¿Que no es vuestro sobrino?

—No, señor.

—¿Pues por qué se nombra vuestro sobrino?

—El cree que lo es.

—Decidme lo que sabéis acerca de ese joven.

—Os voy á confesar un terrible secreto de familia—dijo Montiño sacando con miedo la carta de su hermano Pedro, que había traído para él la noche anterior el joven.

—Yo guardaré ese secreto bajo confesión—dijo el fraile.

Montiño entregó la carta al padre Aliaga, que se levantó y fué á leerla junto á la vidriera de un balcón.

El padre Aliaga leyó y releyó aquella carta.

Luego volvió junto al cocinero mayor.

—¿Sabe esto alguien?—dijo guardando la carta del difunto Pedro Montiño, con gran cuidado el cocinero.

—Sí, señor—exclamó Montiño—; lo sabe una mujer.

—¿Qué mujer es esa?

—Doña Clara Soldevilla.

—¿Ha estado alguna otra vez ese joven en la corte?

—No, señor.

—¿Y entonces cómo conoce á doña Clara?

—Yo no lo sé, pero en palacio le conocen y mucho.

—Hablad, hablad.

—Yo creo, señor, y casi tengo pruebas, que doña Clara sólo es la cortina de ciertos amores.

—Explicáos.

—La reina...

—¡Qué decís de la reina!...

—La reina ama á mi sobrino.

Pasó algo siniestro por el semblante del fraile.

—¿Decís—exclamó—que su majestad ama á ese joven?

—Estoy casi cierto de ello.

—¡La prueba! ¡la prueba!

—No puedo dárosla ahora, pero os la daré.

—Si me la dais, os hago doblemente rico.

Montiño miró de una manera extraviada al fraile. Su corazón se embrolló más y más, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; había en ella inquietud, ansiedad, cólera... un mundo entero de pasiones.

—¡Habéis dicho—exclamó roncamente—que la reina ama á ese caballero!

—Sí; sí, señor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo... averiguaré...

—Sí... sí... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo punto—añadió como hablando consigo mismo el confesor del rey—; y sin embargo, las mujeres...

—Son muy caprichosas, señor; ya veis, mi mujer...

—¡Vuestra mujer!... ¡vuestra mujer!... ¿decís que es querida del sargento mayor don Juan de Guzmán?

—¡Sí, señor!

—¿Cómo ha llegado ese hombre al empleo que tiene?

—Le favorece don Rodrigo Calderón.

—¿Y favoreciéndole don Rodrigo Calderón, ese hombre ha enamorado á vuestra mujer?...

—¿Qué pensáis de eso?

—Vigilad á vuestra mujer.

—¿Y no sería mejor que vos, señor, que sois inquisidor general, encerráseis á ese hombre?...

—Haced lo que os mando.

—Lo haré, señor.

—Además, en esta carta de vuestro difunto hermano que me habéis dado, se dice que existe un cofre sellado.

—Sí; sí, señor.

—¿Dónde está ese cofre?

—Le tengo yo.

—Traedme ese cofre esta misma noche.

—¡Ese cofre, señor! ¿pero no sabéis que es un secreto?

—Para la Inquisición no hay secretos.

—¡La Inquisición!—exclamó aterrado Montiño.

—Lo que me habéis revelado es muy grave, para que la Inquisición deje de ocuparse de ello.

—Pero yo os lo he revelado en confesión.

—No importa. Si no queréis exponeros vos mismo, obedeced.

—Obedeceré, señor.

—Esta noche, tarde... á las doce, por ejemplo...

—El cofre es muy pesado, señor.

—Emplead para traerle cuantos hombres fuesen necesarios.

—¡Ah!

—Ahora oíd. No escandalicéis en vuestra casa.

—¡Si no me atrevo á ello, señor!

—¿Habéis dado ocasión para que vuestra mujer vea en vos desconfianza?

—No; no, señor.

—Pues bien, no la deis. Seguid tratando á vuestra mujer como de costumbre.

—Es, señor... que... no sé en lo que consiste, pero ahora la quiero más que antes.

—Seguid, seguid sin novedad alguna.

—Muy bien, señor.

—Respecto al duque de Lerma, seguid sirviéndole de la misma manera que le habéis servido hasta aquí.

—¿Pero no me habéis dicho que peco sirviéndole de ese modo?

—Si antes pecásteis obrando así, ahora que persistiendo en esas obras serviréis al rey, hacéis una obra meritoria.

—¡Ah!

—Para que lo entendáis más claro: antes obrábais por codicia, por interés vuestro; ahora sois en cuerpo y en alma un hombre que sirve al Santo Oficio, para servir al rey.

—¡Ah! ¡es decir, yo!...

—Vos me daréis parte de cuanto sepáis, de cuanto veáis, de cuanto oigáis...

—Pero yo acaso no sirva para eso.

—Servís demasiado para servir al duque de Lerma.

—¿Y es preciso absolutamente que yo?...

—Si os negáis á ello, será prudente prenderos: sabéis secretos demasiado graves.

—Contad enteramente conmigo, señor.

—No, no soy yo quien cuento con vos, sino la Inquisición, siempre justa, siempre previsora. Por ejemplo: habéis descubierto que su majestad la reina ama á... vuestro sobrino postizo... observad... observad... vos por vuestro empleo en palacio, podéis...

—No sé si puedo mucho.

—Procuradlo... y no dejéis de avisarme... de lo más mínimo que descubráis acerca de esos amores.

—¡Oh, Dios mio!

—¡Quién pudiera creerlo!... ¡quién pudiera siquiera sospecharlo!... ¡la reina!...

—Es en verdad muy extraño... pero ello en fin... y yo he podido equivocarme.

—¡Oh! ¡si os hubiérais equivocado!

Montiño no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamación del padre Aliaga: si era una amenaza para él, ó un deseo íntimo del fraile.

—¿Conque decís—dijo al fin—que yo debo seguir en mi oficio de espía y de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma?

—Sí.

—¿Debo, pues, llevar este collar á doña Ana de Acuña?

—Indudablemente.

—¿Y después debo deciros lo que me haya dicho esa dama?

—Sí.

—Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer.

—¿Cuál?

—Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la abadesa de las Descalzas Reales... porque... ¡como don Francisco de Quevedo me ha quitado esa carta!

—No se la llevéis.

—Es que todo está entonces echado á perder... porque... de seguro... al no recibir contestación de su excelencia la madre abadesa... le escribirá de nuevo... se descubrirá... ó se creerá descubrir que yo he hecho mal uso de su carta... desconfiará de mí el duque...

—Esperad—dijo el padre Aliaga.

Y se fué á la mesa, se sentó y escribió lentamente una carta que cerró y selló, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una especie de lacre verde.

—Tomad—dijo—: llevad esta carta á la madre Misericordia y os dará otra, que llevaréis al duque de Lerma.

—¡Ah! Dios os lo pague, señor; porque la pérdida de esa carta era una de las cosas que me tenían desesperado—exclamó con alegría el cocinero mayor.

—Ahora, idos—dijo el padre Aliaga—, y no os olvidéis de volver esta noche á la hora que os he dicho, con ese cofre y con las noticias que hayáis podido adquirir.

Francisco Martínez Montiño saludó profundamente al inquisidor general, salió de la celda, y se alejó aturdido, con el pensamiento embrollado y en paso vacilante como el de un ebrio.

En tanto el padre Aliaga había quedado inmóvil, pálido, sombrío, con los brazos fuertemente apoyados en la mesa.

—¡Dios me castiga!—exclamó—; no he sabido dominar mis pasiones: mi cuerpo está en el claustro, pero mi alma en el mundo; soy un miserable hipócrita. Amo... á una mujer casada... á la esposa de mi rey... de mi hijo... porque yo soy su confesor... Yo que le reprendo sus malos deseos, sus debilidades, no sé acallar el grito de los míos, no sé ser fuerte... y al saber... al oír que ella ama á otro, por más que esto pueda ser una equivocación, una calumnia, me estremezco de celos, y siento odio... un odio terrible á ese hombre... que dicen ama ella... y le haría pedazos entre mis manos...

El padre Aliaga echó violentamente hacia atrás su pesado sillón, se levantó y se puso á pasear irritado á lo largo de su celda.

—¿Y si no es una calumnia?—dijo con voz cavernosa, después de algunos minutos de meditación—¿si en efecto ella... olvidada de todo, le amase?... ella me escribió anoche... él trajo su carta... anduvo muy reservado en sus contestaciones... y es joven y hermoso... tiene esa figura, esa expresión... ese conjunto... esa alma... ese todo que tanto agrada á las mujeres... y la carta de la reina... me le recomendaba eficazmente... veamos otra vez esa carta...

Y se fué á su mesa, abrió los cajones y los revolvió inútilmente.

La carta no parecía.

—¡Oh!—exclamó recordando—; ¡la quemé!... pero... yo la recordaré entera... la recordaré porque quiero recordarla... la memoria obedece á la voluntad.

Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procuró recordar el contenido de la carta de la reina.

Y le recordó, pero de una manera truncada, á trozos.

—¡Oh!—dijo—; la reina me decía que importaba mucho que ese joven estuviese en palacio... en la guardia española... me mandaba comprarle una provisión de capitán... y me hablaba con calor de él...

El alma del padre Aliaga se ennegreció más.

—¡Oh!—exclamó—; ¡la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve al amor... ¡si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vió ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... aún hay tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energía podrá evitarse... pero si todo esto no fuese más que una locura de Montiño... una exageración de mi recelo...

El padre Aliaga detuvo su paseo y miró á las vidrieras.

—Ya obscurece—dijo—y el bufón no ha venido... ¡el tío Manolillo! acaso el tío Manolillo pudiera darme alguna luz.

—¿Se puede hablar con vuestra señoría?—dijo á la puerta el bufón, como si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga.

—Entrad, entrad—dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga—; ¡cuánto habéis tardado!

—Decid más bien, que habéis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no conviene que las oiga nadie.

—Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido.

—Y decidme, ¿hay por aquí algún lugar donde yo me obscurezca, de modo que no me vea el que traiga la luz?

—¿Y qué os importa que os vean ó no?

—Tanto me importa, como que esperando á que concluyéseis vuestra larga audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo mirando los cuadros uno detrás de otro, y volviéndolos á mirar esperando á que saliese el bueno de Montiño, y luego me he paseado otro gran rato en el claustro alto, á fin de encontrar un momento en que nadie me viese para colarme en vuestra celda.

—No comprendo la razón de este recelo; pero puesto que no queréis ser visto, escondéos aquí, en mi alcoba.

Escondióse el bufón, y el padre Aliaga pidió luz.

Cuando se la hubieron traído y se quedó de nuevo solo, cerró la puerta.

Entonces el bufón salió de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la llave, su capotillo.

—¿A qué es eso?—dijo el padre Aliaga.

—A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, á fin de que no puedan reconocerme por la voz.

—Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda.

—¿Olvidáis que la Inquisición quiere teneros tan cerca que os tiene á su cabeza?

—¡La Inquisición! ¡la Inquisición es mía!

—¿Y no teméis que sea más bien del duque de Lerma?

—Tío Manolillo—dijo con reserva el padre Aliaga—, nada tengo que temer; sirvo á Dios y al rey...

—Pero no servís, sino que más bien estorbáis á algunos hombres.

—Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de él sino para mi cátedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sacó de mi celda para traerme á la corte; muy alejado de toda codicia, cuando me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en Portugal, y muy ajeno de que más adelante me nombrasen archimandrita del reino de Sicilia.

—Y consejero de Estado... y á más, á más inquisidor general.

—No sé por qué se han empeñado en engrandecerme.

—Porque á un mismo tiempo os temen y os necesitan.

—Vano temor: yo me limito á dirigir la conciencia del rey.

—Vos conspiráis, padre.

—¡Cómo!

—Como conspiro yo y como conspiramos todos: ¿acaso no conspira también el cocinero de su majestad?

Movióse impaciente en su silla el padre Aliaga.

—Henos aquí juntos—dijo el bufón—: vos fuerte en la apariencia, y yo en la apariencia débil; ¡sabe Dios cuál de entrambos es el fuerte!

—Tío Manolillo, no os entiendo—dijo con gran indiferencia el padre Aliaga—. ¿Qué habláis de fuertes ni de débiles? Si no recuerdo mal, yo os he llamado.

—Es verdad; esta mañana en la recámara del rey, me dijísteis: os espero esta tarde en el convento de Atocha.

—Necesitaba preguntaros...

—Sí, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y á propósito de esa mujer, ¿tendréis que hablarme también de algún hombre?

—Y de algunos.

—Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina.

Coloróse levemente el semblante del padre Aliaga.

—En efecto—dijo—; Margarita...

—Ha sido siempre vuestra desesperación. Debe de ser para vos fatal ese nombre.

—¡Para mí!

—¡Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que amáis!...

—¡Que yo amo!

—¡Bah! ¡ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el corazón.

—Creo que os atrevéis á hacer suposiciones muy arriesgadas.

—Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenéis el corazón hecho pedazos, yo también; vos amáis, yo también amo; pero amo con más heroísmo que vos, y lo sacrifico todo á mi amor... todo... hasta los celos.

—Venís muy donosamente loco, tío; yo creí que os habríais dejado á la puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufón.

—En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni más ni menos un pobre enfermo del corazón que viene á buscar á otro enfermo y á decirle: busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador, confesor del rey, inquisidor general, y qué sé yo qué más, ni yo soy el loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os empeñáis en manteneros puesta la carátula, nada tengo que hacer aquí... me habéis llamado en vano. Adiós.

Y el tío Manolillo se levantó y se dirigió á la puerta.

—Esperad—dijo el padre Aliaga.

El bufón volvió atrás, se sentó de nuevo y miró audazmente al padre Aliaga.

—¿Nos quitamos al fin el antifaz?—dijo.

El padre Aliaga no contestó directamente á esta pregunta.

—Esta mañana—dijo—me contásteis una historia muy triste.

—Margarita, cuando estaba más loca, llamaba á su hermano Luis... vos os llamáis Luis, padre Aliaga; hace muchos años que pasó esto, y entonces debíais ser muy joven; ¿sois vos, acaso, el Luis que recordaba Margarita?

—Me habéis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho á su madre; cuando la vea podré deciros...

—¿Queréis verla?

—¿Y cómo puede ser eso?

—De una manera muy sencilla; id ahora mismo á palacio.

—¡A palacio!

—Sí por cierto. Nadie extrañará que el confesor del rey entre á estas horas en palacio. Yo estaré esperándoos en la escalerilla por donde se sube al cuarto del rey.

—Lo que no alcanzo es cómo pueda ir á palacio esa comedianta.

—La llevaré yo.

—En verdad, en verdad, tengo una obligación grave de averiguar quién es esa mujer. ¿No se llama Dorotea?

—¿Quién os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?—exclamó con acento amenazador el bufón.

—Cuando se trata de esa mujer—dijo sonriendo tristemente el padre Aliaga—, todo os espanta.

—Como os espanta á vos todo, cuando se trata de la otra.

El padre Aliaga pareció no haber oído la contestación del tío Manolillo.

—Sólo quiero ver á esa joven—dijo—para salir de una duda; y puesto que vos podéis mostrármela en palacio, á palacio voy.

Y el padre Aliaga se levantó.

En aquel momento sonaron pasos en el corredor.

Al oírlos el bufón se levantó, y escuchó con atención.

Luego se escondió precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre Aliaga.

CAPÍTULO XXVI

DE LO QUE OYÓ EL TÍO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL REY

Abrióse la puerta y asomó el hermano Pedro.

—Nuestro padre—dijo—; tras mí viene el señor Alonso del Camino.

—¡A qué hora!—murmuró para sí el padre Aliaga.

Y fué á la puerta con la visible intención de salir de la celda, pero Alonso del Camino no le dió tiempo.

Se entró de rondón en la celda.

—Aquí tenéis—dijo como quien se apresura á dar una noticia agradable—la provisión de capitán para el señor Juan Montiño.

No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra parte, el padre Aliaga no se atrevía á dar ninguna señal de desconfianza al bufón del rey, que estaba en posición de verlo y oír todo desde detrás de la cortina de la alcoba.

Tomó la provisión y la miró.

Aquella provisión había sido vendida á un soldado viejo llamado Juan Fernández, y éste la había revendido al señor Juan Montiño.

—Ya veis si he sido eficaz; esta mañana cobré los ochocientos ducados de la casa del señor Pedro Caballero, y en seguida me fuí á buscar á un tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le hablé, tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuése él á casa del duque, y al medio día me dió la provisión firmada por su majestad. He invertido lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo para el dicho capitán, y la reina queda completamente servida.

—¡La reina!—murmuró profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada recelosa á la cortina, tras la cual se ocultaba el bufón.

—¡La reina!—dijo con extrañeza el tío Manolillo, detrás de aquella cortina.

—Además, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la antecámara del rey á que saliese el duque de Lerma, á quien esperaba también el secretario Santos para recoger la provisión firmada por el rey, he visto algo bueno.

El padre Aliaga no preguntó qué era lo bueno que había visto, á pesar de que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta.

El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los tizones y pidiendo á Dios que el montero de Espinosa callase, porque no se atrevía á imponerle silencio ni con una seña.

Sin saber por qué, no quería dar una muestra de desconfianza al bufón.

Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva.

Alonso del Camino continuó:

—Se murmuraban en la antecámara muchas cosas.

—Allí siempre se murmura.

—Decían que don Francisco de Quevedo había venido á la corte y que había dado de estocadas á don Rodrigo Calderón.

—¡Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones... ya sabéis que no ha sido Quevedo... ¿pero está en efecto en Madrid?

—Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo, todos se preguntan: ¿quién le ha visto? ¿quién le ha hablado?

—¿Y hay alguien que le haya hablado ó visto?

—No; no, señor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben en un momento en toda una ciudad.

—Estaba preso.

—Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al verse suelto se ha venido á la corte, son hablillas y la admiración de todos.

—¡Bah!—dijo el padre Aliaga.

—Se asegura que va á haber variación en el consejo y en la alta servidumbre.

—¿Porque ha venido don Francisco?

—Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio.

—Bien, ¿y qué?

—Añaden que la duquesa de Gandía se fué á su casa mala, porque el rey pasó la noche en el cuarto de la reina.

—¡Que pasó el rey la noche en el cuarto de la reina!—dijo con la voz ligeramente afectada el padre Aliaga—. No me ha dicho nada su majestad.

—Pues preguntádselo al duque de Lerma, que dicen pasó la noche rabiando en el despacho del rey—dijo alegremente Alonso del Camino.

—Tened en cuenta, amigo mío, que en palacio se miente mucho.

—Don Baltasar de Zúñiga va de embajador á Inglaterra.

—Nada tiene de extraño; don Baltasar ha nacido para embajador.

—Y entra en su lugar en el cuarto del príncipe el obispo de Osma.

—Así aprenderá su alteza mucho latín.

—No parece sino que nos escuchan—dijo bruscamente Alonso del Camino—, según andáis de reservado.

—Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro á escuchar siempre con indiferencia las hablillas de antecámara.

—Podrán ser hablillas, pero á la verdad, lo que yo he visto...

—¡Ah! vos habéis visto...

—Sí por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse desde la puerta de la cámara del rey, porque el ujier no le ha dejado pasar.

—Pero eso no prueba nada.

—Tenéis razón; eso no probaría nada si, después de no haber podido entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, á pesar de su oficio de gentileshombres de la cámara del rey, no hubiese salido el duque de Lerma tan risueño y alegre que parecía decir á todo el mundo: ya no tengo enemigos... Dióme lástima, porque en sí mismo tiene el mayor enemigo Lerma.

—Nada de lo que habéis dicho prueba nada.

—Se dice...

—¿Se dice más?

—Sí por cierto, que se arma un ejército contra la Liga.

—Ejército que será vencido.

—Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere contentar de algún modo á España; para eso... ya sé lo que vais á decirme, lo mejor era que empezase por irse á una de sus villas y dejar el gobierno.

—Perdonadme, señor Alonso, si no os he escuchado como debiera—dijo el padre Aliaga que se impacientaba—, pero estoy enfermo.

—¡Enfermo!

—Sí; sí por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, frío en los pies... la celda me anda alrededor.

—¡Ah! perdonad... yo no sabía... llamaré...

—No, no... me voy á acostar... con vuestra licencia...

—¡Oh! lo siento mucho, no os descuidéis...

—Esto pasará.

—Ahí se quedan los cien ducados que han sobrado.

—Bien.

—Perdonad... pero... mañana vendré á informarme...

—Muchas gracias... esto pasará...

—Quiera Dios aliviaros, y quedad con El.

—Id con Dios, y que Él os pague vuestra buena voluntad, señor Alonso.

El montero de Espinosa salió, y al atravesar el corredor que conducía al claustro, dijo:

—¡Es extraño! ¡ponerse malo de repente! ¡y á mí me parece que está muy bueno! ¿qué habrá aquí?

Apenas había salido Alonso del Camino de la celda, cuando salió de la alcoba el tío Manolillo.

—¿Por qué os tratáis con gente tan habladora?—dijo—; pero nada importa que yo lo haya oído, porque ya sabía yo que conspirábais: ignoraba, en verdad, que tuviéseis vuestros espías tan cerca del rey. Y es un buen hombre ese Alonso del Camino.

—Me habéis dicho—contestó el padre Aliaga, como si nada le hubiese hablado el bufón—que si voy á palacio me mostraríais á esa Dorotea.

—Indudablemente; pero es necesario que os detengáis en ir lo menos una hora.

—¿Y por qué?

—Porque necesito ese tiempo para llevar á la Dorotea á palacio. Ya debe de haber salido de la función del corral del Príncipe; pero como ha ido acompañada muy á su gusto, podrá suceder que después de la función se haya metido con su compañía en alguna hostería apartada. Ya veis, el hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han hablado y cantado amores y se está enamorado...

—¿Y de quién está enamorada Dorotea?—dijo con interés el padre Aliaga.

—De una persona á quien vos conocéis.

—¿Que yo conozco?

—Sí, ciertamente, y de la cual tenéis celos.

—¡Celos!

—Sí por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queréis ocultaros á vos mismo.

—¡Os equivocáis!—exclamó con precipitación el padre Aliaga—, yo no puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el mundo.

—¡Bah! allá lo veremos.

—Os he preguntado de quién está enamorada esa comedianta.

—¿No lo adivináis por lo que os he dicho?

—No ciertamente.

—Llegará un día en que me habléis con lisura: la Dorotea está enamorada con locura...

El bufón se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad del padre Aliaga.

—¿De quién?—dijo el fraile con impaciencia.

—De cierto mancebo á quien ha hecho capitán la reina con vuestro dinero.

El padre Aliaga sintió el golpe en medio del corazón; se estremeció.

—¿Y ama el señor Juan Montiño á Dorotea?

—Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaña, peor para él.

Repúsose el padre Aliaga.

—¿Conque... vais á buscar á esos dos amantes?—dijo.

—No por cierto, voy á esperarlos á su casa... y como pueden tardar...

—Esperad, cuando la hayáis encontrado, en la galería de los Infantes.

—Esperaré...

—Cuando yo llegue, os avisarán.

—Muy bien.

—Y para que los encontréis más pronto, id al momento.

—Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego.

El bufón salió.

Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llamó y se presentó el lego Pedro.

—Que pongan al instante la silla de manos.

Algunos minutos después, dos asturianos conducían á palacio al padre Aliaga.

Había cerrado la noche y seguía lloviendo.

CAPÍTULO XXVII

EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABÍA ACABADO AÚN SU FAENA AQUEL DÍA

En el mismo punto en que el confesor del rey salía del monasterio de Atocha, salía del de las Descalzas el cocinero mayor.

El padre Aliaga. El padre Aliaga.

Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la presión despótica de la madre Misericordia.

El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.

Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un tormento para el cocinero mayor.

Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras.

Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar.

Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía.

Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo compromiso.

Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...

Esto no podía ser.

Estaba comprometido con el duque.

Estaba comprometido con la Inquisición.

Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un círculo de fuego.

Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba.

Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido: por la Inquisición.

Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la Inquisición, pidió hablar con la abadesa.

Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.

Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el locutorio era muy lóbrego.

Detrás de la reja no se veían más que tinieblas.

Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una puerta y los pasos de una mujer.

No traía luz.

Luego oyó la voz de la madre Misericordia.

El triste del cocinero mayor se estremeció.

—¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?—había dicho la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.

—Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies, Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad?

—Sí; sí, señora.

—Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía el Santo Oficio de la general Inquisición.

—Ni yo lo entiendo tampoco, señora.

—¿Pero á qué os envían?

—Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con el inquisidor general.

—¿Es el inquisidor general quien os envía?

—Sí, señora.

—¿Pero sois ó érais de la Inquisición?

—No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza.

—Pero explicáos.

—Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he aquí que me tropiezo...

—¿Con quién?

—Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos me habíais dado para don Francisco de Quevedo.

—Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.

—Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me habíais dado para el señor duque de Lerma.

—¿Qué, os la quitó?...

—Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se quedó con ella.

—¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa carta?—exclamó con cólera la abadesa.

—Ya os he dicho que me la ha quitado...

—¿Pero quién era ese hombre que os la quitó?

Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.

—El hombre que... me quitó vuestra carta, señora—dijo con acento misterioso—, era... era... un alguacil del Santo Oficio.

—¡Un alguacil!

—Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la portería.

—¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila la casa de mi tío?

—Yo no lo sé, señora—dijo Montiño asustado por las proporciones que iba tomando su mentira—. Yo sólo sé que el alguacil me dijo:—Seguidme.—Y le seguí.

—¿Y á dónde os llevó?

—Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general.

—¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga?

—Nada.

—¿Nada?

—Sí; sí, señora, me dijo algo:—Desde ahora servís al Santo Oficio. Volved esta tarde.—Como con el Santo Oficio no hay más que callar y obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una carta y me dijo:—Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas Reales.

—¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está?

—Aquí, señora.

—Dádmela.

—No veo... no veo dónde está, señora.

La abadesa se levantó y pidió una luz, que fué traída al momento.

Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja, había quedado de pie, escueta, inmóvil, la negra figura de la abadesa, semejante á un fantasma siniestro.

No se la veía el rostro á causa de su posición, que la envolvía por delante en una sombra densa.

Tampoco se podía ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la parte interior del locutorio.

El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy débil.

Esto convenía á Montiño, porque si la abadesa hubiera podido verle el semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba pálido, desencajado, trémulo.

—Dadme esa carta—repitió la abadesa.

Montiño metió la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y dió á la madre Misericordia la carta.

La abadesa se fué á leerla á la luz.

Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el duque de Lerma escribió aquella mañana para la abadesa, y después la contestación de éste.

La carta del duque decía:

«Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de decirme que han visto entrar á mi hija doña Catalina en vuestro convento y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, á don Francisco de Quevedo. Esto no tendría nada de particular, si no hubiese ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la había galanteado don Francisco, y ella, á la verdad, no se había mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de sumo interés, me vi obligado á prender á don Francisco de Quevedo y enviarle á San Marcos de León. Púsele al cabo de dos años en libertad, y anoche se me presentó trayéndome una carta de la duquesa de Gandía, que le había entregado doña Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia: primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que está en inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenéis á mi hija y á Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que descubrís en cuanto á la amistad más ó menos estrecha en que puedan estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto más, cuanto peor marido para doña Catalina, y peor hombre para mí, se ha mostrado el conde de Lemos. Avisadme con lo que averiguáreis ó conociéreis, dando la contestación al cocinero del rey, que os lleva ésta. Que os guarde Dios.—El duque de Lerma.»

La carta que en contestación á ésta escribió la abadesa, y que entregó á Montiño y que quitó al cocinero mayor Quevedo, contenía lo siguiente:

«Mi respetable tío y señor: He recibido la carta de vuecencia tan á tiempo, como que, cuando la recibí, estaba en visita con mi buena prima y con don Francisco de Quevedo. Doña Catalina me había dicho que su único objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y éste me había hablado tan en favor de vuecencia, que me tenía encantada, y me había hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo, me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para mí que doña Catalina y don Francisco se aman, no dentro de los límites de un galanteo, que siempre fuera malo, sino de una manera más estrecha. He comprendido que don Francisco quería engañarme para inspirarme confianza, y que no ha sido el amor el que le ha llevado á hacer faltar á sus deberes á doña Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo á doña Catalina, posee en la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y por medio de la cual puede dar á vuecencia mucha guerra, y tanto más, cuanto más vuecencia confíe en él. Mi humilde opinión, respetando siempre la que estime por mejor la sabiduría de vuecencia, es que debe desterrarse de la corte á don Francisco, ya que no se le ponga otra vez preso; lo que sería más acertado, en lo cual ganaría mucho la honra de nuestra familia, impidiendo á doña Catalina que continuase en sus locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir á vuecencia, quedo rogando á Dios guarde su preciosa vida.—Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales.»

Ahora comprenderán nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en la hostería del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase atónito y trastornado al cocinero mayor.

Veamos ahora la carta que el padre Aliaga había escrito á la abadesa, y que ésta leía á la sazón:

«Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto que, olvidándoos de que habéis muerto para el mundo el día que entrásteis en el claustro, seguís en el mundo con vuestro pensamiento y vuestras obras. Velar por el rebaño que Dios os ha confiado debéis, y no entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y luchas políticas, que eso, que nunca está bien en una mujer, no puede verse sin escándalo en una monja, y en monja que tiene el más alto cargo á que puede llegar, y por él obligaciones que por nada debe desatender. Escrito habéis una carta á vuestro tío el duque de Lerma, y entregádola á Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, á fin de que al duque la lleve. El señor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente por cierto, no puede llevar esa carta al duque, é importa que el duque no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga daño á nadie. Recibid mi bendición—El inquisidor general.»

Sintió la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de cólera, luego un escalofrío de miedo. Porque si bien su tío, como ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en España, la Inquisición no lo era menos, y cuando Lerma había nombrado inquisidor general al padre Aliaga, ó le necesitaba ó le temía.

La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.

Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.

Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni pueden saber á qué atenerse.

Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las Descalzas Reales y el cocinero del rey.

Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos segundos irresoluta, y luego tomó una pluma.

Pasó un nuevo intervalo de vacilación.

—¿Y qué digo yo á mi tío—exclamó con despecho—que le satisfaga y no le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en el enojo del Inquisidor general?

La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un recurso.

Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano, meditando sobre el papel.

—¿Qué iría á decir la abadesa al duque?—murmuraba el asendereado Montiño—. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto iba á pasar por mí!

Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre Misericordia.

He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres iniciales de Jesús, María y José:

«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia, porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á Dios por su vida.—Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa de Madrid.»

—¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!—dijo la monja cerrándola—; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la Inquisición?

Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y sacó otro papel y escribió otra carta.

Aquella carta era para el padre Aliaga.

Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la sacra familia:

«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos. Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo, cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos, porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me escribió el señor duque de Lerma.»

Detúvose al llegar aquí la abadesa.

—Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí—murmuró—debo enviarle copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!...

La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había quemado viva á más de una monja.

Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta manera:

«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia ilustrísima.—Misericordia, abadesa de la comunidad de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid.»

Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó á Montiño.

—Dadle un pliego—le dijo—al señor duque de Lerma, y el otro al señor inquisidor general.

—¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo?

—Al momento.

—¿Y si me detuviere el duque de Lerma?

—En cuanto os veáis libre.

—¿Tenéis algo que mandarme, señora?

—Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios.

—Que Dios os guarde, señora.

El cocinero mayor salió murmurando:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un nuevo atolladero!

Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba el torno, á una monja que dormitaba junto á él:

—Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor.

CAPÍTULO XXVIII

DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA

Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII.

Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño.

La litera era, en efecto, grande; la conducían dos mulas, una detrás y otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la comedianta, en razón de su oficio, que estaba declarado infame por una ley de partida, no podía llevar á sus criados con librea, llevaba del diestro la parte delantera.

Arrellanóse el joven en un blandísimo cojín, y sintió á sus espaldas y á su costado derecho otro no menos blando y rehenchido.

Aunque Juan Montiño no se admiraba de nada, causóle impresión aquel lujo, no por sí mismo, sino porque le usase Dorotea.

La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanería de galón de oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los cristales y una rica piel de oso en el fondo.

Podía asegurarse que muchas damas principales y ricas no poseían un tan lujoso vehículo.

Es verdad que antes y ahora muchas señoras de título no podían ni pueden tener los trenes que usaban las comediantas.

Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, está explicado todo.

Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y extraño diálogo anterior á su salida de la casa, no había podido hacerse cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven.

Al entrar en la litera, Dorotea se había echado atrás el manto, dejando descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de las mangas de oro á martillo, que no parecían sino verdaderas bordaduras hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo terso, lo dulce, por decirlo así, de su cutis; un largo collar de gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnición de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso cordón de oro con rubíes y esmeraldas ciñendo su cintura y cayendo doble y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnífica falda, hasta los pies.

Uno de estos pies, pequeño, deliciosamente encorvado, asomaba como al descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura.

Con decir que bajo los puños rizados de encaje, sobre las manos preciosas por sí mismas y riquísimas por sus sortijas, se veían dos pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que también diamantes y perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, está hecha la descripción de su atavío.

Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo también del duque de Lerma.

Esto no quería decir que Lerma amase demasiado á la comedianta, sino que era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo que bastaba para que la ostentación de Lerma la hubiese deseado para querida pública; y siéndolo, no podía buenamente presentarse al público de otro modo sin desdoro del duque.

Además, este lujo escandaloso de la Dorotea, servía al duque de prospecto para con otras mujeres. Sólo que la mayor parte de las que se suscribían á las obras del duque, se encontraban con que las obras no correspondían, ni con mucho, al lujo del prospecto.

Pero á Juan Montiño que, á pesar de todo, conservaba un fondo de candor y virginidad en el alma, le maravilló todo aquello.

No se dió razón de la razón de aquel lujo, aturdido por él.

Dorotea, como mujer y como atavío, se le había subido á la cabeza; le había embriagado.

Y era muy difícil defenderse de la embriaguez causada por aquella portentosa armonía de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color, de atractivos; por aquella mirada dulcísima y ardiente que le sonreía, le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo así; por aquella nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso.

Encanta una mujer hermosa vestida de blanco ó de negro.

Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedrerías, y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga.

Por eso estaba embriagado don Juan Montiño.

Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueños de nuestra razón y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y en aquella situación, se había olvidado completamente de doña Clara Soldevilla.

En verdad que la embriaguez pasa, y que después de haber pasado, quien tiene dignidad en el alma, se avergüenza de su pasada embriaguez.

Brillaba, relucía la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante tenía esa dulce seriedad del sentimiento que sólo modifica á veces una indicación de sonrisa, sensual, característica, que parece decir á una mujer ó á un hombre: no vivo, no siento más que para ti.

A más que por la expresión de su semblante, el estado físico y moral del joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su cuerpo.

Dorotea era entonces feliz.

Durante algún tiempo, sólo se hablaron con la mirada lúcida y fija, y con la involuntaria y expresiva presión de las manos.

Hubo un momento en que Juan Montiño acercó demasiado su semblante al de Dorotea.

Dorotea retiró el suyo, y dejó ver en él una dolorosa seriedad.

—Perdonad—dijo Juan Montiño—, estoy loco.

—Perdonad vos más bien—dijo Dorotea—, pero por vos y para vos soy una mujer nueva.

No hablaron más durante algunos segundos.

La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del sol.

—Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan?

—Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais?

—En que me expongo llevándoos al teatro.

—¡Que os exponéis!

—Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras.

—¡Bah!—dijo con desprecio el joven.

—No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle.

—Me habéis puesto fuera de combate; me habéis hechizado.

—Quiéralo Dios—dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las manos de Juan Montiño.

—Pues mirad—repuso el joven—, yo pensaba en otra cosa.

—¿En qué?

—En que antes de salir de vuestra casa...

—De nuestra casa, caballero...

—Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de tú.

—Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuráos que yo soy la mujer más honrada y más respetable del mundo.

—Y qué, ¿no lo sois para mí?

—Y tanto como lo soy; ya veréis.

—¿Os habéis propuesto desesperarme?

—Me he propuesto que me améis.

—¡Qué! ¿no os amo ya?

—No, ni yo os amo tampoco.

—¡Cómo!—exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la burla de una cortesana.

Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir:

—Antes de pensar mal de mí, escuchadme.

—Habéis dicho una herejía.

—No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver...

—Pero eso no puede ser.

—Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí; ni siquiera que estaba presa.

—¡Ah, no digáis eso!

—Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que creo existe entre vuestra alma y la mía.

—¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?...

—No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo.

—Yo no sé lo que me inspiráis, señora.

—Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré más cada día.

—¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora?

—No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce, inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila, sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre.

—Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?—dijo con acento de queja Juan Montiño.

—No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición, mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo que yo soy para vos.

—¿Y podéis dudarlo?

—Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza; puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.

—Confieso que no os comprendo, señora.

—No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro, oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para exigirme igual conducta cuando estemos solos.

—¿Y eso por qué?

—Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.

En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un portalón feo que se veía en una fachada irregular.

Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y ganó la parte seca del interior.

—¡Oh, reina de las reinas!—dijo al verla un joven de aspecto aristocrático por sus maneras y por su traje—; dignáos tomar mi brazo para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.

—Gracias, don Bernardino—dijo la Dorotea sonriendo—; pero viene conmigo persona tal, que no cambiaría su brazo por el del rey.

Al mismo tiempo Juan Montiño salía de la litera, y Dorotea se asió á su brazo.

—¡Ah, perdonad, señora!...—dijo don Bernardino siguiendo á los jóvenes, que se encaminaban á unas estrechas, negras y horribles escaleras—; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Calderón...

—Está herido y medio muriéndose, ¿no es verdad?—dijo Dorotea.

Subían por las escaleras.

—Me espanta la serenidad con que habláis y las galas que vestís.

—Como que estoy de boda.

—¿Os casáis?

—Con Sancho Ortiz de Rodas.

Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho Ortiz era el amante ó novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se representaba aquella tarde, y en la que desempeñaba la parte de protagonista Dorotea.

—¡Ah, sí, es verdad! ¡venís vestida desde vuestra casa!

—Sí, por cierto.

—Habéis hecho bien, porque la función se ha empezado; la loa está casi á la mitad, y han empezado á correr por el patio unas noticias que tienen disgustado al público.

Seguían á la sazón por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, á cuyos dos costados había puertas.

—¿Y qué noticias eran esas?—dijo la Dorotea avanzando por el corredor delante de Juan Montiño.

Detrás de los dos iba Don Bernardino.

—Esas noticias eran que vos, á consecuencia de la herida de don Rodrigo, estábais desesperada y no representábais.

—Ya veis que no.

—Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van á vitorear con frenesí. El público está enamorado de vos.

—Pues no se conoce, porque me paga poco.

—Eso consiste en que Gutiérrez es un judío. Tiene en vos una mina de oro.

—¿No queréis entrar?—dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del corredor, y entrando en un pequeño aposento.

A pesar de que como había sido pronunciado aquel ¿no queréis entrar? suponía lo mismo que esta otra frase: haréis bien en iros, porque estorbáis, don Bernardino se hizo el desentendido y entró.

El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y alfombrado, tenía un ancho canapé ó sofá con almohadones de damasco y sillones de gran lujo, y al fondo había una puerta con cortinaje de seda.

En medio se veía un brasero de plata con fuego.

—Petra—dijo Dorotea á una doncella que estaba esperándola en su cuarto—, ve y di al autor que por mí no tiene necesidad de detener la función.

La doncella, después de tomar el manto de su señora, salió á cumplir su encargo.

Juan Montiño, á una indicación de Dorotea, que se había sentado en el canapé, se sentó en un sillón y se descubrió.

Don Bernardino se descubrió también, aunque con suma impertinencia; se sentó en otro sillón con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo sobre el respaldo del sillón y cruzó una pierna sobre la otra.

Juan Montiño, que no había hablado una sola palabra, empezaba á amostazarse.

Era don Bernardino uno de estos jóvenes fatuos, que han frecuentado siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de una bailarina, sin encontrarlo jamás, y que acaban por creerse adorados de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y valientes, y junto á los cuales no se puede estar un minuto sin sentir desprecio ó cólera.

Don Bernardino de Cáceres era un segundón de una familia principal de Córdoba; gastaba más vanidad que doblones, y por razón de su vanidad andaba siempre perdonando vidas.

Hacíalo con tal aplomo y se creía tan de buena fe valiente, que los demás acabaron por creerlo y por respetarle.

Esto había acabado de hacer insoportable á don Bernardino.

—¿Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?—dijo cuando se hubo sentado, y con cierto espíritu de protección.

—Algo más que pariente—dijo con descaro la Dorotea—; es... mi amigo, y el amigo á quien más quiero.

Miró de alto á bajo don Bernardino á Juan Montiño, como buscando la razón, el por qué del cariño de Dorotea hacia aquel hombre.

—Debéis ser forastero—dijo don Bernardino.

Juan Montiño hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—¿Es paisano vuestro, Dorotea?

—No lo sé, porque yo no sé de dónde soy.

—¡Ah! vos sois del cielo.

—Pues entonces no somos paisanos—dijo Juan Montiño con mal talante—, porque yo soy de la tierra.

—¿Habéis estado alguna vez en la corte?

—Ayer vine por vez primera.

—Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa.

—Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada—dijo don Bernardino—, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo menos de ofreceros mi amistad.

Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente.

En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor:

—¡Dorotea!

—La escena me llama, señores—dijo la joven—; venid, venid conmigo, Juan, y me veréis trabajar desde adentro.

Montiño siguió á Dorotea; don Bernardino siguió á Montiño.

Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se encontraron en la parte interior del escenario.

En los tiempos de Felipe III empezaban á usarse ya los bastidores, en vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena.

El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente, toda alegre y toda non sancta: comediantes y comediantas, poetas, galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se mentía; y al pasar Dorotea junto á un grupo de hombres, en medio del cual había una joven sumamente hermosa, dijo á uno de los del corro, haciéndole reparar con una indicación en Juan Montiño:

—Dejad estar entre bastidores á este caballero, que es cosa mía.

Después se dirigió á un bastidor, para esperar su salida.

El escándalo estaba dado.

Y decimos el escándalo, porque en la manera de presentar Dorotea á Juan Montiño, había dicho á todos:

—Ese joven es mi amante.

Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un verdadero escándalo.

—¿Qué decís á esto, Mari Díaz?—dijo un comediante rechoncho á la joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.

—Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo, cuando la Dorotea se atreve á tanto.

—¿Qué es eso?—dijo otro de los del corro—. ¿A quién aplauden de ese modo?

—¿A quién ha de ser sino á Dorotea?—dijo encubriendo mal su despecho la Mari Díaz—; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en cuanto abre los labios ó se mueve la señora duquesa? La Dorotea tiene mucha suerte.

Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes.

—No, pues esos no son los mosqueteros—dijo un poeta—; ó si lo son, es mosquetero todo el público.

—¿Qué sabéis vos?—repuso Mari Díaz—; hay tardes en que están de humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como borregos.

—Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea—dijo don Bernardino de Cáceres.

—Soberbio modrego—dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el presuntuoso hidalgo—; si tuviera tantos doblones como vanidad, no andaría la Dorotea tan desdeñosa con él.

—Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante—dijo otro.

—Pero es muy hermoso—replicó la Mari Díaz.

—¿Os habéis ya enamorado de él?

—¡Yo!...

—Dicen que sois muy enamoradiza.

—Por eso los llevo detrás haciendo cola.

—Es que dicen que los lleváis delante.

—Pues mienten. Sólo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no quiera tener más. Pero volvamos al asunto del día: ¿conocéis á ese nuevo amante de la Dorotea?

—Yo no le he visto nunca, y eso que voy á todas partes—dijo un comediante.

—Ni yo—repuso otro.

—Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo que está en la corte—dijo la Mari Díaz.

—¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina mía!—dijo un poeta.

—Eso quiere decir que no es un cualquiera—recargó la comedianta.

—¿De qué se trata?—dijo un alférez de la guardia española que se había acercado al grupo.

—¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un acontecimiento extraordinario?—contestó un comediante.

—¡De un escándalo!—añadió un poeta.

—¡De una enormidad!—recargó un tercero.

—¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas?

—Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo—dijo la Mari Díaz—que don Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién.

—Pero eso no es un milagro.

—Escuchad: sabréis además que está muy mal herido.

—Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su zapato... conque vamos al negocio y veamos en qué consisten el milagro, el escándalo y la enormidad.

—El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un pobre—dijo la Mari Díaz.

—¡Ah! eso ya es distinto; comprendo que estéis asombrados: vamos al escándalo.

—El escándalo consiste en que se haya presentado al público con sus mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo.

—En efecto, esto tiene algo de escandaloso—dijo el alférez—. Pero la enormidad... veamos la enormidad.

—¡La enormidad! ¿no os parece una enormidad el que nos haya presentado á todos su nuevo amante?

—Efectivamente; esa muchacha se va echando á perder más de lo justo. Y es lástima, cuando se trata de la mujer más hermosa del ejercicio... perdonad, Mari Díaz, la más hermosa después de vos.

—Afortunadamente estoy aquí para daros las gracias, señor Ginés Saltillo—dijo la comedianta sin poder dominar completamente su mortificación.

—¿Y quién es él?

—No le conoce nadie.

—¿Es forastero?

—Y altivo.

—¡Aunque pobre!

—Pobre soy yo—dijo el alférez—, y en punto á orgullo no me trueco por un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo?

—No tanto como vos—dijo la Mari Díaz—, pero aun así puede presentarse sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos.

—Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho vuestra opinión.

—¿Y por qué no?

—Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises. Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso, porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal, quisiera conocer á ese portento.

—Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres que, como sabéis, es el perro de la Dorotea.

—Voy, voy á verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con otras no menores.

—¡Qué! ¿Qué sucede?—exclamaron todos.

El alférez se metió más al centro y dijo en voz baja y con sumo misterio:

—¡Hay novedades!

—Novedades, ¿y en dónde?

—Novedades en palacio.

-¡Ah!

-¡Oh!

—¡Eh!—exclamaron todos.

—Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no se puede uno fiar de su camisa.

—Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto á don Rodrigo, tiene su intríngulis.

—¿Su qué?...

—Su misterio, señores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido de lo alto.

—¿De que alto?

—De palacio.

-¡Ah!

—Parece que Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

—Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado.

—Y que tal zancadilla tenía armada al duque, que éste ha echado por el camino más corto para no perder tiempo.

—¿Conque acusan á su excelencia...?

—Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche sin más compañía que las ratas.

—Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis—dijo uno.

Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se han tomado gran interés por los negocios públicos.

—Se dice—añadió el narrador—, que el duque... pues... su excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al herido.

—¡En su casa!

—Como que le hirieron junto al postigo de su casa.

—¿Y no se sabe quién le hirió?

—Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que... ¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto?

—Esto es grave—dijo uno.

—Gravísimo—añadió otro.

—Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo—dijo Mari Díaz—; ¿qué nos importa todo eso? Por mi parte me voy.

—Id con Dios, princesa, id con Dios—dijo el alférez—; si no fuera por dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría.

—Muchas gracias—dijo la Mari Díaz alejándose.

—Allá va al primer bastidor—dijo uno.

—A ponerse en guerra con la Dorotea.

—Esas chicas acabarán por arañarse.

—No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence!

—Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa—dijo el alférez, que reventaba por soltar sus noticias.

—Sí, sí; seguid.

—Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores.

—¡El rasero!...

—Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra.

—¡Pero si don Baltasar no se mete en nada!

—¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el duque?

—Verdaderamente todo esto es grave—dijo uno de los del grupo, que tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.

—¡Gravísimo!—dijo el alférez—. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa más grave aún.

-¿Qué?

-¿Qué?

—No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del rey.

—¡Ah! Pues esto es tres veces grave.

—Se cree—dijo el alférez—que Lerma se haya puesto del lado de la reina.

—¡Bah! eso no puede ser—dijo uno.

—La reina odia al duque—añadió otro.

—Creo más fácil que la Mari Díaz deje de ser envidiosa—dijo un tercero.

—Prueba al canto—contestó el alférez.

—Veamos.

—El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es á todas luces del partido de la reina.

—Indudablemente.

—Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general.

—¡Inquisidor general! ¿Pues y cómo ha quitado esta dignidad á su tío don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma?

—Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable... indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.

—¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?

—El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis; lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...!

—¿Pero qué interés tiene el duque...?

—¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á acusar de traición, de estar vendido á la Liga.

—¡Oh!

—Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.

—¡Su hijo!

—Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda llegar á la privanza y no perdona medio.

—Todo esto es grave, gravísimo—dijo el que todo lo veía por el lado serio.

—Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.

—¡Qué!

—¡Qué!

—Se cree...—dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio.

—¡Pero traéis un saco de noticias, alférez!

—Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque de Osuna.

—Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de Napóles—dijo un autor de entremeses.

—Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.

—¡Que está don Francisco en Madrid!—exclamó el autor de la compañía, ó como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía—; ¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado un entremés.

—En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido—dijo el alférez.

—Pues si está escondido, ¿quién le ha visto?

—Le vieron anoche en palacio.

—Creerían verle.

—Allá lo veremos; ¿pero qué esto?

Lo que había motivado la pregunta del alférez, era un ruido particular, un alboroto que provenía del primer bastidor de la derecha del escenario.

Todos corrieron allá.

Lo que había sucedido, lo verán nuestros lectores en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXIX

DE CÓMO JUAN MONTIÑO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DIÓ Á CONOCER ENTRE LOS CÓMICOS.

La Mari Díaz, dejando en su chismografía política al alférez, á los comediantes, á los poetas é tutti cuanti, se fué decididamente, pero como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del escenario.

En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don Bernardino de Cáceres.

—¿Me permitís, caballero?—dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo.

El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa inclinación de cabeza y una sonrisa.

—Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea—dijo el joven para sí—. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...

Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.

Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas.

—Permitidme, caballero—dijo don Bernardino.

Juan Montiño no se movió.

Don Bernardino guardó silencio.

Pasó así algún tiempo.

Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada, sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la Dorotea.

Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba.

—¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?—dijo la comedianta entablando ya decididamente una conversación.

—Es un conocimiento nuevo—dijo don Bernardino, que tenía el vicio de introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le importasen.

—Este caballero—dijo secamente Juan Montiño—, se ha tomado el trabajo de responder por mí.

—Pero es que yo os he preguntado á vos.

—Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.

—¡Oh! yo sé siempre lo que me digo—contestó con fatuidad don Bernardino, atusándose el bigote izquierdo.

—Menos cuando no—dijo la comedianta.

—Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien.

En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta.

Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con Juan Montiño, forzó la situación.

—¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?

—Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais un prodigio.

—Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido.

—¡Vive Dios, doña perdida—exclamó don Bernardino todo fuera de sí—, que me la habéis de pagar!

—¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?—dijo Juan Montiño volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y decirle:

—¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame!

—Idos—repitió Juan Montiño con una calma inalterable.

—¡Que me vaya!—exclamó todo cólera don Bernardino.

—Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más peso. ¡Idos, ó vive Dios!

—Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas—exclamó el hidalgo, que echaba fuego por los ojos.

—¡A mí! ¡echarme vos á mí!...—exclamó Montiño poniéndose pálido.

Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por una máquina, del lado de adentro de los bastidores.

Juan Montiño había dado aquella bofetada.

Don Bernardino la había recibido.

Juan Montiño era el que había arrojado.

Don Bernardino el que había caído.

Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes.

Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor.

Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él.

Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se había ido hacia Juan Montiño.

El alférez y sus acompañantes se interpusieron.

—Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado—dijo don Bernardino.

Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de improperios.

—Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos—dijo Juan Montiño acercándose al grupo—; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta, decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no están fácil desagraviarse de mí.

—Ahora mismo... fuera...

—No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.

...cayó, como lanzado por una máquina. ...cayó, como lanzado por una máquina.

—Dice bien ese caballero—dijo el alférez, que se perecía por este género de lances—; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las doce de la noche...

—Acepto por mi parte—dijo Juan Montiño—, y como soy nuevo en Madrid y no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara, señores.

—Yo—dijo el alférez.

—Y yo acompañaré á don Bernardino—dijo un poeta.

—En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San Martín—dijo don Bernardino, y salió.

—¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?—dijo Juan Montiño á Ginés Saltillo.

—¿Sabéis á las gradas de San Felipe?

-Sí.

—Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe.

Montiño saludó y se volvió al bastidor.

Todavía estaba allí la señora Mari Díaz.

—Gracias, caballero, gracias—le dijo—; os estoy tan agradecida, que no sabré cómo demostraros...

—No hay por qué, señora—contestó brevemente Montiño.

—Vivo en la calle Mayor.

—Muchas gracias.

—Número sesenta...

—Gracias, señora.

—Me encontraréis allí todo el día...

En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas palabras de la Mari Díaz.

La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más leve indicio de haberlas escuchado.

Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño.

Entonces se aterró.

El semblante del joven estaba demudado aún de cólera.

—¿Qué ha sucedido?—exclamó—; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto obligado acaso?...

—Se ha quitado una mosca de encima—dijo el alférez Saltillo... y de una manera brava... estos señores pueden testificar.

—Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero—dijo un poeta.

—Eneas haciendo rodar á Aquiles—añadió otro.

—Un lance por una... hermosa—dijo otro.

—De cuyo lance resultarán estocadas.

—¿Queréis hacerme un favor, señores?—dijo Juan Montiño.

Miraron todos con atención al joven.

—No hablemos más de esto—dijo.

—¡Pero!...—exclamó Dorotea...

—En resumidas cuentas...—dijo un comediante—como don Bernardino de Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...

—¡Ah!

—Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo—dijo el alférez—, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que hablar más de ello.

Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las murmuraciones del corro, que crecieron.

—¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?—dijo Dorotea—; ¿por mí ó por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba.

—He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no tenéis motivos para enojaros conmigo.

—¿Y qué pensáis hacer?

—¿Que he de hacer más que matar á ese hombre, y dejar ir por su camino á esa mujer?

—¡Ah! ¡Dios mío! ¿pero sabéis quién es don Bernardino?

—Un impertinente.

—Todos le temen.

—Hacen muy mal.

—Os matará ú os estropeará.

—Creo que ese hombre tiene la espada más virgen del mundo—dijo con desprecio Montiño.

—¡Ah! ¡no lo creáis! cuando él habla todos callan.

—Razón más para dudar de su valentía. Cuando todos temen á un hombre es cuando menos debe temérsele.

—Vos no iréis.

—¡Cómo! ¿me pedís vos que me deshonre? ¿Consentiríais vos á vuestro lado á un hombre que hubiese perdido la vergüenza?

—Os quiero vivo.

—Y vivo me tendréis.

—Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciéseis á don Bernardino...

—Anoche vencí dos veces á Calderón.

—¡Ah! ¡es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me había olvidado... pero ¡Dios mío! aunque eso sea, de todos modos os pierdo: si le matáis tendréis que huir.

—No le mataré.

—¡Oh! gracias... ¿no iréis, no es verdad? esperaréis á que se acabe la función y os vendréis conmigo... yo haré... yo diré al duque de Lerma que destierren á ese hombre.

—¿Qué estáis diciendo?... Iré á encontrar á don Bernardino al lugar donde me ha citado... y no le mataré, pero le escarmentaré... ¡Miserable! ¡Vive Dios que ningún hombre se ha atrevido como él á probarme la paciencia!

—¡Malhaya la hora en que os traje al teatro!

—¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores, y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro.

—¡Dorotea! ¡Dorotea!—dijo una voz cerca de ellos.

—¡Otra vez á la escena!—exclamó la joven—; ¡oh, malditas sean las comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis.

—Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena.

Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos.

—Es mucha, mucha mujer esa—dijo una voz junto á Juan Montiño—, y no me extraña que la améis.

Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo.

—¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre todo, ¿os importa á vos?—dijo el joven, que estaba resuelto á sostener la cuerda tirante hasta que saltase.

—Tenéis una manera de contestar...—dijo contrariado el alférez.

—Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo que no os va ni os viene.

—Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de testigo...

—¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos?

—¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras todos los días, si no es que á la primera os escarmientan.

—Os suplico que me dejéis en paz.

—Señor mío—dijo el alférez, retorciéndose su mostacho—, yo soy un hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí...

—Y yo he aceptado... gracias—dijo seca y brevemente Juan Montiño.

—Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo, porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...—y el alférez se retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz—si encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.

—Perdonad—dijo Juan Montiño—; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había visto hasta hoy.

Y tendió su mano al alférez.

—Hubiera sentido reñir con vos—dijo éste apretando con fuerza la mano del joven—; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro favor. ¿Sois soldado?

—Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española.

—¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.

—¿Por qué?

—A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las lleváis hechas.

—Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo—dijo con desprecio Juan Montiño.

—¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno. Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y buena espada.

—¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino?

—Saber por mí mismo... no... pero se dice de él...

—¡Eh! Del dicho al hecho...

—Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero.

—Mas bien; cuando se acabe la función, y yo haya dejado á Dorotea en su casa, esperadme en las gradas de San Felipe.

—Pues hasta la noche.

—Hasta la noche.

Montiño siguió á la Dorotea, y el alférez, harto pensativo por lo que había mostrado de sí Juan Montiño, salió del vestuario.

CAPÍTULO XXX

DE CÓMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIÑO

Eran las doce de la noche.

Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San Martín.

Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no podía conocerse á aquellos bultos.

Encamináronse á San Martín, llegaron, tomaron á la izquierda por la estrecha calleja del postigo, revolvieron á la derecha, y se entraron por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento.

Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo una voz que les dijo:

—¿Quién va?

—El alférez Saltillo—dijo uno de los que llegaban.

—¿Viene con vos el difunto?—dijo otro.

—No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un olor á muerto que vuelca.

—Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.

—Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros. ¿Está don Bernardino?

—Impaciente.

—Pues aún no han dado las doce.

—Es que el reloj de la honra adelanta siempre.

—Pues adelante.

—Adelante.

—Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez—dijo Juan Montiño.

—Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los padrinos siempre riñen.

—Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado, porque llueve muy bien.

—Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo?

—Aquí estoy.

—¿Habéis traído linterna?

—Sí. ¿Y vos?

—También.

—Pues hagamos luz.

En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los padrinos.

A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada, ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en boquerones.

Al fondo de la habitación había dos hombres.

Don Bernardino de Cáceres y su padrino.

—Creo que podemos empezar cuanto antes—dijo don Bernardino desnudando la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.

—Por nosotros no hay inconveniente—dijo el alférez, dando su linterna á Juan Montiño—. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo Velludo.

—¿Qué?

—Nosotros no reñiremos.

—La costumbre es que los padrinos riñan.

—Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo, que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto.

—¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?—dijo con desprecio don Bernardino.

—Se ha propuesto—dijo el alférez—daros á los dos una vuelta.

—¡Una vuelta! ¡vive Dios—exclamó don Bernardino—, que este hidalgo debe de ser de Andalucía!

—Una vuelta de cintarazos—añadió el alférez.

—Pues á verlo—exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia Juan Montiño.

Al primer testarazo de éste—y decimos testarazo, porque no encontramos otra frase mejor—, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se rompió y se apagó.

Montiño y Saltillo se echaron á reir.

—¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?—dijo Montiño, parando un tajo de don Bernardino—; pues ya os habéis reído, y ahora veréis. ¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?—añadió, dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo.

Y tras estas palabras le metió un cintarazo.

Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño.

El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor; pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no les dejaba avanzar.

El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven.

Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como sobre el otro de sus enemigos.

De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo.

El alférez soltaba una carcajada.

Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez.

Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños.

Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les sacudía que era una compasión.

Aquello había pasado á ser una burla feroz.

Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres.

Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su destreza era maravillosa.

El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía.

De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación.

Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado, fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y había hecho fuego.

Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate; no podía valerse del brazo derecho.

Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada.

—Basta de lección—dijo Juan Montiño—; idos, don Bernardino, á curar, y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante, mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos.

—Lo que habéis hecho es una iniquidad—dijo don Bernardino.

—¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!—exclamó Juan Montiño—; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un hombre con quien reñíais con ventaja!

—Mirad, don Bernardino—dijo Saltillo—; os aconsejo que os vayáis de Madrid.

—¡Me vengaré!...

—Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la calle.

—Os prevaléis de que tengo herido un brazo.

—Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe—dijo el alférez—. Ea, idos, si no queréis que os eche á puntapiés...

—Nos veremos, señor alférez—dijo don Bernardino, y salió.

Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez.

—¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego?

—Me voy avergonzado.

—No lo extraño, porque sois valiente.

—Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...

—Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido, amigo—dijo Juan Montiño—; yo lo he hecho sin intención.

—Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir?

—¡Bah! ya lo creo—dijo el alférez cruzando con su palabra la contestación de Juan Montiño—, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis que yo meneo bien los hierros.

—Sí por cierto.

—Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el maestro Tirante:

—Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le acercarán.

—Gracias á mi pobre tío—dijo Juan Montiño.

—Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo, sentiríais mucho que esto se supiera?

—Yo me voy de Madrid.

—No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habéis de contar la villanía obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha dado.

—Pero don Bernardino se irá.

—Don Bernardino dirá que hemos venido dos contra él.

—Pues no, eso no—dijo Velludo—; lo que ha pasado lo sabrá todo el mundo.

—No hay necesidad de hablar de esto una palabra—dijo Juan Montiño—; si ese hombre sigue haciéndose molesto, yo le daré una nueva lección delante de todo el mundo, ó vosotros, señores, si se os viene rodado. Por ahora me parece mejor otra cosa.

—¿Qué?

—Que nos vayamos á una hostería.

—¿Y Dorotea, que estará con cuidado?

—Se la avisará.

—Pues á la hostería.

—¿Y á dónde que no nos molesten?—dijo Juan Montiño.

—A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas.

—Pues á la Cava Baja.

Los tres jóvenes se pusieron en marcha.

El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los otros dos.

Los tres se burlaban de don Bernardino.

Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel, delante de una puerta.

—Ante todo, señores, nadie paga más que yo—dijo Montiño.

—Concedido—dijo el alférez.

—Muy bien—añadió Velludo—, pero á condición que yo he de pagar otra vez.

—Bueno; pero esta noche, esta noche es mía.

—Enhorabuena.

Y acercándose el alférez á la puerta, llamó.

Nadie contestó de adentro.

—No nos abrirán—dijo Velludo—; ha pasado hace mucho tiempo la hora fijada de las ordenanzas.

—Va veréis—dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta—: ¡abrid al alférez Saltillo!

Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió.

—Entrad—dijo una voz recatada—y no arméis ruido, no os oigan los vecinos y den parte á una ronda.

—¡Vaya unos vecinos!

—Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de Lerma!...

Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado la puerta y estaba bien adentro de su casa.

—Mira—le dijo el alférez—, llévanos arriba, á aquella sala azul pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los ojos verdes; aquella Inés...

—Está durmiendo...

—Que despierte.

—Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí—dijo Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho.

Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.

El alférez y Velludo se miraron con asombro.

Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos.

En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando:

—Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya veréis, caballeros, ya veréis.

El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:

¡Ladrones! ¡Ladrones!

La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos puestas en las espadas.

—Juraría—dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las escaleras—que esa era la voz de mi tío.

—¡De vuestro tío!

—Sí; abrid, abrid la puerta—gritó Montiño al hostelero.

—¿Y quién es vuestro tío?—dijo el alférez, que le seguía.

—Francisco Montiño, cocinero mayor del rey.

—Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero—; nadie se mueve de noche aunque oiga lo que oiga.

—¡Abrid, vive Dios!—exclamó Juan Montiño—, ú os abro la cabeza.

El hostelero abrió sin replicar.

Los tres jóvenes se lanzaron en la calle.

Un hombre estaba rodeado de otros cuatro.

Otros dos hombres se llevaban un bulto.

—Seguid á aquellos y detenedlos—dijo Juan Montiño—, yo me quedo con éstos.

Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes, que empezarán en el capítulo que sigue.

CAPÍTULO XXXI

DE CÓMO ENGAÑÓ Á DOROTEA PARA LLEVARLA Á PALACIO EL TÍO MANOLILLO

Dorotea se había quedado sola en su casa, hasta la cual la había acompañado Juan Montiño, después de la salida del teatro.

Eran ya bien las ocho de la noche.

La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso.

—¿Qué necesidad tenía yo—dijo—de haberle llevado al teatro?

Ninguna.

Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino.

Bien empleado me está.

He querido lucirle.

Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme.

—¡Casilda!

—Señora.

—Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.

—Muy bien.

—Si se empeña en entrar, que el médico ha dicho que no puede hablárseme.

—Muy bien; ¿y si viene el señor Juan Montiño?

—Viene á su casa. ¡Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de tapicería.

—Muy bien.

—Y cuanto se necesite; un aposento bien servido.

—Muy bien. ¿No os desnudáis?

—No... mira... si viene el tío Manolillo...

—¿Le digo que no puede entrar?

—De ningún modo... si viene...

—Ha venido ya, y dijo que volvería.

—Pues cuando vuelva, que entre.

—Me parece que es ese que llama á la puerta.

—Pues ábrele... ábrele.

Casilda salió.

Dorotea se quedó esperando con impaciencia.

Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la gorra, que venían empapadas de agua.

Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en hito á Dorotea.

—¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!—la dijo—; de seguro no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto.

—Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo he quitado todavía.

—No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro.

—¡Ah! puede ser.

—¿Estás enamorada, Dorotea?

—No lo sé.

—Esa contestación me asusta.

—Y ¿por qué?

—Cuando una mujer no ve claro en su corazón...

—Prueba que está ni dentro ni fuera.

—Te creo demasiado dentro.

—Puede ser.

—¿Me hablarás la verdad si te pregunto?

—Nunca os he engañado, me servís de padre.

—Padre que ahora hace bien poco por ti.

—Vos habéis hecho cuanto podíais por mí. Habéis pasado miserias y trabajos durante muchos años, para poder pagar mis alimentos en las Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata...

—No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio.

—Sí que le tiene, y en eso estaba pensando.

—¿En eso?

—Sí, en el remedio. Pienso despedirme del teatro.

—¡Ah!

—Y dar ocasión al duque para que se despida de mí...

—¡Ah! ¿Y con quién piensas quedarte?

—Con él, si me ama.

—¿Con el señor Juan Montiño?

—Sí.

—Yo te daría un consejo.

—¿Cuál?

—Que olvidaras á ese joven.

—No puedo.

—¿Tan enamorada estás da él?

—Si no estoy enamorada, estoy empeñada.

—Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti.

—¡Pero si yo no quiero que se case conmigo!

—Puede suceder que él se case con otra mujer.

—¿Qué habéis dicho?—exclamó levantándose Dorotea.

—¡Oh! ¡le ama!—exclamó el bufón.

—¡Que se case con otra!... sí, sí, todo puede suceder... pero por ahora...

—Puede ser que ame á otra.

—¡Que ame! ¡es que me avisáis!—dijo Dorotea conteniéndose pero temblando—; ¿es verdad que ama á otra mujer? ¿será verdad lo de la reina?

—No; lo de la reina, no; pero el señor Juan Montiño tiene amores en palacio.

—¿Y con quién?

—Con doña Clara Soldevilla.

—¡Doña Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperación de los hombres...

—Sí... sí... es cierto, la llaman la menina de nieve.

—Y aunque él la ame...

—Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido.

—¿Pero cuándo ha visto doña Clara á Juan?

—Anoche... en la calle.

—¡Oh! ¿y se ha enamorado de él?

—Como tú.

—Pero él... él no la ama.

—Doña Clara es muy hermosa.

Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un mohín desdeñoso.

—Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te falta una cosa que á ella le sobra.

—¿Y qué es lo que me falta?

—Ser fruto prohibido.

Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón.

—¡Oh! ¡sí, es verdad!—dijo dolorosamente la Dorotea—ella es una noble dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah! ¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi alma entera.

—¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía!

—Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor... hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y será.

—¡Estás loca!—repitió tristemente el tío Manolillo.

—Pero decidme... decidme... ¿cómo sabéis vos que esa mujer... doña Clara... ama á Juan?

—¿Quieres tú saberlo también?

—¿Que si quiero? ¡Sí!

—Pues bien, ven conmigo.

—¿A dónde?

—A palacio.

—¡A palacio! ¿y qué tengo yo que hacer en palacio?—dijo con desdén la Dorotea.

—Verás lo que yo he visto, verás entrar á Juan en el aposento de doña Clara.

—Esta noche no irá Juan á palacio—dijo con acento profundamente triste la joven.

—¿Y por qué?

—Porque tiene que hacer en otra parte.

—¿A qué hora?

—Es verdad; yo no sé... no sé si antes tendrá tiempo... y si la ama... irá antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va á ver á la mujer de su amor.

—¡Morir!—exclamó el bufón.

—Sí; le he llevado por mi desdicha al teatro; allí ha tropezado con ese impertinente de don Bernardino de Cáceres, que le ha provocado; que le ha metido en un lance.

—¡Bah! pues don Bernardino no le matará—exclamó con gran confianza el tío Manolillo.

—¿Y decís que irá al alcázar Juan?

—De seguro.

—¡Oh! ¿y podéis ponerme en sitio desde donde le vea?...—añadió con ansiedad la joven.

—Desde donde veas y oigas.

—¡Casilda, mi manto y mi litera!—gritó la Dorotea poniéndose violentamente de pie.

—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!—murmuró para sí el bufón—¡si al menos ella no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la amase!...

Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz temblorosa:

—Vamos, llevadme al alcázar.

—Una palabra no más: ¿serás prudente?

—Sí.

—¿Me obedecerás?

—Sí.

—¿Vieres lo que vieres?

—Sí.

—Pues bien, hija mía, vamos.

El bufón y Dorotea salieron de la sala; poco después, una litera cerrada se encaminaba á palacio.

CAPÍTULO XXXII

CONTINÚAN LOS ANTECEDENTES

El padre Aliaga había entrado en el alcázar por la puerta de las meninas.

No había ido á él con el solo objeto de conocer á Dorotea.

Nuestros lectores recordarán que en la carta que había escrito al padre Aliaga doña Clara Soldevilla, acusando á Dorotea y á Gabriel Cornejo, le había expresado el deseo de hablar con él para explicarle enteramente el contenido de la carta.

Este era otro de los objetos que llevaban á palacio al padre Aliaga: hablar con doña Clara.

Sentía, además, un deseo punzante de hablar á la reina; y doña Clara, que era la favorita de la reina, podía satisfacer este deseo.

Le importaba también no poco sentir por sí mismo qué aire corría en palacio.

De modo que eran muchos los objetos que llevaban á palacio al confesor del rey, objetos todos enlazados, que reconocían una misma causa: su amor á la reina.

Porque nuestros lectores lo habrán comprendido: el padre Aliaga amaba á Margarita de Austria.

Alma vacía de felicidad, llena de dolor; pensamiento enérgico, corazón ardiente, fray Luis de Aliaga había abrazado por desesperación la vida del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor por la pérdida de la primera mujer que había amado, creyó que todo lo que podía ligarle en el mundo había concluído.

El padre Aliaga, joven entonces é inexperto, no había comprendido que el hombre vive para sí mismo, por más que se haga la hermosa, la noble ilusión de que vive para los demás, que el corazón tiene una tendencia invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura que es su alimento, por decirlo así, de vida; no había comprendido que el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontró demasiado vivo, cuando se creía muerto; vigoroso, cuando se creía gastado; necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se había refugiado en el claustro.

Pero fray Luis de Aliaga tenía el sentimiento de la virtud, la amaba y la practicaba.

Comprendió que su suerte estaba decidida y la aceptó.

No dió el escándalo de rebelarse contra ella.

Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen siquiera á su semblante, ni á sus palabras.

Se mortificó, oró, luchó, pero si consiguió la paz en su aspecto, no consiguió la paz de su espíritu.

Se dedicó al estudio, arrojó sobre sí los penosos trabajos del púlpito y del confesonario, y llegó á ser catedrático de la Universidad de Zaragoza, y logró que le mirase todo el mundo con afecto.

Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hábito, atravesar tristemente las calles de Zaragoza en dirección á la Universidad, acompañado de un lego, todos decían:

—¡Oh, qué buen sacerdote y qué santo varón es el padre Aliaga!

Y sus compañeros, los padres graves del convento, al ver su leve y triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tímida y escasa, y lo dulce de sus sermones, y la paciencia con que asistía un día y otro al confesonario, habían acabado por creerle pobre de espíritu, le trataban con cierta superioridad impertinente, y decían de él que era un buen hombre.

Su fama de buen hombre trajo sobre él, no sin envidia de sus compañeros, el nombramiento del confesor del rey.

Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga.

Este siguió en la corte su inalterable línea de conducta. El rey, que era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con él largas horas hablando de cosas místicas, y con un misticismo tal, que aventajaba al del rey.

Porque el alma del padre Aliaga estaba huérfana, sola y desterrada, y buscaba consuelos en la dulzura de la religión de Jesús.

Encantaba además al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jamás en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposición con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, sentía hacia ellos una repugnancia invencible.

A poco tiempo de llegar fray Luis á la corte, conoció á la reina.

Al verla el religioso se inclinó y permaneció con los ojos bajos.

Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extraño en ellos.

Al ver á Margarita de Austria, el padre Aliaga había experimentado esa violenta expresión que produce sobre ciertos hombres la vista repentina de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpatía, en el alma.

Fray Luis, acostumbrado á la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento de sus músculos; se había puesto la careta, y al través de ella miró ya, sin temor de que su alma fuese sorprendida, á la reina.

Y al verla con más reflexión, dominado, sereno, fray Luis se estremeció. Vió que la reina era una víctima que luchaba, que estaba sola en la lucha, que era infeliz; comprendió que la reina era valiente, que había luchado, luchaba y lucharía, y que la lucha debía haberla procurado enemigos; vió en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva tristeza de la dignidad hollada; comprendió cuánto debía sufrir aquella mártir coronada, unida á un rey casi nulo, sobre el que tenían una decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos, miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapiñas; fray Luis, por amor á la reina, fué enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo el grave compromiso de defender á la reina, de ayudarla, combatiendo á sus enemigos; y sin embargo, nada dijo á la reina, jamás una mirada suya torpe ó descuidada, pudo revelarla lo que por ella sentía el padre Aliaga.

Y eso que el desdichado estaba cada día más enfermo del alma, más desesperado, más reñido con su terrible posición.

Uno solo, el bufón, el tío Manolillo, había adivinado el secreto del confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas señales, cuando los celos devoraban al religioso, al oír decir al rey:

—Fray Luis, rogad á Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su majestad me ha revelado que está encinta.

Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fué en presencia del tío Manolillo.

Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de imaginación vivísima, había reparado en lo que el rey no había podido reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia imprevista, había pasado por la mirada del fraile algo extraño; que se había revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos; que se había puesto pálido, y que una ligera, pero violenta contracción, había pasado con la rapidez de un relámpago por su semblante.

El tío Manolillo, á la luz de aquel relámpago, había visto hasta el fondo tenebroso del alma del padre Aliaga.

Importábale mucho al bufón poseer un secreto del padre Aliaga, y un secreto importante.

Le importaba por Dorotea.

Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufón lo que la reina para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufón su amor, le comprimía, le devoraba, le contenía, aunque por distinta causa.

El padre Aliaga obedecía á sus deberes.

Sacerdote, debía combatir aquella tentación impura.

Cristiano, debía huir del solo pensamiento de unos amores adúlteros.

El tío Manolillo debía respetar, respecto á Dorotea, otra razón gravísima para todo corazón de sentimientos elevados.

Dorotea no podía amarle.

Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos los días desde su infancia, por la protección especial que la dispensaba, Dorotea no podía ver otra cosa en él, que un padre providencial, que había reemplazado á su padre natural. Otros amores en Dorotea respecto al bufón, hubieran sido repugnantes.

Más que repugnantes, monstruosos.

El tío Manolillo lo comprendió, y dominó su amor.

El padre Aliaga y el bufón, aunque por causas enteramente distintas, estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto á las dos mujeres que amaban.

Entrambos tenían el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo impuro.

Idealizaron su amor.

Pero al idealizarle le hicieron más grande.

Por amor á la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procuró hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin dar la cara en cuanto le fuese posible. Procuró atraerse, y se los atrajo, á los enemigos de los enemigos de la reina, y sólo se descubrió en la parte que le fué imposible cubrirse: esto es, respecto al rey.

Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda.

Hemos indicado también que había sabido hacerse necesario á Felipe III de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en vista de repetidas é inútiles tentativas, había acabado por procurar atraérselo á fuerza de honores y distinciones.

El padre Aliaga recibía las distinciones y los cargos que por sí mismos le daban más fuerzas, más influencia, y respecto á Lerma, se mantenía firme como una roca.

El padre Aliaga se había constituído en escudo de la reina. El tío Manolillo había presentido que, á causa del carácter casquivano de Dorotea, podía suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa influencia para sacarla de un terrible compromiso.

Dorotea era violenta; tenía, como la mayor parte de las gentes poco instruídas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por alguno de sus amantes, la había visto el bufón recurrir á los medios reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechicerías; si la superstición de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difícil, de querer adquirir la mentida ciencia de la adivinación y de los sortilegios, podía suceder que la Inquisición, implacable con todo lo que tendía á empañar la fe de la religión, se apoderase de ella.

El tío Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se alegró: porque tener en sus manos á un religioso de la orden de Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta á un juicio por la Inquisición.

Ya hemos visto en la carta de doña Clara Soldevilla al padre Aliaga, que los presentimientos del bufón no habían sido exagerados.

Le hemos visto también conmoverse al oír en los labios del padre Aliaga el nombre de Dorotea.

El bufón quería acercar á la joven al padre Aliaga, y explotar en su provecho el amor que el padre Aliaga había sentido en su juventud hacia su madre.

Por eso había sacado de su casa á Dorotea para llevarla á palacio.

El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer á la Dorotea, y por las demás razones que hemos indicado, había ido á palacio también.

El confesor del rey entró, llevado en su silla de manos, por la puerta de las Meninas, y se hizo conducir á un rincón del patio, bajo las galerías. Una vez allí, salió, despidió la silla de manos, y llamó á una puerta.

Al primer llamamiento nadie contestó.

Al segundo se sintió cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos dentro, y al fin se oyó una voz tras la puerta, que dijo:

—¿Quién llama por aquí á estas horas?

—Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto—dijo el padre Aliaga.

—¡Ah!—contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una persona respetable—; voy, voy á abrir al instante.

En efecto, la puerta se abrió.

—Perdóneme vuestra señoría—dijo la misma voz dentro—si no tengo luz: estaba en acecho.

Y se cerró la puerta.

—¡En acecho!—dijo el padre Aliaga—; ¿en acecho de qué?

—De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á cerrar la ventana, y luego á traer luz.

Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido.

Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los jefes de la baja servidumbre.

En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del alcázar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de otra con las galerías superiores ocupadas por la servidumbre.

—¿Quiere vuestra señoría que avise al ujier de cámara de su majestad?—dijo Ruy Soto.

—Esperad un momento; decíais que estábais acechando...

—Sí; sí, señor, á dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse desde el obscurecer y en silencio, por la galería de la derecha.

—¿Y qué trazas tienen esos hombres?

—Malas, señor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con que se pasean...

—Habéis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero.

Ruy Soto sirvió al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que escribió rápidamente una carta y la cerró.

En el sobre se leía:

«Al tribunal de la Santa inquisición».

—Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre—dijo el padre Aliaga—; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo de palacio que creáis más á propósito.

—Muy bien, señor.

—Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de su majestad, de que yo la pido licencia para verla.

—Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha dicho su dueña, no está de servicio.

—Vamos, pues—dijo el padre Aliaga.

Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por una escalera de caracol.

El padre Aliaga le siguió.

Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y daba el recado del padre Aliaga.

El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña Clara.

La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban su hermosura.

—¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!—dijo levantándose y poniendo un sillón junto al brasero al padre Aliaga.

—Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado—dijo fray Luis.

—En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma hubiera ido á veros.

—¿Tan importante es el asunto?

—¡Oh! sí; importantísimo.

—Ya he visto por el contenido de vuestra carta...

—Que su majestad está amenazada.

—¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave!

—La traición nos rodea por todas partes.

—Habéis acusado á dos personas.

—¿Y no las habéis preso?

—No; no tenía bastantes razones.

—Sois otro misterio para mí, fray Luis.

—¿Otro misterio?...

—Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis.

—Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara—dijo el padre Aliaga—; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más; ¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una comedianta?

—Ellos pueden difamar á su majestad.

—Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.

—No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de todo, se corta para que no se propague.

—¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes?

—Dios, de seguro, nos ayudará.

—Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes—dijo profundamente el padre Aliaga—; somos muy pocos los leales; muy pocos los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta...

—Y el tío Manolillo más provocativo que nunca.

—¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre!

—¡Oh! ¡juro á Dios—dijo doña Clara, que no había olvidado la entrevista de aquella mañana con el bufón—que yo conoceré á ese hombre!

—Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.

—¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?

—Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas comunicaciones secretas...

—En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones.

—Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la reina haya influído sobre el rey.

—En esto han andado otras dos personas.

—Sí; un hidalgo que ha llegado á Madrid, á quien conoce su majestad la reina—dijo el padre Aliaga con el acento más reposado del mundo, aunque sentía una ansiedad cruel por oír la contestación de doña Clara.

—La reina no conoce á ese caballero—dijo la joven.

—¿Que no le conoce?...

—No; ni siquiera le ha visto.

—Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor.

—Es lo más natural del mundo; ha hecho un gran servicio á su majestad, rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad á don Rodrigo Calderón, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometían. Es muy natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la calle un corazón y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los amigos... á propósito, ¿habéis conseguido ya la compañía para ese caballero?

—Sí, sí por cierto—dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en el interior de su hábito, y sacando un papel doblado—: he aquí su provisión de capitán de la tercera compañía de la guardia española, al servicio de su majestad... tomad.

—¿Y para qué quiero yo eso?

—Me han dicho que ese joven os ama.

Púsose vivamente encarnada doña Clara.

—¿Y quién dice eso?—exclamó con precipitación.

—El tío Manolillo, y aún añade más: dice que vos le amáis...

—¡Yo! ¡á un hombre que he visto dos veces!

—Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... ¿qué digo? hasta cierto punto grandemente extraordinario.

—Lo extraordinario de ese joven...—dijo tartamudeando doña Clara.

—Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazón, en su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasión envidiable de darse á conocer apenas llegado á Madrid.

—¿No hay ninguna intención debajo de vuestras palabras, padre Aliaga?—dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey.

—¿Y qué intención puede haber?

—¿No habéis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase á ese joven?

A su despecho, el padre Aliaga se conmovió ligeramente.

—¿Qué motivos tengo yo—dijo—para sospechar nada de ese caballero?

—Habéis hablado con el tío Manolillo, que os ha dicho sin duda lo mismo que á mí.

—El tío Manolillo sólo me ha hablado de vuestros mutuos amores...

—¿Y del nacimiento de ese joven?

—No por cierto; lo que sé acerca de ese joven, lo he encontrado en esta carta que me ha dado el cocinero mayor del rey—dijo el padre Aliaga, sacando de debajo de su hábito la carta de Pedro Martínez Montiño.

—También el cocinero mayor me ha dado á leer esa carta—dijo doña Clara.

—Sabéis, pues, entonces—dijo el padre Aliaga guardándola de nuevo—que ese caballero...

—Es hijo bastardo del duque de Osuna, y de la duquesa de Gandía.

—¡Cómo!—exclamó el padre Aliaga—; ¡el duque de Osuna y la duquesa!... esta carta no dice nada de eso... cuenta sólo, que ese joven es hijo ilegítimo de padres nobles...

—¡Ah! ¡no sabíais los nombres de los padres de ese caballero!

—No... pero vos, ¿cómo lo sabéis?

—El del padre me le ha revelado el cocinero mayor; el de la madre el bufón del rey.

—¿Y no tenéis más pruebas que el dicho de esos dos hombres?

—No. Las circunstancias especiales en que me hallo respecto á ese joven, me impidieron preguntar, informarme acerca de él.

—¿Las circunstancias especiales en que os halláis, os han impedido?

—De todo punto... hubiera sido inconveniente.

—Yo lo sabré, y creo que con pruebas indudables; cuando conozca ese secreto, os lo revelaré.

—¿Y para qué revelármelo?—dijo con un acento singular doña Clara.

—Decís que os encontráis en circunstancias especiales respecto á ese joven; mostráis repugnancia en entregarle vos misma esa provisión de capitán de infantería... ¿qué media entre vos y ese caballero?... ¿creéis que yo puedo tener derecho para haceros esta pregunta?

—Más que derecho, tenéis un gran interés en saber á qué ateneros respecto á ese caballero.

—Conozco á vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho á vos, y me intereso como me interesaría por mi hermano y por mi hija.

—No lo dudo; pero creo que hay en vos otro móvil. Francisco Montiño, pero no sé qué singular error, ha creído que la reina ama á ese joven... me lo ha dicho á mí... Francisco Montiño es un ente muy singular, y puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser, tratándose de una señora tal como la reina doña Margarita de Austria, que por su nacimiento, por su virtud, y digámoslo todo, por su orgullo, está muy lejos hasta del pensamiento de una acción vergonzosa. El que se haya atrevido á levantar sus miradas hasta su majestad, ó es muy loco ó tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy desfavorable; su majestad no podría apercibirse de los deseos de un insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto; sería necesario que, olvidado de todo, el que amara á la reina, se atreviese á declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun así creería que estaba soñando: solamente el cocinero del rey podía concebir tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de la reina.

—¡Yo!...—dijo confundido y descompuesto á pesar de su serenidad el padre Aliaga.

—Vuestro celo os ha engañado, fray Luis—repitió la joven con su acento siempre igual, siempre reposado; pero siempre frío y hasta cierto punto severo.

—Yo no he dudado jamás de su majestad—dijo el padre Aliaga, puesto por doña Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados—, pero he temido que ese caballero...

—Sí, ese hombre—dijo doña Clara—ha tenido la avilantez de decir, de indicar, aunque de la manera más envuelta, que su majestad ha sentido por él lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por él... ni por ninguno... ha mentido como un villano.

—No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que era portador, ha estado lo más prudente...

—¡Que ha estado prudente!

—Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qué clase de servicio había prestado á su majestad, á pesar de que yo lo sabía, porque la reina me había hablado acerca de las cartas que tenía suyas don Rodrigo Calderón y pedídome consejo... no... ese caballero, valiente para librar á su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado, noble; ha dado harto claro á conocer en su conducta la influencia de la generosa sangre que corre por sus venas.

—Entonces, si ese caballero no ha dado motivo para que sospechéis... para que temáis en la reina un escándalo, un increíble olvido de sí misma, el hablador, el menguado cocinero del rey ha sido sin duda quien...

—Sí, él ha sido... dice que... su sobrino... él llama su sobrino á ese joven... entró anoche en el cuarto de su majestad.

—Es cierto, entró; pero no pasó de la saleta que corresponde á la galería; allí estaba yo, su majestad le vió, pero desde detrás del tapiz de la puerta de la cámara; ese caballero no conoce á su majestad; yo misma le dí la carta que os llevó, yo misma le eché fuera de palacio; ese caballero no ha vuelto á pisar á palacio desde anoche; dicen que anda mal entretenido... lo que importa poco...—añadió disimulando mal su despecho doña Clara.

—Confieso que me he engañado torpemente—dijo el padre Aliaga—; es cierto que no había creído llegasen á un extremo criminal los favores de su majestad á ese joven; pero temía que él hubiese interpretado mal algún favor de la reina.

—Para que acabéis de tranquilizaros, fray Luis, sabed que á quien ese caballero enamoró fué á mí. Y me enamoró de un modo que... llegó á engañarme, creí que no mentía.

—Valéis mucho, doña Clara; la hermosura y la virtud resplandecen en vuestro semblante, y nada tiene de extraño...

—No hablemos más de esto.

—Quisiera veros más propicia á un casamiento con ese mancebo.

—No puede ser.

—¿Por su bastardía? ¿Ignoráis que el nombre de Girón es tal que hace ilustres hasta los bastardos? Vuestro padre no tendrá reparo...

—Es que yo no quiero, y mi padre no me violentará.

—¿Queréis ser franca conmigo, hija mía?

—No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga.

—¿Merezco yo vuestra confianza?

—¡Oh, sí!—dijo doña Clara cambiando de tono y haciéndole sumamente dulce y afectuoso.

—Pues bien; no me ocultéis nada. Vos amáis á ese caballero...

—¡Yo! ¡no lo quiera Dios!—exclamó con un verdadero terror doña Clara.

—¿No os habéis sentido interesada por él?...

—Sí...

—¿No lo recordáis?

—Sí...

—¿No sufrís por él?...

—Sufro, sí... sufro una humillación que no he buscado, á la que no le he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningún género.

—Os sentís humillada... luego amáis.

—Y bien... sí, le amo... le he visto galán, apasionado, respetuoso, valiente; me ha acompañado anoche por calles obscuras, lloviendo, teniéndome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha obedecido... después, cuando ha venido á palacio á traer esas cartas que había arrancado á don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante conmovido adiviné un parecido vago con una ilustre persona... de que no podía darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no sé... yo me he visto asediada, acaso más que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo más ilustre, por lo más noble, por lo más hermoso de la corte... el mismo rey... os lo digo, porque lo sabéis... me ha solicitado... ni á los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el más ligero motivo de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado... hasta ahora... porque yo, para disponer de mí, no miraré jamás mi conveniencia, sino mi voluntad, mi corazón. Pero él... ¡Dios mío! lo digo al sacerdote y al desgraciado... él, fray Luis, me ha hecho espantarme de mí misma... porque... anoche... no dormí... su recuerdo tenaz, continuo, embriagador... acompañado de no sé qué esperanzas, de no sé qué temores, me desvelaba... todavía no he dormido... me pesa la cabeza, me duelen los ojos... no sé, no sé por qué le amo tanto... porque le amo, no os lo quiero negar.

—Pues bien, seréis su esposa, doña Clara.

—No... imposible... de ningún modo... ¿no os digo que me ha humillado?

—No os comprendo.

—¿No creéis que es una humillación para mi, que yo tan altiva, tan severa, tan desdeñosa con todos, hasta el punto de que creyéndome incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de mí se enamore de una mujer perdida, y se vaya á vivir con ella y la acompañe al teatro?

—¿Pero quién os ha dicho eso?

—El bufón del rey, padre ó amante, ó qué sé yo, según dicen, de esa Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pública del duque de Lerma; ¡esa miserable!

—Tal vez desgraciada.

—Nunca he creído desgraciada, sino infame, á una mujer tal; ¿una perdida que se ha atrevido á poner la lengua impura en la honra de la reina?

—Estáis irritada... irritada acaso sin razón. El tío Manolillo puede ser que, por un interés que aún no podemos conocer, haya querido haceros creer que ese caballero ama á esa comedianta. No es posible habiéndoos visto á vos. A no ser que de tal modo le hayáis descorazonado...

—Yo no podía obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominaré este amor que se me ha metido por el alma; le dominaré, os lo juro.

—Si tuviérais necesidad de dominarle, le dominaríais. Pero no será necesario. Yo desenredaré todo esto; yo pondré á cada uno en su lugar. ¿Conque queréis encargaros de dar vos misma esta provisión de capitán al señor Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro enamorado?

—Se la daré y aprovecharé la ocasión para darle un desengaño—dijo doña Clara, como obedeciendo á un pensamiento repentino.

—Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me han dicho se ha efectuado en palacio.

—Ha pasado tanto en mis asuntos propios—dijo doña Clara—, he estado tan poco desocupada en todo el día, que no he tenido tiempo para pensar en nada...

—¿En nada más que en escribirme que prendiese á esa comedianta?

—Os juro por la sangre de nuestro Divino Redentor—dijo doña Clara con vehemencia—, que al aconsejaros que prendiéseis á esa mujer, no he pensado en mí misma, sino en lo que convenía á su majestad.

—Os creo, pero muchas veces causamos el mal sin darnos cuenta de ello; hay veces en que nuestra alma obra por sí misma, sin participación de la razón. Afortunadamente yo soy hombre acostumbrado á mirar las cosas á sangre fría, y no me he apresurado. Y no dejará por eso de hacerse todo cuanto se deba y se pueda hacer. ¿Conque no me podéis dar noticias acerca de lo que sucede en palacio? A mí sólo me han llegado noticias vagas... y venía ansioso.

—Os repito que me he ocupado hoy muy poco de los asuntos ajenos, asustada de los míos propios. Pero seguidme, padre Aliaga; os voy á llevar donde os informen de una manera completa: á la cámara de su majestad la reina.

—¿Creéis que su majestad no se enojará...?

—La reina sabe con cuánto celo la servís, cuánto os interesáis por ella, os tiene en opinión de santo y se alegra siempre de veros. Podrá suceder que también veáis á su majestad el rey, porque lo único que puedo deciros es que ya el rey no encuentra dificultad alguna en pasar al cuarto de la reina; como que de cierto sobresalto recibido anoche anda enferma la duquesa de Gandía. Conque seguidme, padre Aliaga.

Doña Clara se levantó y tomó una bujía.

El padre Aliaga se levantó también y siguió á doña Clara, que se dirigió á una puerta, la abrió y atravesó algunas habitaciones.

Al fin abrió una puerta de servicio y dijo al padre Aliaga:—Esperad.

Y entró.

Poco después volvió, y dijo al fraile:

—Su majestad os espera.

El padre Aliaga hizo una poderosa reacción sobre sí mismo, se preparó, como siempre que la reina le recibía en audiencia, y entró.

Doña Clara cerró la puerta y desandó el mismo camino que había traído, murmurando:

—¡Infeliz! ¡Cuánto debe sufrir! ¡Yo no sabía lo que hacen padecer los celos!

CAPÍTULO XXXIII

EL SUPLICIO DE TÁNTALO

Entró el padre Aliaga en una extensa y magnífica cámara, en la misma en que presentamos al principio de este libro á la duquesa de Gandía.

Llevaba el confesor del rey la cabeza inclinada, las manos cruzadas y el corazón de tal modo agitado, que quien hubiera estado cerca de él hubiera podido escuchar sus latidos.

Margarita de Austria estaba sentada junto á la misma mesa donde su camarera mayor leía la noche anterior los Miedos y tentaciones de San Antón.

Un candelabro de plata, cargado de bujías perfumadas, iluminaba de lleno el bello y pálido semblante de Margarita de Austria.

Vestía la reina un magnífico traje de brocado de oro sobre azul, tenía cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un prendido de plumas y diamantes.

—Espera al rey—dijo para sí el padre Aliaga.

Y adelantó hacia la reina.

Margarita de Austria dejó sobre la mesa un devocionario ricamente encuadernado que tenía en la mano á la llegada del padre Aliaga.

Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodilló.

—¿Qué hacéis, padre mío?—dijo dulcemente Margarita—. ¡Un sacerdote, tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo!

—¡Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...—dijo el padre Aliaga levantándose.

—Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia...

—Vuestra majestad es una mártir.

—No, porque no acepto mi martirio. Además, hay momentos en que me bañaría en sangre.

—En sangre de traidores.

—Indudablemente... ¡pero soy tan desgraciada!...

—Demasiado, señora.

—Hoy no... hoy soy casi feliz.

—Quiera Dios, señora, completar esa felicidad y aumentarla.

—Sentáos, fray Luis, sentáos, quiero hablaros mucho y no quiero fatigaros.

—Las bondades de vuestra majestad no tienen límite para conmigo—dijo el padre Aliaga, tomando un sillón y sentándose á una respetuosa distancia.

—¡Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga—dijo con acento dulce reina—, os debo mucho; después de Dios, sois la protección que tengo sobre la tierra.

—La protección mía, señora, es muy débil.

—¿Y vuestros consejos? ¿A quién debo la resignación con que sufro mis desventuras de mujer y de reina, más que á vos?

—Lo debe principalmente vuestra majestad á su gran corazón.

—Ha habido momentos en que me he desalentado, en que he creído inútil la resistencia, en que he estado á punto de abandonarlo todo, de rendirme á mi desdicha. Y entonces vos me habéis aconsejado valor y fortaleza; habéis robustecido mi alma con vuestra palabra; me habéis salvado. Y á esa lucha sostenida por vos, debo el haber llegado á un gran día, á un día de triunfo.

—¡Un día de triunfo!—dijo tristemente el padre Aliaga.

-Creo que no habéis reparado en mí, padre mío; miradme bien.

El padre Aliaga levantó la vista de sobre la alfombra y la fijó en la reina.

Margarita de Austria sonreía; su sonrisa era la expresión de un contento íntimo, y aumentaba su dulce belleza.

La mirada que el padre Aliaga fijó en la reina, era la perpetua mirada que el mundo conocía en él: reposada, tranquila, y aun nos atrevemos á decirlo: ascética.

Pero las manos, que fray Luis tenía escondidas en las mangas de su hábito, estaban crispadas, y sus uñas se ensangrentaban en sus brazos.

Y no contestó á la reina, porque estaba retando con su espíritu; porque estaba pidiendo á Dios alejase de él la tentación.

—Ya podéis ver—dijo la reina después de que el inquisidor general la estuvo mirando frente á frente algunos segundos, que ni por mi traje, ni por mi semblante, soy la pobre esposa medio viuda, la reina reclusa y humillada; soy la desposada que se viste de fiesta para esperar á su esposo... porque espero á su majestad; ya no hay traidores que impidan al rey llegar hasta la reina... las puertas de mi cámara están francas para su majestad; anoche empezó ese milagro; anoche el rey fué mi esposo.

Fray Luis contuvo una violenta conmoción y se puso de nuevo á rezar apresuradamente.

La reina continuó:

—Y he descubierto una cosa que me ha llenado de alegría, que ha abierto mi alma á la esperanza y á la felicidad: el rey me ama. ¡Oh, sí, me ama con toda su alma! y yo... ¡oh, Dios mío! para vos, padre Aliaga, que tenéis las virtudes y la pureza de un santo, he tenido abierta por completo mi conciencia, mi alma de mi mujer; vos no sois mi confesor, pero sois más que mi confesor, mi padre; yo os había dicho que no amaba al rey, á mi Felipe, al padre de mis hijos... ¡oh! y os lo decía como lo sentía... yo estaba irritada, humillada, abandonada; habían pasado días y semanas y meses sin que yo viera á su majestad más que en los días de ceremonia, delante de la corte, rodeada de personas pagadas para escuchar mis palabras; yo no era allí más que la mitad de la monarquía; la reina cubierta de brocados, con el manto real prendido á los hombros, con la corona en la cabeza; una mujer vestida de máscara presentada á la burla de la corte; después de la ceremonia, el rey se iba por un lado con su servidumbre, y la mía me traía como presa á mi cuarto... esto me irritaba.. me indisponía con todo... hasta conmigo misma...; pero anoche... cuando vi al rey delante de mí... ¡oh Dios mío! comprendí que le amaba más que nunca, que mi amor no se había borrado, sino que había dormido, que había estado cubierto por mi despecho. Y sin embargo de que el rey no quiso oírme una sola palabra de política, á pesar de que esto me entristeció, porque ya sabéis cuánta falta nos hace el que su majestad tome sobre sí el peso del gobierno, fuí feliz, concebí esperanzas; el rey se mostró transformado...

—Su majestad medita demasiado las cosas...

—Por el contrario—dijo con arranque la reina—, el rey no medita nada.

—Quiero decir—dijo el padre Aliaga—que el rey en ciertos negocios anda con pies de plomo.

—Decid más bien que cuando se trata del duque de Lerma no se mueve.

—Su majestad cree que no encontrará otro mejor que el duque; le fatiga la lucha, ama la paz, su alma es excesivamente piadosa...

—¡Pero si el rey continúa así, la monarquía queda reducida á una sombra que sólo sirve para autorizar á magnates miserables capaces de todo!—dijo la reina con violencia.

—¿Vuestra majestad dice que las cosas han variado?

—Sí, fray Luis, sí—dijo la reina inclinándose hacia el padre Aliaga, con las muestras de la mayor confianza—; escuchad: yo no sé cómo, pero la variación es completa; ya sabéis... aquellas cartas tan imprudentemente escritas por mí á ese vil Calderón, cartas que me tenían reducida á mi, á Margarita de Austria, á una posición de esclava, que han estado á punto de hacerme cometer un crimen, porque un asesinato, aunque la causa sea justa, siempre es un crimen...

—Sólo Dios puede juzgar las acciones de los reyes.

—Y algo que está más bajo que Dios, fray Luis; su conciencia, la conciencia de sus vasallos, y después la historia... pero Dios, á quien adoro y bendigo, me ha librado de cometer un crimen; me ha procurado una buena y valiente espada y un corazón de oro... á propósito... ¿cómo estamos, en cuanto á la recompensa de ese valiente joven?

—Ya he dado la provisión de capitán de la tercera compañía de la guarda española á doña Clara de Soldevilla para que se la entregue.

—¡Oh! y habéis hecho muy bien, porque... se aman: él á ella como un loco: ella á él... no sé cuánto, pero esta mañana tenía señales en los ojos de no haber dormido...

—Pero según creo, no se habían visto hasta anoche.

—No importa; se aman, yo os lo aseguro, padre Aliaga; él la hablaba con el corazón... ella le escuchaba con el alma, aunque no lo demostraba, porque doña Clara es muy reservada y muy firme... tan firme como hermosa, noble y honrada; ese joven es un tesoro... si no hubiese sido por ella... ella me procuró á ese valiente defensor, á quien yo ennobleceré de tal modo, á quien levantaré tan alto, que el orgulloso Ignacio Soldevilla no se atreverá á negar á la reina la mano de su hija para ese hidalgo.

Hablaba con tal entusiasmo la reina de Juan Montiño, que el padre Aliaga volvió á sentir en su alma la amarga desesperación que le había causado la sola sospecha de que Margarita de Austria amase al joven.

Y la reina hablaba de tal modo por agradecimiento, porque Juan Montiño la había salvado de un compromiso horrible.

—Y no es extraño—continuó la reina—que doña Clara le ame de ese modo; se amparó de él en la calle, á bulto, como se hubiera amparado de otro cualquiera hidalgo, porque la seguía de cerca don Rodrigo; estuvieron largo rato juntos; nuestro joven la enamoró, la salvó, en fin, de don Rodrigo; fué una aventura completa; después, cuando le presentó las cartas que yo buscaba á costa de cualquier sacrificio, manchadas con la sangre de don Rodrigo... doña Clara me ama... como la amo yo, y ama á mi salvador... y si á esto se añade que ese joven, considerado como hombre, es casi tan hermoso como doña Clara, que es la mujer más hermosa que conozco, hay que convenir en que es necesario casarlos. Yo los casaré. ¿Por lo pronto, le tenemos ya dentro de palacio?

Fray Luis ahogó en su garganta un rugido que se revolvió sordo, poderoso en su pecho.

La última pregunta de la reina le había aterrado.

Sin embargo, conservó su aspecto sereno, su semblante impasible é inalterable su acento, cuando respondió á la reina:

—Sólo falta que doña Clara le entregue su provisión de capitán de la guardia española.

—Se le entregará... mañana... Ahora bien: ¿cuánto ha costado esa provisión, porque supongo que Lerma la habrá vendido?

—Vuestra majestad no tiene que ocuparse de esa pequeñez—dijo fray Luis—. Vuestra majestad ha querido que ese caballero tenga un medio honroso de vivir y ya le tiene. Lo demás importa muy poco.

—No, no; cuando os escribí no era reina, y necesitaba de vuestros buenos oficios por completo; hoy ya es distinto; he vuelto á ser reina; Lerma ha dispuesto que se me pague lo que se me debe, y... soy rica; os mando, pues, que me digáis cuánto ha costado esa provisión. Os lo mando, ¿lo entendéis?

—Ha costado trescientos ducados.

—¿Y los demás gastos?...

—No lo sé á punto fijo, señora.

—Pues haced la cuenta, y decidme la cantidad redonda. Casi casi voy haciéndome partidaria de Lerma. ¿Si habrá tocado Dios el corazón de ese hombre?

—El duque ha tenido miedo.

—Y le ha tenido con razón—dijo con acento lleno y majestuoso la reina—; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido á sus reyes y se atreve; Lerma caerá... caerá... y yo pisaré su soberbia, yo que me he visto indignamente pisada por él. ¿Y sabéis, sabéis á quién se debe todo este cambio?...

—¡A Dios!—dijo con una profunda fe el padre Aliaga.

—Sí, indudablemente á Dios; pero Dios, para obrar respecto á nosotros, se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido de ese joven... del sobrino del cocinero del rey.

—Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los méritos de ese mancebo—dijo el padre Aliaga, cuya alma había acabado de ennegrecerse.

—Hiriendo á don Rodrigo Calderón, ese joven ha producido todo ese cambio.

—Lo dudo.

—El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Calderón, que es su pensamiento, no se ha atrevido á seguir en una senda en que Calderón le ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Calderón, al verse herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al duque lo que se tramaba contra él... y esto es lo más probable, por la conducta del duque. ¿Sabéis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe á todo el que ha querido oírle?—Mi señor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.—El duque de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra contra la Liga, y ha enviado de embajador á Inglaterra á don Baltasar de Zúñiga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado á los mismos á quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido á otros á quienes miraba como enemigos. Sin ir más lejos ¿no os ha nombrado á vos inquisidor general?

—Lo que me ha hecho tener más cuidado ahora que nunca, señora; cuando el lobo lame la mano que odia...

—¡Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendrá tiempo de revolver sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto.

—¡Ah! ¿hablábais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy amada esposa, mi respetable confesor?—dijo Felipe III, que había entrado poco antes en la cámara, y adelantado en silencio.

La reina y el padre Aliaga se levantaron á un tiempo.

—Sentáos, sentáos—dijo el rey—; vos sois mi buena, mi hermosa, mi amada Margarita—dijo el rey tomando á la reina una mano, y besándosela—; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabéis cuánto he defendido yo el que os aparten de mi lado, á pesar de que Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; más que apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando esta mañana el duque de Lerma me ha dado á firmar vuestro nombramiento de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de embajador para don Baltasar de Zúñiga, y el de gentilhombre de mi cámara para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del príncipe don Felipe. Sentáos, sentáos, pues, señora; y vos también, padre Aliaga; nadie nos ve; yo entro y salgo, merced á ciertos pasadizos, sin que nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta.

Todos se sentaron.

El rey, que era muy sensible al frío, removió el brasero.

—¡Qué invierno tan crudo!—dijo—; aseguran que hay miseria en los pueblos; ¡pobres gentes!

Y volvió á revolver con delicia el brasero.

—Cuando llegué conspirábais—dijo el rey.

—Es verdad—contestó la reina—; conspirábamos contra Lerma, y es necesario que vuestra majestad conspire también.

—Yo no necesito conspirar—dijo el rey—; el día que quiera, Lerma caerá; pero Lerma me sirve bien. Os tenía quejosa, señora, pero el duque me ha hablado largamente. Le tenía engañado don Rodrigo Calderón.

—¿Y cómo ha sabido el duque que don Rodrigo Calderón le engañaba?

—Le han avisado... no sabe quién... pero tiene pruebas; al conocer su engaño, Lerma se ha apresurado á repararlo. Debéis, pues, perdonarle; señora, perdón merece quien confiesa su error, y perdonar también á la buena duquesa de Gandía, que es una pobre mujer, cuyo único delito es ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos una nueva era... enviaremos un respetable ejército á Flandes contra la Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos respetar.

El rey repetía palabra por palabra lo que le había dicho Lerma.

La reina y el padre Aliaga callaron, porque sabían que en ciertas ocasiones era de todo punto inútil, y sobre inútil, perjudicial, el contrariar á Felipe III.

En aquellos momentos, éste se estaba haciendo la ilusión de que era un gran rey.

—No sé, no sé qué os he oído hablar de cierto hidalgo á quien decíais vos, señora, que debíamos mucho: lo oí al abrir la puerta, pero me pareció sentir pasos en el corredor secreto y me volví... debió ser ilusión mía, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volví de nuevo hacia vosotros, ya no hablábais del tal hidalgo.

—Hablábamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad.

—¡Ah! ¿del buen Montiño? ¿y ese mozo, es tan buen cocinero como su tío?

—Sabe á lo menos manejar la espada tan bien como su tío las cacerolas—, contestó la reina procurando serenarse, porque la había turbado la imprevista pregunta del rey.

—¡Ah! ¡ah! ¿es buen espada?

—Tan bueno, como que es quien ha herido á don Rodrigo Calderón.

—¿El que ha herido á don Rodrigo?

—Sí por cierto.

—¿Y por qué le ha herido?

—Defendiendo la honra de una mujer.

—¡Ah! ¡ah! y... ¿quién es ella?

—Una dama á quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho.

—Pues no... no acierto.

—Doña Clara...

—¡Ah! ¡sí! ¡vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor... porque ya recordaréis que hemos convenido en que es ya muy crecida para menina... la bella y honradísima doña Clara Soldevilla.

—Y además, está ya en buena edad para casarse—dijo la reina.

—Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo sé de muchos que la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha querido á ninguno.

—Yo aseguro á vuestra majestad, que con quien yo querría casarla es muy del agrado de doña Clara.

—¿Y quién? ¿quién es él?

—El vencedor de don Rodrigo Calderón.

—¡El sobrino de mi cocinero!—exclamó con desprecio el rey—. Esa es una alianza indigna de doña Clara; mi valiente coronel Ignacio Soldevilla, tendría mucha razón de enojarse conmigo, si yo introdujera en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no será...

—Los reyes ennoblecen—dijo contrariada la reina.

El padre Aliaga acudió en socorro de Margarita de Austria.

—Ese joven—dijo—, no es sobrino del cocinero mayor.

—¿Pero en qué quedamos? ¿qué es ese mancebo?

—El se cree hijo de Jerónimo Martínez Montiño, hermano de Francisco Martínez Montiño, cocinero de vuestra majestad; pero no es así... es... hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta—dijo el padre Aliaga, presentando al rey la tan traída y llevada carta de Pedro Martínez Montiño á su hermano.

—Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia.

El padre Aliaga leyó la carta de la cruz á la fecha.

—Esa carta es una buena historia—dijo el rey—; pero en esa historia faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso.

—Los padres, señor, son, según dice Francisco Montiño, el duque de Osuna.

—¡Oh! ¡mi altivo Girón! ¿y ella?

—Ella, según dice el tío Manolillo, es la duquesa de Gandía.

—¡Ah! ¡la duquesa de Gandía! ¡ah! ¡ah! ¡el duque de Osuna... y la duquesa de Gandía!... ¡por San Lorenzo nuestro patrón! eso es ya distinto... ¿y lo sabe eso doña Clara?

—Lo ignoro, señor.

—Si no recuerdo mal—dijo el rey—en esta carta que acabáis de leerme, padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si llegó anoche, ¿cómo conoció á doña Clara? y aun dada la ocasión de conocerla, ¿cómo se enamoró ella de él? Esto es extraordinario; esto no puede creerse; por otra dama debió reñir con don Rodrigo ese Joven... precisamente, ó yo no lo entiendo.

Afortunadamente el rey se había extendido en sus consideraciones, y había dado tiempo á la reina de improvisar una respuesta.

—Fué una casualidad—dijo Margarita de Austria—; al venir nuestro joven á Madrid con esa triste carta de su tío, que acaba de leernos el padre Aliaga, vino naturalmente al alcázar á buscar á su otro tío; por un descuido de los maestresalas, perdido en el alcázar, se encontró en la galería obscura á donde corresponde la puerta del cuarto de doña Clara, y oyó voces de dos personas.

—¡ Ah! ¡una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!—dijo el rey—. ¿Y esas dos voces eran de una dama y de un galán?

—Eran las de don Rodrigo Calderón y doña Clara Soldevilla.

—¡Ah! ¿conque al fin la rigurosísima doña Clara...?

—Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan malvado, había corrompido á una criada de doña Clara, y ésta había robado á su señora una prenda muy conocida y la había entregado á Calderón. Este, prevalido de la prenda con que había querido obligar á doña Clara, se había introducido en su aposento.

—¡Ah! ¡ah! esto es grave, gravísimo...—dijo el rey—ese don Rodrigo es demasiado voluntarioso y bien poco mirado... ¡atreverse á una dama tal como doña Clara, á quien sabe que tienen sus reyes en gran estimación y poco menos que como á una hija! ¡Una dama á quien ha dejado en nuestra servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro servicio, seguro de que la reina será para ella una madre... seguro de que bajo el amparo de la reina estará á cubierto de asechanzas!

La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular.

—A pesar de mi protección, señor—dijo sonriendo la reina—, se han puesto grandes tentaciones delante de doña Clara, y á no ser ella tan honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habría podido salvarla...

—Sí, sí dijo el rey, á quien parecían atragantársele las palabras, según se le enredaban las letras y aun las sílabas—; doña Clara, en efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan tenido... puede ser que... hayan caído en una tentación disculpable... porque... puede... sí... pero en fin... ¿y qué prenda era la que don Rodrigo suponía haber recibido de doña Clara?—añadió el rey, saliendo bruscamente del discurso en que se había embrollado, porque le acusaba la conciencia.

—Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no recuerdo...—dijo la reina poniéndose un rosado dedo en los labios, como quien medita...—¡ah! ¡sí!... con un pequeño lazo de diamantes... en el cual estaban esmaltadas nuestras armas.

—¡Nuestras armas!

—Sí por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de sobreherretes, me había regalado vuestra majestad.

—¡Ah! ¡sí! recuerdo ese regalo.

—Yo había dado uno de esos lazos á doña Clara.

—Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doña Clara—dijo el rey—, cuando así los da á sus enamorados.

—¡Pues si doña Clara no le ha dado á don Rodrigo!

—¿Pero cómo le tenía don Rodrigo?

La criada, á quien había sobornado don Rodrigo, había robado, por insinuación de éste, á su señora.

—Pero, ¿cómo sabía don Rodrigo que doña Clara tenía el tal lazo?...

El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este diálogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del atolladero en que se había metido; la reina, sin embargo, no demostraba la menor turbación.

—Don Rodrigo—dijo—sabía que doña Clara poseía aquel lazo, porque le ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy conocida de doña Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda, ¿para qué la quería don Rodrigo?

—Me parece, señora—dijo el rey—, que creéis demasiado á doña Clara, que doña Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don Rodrigo...

—¡Oh, no; estoy segura de ella!

—¿Pero creéis fácil que se corten cabellos á una mujer sin que lo sienta? ¿Os habéis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso lazo?

—Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan abundantes cabellos como doña Clara, queda una maraña; con pocas marañas como las que produce cada peinado de doña Clara, basta para hacer un hermoso rizo.

—¡Ah! efectivamente, no había pensado en ello...—dijo el rey—pero me agradaría ver ese rizo... si fuera posible.....

—No sé si doña Clara le habrá destruído—dijo con la mayor serenidad la reina, mientras el padre Aliaga se estremecía, porque veía llegado de una manera fatal el momento de las pruebas.

—¿Cómo recobró doña Clara ese rizo?—dijo el rey.

—Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien hablamos á doña Clara.

—¿Pero cómo supo ese mancebo?...

—De una manera muy sencilla: decía, señor, que por descuido de los maestresalas, sin duda, ese joven, habiéndose perdido en el alcázar, como quien nunca había por él andado, había venido á parar, entrando por la portería de Damas, á la galería obscura á donde corresponde la puerta del aposento de doña Clara. Al entrar en la galería, según dijo después á doña Clara ese hidalgo, oyó las voces de un hombre y de una mujer. El hombre, sin pasar de la puerta, se negaba á devolver una prenda á la mujer, y la mujer decía: «No faltará quien os arranque esa prenda que me habéis robado con el corazón».

—Desengañáos, doña Clara—contestó el hombre—; vuestro padre, el buen Ignacio Soldevilla, está muy lejos, y aunque le llaméis, y aun cuando venga, vendrá tarde; toda la corte sabrá ya que la ingrata hermosura á quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para mí.

—¡Ah!—dijo el rey, dándose una palmada en la frente—; pues ya lo comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quitó á estocadas á don Rodrigo la prenda, y como sabía, por haberlo oído, el nombre y el empleo en palacio de la dama, vino ó presentarla la prenda... se vieron y se enamoraron el uno del otro ¡ah, ah, véase lo que son los acasos!... y si... si... ¡por mi ánima que quisiera ver!... ¿Habrá algún inconveniente en pedir á doña Clara esa prenda?

Felipe III. Felipe III.

La reina se estremeció.

El padre Aliaga se cubrió de sudor frío.

Pero la reina no se detuvo; dió dos palmadas, y se abrió la puerta de la cámara.

Apareció la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de Gandía, desempeñaba accidentalmente las funciones de camarera mayor, como primera dama de honor.

—Id y decid á doña Clara Soldevilla, mi menina, que venga—dijo la reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su semblante la agonía de su alma.

El padre Aliaga se puso literalmente malo.

La condesa de Lemos dejó caer el tapiz de la puerta de la cámara.

Sólo una casualidad podía salvar á la reina de ser cogida de una grave mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena.

—Es extraño... es extraño todo esto—dijo el rey—; y, sin embargo, siendo así, no extraño que doña Clara, agradecida... ella tiene unas ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los casaremos... ennobleceremos á ese hidalgo cuanto sea necesario, pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, á fin de que Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonará esta mentira.

—Yo creo—dijo la reina con intención—que cuando se miente para salvar grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que está presente, y que es muy teólogo, puede decirnos...

—Señora—se apresuró á decir el padre Aliaga—, hay ocasiones en que el no mentir sería un crimen.

—¿De suerte que—dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy escrupuloso—la mentira puede, y aun debe usarse, según las circunstancias?

—Indudablemente—dijo el padre Aliaga—; veamos el caso actual; hay que engañar á un hombre... á Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males. Debe engañársele, el fin es bueno; el tósigo se emplea comúnmente como medicina.

—Pero, ¿qué grandes males amenazan?

—Supongamos que doña Clara ame... como suelen amar al cabo las que han llegado á cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no pudiendo lograr su amor por buenos medios...

—Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligación mentir en ciertas ocasiones.

—Además—dijo la reina—de que para honrar á ese joven no es necesario mentir.

—¿Nos ha prestado algún servicio?—dijo el rey.

—¡Oh, importantísimo! ¿recordáis, señor, las dos cartas escritas por el conde de Olivares y el duque de Uceda á don Rodrigo Calderón, que os di á leer anoche?

—¡Oh, sí! cartas que yo he dado á leer al duque de Lerma.

—Y que han causado la variación que se nota en el duque.

—Indudablemente.

—Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga á buscar la fuerza en el rey.

—Sí; sí, todo eso es cierto.

—¿Y creéis, señor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa?

—Si por cierto; merece un título y una renta.

—Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado á vuestra majestad ese servicio.

—¡Cómo!

—Al quitar á don Rodrigo Calderón, después de haberle vencido, el rizo y el lazo que había robado Calderón á doña Clara, le quitó también esas dos cartas que Calderón, por ser tan importantes, llevaba sobre sí, y entregó con la prenda las cartas á doña Clara.

—Pues ya no extraño que doña Clara ame á un tal hombre; doña Clara aborrece á Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doña Clara es vuestro consejo, y al ver á Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han producido un resultado saludable... los casaremos; se hará cuanto haya que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la antecámara, acaso sea doña Clara.

La reina se estremeció; el padre Aliaga se heló; se levantó el tapiz, y la condesa de Lemos dijo desde él:

—Señora: doña Clara está enferma, pero me ha dicho que si vuestra majestad lo desea, se hará conducir.

La reina respiró; al padre Aliaga se le quitó de sobre el corazón una montaña.

—No... no...—se apresuró á decir el rey—de ningún modo. ¿Y está... en mucho peligro nuestra buena doña Clara?

—Está recogida al lecho, señor—contestó la de Lemos—. Además, permítame vuestra majestad que le dé un mensaje importante.

—Pero pasad, pasad, doña Catalina—dijo el rey—; vos sois algo más que un ujier.

—Gracias, señor—dijo la de Lemos entrando, deteniéndose á una respetuosa distancia y haciendo una reverencia á los reyes.

—¿Y qué mensaje... tan importante es ese?—dijo el rey.

—Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Nápoles, solicita urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad.

—No me dejarán parar—dijo el rey con disgusto—. ¿Y quién ha dicho á don Francisco que yo estoy aquí?

—Le he visto tan afanado buscando medio de hablar á vuestra majestad; me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve á pedir una audiencia inmediata á vuestra majestad, que siendo quien es don Francisco, he creído de mi obligación...

—Pues bien, doña Catalina, decid á don Francisco que se presente á los de mi cámara; yo daré orden... le recibiré...

La condesa de Lemos se inclinó y salió.

—Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo—dijo don Felipe—; pero os dejo en buena compañía; adiós, tengo cierta impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... están pasando por cierto cosas extraordinarias... Adiós... adiós...

Y el rey se levantó y saltó por la puerta secreta.

—¡Oh, qué Angel de la Guarda nos ha salvado!—exclamó la reina.

—Un milagro de Dios, señora—dijo el padre Aliaga.

—Sí; sí, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis, tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid á la condesa de Lemos que entre.

El padre Aliaga se levantó, besó la mano que le tendió Margarita, sin atreverse á posar demasiado los labios sobre ella, y salió.

El infeliz había sufrido toda una eternidad de tormentos durante el tiempo que había pasado en la cámara de la reina.

FIN DEL TOMO PRIMERO
fin

EL COCINERO

DE

SU MAJESTAD

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)
POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

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MADRID
LIBRERÍA DE F. FE
PUERTA DEL SOL, 15
1907

TOMO SEGUNDO

CAPÍTULO XXXIV

EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES

Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando entró la condesa de Lemos.

—¿Qué enfermedad padece doña Clara?—dijo la reina.

—Ninguna, señora—contestó doña Catalina—; doña Clara está sana y buena esperando en la saleta.

—¿Qué significa, pues, vuestra mentira?

—He creído que debía mentir.

—¿Por qué?

—Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y fuí.

—Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.

—Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre honrándome—contestó inclinándose la de Lemos.

Y luego continuó:

—Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.—Decid á doña Clara Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla; para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.—Tengo yo tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me ha dicho.

—Habéis hecho bien—dijo Margarita de Austria—, y pues lo que está ahí doña Clara, que entre al momento.

Salió doña Catalina y doña Clara entró.

La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.

—¿Qué sucede, señora—dijo—, que la condesa de Lemos me trae consigo á pesar de decir al rey que estoy enferma?

—¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios mío!

—¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha aparecido alguna más?

—No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo... tráete también unas tijeras.

Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.

—¡Dame!—dijo la reina con ansia—; dame las tijeras y siéntate á mis pies.

La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un taburete de terciopelo.

—¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!—dijo Margarita de Austria—; tus cabellos me van á salvar, Clara.

Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña Clara.

—¡Oh! Afortunadamente—dijo—, por mucho que te corte no se te conocerá la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso de un dedo del centro.

—Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...

—Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es necesario... necesario de todo punto! Ya está.

Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.

—¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal de marañas; el pelo de maraña es más corto.

—¿Pero qué maraña es esa, señora?

—Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.

—¡Yo!

—Tú, sí, y de una manera muy dulce.

—No comprendo á vuestra majestad.

—Casándote con tu caballero de anoche.

—¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.

—Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?

—¿Un rizo, señora?

—Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.

—¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme... de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.

—Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar este rizo.

—Permítame vuestra majestad—dijo con seriedad doña Clara—; vuestra majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo no haré eso.

—Hagamos, hagamos primero ese rizo—dijo la reina—; tú le guardarás y no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.

Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una ancha sortija, y la presentó á la reina.

—Bien—dijo Margarita de Austria—; ahora sujétale con este lazo.

Doña Clara obedeció.

He aquí una verdadera joya—dijo la reina—. Ahora, siéntate y escucha, y recógete el cabello entre tanto.

Doña Clara se sentó.

La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había acontecido con el rey.

Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa ni una súplica.

Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, permaneció largo tiempo en silencio.

La reina estaba llena de ansiedad.

—Me casaré con ese hombre—dijo al fin doña Clara.

—¡Ah! ¡hermana mía!—exclamó la reina arrojándose al cuello de doña Clara y besándola en la boca.

—Yo le amo...—dijo doña Clara con voz conmovida—, pero no sé si es digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.

—El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey, procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.

—¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta! ¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!

—¿Pero quién te ha dicho eso?

—El bufón del rey.

—¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le has desesperado acaso, Clara?

—Sí, señora.

—Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...

—Su esposa... lo seré y pronto.

—¡Ah, Clara mía!

—En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á escribirle.

—Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?—dijo la reina asustada por la violenta salida de doña Clara.

—El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, necesito prepararme.

Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.

—Señora condesa—dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose delante de la de Lemos—, hacedme la merced de que sepa don Francisco de Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi aposento. ¿Me lo prometéis?

—Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.

—Gracias, doña Catalina, gracias y adiós.

—¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?—dijo para sí sumamente pensativa y contrariada doña Catalina—; pero ¡bah!—añadió—; él me ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho con su majestad.

Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una galería obscura.

CAPÍTULO XXXV

DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO MUCHO

Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en comunicación su cuarto con el de la reina.

Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado estaba á la tutela de Lerma desde muy joven.

El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su ministro-duque, á un hombre tan peligroso como Quevedo, parecíale un acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa.

Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras costumbres y de nuestras inclinaciones.

Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito; tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.

Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.

Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y se encaminó con paso majestuoso á su cámara.

Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, etc., le introdujeran.

En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.

No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:

—Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la Torre de Juan Abad.

—Y pobre—dijo entrando en la real cámara Quevedo.

Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.

El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.

Este llegó junto al rey, y se arrodilló.

—Sacra, católica, majestad—dijo con voz hueca y vibrante.

Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó la mano.

Quevedo la besó respetuosamente.

—Alzad, don Francisco—dijo el rey.

Quevedo se puso de pie.

El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.

El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.

—¿En qué pensáis, don Francisco?—dijo el rey por decir algo.

—Estoy contemplando á la monarquía, señor—contestó Quevedo—; contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en ropilla.

Frunció el rey el entrecejo.

—¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño?

—Sí, señor.

—Pues si ya me lo habéis dicho, idos—dijo un tanto contrariado el rey.

—Si vuestra majestad me lo permite, le diré más.

—Decid.

—Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo.

—¡Ah!—dijo el rey—¿y por qué os espanta eso?

—Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.

—¡Oh!—repitió el rey.

—Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra majestad...

—Explicáos...

—He estado preso en San Marcos.

—¡Ah! ¿habéis estado preso?

—Sí, señor.

—¿Qué delito cometísteis?

—El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las narices.

—Dicen que sois hombre de ingenio.

—Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve ingenio me lo han robado.

—Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.

—Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la urgencia.

—Pues os digo que no os entiendo.

—No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco.

—Paréceme que habéis venido para algo.

—Indudablemente, señor, he venido para irme.

—Pero... ¿por qué habéis venido?

—Por venirme á cuento.

—¿Pero qué cuento es el vuestro?

—Es, señor, un cuento de cuentos.

—Pues empezad.

—Ya he concluído.

—¡Pero si no me habéis contado nada!

—Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.

—¡Don Francisco!—exclamó con irritación el rey.

—¡Señor!—contestó Quevedo inclinándose profundamente.

—¿No tenéis nada de qué quejaros?

—Quéjome de mi fortuna.

—¿Ni nada tenéis que pedir?

—Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.

El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.

Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.

Esta situación duró algún tiempo.

—Permita Dios que se duerma—dijo Quevedo para sí—, no sé ya qué decir á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.

—¡Aún estáis ahí!—dijo el rey levantando del libro los ojos.

—Esperaba, señor, que me mandárais irme.

—Pues idos enhoramala—dijo el rey, y volvió á su lectura.

—Aún es pronto—dijo Quevedo—; todo se reduce á que este imbécil se acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.

Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil delante de él.

Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.

Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:

—¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?

—Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había vuelto á sus devociones...

—Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el volver á pedirme audiencia.

—Beso las reales manos de vuestra majestad—contestó Quevedo, y salió.

—¿Qué habrá querido decirme don Francisco?—dijo el rey cuando se quedó solo—; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!... ¡ese algo!...

El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido entender.

Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del alcázar.

—Bendito mi amor sea—exclamaba—, que me obligó á pedir al tío Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria. Enredo, enredo y siempre enredo.

Y el buen ingenio seguía adelante.

—Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido, ¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué rey... señor! ¡qué rey!

De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención.

Había oído un siseo.

El siseo volvió á repetirse.

—De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues: acudo. ¿Es á mí?

—Sí por cierto—contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.

—¡Ah, lucero de mi obscura noche!—exclamó Quevedo—; creo que mi pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de encontraros.

—No podíais pasar por otra parte.

—¿Me esperábais?

—Con ansias del corazón.

—No digáis eso, si no queréis verme loco.

—Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis ansias, que de él estoy segura, sino por ella.

—¿Por la ella del enredo?

—Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando.

—Y allá se queda él confuso.

—¿Tanto le habéis dicho?

—Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais?

—Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla.

—¿A tan hermosa dama me enviáis?

—Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe.

—Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara?

—Sí.

—Correo soy de seguro.

—Para correo habéis nacido.

—Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena voluntad se perdonen.

—Sois hombre afortunado.

—Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella?

—¿Pues qué, no os amo yo?

—¡Si se muriera uno!

—Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más de lo que pensamos.

—Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me dejo con vos el alma y allá me emboco.

—Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura.

—¿En la de anoche?...

—Sí, frente á aquellas escaleras.

—¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos se queda.

—¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.

La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la besó suspirando.

—Adiós—dijo, y se alejó.

La reja se cerró silenciosamente.

Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.

Aquella puerta se abrió al momento.

Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.

—Vos lo sabéis todo, don Francisco—dijo la joven con anhelo.

—Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.

—No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; me estoy muriendo; sobre mí vienen...

—Las culpas ajenas os premian.

—¿Qué decís?

—¡Si le amáis!

—¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...

—¿Y á qué vencerla?

—¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?

—¿A Juan?

—Sí—contestó con esfuerzo doña Clara.

—Lo veré, si vos queréis.

—¿Sabéis dónde está?

—Está donde le han arrojado vuestros desdenes.

—¿Y le sacarán de allí mis favores?

—¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.

—Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.

—O no os conocéis, ó no me conocéis, señora—dijo gravemente Quevedo.

—No os entiendo, don Francisco.

—Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora, sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre; Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.

—Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en mi sacrificio!

—Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es sólo para vos.

—Explicadme mejor...

—Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha querido que sea inevitable vuestro casamiento.

—Pero mi padre...

—Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que para envidiosa.

—¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad; esta carta es para vuestro amigo.

—Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una cosa.

—¡Qué!

—Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais.

—¿Y por qué?

—Acaso no podáis verle hasta después de la media noche.

—En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes á cualquier hora que llegue.

—La señal.

—El capitán Juan Montiño.

—¡El capitán!

—Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española.

—¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la licencia del rey!

—No paséis pena por eso.

—El rey os ama.

—El rey está ya bien curado.

—¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo?

—Si él consiente... pronto... muy pronto.

—¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?

—¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor.

—¿Cuál?

—¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis?

—Dóiosla y ciento, mil.

—No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro amigo.

—Otorgo.

—Y quisiera que...

—Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.

—No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.

—Vendré; y adiós, señora.

—Adiós.

Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:

—¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!

Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina y dijo á la condesa de Lemos:

—Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla al momento.

CAPÍTULO XXXVI

DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA

Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared.

Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra huérfano y desesperado en el mundo.

Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar.

Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo de su flaqueza, y las encontró.

—Sigamos hacia nuestro calvario—dijo—, sigamos con valor; apuremos la copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado de combatir un solo momento.

Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba el tío Manolillo.

El bufón le salió al encuentro.

—¿Ha venido?—dijo el padre Aliaga.

—He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando.

—¡Engañando!

—Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.

—¿Y por qué la engañáis?

—Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.

—¡Su amante! ¿y quién es su amante?

—El señor capitán don Juan Girón y Velasco.

—¡Ah, ese joven!—exclamó con un acento singular el religioso.

—Aquí hay una escalera—dijo el bufón—, y no hubiera querido traeros por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla... asíos á las faldas de mi ropilla.

Empezaron á subir.

—¿Sabéis—dijo el bufón—que hay esta noche gente sospechosa en palacio?

—Lo sé, y la Inquisición vigila.

—¿Dónde creéis que estén esas gentes?

—En el patio.

—Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán...

—¡Ese miserable!

—Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos oído hablar en voz baja á lo último del corredor.

-¿Y qué pensáis de eso?

—Temo mucho malo.

—¿Contra quién?

—Contra la reina.

—¡Ah!

—No os asustéis, yo estoy alerta.

—Será preciso prender á esos miserables.

—Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las escaleras, callemos.

Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio.

Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del religioso y del tío Manolillo.

En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta.

Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo.

La puerta se abrió.

El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y dulce voz de mujer que dijo:

—¿Ha venido ya?

—No, hija mía—dijo el bufón—, y según noticias mías, no vendrá esta noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo.

—¿Quién viene con vos, tío?

—El confesor de su majestad el rey.

—¡Ah! ¡El buen padre Aliaga!

—¿Me conocéis?—dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo.

—Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque de Lerma y don Rodrigo Calderón.

Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la comedianta; al verla, dió un grito.

—¡Ah!—exclamó—; ¡es ella! ¡Margarita!

—Os habéis engañado, señor—dijo la Dorotea—; yo no me llamo Margarita.

—Es verdad—dijo el padre Aliaga—; vos no os llamáis Margarita, pero ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan extraordinaria!

—Miren qué casualidad—dijo el bufón—, que tú, hija mía, hayas querido venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta semejanza con otra persona.

La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.

—¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!—dijo la Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.

El bufón se anticipó al padre Aliaga.

—No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de nombre.

—Me estáis engañando—dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.

—No, hija mía, no—dijo el padre Aliaga—; pero me extraña ver en el aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.

La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.

—¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?

—Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy, porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo.

—¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía?

—No, señor—dijo la Dorotea—; me he criado en el convento de las Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu padre; te encontré pequeñuela y abandonada...»

—¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré—dijo el bufón.

—¡Válgame Dios!—dijo el padre Aliaga—; ¿pero en qué os ejercitáis, que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas?

—¿Quién habla aquí de honra?—dijo la Dorotea, cuyo semblante se había nublado completamente—. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos.

—¡Oh, Dios mío!—exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus manos.

Pero esto duró un solo momento.

El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y sereno.

—¡Vos me conocéis!...—exclamó la Dorotea—más que eso... Vos conocéis á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.

—Es verdad.

—¿Y dónde está mi madre?—preguntó juntando sus manos y con voz anhelante Dorotea.

—¡En el cielo!—contestó con voz ronca el bufón.

—¡Ah!—exclamó la Dorotea.

Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.

Luego dijo con doble anhelo:

—¡Pero mi padre!...

—¡Tu padre!...—dijo el bufón—¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?

—Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme—dijo el padre Aliaga.

Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.

—No os habéis equivocado, hija mía—dijo el confesor de Felipe III—; se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba entrar en vuestra casa.

—El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido... pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.

—Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros, debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.

—¡Dios mío!—exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.

—Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más que el hermano adoptivo de vuestra madre.

—¡Dios mío!—repitió Dorotea juntando las manos.

—Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.

—Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.

—De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.

—¡Acusada á la Inquisición!—exclamó el tío Manolillo poniéndose delante de la joven como para defenderla—; ¡acusada á la Inquisición! ¿y por qué?

El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó:

—Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con un tal Gabriel Cornejo...

—¡Con ese miserable!—exclamó el bufón—; ¿tienes tú conocimiento con ese miserable, Dorotea?

—Sí—contestó la joven—; le he buscado... porque creía amar á un hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro—exclamó llorando la Dorotea.

—Os he asegurado que nada tenéis que temer—dijo el padre Aliaga—; pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo el teatro, sino el mundo.

—El teatro, sí—dijo la Dorotea—; sin que vos me lo aconsejárais estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo... fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama...

—Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede amaros.

—¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición!

—¡Oh, Dios mío!—exclamó á su vez el padre Aliaga.

—¿Pero qué te ha dado ese hombre?—exclamó con irritación el tío Manolillo—; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca?

—Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le he oído.

—¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!—dijo el bufón.

—No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.

—¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores ilícitos?—dijo el padre Aliaga—; ¿por qué ligar á vos á un joven noble y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?

—Me estáis desgarrando el corazón—exclamó con una angustia infinita la Dorotea—; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.

El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.

—Es verdad—dijo con la voz opaca y convulsiva—; decid á una pobre niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.

—¡Manuel! ¡estáis loco!—exclamó el padre Aliaga.

—No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él; no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa, observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.

—¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!—dijo la Dorotea, pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del religioso.

—Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad!

—Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios, porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme, matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres veces el martirio.

—La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre, que la Inquisición no se atreverá á ella?

Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador.

—¡Dejadme!—exclamó el padre Aliaga—¡dejadme, y que Dios tenga piedad de los tres!

Y salió desalentado.

—Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará, nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre Aliaga.

El bufón salió y cerró la puerta exterior.

Después de cerrarla se detuvo.

—Juraría—dijo—que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para que os guíe, fray Luis.

El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón.

—Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un muerto—dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano.

El padre Aliaga no contestó.

El bufón le llevó por donde le había traído.

Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó.

—Desde aquí—dijo—sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos mismo, tenedla, por Dios, de mí.

El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja.

—Acaso he sido imprudente—dijo el bufón estremeciéndose—, acaso he sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco.

El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal.

Antes de llegar á su puerta se detuvo.

—Es necesario que yo vea—dijo—qué gentes andan por aquí esta noche.

Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón.

El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de aquel departamento.

A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos.

—Vamos—dijo—, sería el viento.

Y siguió adelante hacia su vivienda.

Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía:

—Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de buenos mozos de la guardia española.

—Descuide vuesa merced, señor Francisco—dijo una voz franca y ligera—, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de robar.

A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención.

Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus coletos rojos.

El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.

Él y los cuatro hombres se alejaron.

Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca distancia.

Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.

—Cosme, hijo, síguelos—dijo una voz muy conocida del tío Manolillo—; yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los coletos encarnados.

Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos corredores.

—¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!—dijo el tío Manolillo—. Van por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo volveré.

Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.

Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á pasar por la puerta de su aposento.

Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de él.

Aquel bulto era el sargento mayor.

Escuchaba.

—Está sola y llora—dijo—; ¿dónde estará el bufón?

Y volvió á escuchar.

—Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre; pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á ella. Ea, adelante.

Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió correrse el fiador.

La puerta se abrió.

Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se encontraba Dorotea.

CAPÍTULO XXXVII

DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS

La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío Manolillo, y continuaba llorando.

—¿Quién había de decirme—murmuró roncamente el sargento mayor—, la noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?

Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á la joven, y al cabo dijo:

—Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del primero que llega?

Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con desprecio:

—¿Quién os ha llamado? Idos.

—No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día, deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado sola, sino que habéis servido de estorbo.

Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.

—¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?

—Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan hacerla.

—¿Y cómo he podido yo estorbar?...

—Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis descosido del ajusticiado.

—¡Ah! ¿se trata?...

—Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo Calderón, sino también á vos.

—Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.

—Ese caballero se ha burlado de vos.

—¿De mi?

—Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.

—¿De quién?—exclamó todo afán Dorotea.

—De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía de la reina don Rodrigo.

—¿El nombre de esa dama?

—No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba... desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo.

—¿Doña Clara?

—Eso es... doña Clara Soldevilla.

—¿Pero es cierto que él la ama?

—Podréis juzgar de ello dentro de poco.

—¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?...

—Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos, lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien. Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo... lo que ha hecho...

—Tenía un duelo concertado...

—Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando salga solo...

—¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio?

—Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó. Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de Juan Montiño.

—¿Y decís que él vendrá?

—Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida...

—¿Y si no sale?

—Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo.

—Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero, contad conmigo.

—Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis.

—Al fin del mundo os seguiré.

—Pues venid.

—Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.

—¿No os tengo aquí sola?

—Es verdad.

—Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre sin que le veamos.

—¿Y le podré ver sin ser vista?

—En esta parte, decuidad.

Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.

Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la puerta del aposento de doña Clara.

—Aquí es—dijo el sargento mayor.

—¿Y la puerta por donde ha de entrar?

—Esta.

—No se oye nada.

—Esperan, sin duda.

—¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?

—Pero ¿estáis loca?

—Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.

—Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.

Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para que no la vieran los tudescos.

CAPÍTULO XXXVIII

DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR

Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.

Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los dos soldados de la guardia española que le escoltaban.

El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.

Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.

Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo Madrid para un remedio.

El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón, recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de espadas.

El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado, y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:

—¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos mismo!

—¿Qué dice ese imbécil?—exclamó el bufón—; indudablemente los buenos mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero escuchemos.

—¿Qué habláis de señor, mi querido tío?—dijo Juan Montiño riendo—; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.

—Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado—, dijo Francisco Montiño—; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto.

—¡Ta! ¡ta! ¡ta!—dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de donde habían salido los tres jóvenes—; mucho será que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay criaturas que nacen maldecidas!

Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una puerta y frente á ella esperó.

Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia española.

—¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que tengo los brazos dormidos?—dijo un lacayo al otro.

—Debe estar lleno de oro para pesar tanto—contestó el otro lacayo.

—Indudablemente—dijo un soldado—, mucho debía valer cuando querían aliviaros del peso.

—Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería—dijo el otro soldado—, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de veinte los que nos acometían.

—No eran sino seis—dijo el otro soldado—; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo.

—¡Qué miedo ni qué berenjenas!—dijo el otro picado—; consistirá en que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja como una zanahoria, y me ha levantado un chichón—, dijo el soldado quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.

—Pues no—repuso el otro soldado—; el hidalgo á quien después del lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco; ¿qué será eso?

—Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del cintarazo—dijo el otro soldado.

—Vamos, buenos mozos—dijo uno de la hostería que traía sobre las dos manos una enorme cazuela—; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior, ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.

—¿Con vinagre son los conejos?—dijo un soldado—, pues gracias á que nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del vinagre no entre en parte con el vino.

Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno el papa.

—Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.

Pero pasemos adelante.

En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.

Inesilla les servía.

El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.

—¿Y qué decís de esto?—dijo entre un bocado, un guiño y una galantería soldadesca á la muchacha el alférez.

—¿De qué queréis que diga?—contestó Velludo—; ¿de esta buena moza, de estas perdices, ó de vos?

—No por cierto; de lo que acaba de suceder.

—Ello dirá.

—Por lo pronto—exclamó el alférez—, ha acabado de maravillarme nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas, vive Dios! ¡paradas de valiente!

—Es mucho mozo.

—Pero esta chica es mejor moza.

—¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.

La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto género.

Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.

—¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?

—Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte—dijo el alférez—; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?

—Ninguno—dijo la muchacha.

—¡Ah! pues entonces jugaremos.

—¿Y qué vamos á jugar?

—El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande.

—Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos—dijo la muchacha poniéndose encendida como una amapola.

—¡Ah!—dijo el alférez—, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.

—¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?

—Nada más.

—Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.

Y la muchacha salió.

—Amigo Velludo, no juguemos—dijo el alférez.

—¿Por qué?

—Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.

—Bendígala Dios, y paso.

—Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.

Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.

En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.

—Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.

A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo á hilo.

Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.

Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.

Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.

—¿Pero qué os sucede, tío?

—En primer lugar—dijo el cocinero mayor—, no me llaméis tío: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no soy vuestro tío.

—¿Qué estáis diciendo?

—La verdad.

—Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.

—Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!

—Pero entonces vos no sois Montiño.

—Al contrario, vos sois el que no lo sois.

—¿Yo?

—Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es, después del rey, el más grande de España.

Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no cabal el juicio, y dijo:

—¿Y quién es esa noble persona?

—Aquí en este cofre debe decirlo.

—¿Pero vos no lo sabéis?

—El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza: vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.

Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:

«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»

Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del escribano.

—Pero no podemos abrir este cofre—dijo el joven.

—Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.

—¡Ah!

Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una manera nerviosa el papel.

Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.

—¡Ah! todo estaba previsto—dijo el cocinero del rey—. Abramos.

—A vos dejo la responsabilidad de este hecho—dijo Juan.

El cocinero abrió con mano trémula el cofre.

Apareció primero un paño de seda azul.

Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.

Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.

Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones de á ocho.

Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.

Contados los rollos, eran cuarenta.

Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.

Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.

Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.

Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.

A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.

—¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!—exclamó olvidado de que le escuchaba el joven.

Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente excitado.

Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia la causa de aquel interés.

—Veamos esos papeles—dijo Juan—ya que habéis abierto ese cofre, á fin de que sepamos á quién pertenece esto.

—Sí, veámoslo, señor, veámoslo—dijo maquinalmente el cocinero mayor.

Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa.

Tomó uno á la ventura y leyó:

Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.

La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma dama.

Juan apartó aquel papel y tomó otro.

En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de estas firmas.

Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su hijo don Juan Girón.

Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia podía gozar desde su nacimiento.

El último papel era una carta del duque para su hijo.

El contexto de aquella carta era solemne.

Decía así:

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo natural, don Juan Girón.

»Hijo mío:

»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis llevar sin mancharle mi apellido.

»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de vuestro nacimiento.

»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie, ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo, si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.

»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios, con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para abrazaros.

»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera, sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.

»Creo que baste con lo que os digo.

»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y leal y recibid la bendición de vuestro padre,

»El duque de Osuna, conde de Ureña.»

—¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?—dijo todo trémulo Francisco Martínez Montiño.

Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.

En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la cólera bajo su semblante.

Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.

Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:

—Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.

—¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un príncipe!

—Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevároslo.

—¿Y si me lo roban, señor?

—¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!

—Pero...

—Adiós, ya os veré.

Y don Juan salió.

—¡Pero está loco, Dios mío!—dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes—. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general.

Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.

—¡Eh, hostelero!—dijo llamando; y cuando apareció éste añadió—: decid á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.

Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos con el cofre y salió.

Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:

—¿Y el gasto, señor?

—¡Cómo! ¿No han pagado?—dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.

—Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedábais vos...

—¿Y cuánto es la cuenta?—dijo todo turbado el señor Francisco.

—Quince ducados, señor.

—¡Quince ducados!—exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del miserabilísimo carácter del cocinero—; ¿pues cuántas gentes han comido y bebido?

—Dos hidalgos, señor, cuatro criados...

—Basta... basta—dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un bolsillo de los gregüescos—; tomad y adiós. Con muchas cuentas como ésta os ponéis rico.

—Vaya en paz vuesa merced—dijo socarronamente al cocinero mayor.

—¡A palacio!—dijo Montiño á los suyos.

Y se puso en marcha delante de ellos.

CAPÍTULO XXXIX

DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE ESPERA DESESPERA

Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos, se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró á mano.

El joven estaba aturdido.

No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.

El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.

Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre; sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.

Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel tiempo eran otras las costumbres.

Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen judíos convertidos, apadrinados por algún grande.

Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de otro modo.

No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.

Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque, estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su hijo.

Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.

Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en una palabra, su cuerpo y su alma.

Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.

Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor violento que el joven había concebido por doña Clara.

Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.

Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con lenguaje tentador, elocuente, al joven.

Don Juan, pues, tenía fiebre.

Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo para sí:

—El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara, será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.

Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:

—Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi mujer, la otra será mi querida.

Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar, porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.

Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y á la casa de la Dorotea.

Al llegar á la puerta retrocedió.

Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.

—¡Quién va!—dijo don Juan poniendo mano á su espada.

—Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos de la mañana!

—¡Don Francisco!—exclamó admirado el joven—; ¿qué hacéis aquí?

—Esperar para deshacer.

—¿Para deshacer qué?

—Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.

—¡Vos!

—Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares y no sabiendo dónde pararse.

—¡Ah, esperábais!

—Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.

—No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese apellido me hace daño.

—¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?—dijo Quevedo con intención.

—El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos con un cofre, y en ese cofre...

—Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin, ¿qué es lo que sabéis?

—Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.

—Pero, ¿quién es vuestro padre?

—El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los ejércitos de su majestad—dijo con amargura el joven.

—¿Y os pesa de ello, don Juan?—dijo Quevedo cambiando de tono.

—Pésame por mi madre.

—¿Sabéis quién es vuestra madre?

—No; ¿y vos?

—Tampoco—contestó prudentemente Quevedo.

—Pero, ¿sabíais que el señor duque?...

—Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la carátula.

—¿Y qué hacer?

—Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.

—¿Acaso una carta de mi padre?

—De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.

—Pero, ¿de quién es?

—Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.

—¡De doña Clara!—exclamó alentando apenas el joven.

—¡Ah, pobre Dorotea!—dijo Quevedo—; su hermosura y su amor, á pesar de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina. Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.

—¡Celos!

—Como que ama.

—¿Y os ha dado esta carta para mí?

—Mirad á lo que por vos me reduzco.

—¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia.

—¿Por leer? Pues leamos.

—¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!

—Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de ansias.

Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.

—De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de Eva—dijo—no conozco otra como la mujer.

Y siguió á paso lento.

Entretanto don Juan había doblado la esquina.

Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los Dolores embutida en su nicho, había un farol.

Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doña Clara:

«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y venid, venid que os espero ansiosa.—Doña Clara Soldevilla.»

El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una revolución poderosa en quien las experimenta.

Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la repisa de piedra del nicho de la imagen.

Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.

—¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!—dijo—. ¡Como su padre! ¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y hace frío y llueve. ¡Don Juan!

El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.

—Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.

—Vamos—dijo el joven.

Y tiró adelante.

—No es por ahí—dijo Quevedo.

—Pues guiadme vos.

—Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.

Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.

Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al postigo de los Infantes y llamó.

Al primer llamamiento nadie contestó.

—¿Qué es esto?—dijo don Juan—, ¿nos habremos equivocado de puerta ó se habrá arrepentido doña Clara?

—No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!

Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.

—¿Quién llama?—dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.

—¿No os lo dije? dormían—contestó Quevedo—; ¿pero qué hacéis que no contestáis?

—¿Quién es?—dijo la voz de adentro más despierta.

—El capitán Juan Montiño—contestó don Juan.

Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.

—Entrad—dijo la mujer.

Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.

—Esperad—dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo—; aún queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.

—¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?

—Créolo así.

—Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer—dijo la joven, que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta quedando los tres en un espacio obscuro.

—¿Os han dado algún mandato para mí?—dijo Quevedo.

—Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.

—De las dos majestades, ¿cuál me espera?

—Su majestad el rey.

—¡Ah! pues corro—dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición de ligereza.

—¿Sabéis el camino?

—Aprendíle ha rato.

—Pues id con Dios.

—Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.

—¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.

—No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la derecha.

—Y vos debéis iros por la izquierda—dijo la mujer.

—Bien me lo sé.

—Adiós.

—Adiós.

Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.

—¿Dónde estáis, caballero?—dijo la joven que había abierto el postigo.

—Junto á vos, á lo que parece—contestó don Juan.

—Dadme la mano que os guíe.

Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se trataba de una medio criada, medio doncella.

Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la sirviente dijo al joven:

—Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.

Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la luz.

CAPÍTULO XL.

DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO

De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un velón de cuatro mecheros.

Don Juan no pasó de la puerta.

Al verla se quedó tan inmóvil como ella.

Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.

Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.

Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.

Estaba maravillosamente vestida.

Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.

Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de plata y seda.

Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente hermoso.

—Acercáos—dijo con acento dulce doña Clara.

—¿Para qué me habéis llamado?—exclamó el joven con afán acercándose.

—Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he enviado con don Francisco.

—He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido. ¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?

—Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?

—Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de hallaros en un grande compromiso.

—Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.

—¡Que os casáis!

—Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.

Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.

Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.

El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos magnífico lazo de brillantes.

—He aquí lo que me casa con vos—dijo doña Clara con la voz firme y lenta, aunque grave.

—¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!—exclamó el joven con una explosión de alegría—; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma, de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!

Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se dejó caer.

Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á doña Clara.

De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su corazón y exclamó:

—Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.

—Cuando seáis mi esposo.

—Pero eso será pronto...

—¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.

—Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado vuestros desdenes de anoche.

—Los ha cambiado este rizo.

—Pero ese rizo...

—Es mío.

—¿Y no me diréis más?

—Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.

—Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?

—Sí por cierto, me obliga mi corazón.

—¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amáis...

—¿Quién sabe?

—Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... ¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.

—¿Y qué no asoma?

—Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.

—¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?

—He querido y quiero... pero según os veo... me niego...

—¡Ah, os negáis!

—No quiero ayudar á que os sacrifiquen.

—¡Don Juan!...

—¿Por qué me llamáis don Juan?

—Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?

—Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...

—Eso no importa nada...

—¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...

—¡Cómo! ¿sabéis?...

—¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...

—Del gran duque de Osuna, y...

—¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis el de mi padre?

—¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...

—No, ¿y vos?

—Tampoco...

—Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.

—Lo he sabido por una casualidad esta noche...

—Yo lo supe ayer...

—¿Quién os lo dijo?...

—Vuestro supuesto tío...

—¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué propósito?...

—Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus majestades.

—Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.

Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á doña Clara.

Esta la leyó.

—Me caso con vos—dijo, devolviéndosela.

—Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.

—¿No me amáis?...—dijo con impaciencia doña Clara...—pues si me amáis ¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?

—Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... ¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?

—Son las tres de la mañana—dijo doña Clara—y sus majestades esperan; concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.

—Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...

—¿Qué?...

—En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre; aceptadlas como vuestro dote, señora...

Y el joven se metió la mano en el bolsillo.

—Después, muy después—dijo doña Clara—; ahora, puesto que entrambos queremos unirnos, venid.

Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba la excitación de que estaba poseída.

Don Juan la siguió.

Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino enlodadas hasta las corvas.

Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.

Doña Clara Soldevilla. Doña Clara Soldevilla.

CAPÍTULO XLI

DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY

—Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don Francisco—decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja del palacio al cuarto de Felipe III—. Y eso—añadía—que tenéis una perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y prosigo hacia el cuarto de su majestad.

Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.

—¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará—dijo al fin, cansado de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta de la primera antecámara del cuarto del rey.

Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á dormirse.

Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente rebujado.

El ayuda de cámara despertó á su majestad.

—Pronto amanece hoy—dijo el rey.

—Son las tres de la mañana, señor—dijo el ayuda de cámara.

—¡Ah! ¡son las tres de la mañana!—dijo el rey bostezando y poniéndose la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lámpara—; ¿quién es ese?—añadió después de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.

—Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor—dijo el ayuda de cámara.

—¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco.

—Perdóneme vuestra majestad, señor—dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante—; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los años de mi vida por vuestra cámara.

—¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo.

Quevedo no contestó.

—¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?—dijo el rey.

—Andan los tiempos muy crudos, señor—contestó Quevedo.

—Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?

—No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alcázar no es cacerola mía.

—¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar.

Quevedo fué á una puerta y dijo:

—Su majestad llama.

—Oye, Sarmiento—dijo el rey—; ponme detrás dos almohadones, á fin de que pueda recostarme, y el gabán de pieles.

Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.

Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabán.

—Os aseguro, don Francisco—dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre el bostezo—, que estoy pasando una mala noche.

—No la paso yo mejor—dijo Quevedo.

—Vos os divertís; yo me fastidio.

—Pues os doy la diversión por dos blancas.

—Os juro que no puedo dormir.

—Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.

—Yo os había llamado para algo.

—Yo creía que para algo era venido.

—Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...

—¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad—dijo Quevedo inclinándose profundamente.

—Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad.

—Y yo con mucha frecuencia las palabras.

—¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?

—Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de mí.

—¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No tenéis nada que decirme?

—Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.

—Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.

—¿Y á qué, señor?...

—A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.

—¿Apostamos—dijo para sí Quevedo—á que el rey se está vengando de mí por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor—dijo en voz alta—, que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un cuento.

—No tal, ni por pienso—dijo el rey—, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de Osuna?

—Que no es mío.

—¡Ah! pues por vuestro os le dan.

—Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen regalo.

—¿Está contento con su virreinato de Nápoles?

—Nada debe de dolerle, porque no se queja.

—¿Y vos, estáis contento aquí?

—Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo, no enflaquezco.

—Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué decíamos, don Francisco?

—Yo no decía nada.

—Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de cierto hijo.

—No entiendo á vuestra majestad.

—Pues hablemos de un sobrino.

—Lo entiendo menos.

—De un rizo...

—Continúo á obscuras...

—De unas estocadas...

—Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.

—Pues señor—dijo el rey—, ahora veo que no os he llamado para nada.

—Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.

—Y siendo venido para que os vayáis.

Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las almohadas y se rebujó.

—Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches—dijo Quevedo.

El rey no le contestó: se había dormido.

Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.

—¿Y qué debo yo hacer ahora?—dijo cuando se vió en la galería—. ¿Irme ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo que fuere, sonará.

Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.

—¡Eh, caballero!—le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.

—Hábito llevo—dijo don Francisco—; conque bien puedo responder aunque á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?

—Mi señora os llama.

—¿Y quién es vuestra señora?

—La señora condesa de Lemos.

—¡Ah! pues sed mi estrella.

—¡Qué!

—Que me guiéis.

—Seguidme.

La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de Sandoval.

—Gracias á Dios que el rey os ha soltado—dijo.

—¿Y por qué esas gracias?

—Os esperan.

—¿Dónde?

—En el oratorio de la reina.

—Pues no adivino.

—¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de una boda?...

—¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos que de eso me ha hablado el rey.

—No importa, yo represento como madrina á la reina.

—¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para representar un matrimonio! ¿Y los testigos?

—Son de la casa.

—¿Se trata de un casamiento secreto?

—No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.

—Pues entonces no es la boda que yo creía.

—Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña Clara Soldevilla.

—¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!... aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...

—No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.

—¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!

—¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...

—El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...

—Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su marido.

—Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un pretexto.

—Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una oca